Deconstrucción posmoderna

El posmodernismo se consolidó a partir de la crítica mordaz de las grandes narrativas universales, de cualquier proyecto de idea que pretendiera aplicarse a la generalidad de los seres humanos.

6 de enero, 2023

Frederic Nietzsche pone los cimientos de la posmodernidad con sus famosas frases: “Dios ha muerto” y “no hay hechos, hay interpretaciones”.  

Para el posmoderno no existe nada universal y permanente en qué creer. Las grandes metanarrativas perdieron su validez para transformarse en vehículos de opresión. De este modo la verdad no existe por sí misma sino; siempre depende de la perspectiva cultural que la emite.

Una metanarrativa es un relato totalizador, un esquema matriz que da cabida y entreteje la totalidad de los conocimientos, comportamientos, anhelos y experiencias de una visión del mundo de tal modo que la experiencia humana pueda ser entendida de manera universal y cohesionada. La primera manifestación del paradigma posmoderno se observa en el esfuerzo por desmontar las narrativas universales, tanto tradicionales como modernas, que desde esta visión han probado ser falsas. Jean-François Lyotard, en su obra clásica La condición posmoderna, lo expresa así: “Simplificando al máximo, se tiene por “postmoderna” la incredulidad con respecto a los metarrelatos1”.

Frederic Nietzsche, el filósofo germinal de la posmodernidad hace dos declaraciones que terminaron por convertirse en los cimientos de esta nueva forma de entender el mundo: “Dios ha muerto” y “no hay hechos, hay interpretaciones”.  

En contra de la idea ilustrada de que la realidad se manifiesta a partir de hechos objetivos, Nietzsche defiende la primacía de los diferentes puntos de vista: son las perspectivas y las interpretaciones las que producen el verdadero conocimiento. 

Por su parte, José Ortega y Gasset se hizo eco de esta visión proclamando que “no existe esa supuesta realidad inmutable y única: hay tantas realidades como puntos de vista2”.

Si la revelación divina no fue la respuesta a los problemas y dilemas humanos, tampoco lo fue el afán ilimitado de progreso y desarrollo que, en última instancia, conduce a la guerra, la devastación, la sobreexplotación de los recursos, la desigualdad y los campos de exterminio. 

De pronto para el posmoderno no existe nada realmente sólido a lo que asirse ni nada universal y permanente en qué creer. Las grandes metanarrativas que se habían constituido a lo largo de los siglos perdieron su validez para transformarse en vehículos de opresión una vez que se comprenden como formas de imponer creencias y valores con la intención de mantener sometidas a las masas. Como nos dice Ken Wilber: “Las afirmaciones de verdades “universales” válidas para todo el mundo no son, desde esta perspectiva, más que formas de imponer las propias creencias y valores sobre los demás, un claro intento de opresión y dominio3”. Es así como la idea de “deconstruir” lo preexistente toma forma y sentido. 

Así, el posmodernismo se consolidó a partir de la crítica mordaz de las grandes narrativas universales, de cualquier proyecto de idea que pretendiera aplicarse a la generalidad de los seres humanos. Con el paso del tiempo la tendencia a cuestionar y, en última instancia, renegar de cualquier premisa universalista llevó al pensamiento posmoderno a un relativismo extremo. Ya nada es verdad para todos, el conocimiento es relativo y la verdad está situada dentro de una cultura específica, y no sólo eso: todas las jerarquías o categorías de valor son opresivas y por lo tanto carecen de valor. 

Estas premisas nos llevan al callejón sin salida más grave que ha enfrentado la posmodernidad: si todas las ideas, valores y culturas son equivalentes, no hay una que resulte más deseable que otra y con ello se ha despojado de criterios de validez que reconozcan, por ejemplo, que las ideas de Gandhi son más deseables que las de Hitler.   

De este modo la verdad no existe por sí misma sino que siempre depende de la perspectiva cultural desde donde se mire. Como asegura Richard Tarnas, “Para esta manera de entender las cosas, no se puede decir que el mundo posea características que en un principio sean anteriores a la interpretación. El mundo no existe como cosa en sí, con independencia de la interpretación; más bien accede al ser sólo en y a través de interpretaciones4

El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos. Salvo la declaración misma de que “nada de lo humano es universal”, para el posmodernismo, “nada es universal”, todo es subjetivo, todo es parcial, todo es relativo y depende de la perspectiva con que se mire, todo es producto de construcciones culturales, nada es propio de lo humano y lo único que debe tomarse en cuenta es la manifestación particular de cada manera de entender el mundo.  

