Criminalizar a los criminales

La primera exigencia del grupo que trata de manipular en su beneficio la tragedia de Ayotzinapa… La primera exigencia del grupo que trata de manipular en su beneficio la tragedia de Ayotzinapa, fue la de no criminalizar...

30 de noviembre, 2016 captura_de_pantalla_2016-11-30_13

La primera exigencia del grupo que trata de manipular en su beneficio la tragedia de Ayotzinapa…

La primera exigencia del grupo que trata de manipular en su beneficio la tragedia de Ayotzinapa, fue la de no criminalizar al grupo de estudiantes desaparecidos en ese momento y que, en mi opinión, ya han pasado a mejor vida.

Tal vez sea exagerado calificarlos de criminales, pero ¿qué calificativo será adecuado? Un grupo de estudiantes que “secuestra” autobuses, los pide prestados, o los usa para cometer desórdenes, que colecta fondos de manera forzada para financiar sus actividades, que enfrenta a la policía y se escuda en su calidad de estudiantes; de una manera asfixiante fuerza a otro grupo antagónico a reprimirlos; de la manera en que lo hizo indica que sus actividades habían rebasado los límites de lo tolerable.

Hoy están siendo entronizados, utilizados como emblema de ataques al gobierno, exigiendo un imposible rescate con vida y acusando de inacción a las autoridades a pesar de tener encarcelados a la mayoría de los autores materiales e intelectuales y que dentro de esos culpables no se encuentran los directivos de la Normal, bajo cuya anuencia y posibles directrices, desarrollaban esas actividades.

Este es un sistema acostumbrado y efectivo. Las izquierdas manipulan, traicionan y engañan, obteniendo figuras relevantes para las desinformadas masas, mediante golpes efectistas que les brindan popularidad. Se valen de pretextos, válidos o no, para canalizar los resentimientos populares y desordenar las conductas cívicas. El delito de Disolución Social ya dejó de existir desde el conflicto de 1968.

La mayor evidencia del éxito del sistema la tenemos en Fidel Castro Ruz. Tanto se escribe hoy acerca de él y con opiniones totalmente polarizadas que sólo pretendo aportar mis recuerdos de tal personaje.

Muy niño me llamó la atención la noticia del triunfo de los barbones: Fidel y Raúl Castro Ruz, el Che Guevara, Huber Matos, Camilo Cienfuegos y otros, ocuparon las primeras planas de los periódicos, un periodista mexicano los acompañaba y el apelativo de “Héroes Insurgentes de Cuba” se les aplicaba con generosidad.

Pasada la euforia y el arribo de exiliados cambiaban radicalmente la percepción, el paredón funcionando las 24 horas, los niños denunciando a sus familiares, inclusive algunos a sus padres, para ser fusilados inmisericordemente, la escasez de alimentos, la gran cantidad de buenas personas que salían de la isla para salvar sus vidas.

Escuché a Fidel declarar en un discurso: “acusan nuestra revolución de comunista y les aclaro: no es comunista, es en favor de la libertad” ¿qué iba yo a saber en esos años de ideologías? Creí en la sinceridad del líder y esperé que corriera el tiempo.

Llegó la invasión frustrada de Bahía de Cochinos y vi al Presidente Kennedy aceptar la responsabilidad.

La crisis de los misiles me aclaró el panorama; ¿cómo era posible que permitiera Fidel una amenaza tan grave para el mundo entero?, ¿no se daba cuenta que una guerra atómica acabaría con todos?

Cubanos en las guerrillas de África y Centroamérica, desaparición del Che, a quien se empieza a venerar como héroe, su imagen se vuelve icónica en posters y camisetas, pero no se le ve por ningún lado.

México apoya mucho más allá que con diplomacia, con alimentos, petróleo, préstamos, ¡qué buenos somos!

Los avances en educación, medicina y deporte son sorprendentes, ¿por qué tantos arriesgan sus vidas en cruzar el mar para llegar a Miami?

