El cumpleaños de Eduardo

Felicidades por ser un ejemplo de la responsabilidad que conlleva escribir, hablar y vivir de la palabra.

6 de diciembre, 2022 El cumpleaños de Eduardo

Ya para finalizar este caótico año, el primer domingo del último mes cumplió años este señor cuyo nombre habla de una historia en el periodismo que todo México conoce y reconoce como gran e indiscutible líder de opinión. Casi sin saber nada de mí, Eduardo me dio la oportunidad de publicar en su espacio mis columnas. Tú no lo sabes, pero aquel día, después de platicar contigo y Mónica, le llamé a mi familia para contarles casi llorando de la emoción que colaboraría contigo.

Buscar temas periodísticos y desarrollarlos con la mayor seriedad posible, implica todo un reto. De tu parte he recibido el apoyo que cualquier comunicador anhela encontrar sin filtros ni censuras. Yo soy una de esas personas que se topa con un “No” en cada esquina. En cambio, contigo encontré un lugar completamente libre para expresarme y un maestro que me ha impulsado y que me ayuda a creer en mí y en mi sentido común.

Además, cuentas con un equipo increíble de colaboradores. Empecé a leerlos y a escucharlos, en un principio, tal vez para entender cómo y por dónde iba la cosa, ahora son parte imprescindible de mi día, todos y cada uno de ellos, sus opiniones, sus estilos, sus puntos de vista. Me encanta que este equipo sea para mí un microuniverso en donde todas las opiniones son válidas y respetadas.

¿Fue suerte? Si estar en el lugar y con la persona indicada es suerte, sin duda que lo fue.

Pero también ha sido un camino de esfuerzo, aprendizaje y constancia. De eso me siento muy orgullosa, no por creer que lo hice muy bien, sino por estar segura de que cada semana lo intento con ahínco y pasión.

Cada artículo implica pensar en un tema para desarrollar, documentarme, consultar fuentes, comentarlo con otras personas para sopesar puntos de vista, revisarlo muchas veces buscando errores o simplemente por mi antigua obsesión de repetir lo menos posible las mismas palabras.

En fin, con el gusto de festejar a un comunicador en toda la extensión de la palabra, a quien he admirado siempre, que me ha enseñado su lado humano, lo cálido y paciente que puede llegar a ser, detrás de esa voz y esa presencia que nos impone tanto a todos, hay un verdadero maestro y un amigo sincero.

Compartir su día con todo su equipo es para mí mucho más que un sueño, pertenecer, con todo el significado que lleva la palabra “Pertenecer” a un grupo de periodistas y comunicadores que piensan y viven de manera distinta cada situación pero que tienen una sola enmienda: comunicar desde la verdad, desde la honestidad y la información. Es algo con lo que soñé cuando elegí la carrera de comunicaciones a los 18 años. Estar con gente a la que le apasiona la noticia, el fondo y la forma, el impacto del acontecer diario me hace sentir que nunca había estado tan cómoda con mi vocación como ahora.

Muchas gracias Eduardo Ruiz-Healy, gracias por creer en mí, por dejarme volar, equivocarme y reparar, gracias por la confianza que me das publicando mis textos porque eres un hombre objetivo y justo, porque no nos limitas y yo puedo asegurar con mi palabra que en este espacio tuyo no he encontrado más que libertad y apoyo.

Llevo casi un año presumiendo (sobre todo a mí misma), yéndome a dormir con una sonrisa de emoción cuando termino una columna y la envío para su publicación, con los nervios de verla ya en tu revista y esperando los comentarios de mis amigos y de tus lectores, entendiendo a conciencia el valor de cada “Me gusta” y de que  alguien, no importa quien se tome el tiempo para leerme, es una alegría que hace que todo haya valido la pena.

Muchos años más, Big Boss, uno de los hombres más sensatos e inteligentes que he conocido en mi vida.

Un gran honor celebrar tu vida y pertenecer a tu equipo.