 

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Facebook:  Juan Carlos Aldir

 

1 Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna, Doceava Edición, España, Cátedra, 2014, Págs. 10.

2 Rifkin, Jeremy, La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis. Primera Edición, España, Paidós, 2010, Págs. 370

3 Wilber, Ken, Meditación Integral. Mindfulness para despertar y estar presentes en nuestra vida, Primera Edición, España, Kairós, 2016, Págs. 107

4 Tarnas, Richard, La pasión de la mente occidental. Para una comprensión de las ideas que han configurado nuestra visión del mundo, Cuarta Edición, España, Atalanta, 2016, Pág. 500

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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. El posmodernismo pone al lenguaje como el centro de gravedad y la metafísica es sustituida por el análisis de textos. Para filósofos como Ludwig Wittgenstein el lenguaje es fundamental para construir la realidad, que si bien es como es, también puede ser de otra manera: “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Si bien comparto la idea de que lo que no puedo enunciar no existe para mí, el que no exista para mí no significa que no exista en lo absoluto. (Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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Gran parte de la clase media mexicana ha visto una merma notoria en sus bolsillos como consecuencia de las decisiones gubernamentales y ha escuchado el ataque a sus aspiraciones y convicciones desde el púlpito presidencial un día sí y otro también. Al mismo tiempo, miembros del sector empresarial, así como algunos políticos de oposición y numerosos medios se han encargado de poner en entredicho las palabras que emanan de boca del ejecutivo cada mañana con respecto al “avance” del país.   Hay que mencionar también las derrotas que ha sufrido el presidente y su séquito en sus empresas más recientes: la imposición de la plagiadora Yasmín Esquivel para ocupar el lugar que dejaba vacante el otro incondicional del ejecutivo que es Arturo Saldívar en la SCJN, la Reforma Electoral, etc.  Si bien lo anterior es cierto y hay millones de inconformes, hay más, muchos más, que avalan y defienden al presidente y su partido. Ahora bien, poniendo atención a las condiciones, encuestas, señales y momentos de cara al proceso electoral del año que viene, ¿resulta posible que Morena deje la presidencia en 2024? La respuesta es no. Morena llegó y como la humedad, deshacerse de ellos no será nada fácil. Y aquí están las razones:  1) Comencemos por el principio: López será muchas, muchísimas cosas, pero un demócrata o un hombre apegado a lo que dicta la ley, jamás; los hechos que lo sustentan van desde la expropiación de un predio privado cuando era jefe del gobierno capitalino, la clasificación de asignaciones y obras en la Ciudad de México durante su mandato hasta su autoproclamación como “presidente legítimo” en el 2006. Lo que dicta la constitución, las leyes y reglamentos le quedan “guangos” al actual ejecutivo y sirven sólo cuando le acomoda, como por ejemplo cuando el INE corrobora su triunfo electoral. 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Dinero sobra para ello, aunque en materia de educación, salud, seguridad, infraestructura, el país se esté cayendo a pedazos.    2) Popularidad: Aún para los menos interesados en los vericuetos de la política (que es la mayoría de la población) el presidente resulta un personaje identificable y no sólo eso, también cercano. Millones de mexicanos se ven representados en sus formas, maneras, en cómo se viste, en cómo actúa y sobre todo, en aquello que dice. Aunque no sea más que una burda pantomima, el presidente interpreta bien su papel:  habla mal, desdeña a los ricos, los estudiados, los privilegiados, come garnachas, saca estampas de santos para “protegerse” de la COVID, y demás etcéteras. Nadie en la oposición se acerca a los números de Morena (desde Sheinbaum hasta Adán Augusto, todos ellos duplican o triplican las preferencias de Lily Téllez, Luis Donaldo Colosio e incluso Mariana Rodríguez). Ni qué decir del presidente, que cuenta con un porcentaje cercano al 60%. No hay duda de que si se les pregunta a 10 mexicanos al azar: ¿con quién se identifica más, con el presidente o con digamos, Enrique de la Madrid o Ildefonso Guajardo? La respuesta será clara. El que salga día a tras día a soltar una cháchara interminable e inconexa no hace sino incrementar su presencia y mantiene su discurso vigente, resonando en aquellos que lo siguen por la radio, la televisión o por medios digitales, sin ir más allá. Peor aún, muchísima gente es capaz de perdonar o pasar por alto la eliminación de estancias infantiles, escuelas de tiempo completo, refugios para mujeres, de dejar sin medicamentos a niños con tal de “creer” que ese tipo que les cae bien está haciendo algo distinto de los gobiernos anteriores. Lo cual nos lleva al punto siguiente.  