Muy ilustrador fue un reportaje acerca de los avances populares de la herbolaria, donde el reportero pidió un remedio para la gripa y el curandero le reveló la receta: frutas, verduras, hierbas y para asegurarse que funciona, agréguele una aspirina.

Tuve oportunidad de conocer inmigrantes y viajeros que me ayudaron a formar una imagen diferente, que ahora les comparto. No es resultado de investigación y carezco de documentos que respalden los dichos, algunos son testimonios de oídas, inválidos en cualquier tribunal. Es la descripción de buena voluntad de quienes me han compartido sus vivencias.

Fidel fue un idealista, un patriota, un gran revolucionario que se enfrentó exitosamente a la mayor potencia del mundo. Pero perdió el piso en la soberbia de su triunfo; se endiosó consigo mismo y pretende trascender de la misma manera de Julio César, convirtiéndose en un dios para su pueblo. Sus objetivos se inspiran en el Marxismo y sus métodos en Maquiavelo, su fin justificaba los medios. Para lograr su propósito se traiciona a sí mismo y pierde la esencia de sus valores, no tiene lealtad para su pueblo ni para sus compañeros de armas.

¿Cómo acabaron sus barbones compañeros?

Huber Marcos pasó veinte años en prisión porque no quiso hacer de él un mártir enviándolo al paredón; el Che disputó fuertemente con él porque le ordenó fabricar un producto que el médico consideró dañino para la salud y al negarse, dijo que el comunismo con que soñaba era muy diferente del que estaba aplicando Fidel; también hay quien dice que le negó el apoyo que solicitaba en Bolivia y por eso cayó en combate; Camilo Cienfuegos le estaba superando en popularidad y la relación entre ellos era cada día de mayor tensión, así que un día de celebración a los héroes caídos en el mar, que acostumbraban conmemorar arrojando coronas de flores, cada quien desde su barco, Camilo y sus allegados, familias incluidas, remataron todos sus bienes, abordaron con maletas y al final de la ceremonia se despidieron de los Castro navegando con rumbo desconocido; la versión oficial es diferente.

Si así trató a sus amigos, ¿qué esperarían sus enemigos?

Fidel es un mago de la publicidad y del manejo de las masas. Dos millones y medio de exiliados, un pueblo hambriento; los contrastes económicos, a pesar de la pobreza del país, se hacen mayores e insultantes por las recompensas desmedidas de los “salvadores”.

Los grandes centros nocturnos, antes llenos de turistas, ahora se llenan de militares y miembros de la burocracia dorada. La “erradicada prostitución” es sustituida por “jineteras adolescentes” que prestan sus servicios en sus casas a ciencia y paciencia de su familia que se ayuda con ese ingreso para sobrevivir.

Todo es culpa del embargo, magnífico pretexto que no exime el desperdicio de costas donde a duras penas hay pesca artesanal y que invierte más en lanchas guardacostas que en pesca de altura que aliviaría desocupación y hambre.

Este es el paradigma de la izquierda que empieza con no criminalizar a los criminales, que busca recursos a más no poder, no castiga a vándalos, censura los reconocimientos a quien salva vidas que ellos ponen en peligro y quiere amnistiar a los que destrozan calles y pintarrajean monumentos públicos.

Llegando al absurdo de comparar a Fidel con Nelson Mandela.