Comentarios


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Muchas familias mexicanas se beneficiaron de los programas de transferencias directas de dinero del gobierno norteamericano a muchos ciudadanos con doble nacionalidad, ya que este programa implementado en el inicio de la pandemia por Covid-19 logró que la economía se mantuviera lo más estable posible, a pesar de la histórica caída mundial en 2020. En las pequeñas fricciones que se dieron durante la cumbre trilateral, el presidente AMLO reclamó a los Estados Unidos por dejar a Latinoamérica olvidada por mucho tiempo, lo que fue revirado por Biden con cifras importantes que se destinan a diversos rubros. Aunque al presidente Biden le asiste la razón que ningún país en el mundo invierte las cantidades monumentales en que lo hace en otras naciones la Unión Americana, también es cierto que todo ese cuantioso dinero no es exclusivo para obras de caridad y desarrollo. 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El mundo no existe como cosa en sí, con independencia de la interpretación; más bien accede al ser sólo en y a través de interpretaciones4 El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos. Salvo la declaración misma de que “nada de lo humano es universal”, para el posmodernismo, “nada es universal”, todo es subjetivo, todo es parcial, todo es relativo y depende de la perspectiva con que se mire, todo es producto de construcciones culturales, nada es propio de lo humano y lo único que debe tomarse en cuenta es la manifestación particular de cada manera de entender el mundo.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir   1 Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna, Doceava Edición, España, Cátedra, 2014, Págs. 10. 2 Rifkin, Jeremy, La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis. 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Deconstrucción posmoderna

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Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones. Asumiendo como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen. En enero de 2017, tras la ceremonia de investidura de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que dicha ceremonia había sido “la más atendida de la historia”, citando números desfasados y negando la enorme cantidad de material fotográfico, videos y datos procedentes de prensa, instituciones y hasta del propio transporte público que mostraban una realidad muy distinta. Más tarde, cuando en entrevista televisiva, le preguntaron a la Consejera de Presidencia, Kellyanne Conway, acerca de dichas declaraciones, respondió, esbozando una enigmática sonrisa, que los datos inventados por Spicer no eran falsos sino “hechos alternativos”, a lo que el presentador de NBC News, Chuck Todd, le respondió: "Los hechos alternativos no son hechos. Son falsedades". Y dicho periodista hizo énfasis en otra cosa más: si en su primera presentación ante la prensa, y acerca de un hecho en última instancia tan intrascendente, el nuevo gobierno era capaz de mentir de un modo tan flagrante y cínico, qué podría esperarles en el futuro. El equipo del expresidente Trump no reconocía estar mintiendo. Paras ellos la nueva versión de la verdad, construida a partir de sus propias percepciones, era tan válida como los conteos objetivos y las referencias históricas de las toma de posesión anteriores. La verdad era producto de la percepción y su validez se asentaba en el hecho simple de considerarla como tal. El Oxford English Dictionary asegura que la posverdad “denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que aquellos que apelan al emoción y a las creencias personales”. Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. De hecho se basa en una premisa muy simple, sostenida en la visión posmoderna que afirma que la verdad no existe, sólo versiones o interpretaciones de la realidad. Tras asumir como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen, y es ese territorio ambiguo el individuo se siente con la capacidad de construir una versión de los acontecimientos que reflejen aquello que desea expresar. La verdad ya no es sólo relativa a una perspectiva o un contexto, ya no es que se vea influida por la interioridad, los miedos, las creencias o los deseos de un individuo, sino que simple y llanamente es producto de la voluntad de quien la crea. La Posverdad se ajusta a las conveniencias de quien pretende imponerla y es inmune a cualquier evidencia empírica u objetiva si ésta contradice los prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios coyunturales de quien la defiende. Equivale a aceptar que vivimos en un mundo donde los hechos dejan de ser objetivos y se convierten en optativos, donde lo concreto se ajusta a la interpretación personal del momento y, aunque en principio parece cómodo y satisfactorio, a la larga nos obliga a vivir en un mundo incierto donde no hay referentes comunes a los cuales asirse. Antecedentes de la posverdad Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX. Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan. Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis. Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo. Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra. Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218). Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir

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