3) La gran mayoría de la población mexicana está condicionada no sólo por un enorme desconocimiento, sino también por numerosos sesgos y no, no me refiero únicamente a aquella con menos oportunidades (educativas y laborales). La realidad es que en nuestro país nunca permeó el pensamiento crítico y hasta el día de hoy, en pleno siglo XXI, tanto los hechos como los mitos, las supersticiones y las creencias conviven con total naturalidad, aún entre la población con un mayor grado de escolaridad, sin distinción de tonos de piel o estratos sociales. Dado lo anterior a nuestra sociedad la conforman tanto algunos especialistas médicos de alto nivel como miles que recetan Herbalife y remedios homeopáticos o productos “milagro”. También científicos de renombre así como coaches de vida que creen en los duendes y el mal de ojo e individuos con doctorados en el extranjero que creen que el aumento al salario mínimo, como medida gubernamental, realmente habrá de incrementar el poder adquisitivo de los ciudadanos en un entorno inflacionario. Los sesgos acumulados a través del tiempo no permiten generar una conciencia crítica de las cosas y la inmediatez de las redes, las fake news y otros eventos similares no han hecho sino diluir la brecha entre realidad y fantasía.  Los mexicanos en lo general no somos gente atraída por la racionalidad, por contrastar datos precisos, es más, ni por leer ni por las matemáticas ni nada que se le parezca; la navaja de Ockham, el método científico y hasta el más elemental sentido común nos hacen lo que el viento a Juárez.  Debido a ello y la política no es excepción, poco nos importan la viabilidad y la probabilidad y dejamos de lado lo complejo y riguroso por lo fácil e inverosímil: por los Chapuceros, las Mañaneras, la uña de gato, los horóscopos, los amarres, el Santo Niño Futbolero, los geles “chupa panza”, el dinero “gratis” y los políticos de izquierda que se convierten, más pronto que tarde, en tiranos. En resumen, elegimos siempre algo que se asemeje a lo que queremos o quisiéramos creer, aunque ello se oponga a la realidad misma.  4) Oposición: Simplemente no hay quién. Lo cierto es que absolutamente todos los políticos de todos los partidos han brincado de acá para allá y tienen un largo historial tras de sí, tanto los del PRI como los del PAN y por supuesto, los de MORENA. Ninguno de los miembros de la oposición, salvo tibiamente, han salido a enfrentar al presidente en estos cuatro años puesto que todos tienen esqueletos en el clóset, aún aquellos que apenas incursionaron en la política de alto nivel, de manera independiente o como parte de un partido de reciente creación. Pero aún si no los tuvieran, saben que quien resulte el ganador de la rifa del tigre de cara a la elección presidencial tendrá que verse las caras con la FGR que comanda Gertz Manero (que ahora aparentemente tiene Adán Augusto) y la UIF de Pablo Gómez, sobradamente capaces de inventar cualquier excusa y sembrar cualquier cantidad de evidencia (como pasó con Rosario Robles) para amedrentarlos y/o quitarlos del camino.  Los mismos gobernadores salientes de la oposición, sabiendo lo débiles que son sus liderazgos partidistas, han buscado la salvación personal y optado por la vía de la concordia con el ejecutivo, recibiendo la promesa de un retiro sin persecución o incluso de una embajada o un consulado a cambio de entregar sus entidades al partido del presidente.  La única posibilidad sería que algún paladín solitario e impoluto emergiera espontáneamente de la sociedad civil; si lo hiciera y lograra sobrevivir los embates de la prisión preventiva de la FGR y la UIF, aún tendría que evitar tanto él como su familia, los del narco, punto que trataremos en el punto 6, para lograr colocarse a la cabeza de las preferencias y obtener la mayor votación de la historia del país, con excepción de la de Obrador, que lo logró con 20 años de campaña ininterrumpida. Todo esto en escasos doce meses (o menos) acorde con los tiempos electorales.  