Comentarios
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Con toda la oposición exiliada, presa, represaliada o muerta, algo no le ha salido bien al camarada comandante. Me dicen que el abstencionismo ha rondado el 81% y no me extraña, el valiente pueblo nicaragüense no ha mordido el anzuelo y ha sabido resistir, porque en realidad la fuerza electoral del dictador es apenas menor a ese 19% de los votos, es decir, del 19% que sí votó sólo el 75% lo hizo a favor de Ortega y compañía; me rehúso a decir que a favor del FSLN, porque el Frente, aquel heroico que arrebató Managua de las garras de los Somoza, ése es una idea en la historia, una idea para la eternidad. Junto a mi escritorio hay una foto que deja constancia de uno de los días más felices de mi vida: sonriendo Ernesto Cardenal y yo, estamos una mañana en la Ciudad Universitaria. Él se ha ido, es cierto que lo hizo en edad avanzada, pero también lo es que la dictadura afeó sus últimos años amargándolo con dolores y angustias que el poeta trapense de Solentiname no merecía. Ni Gioconda Belli, ni Sergio Ramírez pueden volver a Nicaragua otra vez porque no es seguro para ellos. Y me pregunto: ¿a dónde vas Daniel? Está cerca de superar la longevidad de la dictadura de Tacho, sus métodos son tan parecidos y, aunque parezca canción revolucionaria, el fantasma de Sandino está despertando en los barrios de Masaya; ¿Quo vadis Daniel? Tu pueblo y los que lo amamos estamos todos, camino de un nuevo encuentro con las palabras que cantan libertad y es a ellas a las que deberías temer, Daniel, porque ellas no alcanzan silencio ni cosechan miedo. No eres el primero que desafía a la palabra, y mira, mira dónde fueron a quedar todos. Rafael Alberti decía sobre las palabras y la guerra: “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”. 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Por eso son particularmente dolorosas las muertes de los poetas en los conflictos bélicos, porque si no es a ellos, a quién podríamos dirigirnos en busca de belleza en medio de la destrucción, a quién implorarle las palabras que nos hablen de la memoria antes de la sangre y el fuego, a quién pedirle que sueñe la esperanza del mundo que vendrá cuando se levanten las ciudades desde las ruinas de los bombardeos y los campos barridos de napalm puedan de nuevo dar frutos. La insurrección franquista se llevó a Miguel Hernández y a Federico García Lorca, a Antonio Machado, eso sin contar a los muchos que tuvieron que morir fuera de su patria; las dictaduras latinoamericanas se ensañaron con los poetas, mataron de tristeza a Neruda y de bala a Victor Jara; la Primera Guerra mundial se llevó a Edward Thomas, A Rupert Brooke, a Isaac Rosenberg, a Wilfred Owen, a Francis Ledwige, a Julian Grenfell, a Charles Sorley y a T. E. Hulme; el estalinismo, en una sola noche alucinante asesinó a las más diáfanas plumas en lengua yiddish de la Unión Soviética; Markish, Hofstein, Fefer, Kvitko, Bergelson, Zuskin, Talmy, Vatenberg y Emilia Teumin; pero si algún gran enemigo tiene la palabra es sin duda el fascismo, el propio fenómeno nazi es un enorme silencio para oprimir la palabra, desde la pequeña cronista Anne Frank, hasta Franz Hessel, Max Jacob, Janusz Korczak, Arno Nadel, Irene Nemirovsky, Gruno Schulz asesinado a tiros en plena calle, David Vogel, todos ellos muertos en campos de exterminio o en salas de tortura o fusilados a media calle, ellos más los que no pudieron con los estigmas de la violencia y la segregación se suicidaron por las huellas implacables de sus verdugos, como Walter Benjamin, Primo Levi, Ernst Weiss y Stefan Zweig. 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La semana anterior decíamos que la empatía verdadera de la que hablamos aquí, esa que habrá de ayudarnos a hacer un alto en la autodestrucción y retroceder ante el abismo inminente que como humanidad se abre ante nosotros, es un sentimiento expansivo que parte de la aceptación incondicional del propio yo y va ampliándose en esferas cada vez más extendidas y abarcadoras y no un sentimiento selectivo, enfocado sólo en aquellos que consideramos dignos de él.  