Educación para la Paz: un proyecto viable

Construir una pedagogía para la paz, es uno de los grandes pendientes de la educación del siglo XXI.

2 de septiembre, 2022

La violencia mundial y nacional sacude nuestras emociones, entristece y atemoriza. Nos exige tomar decisiones y pensar sobre lo que queremos para nosotros y aún para la generación que viene detrás. Sería egoísta de nuestra parte pensar únicamente en una solución que permitiera tranquilidad solo unos días o pocos años y deje la bomba de tiempo para las generaciones posteriores, como lamentablemente ya ha pasado. 

Quienes estamos convencidos de que educar para la paz es un recurso estratégico y operativo viable entendemos que el contexto es difícil pero no limitativo y entendemos también que lo que está sucediendo justifica la necesidad de refundar las bases educativas globales y nacionales a partir de la construcción de una ciudadanía que tenga como una de sus prioridades la prevención y la solución de conflictos en todos los ámbitos. 

Cooperación, definición de metas colectivas, negociación y solución de conflictos, tolerancia, integración social, interacción con el medio ambiente, desmilitarización, proyecto de vida, equidad, empatía con el problema del otro, alegrarse con el éxito de otro ser humano son conceptos, criterios educativos y conductuales que se requiere incorporar a programas generales de educación, a programas políticos, de formación ciudadana y a normas de convivencia familiar. 

En esta reconstrucción educativa ciudadana todos formamos parte: individuos, inversionistas, periodistas, iglesias, líderes espirituales, partidos, autoridades, asociaciones civiles, asociaciones de vecinos, padres de familia, clubes deportivos, sindicatos, cámaras empresariales.  

La crisis de seguridad y de violencia es también el efecto de la agudización de la crisis social. La pérdida del respeto al trabajo y a su resultado, la falta de respeto por la vida del otro, de sus bienes y sus recursos. Es consecuencia también de las recurrentes y profundas crisis económicas que empujaron a los jóvenes al desempleo y a los niños a la deserción escolar, de la corrupción y del caso omiso que por años muchos políticos han hecho, emitiendo discursos contrarios que dividen y construyen odio. 

Durante años, el discurso político (con su intención didáctica) ha sido la manifestación de poder militar, capitalistas y socialistas desfilan con trajes, tanques y soldados. Pedagogía de la violencia que ha escalado sin límites porque sus generadores no los establecieron. 

Las armas que eran exclusivas del ejército hoy están en las calles sin control provocando un entorno violento y generando inseguridad para individuos y familias. El discurso cinematográfico y televisivo de legitimación de la agresividad se transformó en vida cotidiana y la narcocultura reforzó las estructuras didácticas de la violencia primero en un entorno regional que se ha extendido más allá de las fronteras de cualquier nación. 

Hemos vivido la industrialización de la cultura de la violencia, se generó adicción elevando la adrenalina de muchos e incorporando a otros a producir para hacer un mercado que consumiera y elevara sus ganancias.  

Por momentos pareciera que no conocemos la paz, sin embargo, todos conocemos la paz. Ha sido una experiencia vital para nuestro desarrollo individual y social, por lo tanto, el conocimiento que tenemos de la paz es práctico y personal. Todos hemos trabajado, leído, escrito, disfrutado momentos de paz e inevitablemente consideramos que la normalidad debe ser vivir en paz. Es una necesidad vivir en ella. 

Conocer la paz es construir la paz, interior, laboral, familiar y social en general. Desarrollar las formas personales y colectivas que nos permitan vivir en ella. Volver a vivir en paz será entonces un proceso de reconstrucción que requiere la convergencia de los distintos sectores sociales e individuos. La negación discursiva de la violencia no se limita a una negación política, es la negación a la posibilidad de construir una paz duradera, por lo tanto, es la negación al derecho de conocer la paz, a construir la paz, a vivir en paz.  

Desde las raíces de la estructura social básica como lo es la familia, hemos construido experiencias familiares de vida en paz, tal vez de forma inconsciente, pero finalmente productivas y con resultados concretos. Pero en el desarrollo de la historia familiar algo robó la paz: el desempleo, el consumo de droga, la ruptura de los lazos familiares, la pérdida de un ser querido. Recuperar la vida en paz al interior de la familia es básico en este proceso de reconstrucción colectiva de la paz.

La estabilidad financiera de un hogar, la consolidación del patrimonio, la generación de condiciones dignas para el desarrollo de cada uno de sus integrantes, son factores necesarios, pero no van solas, van acompañadas de ejercicio de una paternidad y maternidad ligadas a la construcción de la paz. Apoyadas por un entorno que consolide el esfuerzo de los padres por una crianza orientada a la prevención y solución de conflictos, a la armonía y construcción colectiva de proyectos. 

El centro de trabajo, el barrio, las instituciones donde los individuos socializan o construyen su vida colectiva, así como la administración pública y sus decisiones son parte del engranaje colectivo que a cada individuo le permita un desarrollo en paz. 

En síntesis, la educación para la paz es un proyecto viable, absolutamente necesario, por el contexto actual y porque es transgeneracional. En su construcción, desde la familia, hasta el gobierno y cada sector e institución social participan. Y es urgente que se impulsen condiciones para que esto suceda, de lo contrario, la ambigüedad discursiva de los políticos no sirve, de lo contrario, la pedagogía de la violencia continuará su normalización con todos los impactos negativos para el individuo y la sociedad que ya hemos estado sintiendo. 

El proyecto es viable y el llamado a involucrarse  es para toda persona.

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