Era Covid: los cuatro tipos de distancia entre humanos

La distancia que guardamos con respecto a los demás –en especial la distancia social– es determinante para conservar la salud; sin embargo, limitar el resto de los tipos de separación – sobre todo la íntima y la...

15 de enero, 2021

La distancia que guardamos con respecto a los demás –en especial la distancia social– es determinante para conservar la salud; sin embargo, limitar el resto de los tipos de separación – sobre todo la íntima y la personal– influye en el tipo, intensidad y cercanía de cada una de nuestras relaciones y vínculos.

La semana anterior hablábamos del trabajo de Edward T. Hall al respecto de la disciplina que creó, la proxémica, con la finalidad de estudiar la distancia que los humanos guardamos entre unos y otros en cada tipo de interacción o vínculo. Hoy abordaremos con mayor detalle los cuatro tipos de distancia que Hall concluyó que existen. Cabe mencionar que dichos espacios pueden replicarse de forma distinta según la situación, y, dependiendo del momento, podemos tener más de una de estas variedades con la misma persona. Con nuestra pareja, con algún amigo, incluso con algún compañero de trabajo podemos tenerlas todas, pero en distintas situaciones y momentos. A esto se refería Hall cuando dijo que “cada uno tenemos cierto número de personalidades situacionales aprendidas1”. 

La cercanía mayor se alcanza en la que el antropólogo referido llamó distancia íntima. Como su nombre lo indica, se trata de aquellas interacciones donde los sujetos, o bien no están separados en absoluto, o el espacio entre ellos no excede los 45 centímetros. Paradójicamente es la distancia tanto del acto sexual o del abrazo de protección y amoroso lo mismo que el de la lucha cuerpo a cuerpo. Esto implica que dicho nivel de cercanía, cuando es acordada y aceptada, refleja la mayor intensidad en el vínculo, del mismo modo que cuando dicho espacio es invadido contra la voluntad del individuo, es la más violenta y traumática de las experiencias, como sucede en el caso inadmisible de una violación, donde la vulnerabilidad y la capacidad de indefensión de la víctima es extrema.  

La segunda clase de separación posible entre humanos es la distancia personal. Hall determinó que se extiende entre los 45 y los 75 centímetros. Se trata del “espacio natural” que guardan entre sí dos seres humanos que mantienen una relación, un vínculo cercano, pero conservando a salvo su espacio vital de comodidad. Este tipo de interacción podría ser laboral, afectiva, podría tratarse de colegas en una misma conferencia o evento, comensales en un restaurante, etcétera. Fuera de este espacio los individuos no suelen estar relacionados con cercanía. Los asuntos de interés y relación personales se tratan en esta distancia. El nivel de la voz es suele ser moderado y resultan poco perceptibles tanto el calor corporal como el aroma del otro individuo.

Para Hall este tipo de conexión produce una sensación sinestésica de proximidad, al grado de que es posible materialmente tocarse. A esta distancia uno puede agarrar o retener a la otra persona, y es precisamente la clave para pasar al siguiente estadio de distanciamiento. 

Aquí, al llegar a la imposibilidad de tocar al otro, aun cuando extendamos lo más posible nuestras extremidades es donde comienza la distancia social, tan traída y llevada en estas épocas de pandemia. 

Hall cuantificó esta distancia entre los 1.20 metros y los 2 metros, aunque, desde luego no se trata de medidas rígidas, pues influye la circunstancia y la cultura. Un buen ejemplo de la “distancia social” que no cumple con las medidas señaladas son las butacas de los aeropuertos que están espalda con espalda. Si bien la distancia material es menor a los 30 centímetros, el hecho de no tener contacto visual ni físico, así como diferencia de postura y orientación, produce un potente efecto de distanciamiento.  

Fuera de las restricciones sanitarias de la Era Covid, los individuos separados por una “distancia social” suelen tratar asuntos impersonales. Y este es el meollo del problema: relaciones que suelen desarrollarse en el espacio íntimo o personal, ahora ocurren a través de un distanciamiento social. Y el hecho de que este tipo de alteración sea producto de una restricción sanitaria –lo que produce un efecto psicológico magnificado– y que además amenace con extenderse por tiempo indeterminado, puede alterar en el largo plazo la manera de vincularnos con nuestra gente cercana o de limitar la creación de nuevos vínculos personales e íntimos. 

En la “distancia social” el volumen y tono de la voz aumenta y resulta imperceptible tanto el calor como el aroma corporal del individuo ante quien estamos. Y aquí Hall señala el rasgo de esta etapa que resulta fundamental para los tiempos que corren: “Un rasgo proxémico de la distancia social es que puede utilizarse para aislar o separar a las personas unas de otras2” (Hall, La dimensión oculta, 2019, P. 151).    

La última de las fases de distanciamiento estudiadas por Hall es la que llamó distancia pública. Ésta comienza de los 3.5 metros en adelante y abarca desde el sacerdote que da misa desde el altar, hasta un roquero en pleno concierto, pasando por el conferencista, el actor teatral o el líder político que se dirige a la multitud desde el podio durante un mitin de campaña.  

A esta distancia se pierden todo tipo de detalles corporales o de la expresión facial y la interpretación de los mensajes depende mucho más de la selección específica de las palabras usadas, la entonación y el volumen, así como del lenguaje no verbal, ademanes y gestos. Quizá el ejemplo más gráfico en que podemos pensar para referirnos a este tipo de distancia está en comparar una actuación cinematográfica con una teatral. Mientras el actor de cine puede mantener matices y detalles propios de distancias íntimas y personales gracias a la sensación de cercanía que le ofrece la cámara, el actor de teatro no solo habrá de subir el tono y volumen de la voz, sino que también deberá magnificar gestos, ademanes y posturas con la encomienda de mantener la naturalidad. He aquí el gran reto de este tipo de actuación y la gran diferencia entre estos dos modos de expresión artística. Mientras el cine permite una gran sensación de intimidad, el teatro, sujeto inevitablemente a la distancia pública, obliga al actor a gesticular de manera exagerada, pero en la medida precisa y justa para no romper la ilusión de realidad que requiere el espectador para no desconectarse de la escena. 

La distancia de separación que guardamos para con las demás personas, sean desconocidos o familiares cercanos que no viven con nosotros, es determinante en la Era Covid como medida de precaución para conservar la salud; sin embargo, también es fundamental para determinar y mantener el tipo, intensidad y cercanía de cada una de nuestras relaciones y vínculos.

Como decía antes, la alteración artificial en nuestra forma de relacionarnos con los demás puede provocar modificaciones permanentes en nuestra forma de entender “al otro”.  Depende de la consciencia que tomemos de estas distinciones y de cómo nos afectan para que sus efectos nocivos e imprevisibles resulten solo transitorios. 

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Referencias

1 Hall, Edward T., La dimensión oculta, Primera Edición, Vigésimo séptima Reimpresión, México, Siglo Veintiuno, 2019, P. 141

2 Íbidem, P. 151

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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