En el México –y el mundo– de hoy los politólogos, opinadores defienden posiciones radicales ya sea un un lado u otro del espectro –según les convenga–, aun sabiendo que ninguna realidad social humana puede entenderse a partir de ser blanca o negra. En nuestros días “hablar con mesura”, decir “no sé”, escuchar el argumento del oponente o incluso usar argumentos en vez de descalificar al individuo, es cada vez más raro.
Lo ocurre en México con la llamada “clase política” se corresponde con una tendencia mundial que, en busca de encontrar seguidores y viralizarse como figuras públicas, recurren a la mentira, a la simplificación, a vanalizar los problemas y las soluciones y a polarizar el entorno para dejar claro que sólo ellos –y quienes compartan sus opiniones– son los buenos y el resto son seres despreciables que no merecen existir.
Tanto quienes gobiernan como quienes se les oponen han desarrollado un mecanismo de comunicación perverso, que, de manera incomprensible han replicado quienes se dedican a la crítica y el análisis de la realidad nacional y, comprando la idea de los poderosos, o bien se han posicionado en un bando o en el opuesto.
En los diversos programas “informativos” veo mesas de “opinión” con representantes de las distintas fuerzas políticas o con académicos y politólogos de diversas corrientes ideológicas y me quedo estupefacto ante interpretaciones tan sesgadas y falaces a partir de las cuales el mismo hecho, la misma declaración, la misma imagen, la misma estadística –la genere el gobierno o algún ente académico o empresarial– significa al mismo tiempo una cosa y su opuesto y ambas partes –al igual que quien modera– se quedan tan tranquilos.
La mayor parte de las veces cuesta dilucidar cuál de los participantes miente a sabiendas, o si quizá mienten todos –a propósito o sin querer– o, peor aun, no miente ninguno y por fin «la verdad» ha sido abolida y se ha llegado por fin el tiempo en que cada uno creamos la realidad a nuestro gusto.
Eso estaría muy bien si después, al día siguiente, al salir a la calle, al consultar la cuenta de banco, al enfrentarnos con los problemas de siempre –transporte, vivienda, falta de oportunidades, etc.–, éstos hubieran desaparecido, sin embargo persisten exactamente igual –o peor– que antes de que nuestro vocero favorito explicara a mundo del modo que nos deja satisfechos.
De los políticos ya es poco lo que se puede esperar. Sin el menor embarazo cambian de partido, de discurso, de opinión o, por el contrario, defienden la afirmación más delirante, absurda y peregrina con tal de agradar a quienes les facilitan el puesto. En países como México, la clase política es una forma de «mercenariato» donde el «soldado ideológico» defiende los intereses, el discurso y las insensateces más disparatadas, así como los actos más corruptos y deleznables del dirigente del “ejército político” que le pague las cuentas y ayude a mantener esa vida a la que eufemísticamente –y conteniendo una sonrisa irónica– llaman “austeridad republicana”.
De quien hasta hace poco tenía aun una cierta esperanza era de los intelectuales, de los profesionales del conocimiento, de la opinión, del argumento que suponía capaces –y dispuestos– a meter el dedo en todas las llagas que fuera necesario con tal de aportar sus saberes para forzar a que el país mejorara. Hoy sé que esto tampoco es así y que la comunicación y la comentocracia nacional es otra variedad de «mercenariato» apenas un escalón más digna que la que representa la política.
Aun así, estoy dispuesto a romper una lanza por ellos, no así por el político corrupto, a quien no encuentro manera de salvar de su miseria moral, ética y personal. Es importante resaltar que la política en sí tiene como propósito último la búsqueda del bien común, exige un cierto grado de vocación y se fondea con los recursos aportados por el producto del trabajo de los ciudadanos. Quien tenga como finalidad enriquecerse, me parece muy legítimo, pero para eso existe la actividad económica y comercial privada. El político que sólo busca enriquecerse –y que además lo hace a costa de robarle al resto de los ciudadanos que lo mantienen con sus impuestos– me merece el mismo respeto que el médico que programa una cirugía a un paciente que no la necesita sólo para poder cobrársela. ¿Existen médicos así? Sin duda, pero son profesionales –y seres humanos– repulsivos y despreciables.
Sin embargo, a quienes se han preparado a lo largo de los años para ejercer la crítica siguiendo una vocación y están presos de un sistema que los asfixia y los obliga a posicionarse en uno de los bandos –y muchas veces defender mentiras flagrantes– para poder sobrevivir, habría que intentar salvarlos dignificando y aplaudiendo las opiniones fundadas y los razonamientos complejos, aquellos que vayan al centro de los problema y no aquellos otros que sólo cooperen a incrementar la estridencia, la polarización y el sinsentido.
Quizá aun estemos a tiempo de dilucidar los hechos en su verdadera complejidad, entender que los adversarios no son enemigos y que –cuando menos en teoría– cada una de esas voces quiere el bien de su país, conceder la posibilidad de que “el otro” tenga cuando menos una pizca de razón. Es momento de abandonar los guetos culturales, ideológicos o identitarios en los que de forma acrítica y sorda se han metido cada uno de ellos.
Como escribió Vargas Llosa, “hay muchas maneras de definir lo respetable. En lo que a mí se refiere, me merece respecto al intelectual o el político que dice lo que cree, hace lo que dice y no utiliza las ideas y las palabras como una coartada para el arribismo”(1). Cómo no estar de acuerdo –aunque habrá un segmento importante que descalificará la frase por el mero hecho de haber sido escrita por Vargas Llosa–.
El problema es que son tan pocos quienes califican en esta descripción de “respetables” que la desesperanza es inevitable. Esperemos que, a la manera bíblica, un sólo respetable sea suficiente para salvarnos como sociedad.
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(1) Vargas Llosa, Mario, El pez en el agua, Primera Edición, México, Alfaguara – Penguin Random House, 2023, Pág. 369
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