«De esta manera, desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra, y dejaron de construir la ciudad» –Génesis, 11, 8–. Este verso relata el final de la icónica torre de Babel. Aunque prima facie puede ser leído como un acto de ira divina, pienso que es más cercano a ser un relato de advertencia. ¿La razón? El lenguaje de la vida política actual se cifra bajo el paradigma de la posverdad, en donde no importa la verdad objetiva, ni los parámetros de verificación, ni las realidades de la ética y la moral. Lo único que cuenta es qué tan populares son los líderes. Y, cuando se les cacha en la mentira, qué tan efectivos son en tanto dispersores de cortinas de humo. Así, el lenguaje común de nuestra contemporánea Babel se ha convertido en la mentira e hipocresía.
No es nuevo que los líderes políticos mientan. Lo novedoso es que sea con tan soez descaro. Pues, frente a la facilidad de constatación de hechos y datos, ¡es bastante fácil contradecirlos! El problema, sin embargo, son todos los grupos políticos que refuerzan la narrativa de la falsedad. En lugar de desacreditar los embustes, elogian a los tejedores de mentiras.
La segunda presidencia de Trump es evidencia de ello. Lo peor es que, ¡ya ni sabe qué decir! ¿Cómo puede ser que, al quejarse de su secretario de la Reserva Federal –Jerome Powell–, remate aseverando que es un mal servidor público porque lo eligió Biden? Siendo que fue Trump mismo quien lo nombró. ¿Qué decir de su reciente declaración de que pretende aminorar el precio de las medicinas al 60, 100 e incluso 120 por ciento? –¿será que quiera regalar medicamentos a través de una concesión tipo pensión del bienestar?– Pero la peor mentira hasta el momento –tanto por lo contundente de las evidencias, así como por la incesante cantidad de maromas narrativas que ha intentado ejecutar para enterrar la noticia– es el infame caso Epstein.
Desde que su ex buddy Elon Musk ventaneó que Trump figura en la lista de clientes de Epstein, Trump ha mudado de mentiras como las serpientes de piel. Primero, que ni siquiera lo ubicaba tanto. Luego que es un escándalo de los demócratas. También se quejó con su base por hacerles caso y caer en la trampa de la oposición. Sin embargo, ya se dio a conocer que no sólo sí eran amigos, sino que hasta se escribieron cartas aludiendo a sus secretos en común. Lo más peligroso ocurre después, pues no sabiendo qué más inventarse, Trump «exigió que el equipo de fútbol americano Washington Commanders cambiara su nombre de nuevo a Redskins y compartió un video generado por inteligencia artificial que mostraba a Obama esposado por el FBI frente a un Trump sonriente en la Oficina Oval». Todo con la desesperada intención de alterar la narrativa.
¿Qué hacer frente a la política de la posverdad? En realidad, el paradigma se ha vuelto insostenible. Dice la Biblia que «si una casa [está] dividida en su interior, esa casa no podrá sostenerse» –Marcos, 3, 25–. La mentira en exceso es un pilar demasiado poroso para la construcción de la vida política. Erosiona a los Estados hasta el punto de quiebre. Tarde o temprano, el Babel de la posverdad terminará por desquebrajarse por su propia causa. Será tarea de la ciudadanía, a través de un pensamiento libre, crítico e independiente, apuntalar las vigas de un mejor paradigma político; uno que contenga a la verdad como criterio de acción.
@FranzvonSparr | @vonsparr90
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