No parece que, aun resultando muy útil, la mera filantropía –la manifestación institucionalizada de la simpatía explicada antes– resulte suficiente. Tengo la impresión de que la auténtica empatía duele por sí misma a quien la experimenta, y mucho más que un acto de bondad natural o altruista que nos deja con una cálida sensación satisfactoria, se trata de un decisión consciente que por su propia naturaleza, nos resulta conflictiva y hasta lacerante.  Sólo somos capaces de empatizar de verdad con aquello que nos conmueve, con lo que nos produce un escozor emocional, con aquello que está vinculado de un modo u otro con nosotros, aun cuando la conexión no sea evidente. Salvo humanos excepcionales, es muy difícil experimentar empatía de verdad con lo distante, con lo que no me toca y estoy convencido que el acto más auténtico de empatía es para con aquel que me resulta difícil aceptar plenamente.   Dice Rousseau que “la compasión y la crueldad dependen de la facultad que tiene un individuo de imaginar el efecto de su actitud sobre otro1”.  Esa conciencia de lo que nuestros actos producen en los demás es la forma más básica de la empatía y cuando hay distancia física o emocional, dicho efecto es casi inexistente. Tratar como un igual a alguien a quien ya veía como un igual desde antes, no es realmente empatía. Pero concederle a ese “otro” la condición de igual e involucrarme emocionalmente con él cuando me conflictúa su cercanía, cuando se trata de reconocer una victoria o un acierto en un adversario político, cuando debo sobreponerme a los residuos de homofobia que aún me rascan las entrañas para apoyar los derechos de los homosexuales cuando éstos sean invalidados, cuando a pesar de mis prejuicios apoyé la promoción de una mujer a un puesto de mayor jerarquía que el mío reconociendo su valía, ahí se manifiesta de verdad la empatía genuina.  La empatía que transforma personas y sociedades no es un tema de buenismo simplón, sino de auténtica aceptación y congruencia con lo que consideramos valioso en nostros –en especial si carecemos de ello– y los proyectamos y apreciamos en los demás.  Carl Jung acuñó el concepto de “sombra” para caracterizar aquellos aspectos que desconocemos de nosotros mismos, pero que se manifiestan en nuestros actos, en nuestras filias y fobias, casi siempre de forma inconsciente, proyectando en los demás aquello que no queremos reconocer en nosotros. La empatía es una forma poderosa de descubrir esa sombra: ¿por qué el otro me genera tanto rechazo?, ¿por qué no lo soporto, aun sabiendo que es tan humano como yo? Visto así, la empatía es mucho más un tema de nosotros para con nosotros mismos que de nosotros para con el otro. 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Dice a este respeto Tzvetan Todorov: “Esta facultad nos motiva a ayudar aquellos que lo necesitan aun cuando no los conozcamos, a reconocer que los otros tienen la misma dignidad que nosotros aunque sean diferentes. Pero es también la facultad que nos empuja torturar al otro o a participar en un genocidio. Los otros son como nosotros, tienen los mismos puntos vulnerables que nosotros, aspiran a los mismos bienes, por lo que hay que eliminarlos de la superficie terrestre”. En situaciones de conexión emocional poderosa no existe la neutralidad. Mientras la empatia consciente, que trasmuta el odio en compasión, produce solidaridad y tolerancia entre dispares, la ausencia de ella conduce a la crueldad y al encono.  Suele pensarse que la falta de empatía deshumaniza, insensibiliza, pero en muchos casos, en los más graves, ocurre lo contrario. 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Ni Gioconda Belli, ni Sergio Ramírez pueden volver a Nicaragua otra vez porque no es seguro para ellos. Y me pregunto: ¿a dónde vas Daniel? Está cerca de superar la longevidad de la dictadura de Tacho, sus métodos son tan parecidos y, aunque parezca canción revolucionaria, el fantasma de Sandino está despertando en los barrios de Masaya; ¿Quo vadis Daniel? Tu pueblo y los que lo amamos estamos todos, camino de un nuevo encuentro con las palabras que cantan libertad y es a ellas a las que deberías temer, Daniel, porque ellas no alcanzan silencio ni cosechan miedo. No eres el primero que desafía a la palabra, y mira, mira dónde fueron a quedar todos. Rafael Alberti decía sobre las palabras y la guerra: “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”. Porque, en el fondo, la guerra se hace contra las palabras, contra las razones y los argumentos; los totalitarismos, los