EL ETERNO FRACASO LATINOAMERICANO

La ola de gobiernos populistas sigue presentándose en Latinoamérica. ¿Qué clase de consecuencias políticas y económicas se vislumbran sobre dicha región?  

28 de junio, 2022

Latinoamérica como región, es aquella promesa de éxito que jamás habrá de cumplirse, esa que en algún momento parecía que al fin habría de explotar su potencial y superar su rezago histórico, colorida, rica en costumbres, gastronomía, ritos y tradiciones.  

Pero no. La nuestra es más bien una historia de fracaso que nos muestra, día con día, que nuestra sociedad no escarmienta en cabeza ajena ni en la propia. La evidencia no nos dice nada. No aprendemos de las lecciones de la historia, distante o reciente. Continuamos eligiendo lo peor que la política tiene para ofrecer, esperando siempre lo mejor, mientras vamos pasando de un error a otro.   

Somos como niños en búsqueda permanente de aquella figura paterna, a medio camino entre mesías y caudillo, que venga a solucionar de una vez por todas los problemas que hasta hoy no hemos podido resolver: pobreza, desigualdad, corrupción, ilegalidad, violencia. Que imponga orden y al mismo tiempo imparta justicia. Que nos muestre el camino que nosotros mismos no podemos encontrar. 

En este 2022, Perú, Bolivia, Chile, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Argentina, México y Cuba se encuentran alineados con el populismo autoritario del Foro de Sao Paulo. ¿Cómo llegamos ahí? Si la culpa nunca es nuestra, sino de aquellos a quienes pusimos en el poder, quienes malograron nuestras falsas, muy falsas expectativas.  

Porque ¿acaso había forma de saber que hacíamos mal al elegir a Gabriel Boric, quien incendió Chile como opositor durante las protestas del 2011 y que ha ensalzado la figura de Hugo Chávez y su política “antimperialista”? 

¿Hicimos mal al darle la oportunidad de gobernar a otro bolivariano enamorado del poder como Gustavo Petro, cuyas actividades paramilitares fueron financiadas por las FARC en Colombia? 

¿A Pedro Castillo, un docente y líder sindical marxista-leninista, con un gabinete repleto de acusaciones judiciales y penales? 

¿Lo mismo con Alberto Fernández, el hijo pródigo del kirchnerismo en Argentina? 

¿Lo hicimos al decir que “ya le tocaba” a Obrador y su retrógrada visión del mundo, su financiamiento inexplicable, su desprecio por las instituciones?

¿Con Evo, que después huiría al exilio? 

¿Con Lula, que terminaría en prisión? 

¿Es que acaso fracaso tras fracaso no nos permitieron prever la vacía promesa de cambio del populismo latinoamericano? ¿Anticipar que su único propósito era hacerse del poder y no dejarlo jamás, destruyendo todo lo que pueda a su paso? No, no pudimos. Quisimos convencernos de que no había mejores opciones. Votamos una y otra vez con necedad persistente a pesar de los datos, la evidencia, los hechos. A pesar de la maldita realidad.  

Por ello, no sorprende que hoy por hoy México sea el país con menor Producto Interno Bruto de los 34 países que componen la OCDE*. O que sean cuatro los países latinoamericanos que conforman el top diez en el ÍNDICE ANUAL DE MISERIA DE HANKE** (publicado año con año) ocupando Cuba el primer puesto, seguido de Venezuela, con Argentina en el sexto y Brasil en el noveno. Más miserables que en Ruanda, Haití, Mozambique, el Congo, Armenia, Irak, Afganistán. Que Oceanía. Que Asia y Europa. Y por supuesto que EEUU y Canadá, nuestros vecinos continentales.  Siguiendo este mismo camino, el del giro radical “buscando un cambio”, cualquiera que este sea, en algunas décadas África dejará de ser la región más pobre del mundo y su lugar lo ocupará esta otra.  

Latinoamérica, siempre infantil, nunca llegará a la madurez, pues nunca será capaz de hacerse responsable de sus propias decisiones, primer requisito de toda sociedad avanzada. Como tampoco podrá entender que es la misma sociedad la que debe mejorar si quiere aspirar a tener mejores candidatos, mejores gobiernos, mejores instituciones, mayor estado de derecho. No al revés. Debido a lo anterior, seguiremos durante muchos, muchos años perdidos en un laberinto al tiempo que nuestras economías decrecen, las libertades disminuyen, los errores nos consumen. Votando, facilitando, defendiendo utopías que más pronto que tarde se transforman en pesadilla.

