Hoy en México sobran hechos aterrorizantes que deberían despertar la indignación y la sorpresa de la sociedad: escándalos de corrupción; amenazas de bombardeos nucleares; la aprobación de leyes que, en muchas ocasiones, impactan de manera negativa y directa la vida de miles o millones de personas; que mineros queden atrapados en una mina; que si el petróleo llegó a las costas de Veracruz en forma de gotas, como lo dijo Rocío Nahle, o que si se derramó de un buque fantasma; que si la refinería de Dos Bocas no deja vivir a los habitantes del municipio de Paraíso (Tabasco); que si se encontró un cuerpo, o dos, o tres, o miles en una fosa clandestina; que si hasta el momento han muerto ocho personas por el suministro negligente de un “suero vitaminado”; que si se maquillan las cifras de desaparecidos; que si se abre el Estrecho de Ormuz con condiciones; o un sinnúmero de encabezados terribles —y otros más amigables— desaparecen con la misma facilidad con la que aparecen. Esto no quiere decir que el problema haya sido resuelto, sino más bien que ha sido reemplazado por algún otro suceso. En ese ciclo incesante, hemos desarrollado una resistencia y una forma de vivir como si nada estuviera pasando a nuestro alrededor.
Comparo el cansancio ante la crisis con el desarrollo de un ejercicio físico, en el que, aunque los músculos estén fatigados, son capaces de continuar con el movimiento a pesar del dolor. El cansancio social ante la crisis pareciera actuar como un mecanismo de defensa frente a una realidad llena de problemas. Para hacernos sentir que no pasa nada, dosificamos la atención a los hechos y nuestra capacidad de asombro.
Les platico un episodio personal para ejemplificarlo: retomando uno de los encabezados citados al inicio, sobre las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump, quien advertía que terminaría con una civilización iraní si no se abría el Estrecho de Ormuz para las 8:00 p. m. (hora del este de Estados Unidos) del 7 de abril de 2026. Lo que debió generar incertidumbre incluso entre ciudadanos ajenos al ámbito periodístico, político o diplomático ocupó un espacio en la conversación tan irrelevante como el tráfico o la fila en la heladería de moda. Es decir, lo que debería provocar un debate profundo hoy apenas logra sostenerse unos minutos: el miedo, la sorpresa y la indignación han quedado fragmentados y, en la gran mayoría de los casos, se han convertido en temas superficiales.
Sin embargo, estoy convencido de que la normalización de la crisis tiene —y tendrá— consecuencias profundas. Como profesionista, muchos lo entenderán: cuando todo es urgente, nada es prioridad. Esto provoca que los temas no alcancen a madurar, en este caso en la opinión pública, lo que a su vez impide que se traduzcan en exigencias claras hacia las autoridades. A ello se suma que el cansancio debilita la memoria colectiva: los casos se acumulan, pero no se atienden.
Vivimos en un momento de la historia en el que cada nuevo evento, por más relevante que sea, se percibe como un hecho aislado, cuando en la mayoría de los casos responde a patrones de violencia, impunidad y desigualdad. Entre la duda de si estamos ante noticias reales o “cajas chinas” construidas por los gobiernos para distraernos de una realidad aún más compleja, como sociedad estamos perdiendo la capacidad de exigir continuidad en la atención de los problemas que nos lastiman. Soluciones que son responsabilidad de los gobiernos y, lo que más incomoda, rendición de cuentas reales con acciones a corto y mediano plazo.
A medida que pasa el tiempo, los acontecimientos son cada vez mayores y, en consecuencia, los desafíos para enfrentarlos demandan acciones más complejas. Para hacer frente a este cansancio emocional, debemos dotarnos de herramientas, muchas de ellas desde lo individual: evitar que, como ocurre en muchas conversaciones, los temas que nos afectan como sociedad se vuelvan superficiales. Estoy seguro de que no soy el único al que le ocurre.
Lo he expresado en columnas anteriores: no pierdo la fe. Está en nuestras manos evitar que el cansancio social ante la constante crisis se convierta en indiferencia permanente. Las crisis deben poner a prueba a las instituciones encargadas de administrar justicia y procurar el bien común. El mundo no se detiene, y una nueva generación comienza a tomar el control de muchos aspectos de la vida pública y privada. Sin embargo, normalizar la crisis y permanecer indiferentes puede resultar demasiado riesgoso, porque cuando la indignación se apaga demasiado rápido, con esa misma rapidez se van las posibilidades de cambiar lo que la provoca.
Piénsenlo, está en nuestras manos.
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