5) El INE: Como bien sabemos, el intento de Reforma Electoral del presidente y Morena no llegó a buen término al no contar con la mayoría calificada, pero su alternativa si lo hizo, el llamado “Plan B” (con la ayuda del Partido Verde y del Partido del Trabajo). El paquete de leyes compacta la estructura del instituto (desaparecen las secretarias ejecutivas y el servicio profesional de carrera), limita su alcance territorial (sus órganos distritales pasan de 300 a 260 y serán temporales, no permanentes) y suaviza las sanciones contra partidos y servidores públicos (quitar candidaturas y limita las facultades del Tribunal Electoral para castigar actos anticipados de campaña) al mismo tiempo que busca eliminar el famoso PREP (Programa de Resultados Electorales Preliminares). Para peor, las dos figuras más importantes del Instituto, mismas que se han encargado de ponerle el pecho a las balas y proteger no sólo lo que el INE es y representa sino los cimientos más elementales de la democracia per se, Lorenzo Córdova y Ciro Murayama, salen en este 2023.  Sabedor de lo anterior, el presidente hará todo lo posible por imponer en el Instituto a sus incondicionales (como lo hizo en el Conacyt, la Suprema Corte, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, etc). El árbitro imparcial que garantizó la legalidad en el 2018 llegará disminuido a las próximas elecciones presidenciales.  5) Por último, pero no menos importante, Morena y el presidente tienen de su lado la FUERZA necesaria para utilizarla si así se requiere: a su diestra al Ejército Mexicano y a su siniestra, a los Cárteles del narcotráfico. A los primeros, en lugar de emplearlos en el combate de los grupos delictivos que azotan el país, los mantiene ocupados y satisfechos mediante jugosos contratos y actividades que van desde la construcción de aeropuertos hasta la “vigilancia” del Metro de la Ciudad de México. A los segundos, permitiéndoles operar sin inconveniente alguno a lo largo y ancho del país no sólo en lo referente al trasiego de droga sino también a las múltiples actividades relacionadas: trata, secuestro, extorsión, huachicol, etc. Cabe hacer mención que hay entidades donde, como en las elecciones del 2021, los distintos grupos delictivos ya operaron a favor de Morena donde resultaron vencedores. Hoy en día, 21 entidades son controladas por Morena, entre ellas Guerrero, Sinaloa, Veracruz y Tamaulipas. Ya sea por la vía legal o la ilegal, el presidente tiene la fuerza suficiente para apretar a cuántos quiera, en el momento que quiera y como mejor convenga.  Con suficiente anticipación (2016-2017) escribí y publiqué en numerosos artículos la debacle en que se vería inmerso el país en caso de ganar el “voto masivo” que pedía Obrador; lo anterior lo abordé desde distintos ángulos: lo que representaba el voto joven, que no había conocido épocas de entornos deficitarios o de alza inflacionaria constante, con políticas retrógradas y un partido hegemónico, como lo planteaba López en su Proyecto de Nación. Lo hice también mencionando los antecedentes específicos de Obrador y su paso por la capital del país, el PRD y el PRI e incluso más atrás. También escribí acerca del marketing político y el efecto de los sesgos cognitivos en las campañas electorales, que funcionaban a favor de un candidato repleto de premisas falsas o llanamente equivocadas, pero “diferente” con respecto al sistema. Y muchos otros.  Sobra decir que mis advertencias y las de muchos otros cayeron en oídos sordos. A casi siete años de distancia de aquellos escritos y a poco más de un año de la elección presidencial, a menos que se presente un evento catastrófico que logre mermar al presidente (y por consiguiente a su partido) y confluyan varios golpes de suerte simultáneos, no resulta viable la victoria en el 2024, sobre todo porque las condicionantes antes expuestas no harán sino dificultar la consecución del objetivo con cada día y mes transcurrido. Desearía equivocarme, pero lo cierto es que Morena llegó, infestó y exterminarlos no será tarea fácil, ni ahora ni en el futuro.  El ejemplo está esparcido por toda Latinoamérica.  

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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. El posmodernismo pone al lenguaje como el centro de gravedad y la metafísica es sustituida por el análisis de textos. Para filósofos como Ludwig Wittgenstein el lenguaje es fundamental para construir la realidad, que si bien es como es, también puede ser de otra manera: “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Si bien comparto la idea de que lo que no puedo enunciar no existe para mí, el que no exista para mí no significa que no exista en lo absoluto. (Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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