autoritarismos y las guerras que son la suma de ambos extremos aun cuando ésta se cause o se dirija desde una democracia. La guerra no es nunca un método ni una estrategia, la guerra se vuelve un fin en sí misma, una especie de monstruo viviente que toma su propia fuerza y que su propia espiral de odio y destrucción con lógica –si es que puede llamarse de esa manera– independiente de los contendientes y de los resultados. Edmund Blunden, el poeta inglés asesinado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decía que ningún ejército habría ganado la guerra ni podría ganarla, que la guerra había ganado. Por eso son particularmente dolorosas las muertes de los poetas en los conflictos bélicos, porque si no es a ellos, a quién podríamos dirigirnos en busca de belleza en medio de la destrucción, a quién implorarle las palabras que nos hablen de la memoria antes de la sangre y el fuego, a quién pedirle que sueñe la esperanza del mundo que vendrá cuando se levanten las ciudades desde las ruinas de los bombardeos y los campos barridos de napalm puedan de nuevo dar frutos. La insurrección franquista se llevó a Miguel Hernández y a Federico García Lorca, a Antonio Machado, eso sin contar a los muchos que tuvieron que morir fuera de su patria; las dictaduras latinoamericanas se ensañaron con los poetas, mataron de tristeza a Neruda y de bala a Victor Jara; la Primera Guerra mundial se llevó a Edward Thomas, A Rupert Brooke, a Isaac Rosenberg, a Wilfred Owen, a Francis Ledwige, a Julian Grenfell, a Charles Sorley y a T. E. Hulme; el estalinismo, en una sola noche alucinante asesinó a las más diáfanas plumas en lengua yiddish de la Unión Soviética; Markish, Hofstein, Fefer, Kvitko, Bergelson, Zuskin, Talmy, Vatenberg y Emilia Teumin; pero si algún gran enemigo tiene la palabra es sin duda el fascismo, el propio fenómeno nazi es un enorme silencio para oprimir la palabra, desde la pequeña cronista Anne Frank, hasta Franz Hessel, Max Jacob, Janusz Korczak, Arno Nadel, Irene Nemirovsky, Gruno Schulz asesinado a tiros en plena calle, David Vogel, todos ellos muertos en campos de exterminio o en salas de tortura o fusilados a media calle, ellos más los que no pudieron con los estigmas de la violencia y la segregación se suicidaron por las huellas implacables de sus verdugos, como Walter Benjamin, Primo Levi, Ernst Weiss y Stefan Zweig. Ningún poeta canta la grandeza de la guerra ni la belleza del combate; al contrario, cantan lo que se ha perdido: las tardes de sol y esperanza y el retorno de la amada; los valores por los que vale la pena apostarlo y aún perderlo todo: la libertad y la justicia, por ejemplo, pero no los campos sembrados de muertos infértiles; los poetas no cantan la destrucción sino la vida, por eso resplandece el libro de Remarque, Sin novedad en el frente, como el alegato contra el belicismo y el derecho de los hombres a vivir y morir en paz.  Acaso sea que tanto la guerra de España contra el fascismo y la rebelión, así como la defensa de la cultura occidental frente al totalitarismo encarnado en los Nazis; las revoluciones latinoamericanas contra sus férreas y violentas dictaduras; y las guerras contra el colonialismo europeo enfrentaban valores y formas de visualizar el honor y por eso, a la distancia centenaria y casi centenaria, aprendimos a leer su épica y a visualizar su enormidad heroica, perdemos de vista que en el fondo todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y la negación de nuestra razón como especie civilizada. Volvamos al lamento de Alberti frente a la crueldad y el desamparo de la guerra, a su visión del mundo vuelto al revés dejando mostrar sus más horrendas costuras, a Alberti decir, como todos los poetas que no vieron el final de los conflictos que los volvieron víctimas: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras”.   @cesarbc70  " ["post_title"]=> string(20) "¿Quo vadis, Daniel?" ["post_excerpt"]=> string(141) "En el fondo todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y la negación de nuestra razón como especie civilizada. 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¿Quo vadis, Daniel?

¿Quo vadis, Daniel?

En el fondo todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y la negación de nuestra razón como especie civilizada.

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