El nuevo buen salvaje

El buen salvaje no ha desaparecido. Solo cambió de bando y le pusieron otro nombre: el colonizado.

27 de abril, 2026 El nuevo buen salvaje

Existe una premisa básica que tiene que acompañar a cualquier reflexión sobre conflictos geopolíticos: los civiles de cualquier bando son igual de inocentes. Esto, hay que dejarlo claro, sin importar los niveles de asimetría que puedan existir en el conflicto. También dejemos claro que esto no significa negar que existen civiles más vulnerables que otros. 

Por supuesto que es “más conveniente” ser desplazado de guerra con el soporte de un estado nación estable que serlo de un territorio que depende de la ayuda humanitaria y de gobiernos inestables. Sin embargo, jerarquizar sufrimientos no es útil para la resolución o aplacamiento de conflictos porque nos hace enfocarnos solamente en un lado del problema e ignorar el otro, y termina por suplantar la premisa básica de la primera línea. Es decir, jerarquizar los sufrimientos termina rápidamente justificando ciertas violencias hacia ciertos civiles. Permítanme explicar a qué me refiero.

Primero vale la pena precisar de qué marco estoy hablando. No del pensamiento decolonial latinoamericano, que tiene tradiciones y preguntas propias. Me refiero al decolonialismo que domina el activismo y las universidades anglosajonas —Harvard, Columbia, NYU, Sciences Po— y que se ha exportado globalmente, incluyendo a los movimientos pro palestinos en México y América Latina, así como dentro de nuestras propias instituciones universitarias a través de profesores que lo aplican.

Este marco decolonial —el que también se usa en muchos casos para revisar conflictos entre naciones “colonizadoras” versus naciones “colonizadas”— arranca con premisas completamente razonables y necesarias: el colonialismo europeo tiene efectos reales, los pueblos colonizados fueron y son deshumanizados, las asimetrías de poder importan. Nadie discute eso. El problema es que esas premisas tienen una dirección incorporada: el colonizador es estructuralmente culpable, el colonizado es estructuralmente inocente.

Y una vez que aceptas esa lógica, cada paso siguiente es casi automático. La violencia del colonizado se vuelve comprensible, luego justificada, luego esperada, luego celebrada.

La mayoría de quienes usan este marco no llegan ahí conscientemente. Pero el punto no es a dónde llega cada quien sino a dónde llega el marco cuando opera sin reflexión crítica. La mayoría no se detiene. Simplemente sigue la pendiente. Y al final de esa pendiente está el celebrar el 7 de octubre, defender la narrativa de resistencia armada legítima contra civiles y defender a Hamas negándose a criticarlo —aunque esa crítica sea completamente necesaria para lo que estos grupos dicen querer: la liberación del pueblo palestino, por ejemplo. Y no es un caso aislado —el mismo marco ha producido durante décadas la defensa del régimen cubano y del de Maduro en Venezuela, presentados como resistencia antiimperialista mientras empobrecen y reprimen a sus propios pueblos. El patrón es siempre el mismo: la narrativa de la opresión histórica funciona como escudo que vuelve inmune al régimen en turno a cualquier crítica.

Cuando eso sucede, paradójicamente, lo que intenta el decolonialismo se revierte por completo. Esos mismos pueblos no pueden ser juzgados moralmente por sus actos, no tienen responsabilidad sobre su violencia, y su comportamiento es básicamente predecible y esperado. O sea, el marco decolonial los termina tratando exactamente como el colonialismo que criticaba los trata: como si no tuvieran agencia real. Como si la violencia fuera su destino y no una decisión activa. El buen salvaje no ha desaparecido. Solo cambió de bando y le pusieron otro nombre: el colonizado.

El pensamiento decolonial nació de un impulso legítimo y necesario: denunciar la deshumanización de los pueblos colonizados y visibilizar sufrimientos reales. Ese impulso sigue siendo válido. El problema es lo que se construyó encima. La única forma de recuperar ese valor crítico es exigirle al marco lo que todo pensamiento crítico serio requiere: que aplique los mismos estándares a todos los actores, que pueda juzgar moralmente a todos por igual, y que no confunda explicar la violencia con absolverla moralmente. Una teoría que no puede hacer eso no es teoría crítica. Es ideología. Y las ideologías, como sabemos, tienen una larga historia de producir exactamente el mal que dicen combatir.

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Luis Sokol
Luis Sokol (Ciudad de México, 1991) es escritor, traductor y editor. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y cuenta con una maestría en Saberes sobre Subjetividad y Violencia por el Colegio de Saberes. Ha trabajado en corrección de estilo, traducción y edición de libros, así como en proyectos de arte contemporáneo. Ha colaborado con el Museo Tamayo en la traducción de textos curatoriales y realiza traducción semanal para ONDA MX. También imparte clases de español a estudiantes internacionales y, desde 2012, ofrece recorridos guiados en el Centro Cultural Sinagoga Justo Sierra 71. Es autor de Adiós (Textofilia, 2021) y Sin consigna imperativa (Niñodown, 2022). Actualmente es doctorando en Saberes sobre Subjetividad y Violencia en el Colegio de Saberes, donde investiga el perdón como vía para pensar la resolución no violenta de conflictos contemporáneos, en diálogo con Vladimir Jankélévitch, Walter Benjamin y René Girard.

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