Una verdad es una mentira repetida mil veces. Y es que de tu verdad a mi verdad puede haber un universo de divergencias porque la verdad lamentablemente no obedece a lo que debería ser: una razón científica comprobable, una teoría o una historia real, confirmada y sustentada que se reconoce como cierta e irrefutable aunque no nos gusta.
Pero los seres humanos al no simpatizar con una verdad nos sentimos con la capacidad, el derecho y el deber de transformarla o adaptarla a nuestro gusto, sin pensar en que nuestra verdad pueda afectar a otros o simplemente reconocer que deberíamos obedecer a la verdad aunque no nos parezca, nos resistimos y buscamos a otros grupos que estén inconformes como nosotros. Por medio de la retórica nos convencemos y buscamos convencer y en equipo decidimos fabricar una realidad que nos acomode.
Las redes sociales se han vuelto un arma muy peligrosa en este tema. Basta con que alguien lance al ciberespacio una teoría para que esta se pueda volver información irrefutable por absurda que parezca. Las mentiras son infinitas y la gente las adopta sin pudor, desde que no hay razones para asegurar que el cigarro hace daño, que desayunar huevos nos hacia daño y que era mejor el cereal, que los migrantes se comían a las mascotas de las casas y que si no te dormías temprano, comías las verduras o hacías la tarea venia un señor malo y te llevaba preso, e infinidad de historias que alguien inventó para su propia conveniencia y que muchos aceptamos como religión (las religiones sin duda son las más grandes proveedoras de la posverdad).
¿Pero sabemos qué es la posverdad? La posverdad es un fenómeno en el que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que las emociones, creencias personales o narrativas ideológicas. El término se popularizó globalmente en 2016, cuando el Oxford Dictionaries lo eligió como “palabra del año” en un contexto marcado por eventos como el Brexit y la elección de Donald Trump. Desde entonces, la posverdad se ha consolidado como una característica central de la comunicación contemporánea.
En esencia, la posverdad no implica necesariamente la ausencia de verdad, sino su desplazamiento. Los datos verificables dejan de ser el criterio principal para evaluar la realidad, y en su lugar predominan relatos que “se sienten verdaderos”. Esto ocurre especialmente en entornos digitales, donde las redes sociales amplifican contenidos que apelan a la emoción indignación, miedo, empatía por encima de la evidencia.
Uno de los factores clave en la expansión de la posverdad es el funcionamiento de algoritmos en plataformas como Facebook, X o TikTok, que priorizan contenidos con mayor interacción. Esto genera “burbujas informativas” donde los usuarios consumen información alineada con sus creencias, reforzando sesgos y dificultando el diálogo entre posturas distintas. Así, la verdad deja de ser un terreno común y se fragmenta en múltiples versiones subjetivas.
Las consecuencias de la posverdad son profundas. En el ámbito político, debilita la democracia al erosionar la confianza en instituciones, medios de comunicación y procesos electorales. La desinformación puede influir en decisiones colectivas, desde elecciones hasta políticas públicas, sin que medie un debate basado en evidencia. En el plano social, fomenta la polarización: grupos con visiones opuestas no solo discrepan, sino que desconfían radicalmente unos de otros.
En lo individual, la posverdad afecta nuestra capacidad de discernir información confiable. La sobreexposición a noticias falsas o manipuladas puede generar confusión, apatía o incluso radicalización. Además, al priorizar lo emocional, se debilita el pensamiento crítico y se favorece la aceptación acrítica de contenidos que confirman nuestras ideas previas.
Frente a este fenómeno, la respuesta no es sencilla, pero sí necesaria. Implica fortalecer la educación mediática, promover el pensamiento crítico y exigir mayor responsabilidad a plataformas digitales y actores políticos. También requiere un compromiso personal: verificar fuentes, contrastar información y estar dispuestos a cuestionar nuestras propias creencias.
La posverdad no es solo un problema de información, sino de cultura. Refleja una época en la que la velocidad y el impacto emocional pesan más que la precisión. Comprenderla es el primer paso para resistir sus efectos y reconstruir un espacio público donde la verdad, aunque compleja e incómoda, vuelva a tener valor.
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