A modo de consuelo, a todos los latinoamericanos desde el Río Bravo hasta la Patagonia nos queda culpar de nuestro atraso, de nuestra falta de crecimiento, de nuestra ignorancia, de nuestras economías y sociedades fallidas a alguien más, ya sea a la conquista, a los conservadores, a los burgueses, a la derecha, a los yankis, los ricos, a los fachos. Al neoliberalismo. Al capitalismo. Al pasado.  

Ya llegará ese unicornio alado, esa izquierda moderada, ese redentor “del pueblo” que ahora sí, nos muestre la senda y nos salve de nosotros mismos. Si no, ya sea que lleguemos en avión, auto, en balsa o nadando, allá en el norte existe ese lugar que decimos odiar, pero termina siendo siempre nuestro último refugio: los Estados Unidos de América. 

Nos leemos la semana entrante. 

Comentarios


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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. 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(Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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Uno de sus efectos fue que, ante un Estado desestructurado, el ejército ocupara el vacío. Ante el desastre institucional, la militarización de la seguridad pública y de la vida política del país, parece el destino de México. Por ello estamos, como dice el autor citado, ante un nuevo Estado, donde ya no puede obviarse el papel del narcotráfico… ni del ejército. Quizá sea la hora de preguntar si el proyecto político autoritario, de control jerárquico y basado en el tráfico de influencias y de dinero, que parece impulsar el actual gobierno es la solución que requiere México. Igualmente cabe ver la problemática actual del país bajo la mirada de la crisis del liberalismo político y económico mundial. ¿Es posible la convivencia de una economía liberalizada y un sistema autoritario? Un apunte sobre esto: carecemos de las herramientas político-ideológicas, tecnológicas y de control, económicas o la geografía China, por ejemplo. 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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. El posmodernismo pone al lenguaje como el centro de gravedad y la metafísica es sustituida por el análisis de textos. Para filósofos como Ludwig Wittgenstein el lenguaje es fundamental para construir la realidad, que si bien es como es, también puede ser de otra manera: “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Si bien comparto la idea de que lo que no puedo enunciar no existe para mí, el que no exista para mí no significa que no exista en lo absoluto. (Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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trump y la posverdad

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Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones. Asumiendo como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen. En enero de 2017, tras la ceremonia de investidura de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que dicha ceremonia había sido “la más atendida de la historia”, citando números desfasados y negando la enorme cantidad de material fotográfico, videos y datos procedentes de prensa, instituciones y hasta del propio transporte público que mostraban una realidad muy distinta. Más tarde, cuando en entrevista televisiva, le preguntaron a la Consejera de Presidencia, Kellyanne Conway, acerca de dichas declaraciones, respondió, esbozando una enigmática sonrisa, que los datos inventados por Spicer no eran falsos sino “hechos alternativos”, a lo que el presentador de NBC News, Chuck Todd, le respondió: "Los hechos alternativos no son hechos. Son falsedades". Y dicho periodista hizo énfasis en otra cosa más: si en su primera presentación ante la prensa, y acerca de un hecho en última instancia tan intrascendente, el nuevo gobierno era capaz de mentir de un modo tan flagrante y cínico, qué podría esperarles en el futuro. El equipo del expresidente Trump no reconocía estar mintiendo. Paras ellos la nueva versión de la verdad, construida a partir de sus propias percepciones, era tan válida como los conteos objetivos y las referencias históricas de las toma de posesión anteriores. La verdad era producto de la percepción y su validez se asentaba en el hecho simple de considerarla como tal. El Oxford English Dictionary asegura que la posverdad “denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que aquellos que apelan al emoción y a las creencias personales”. Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. De hecho se basa en una premisa muy simple, sostenida en la visión posmoderna que afirma que la verdad no existe, sólo versiones o interpretaciones de la realidad. Tras asumir como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen, y es ese territorio ambiguo el individuo se siente con la capacidad de construir una versión de los acontecimientos que reflejen aquello que desea expresar. La verdad ya no es sólo relativa a una perspectiva o un contexto, ya no es que se vea influida por la interioridad, los miedos, las creencias o los deseos de un individuo, sino que simple y llanamente es producto de la voluntad de quien la crea. La Posverdad se ajusta a las conveniencias de quien pretende imponerla y es inmune a cualquier evidencia empírica u objetiva si ésta contradice los prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios coyunturales de quien la defiende. Equivale a aceptar que vivimos en un mundo donde los hechos dejan de ser objetivos y se convierten en optativos, donde lo concreto se ajusta a la interpretación personal del momento y, aunque en principio parece cómodo y satisfactorio, a la larga nos obliga a vivir en un mundo incierto donde no hay referentes comunes a los cuales asirse. Antecedentes de la posverdad Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX. Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan. Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis. Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo. Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra. Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218). Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir

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