La facultad de creer está en la naturaleza del ser humano, su antítesis, la facultad de dudar, también, la primera deriva en sistemas de creencias como lo religioso pero también en construcciones de tipo popular sobre asuntos de salud, interacciones, la superstición, la vida después de la muerte.
La segunda, la duda, ha derivado en sistemas filosóficos como el escepticismo pero también en detonar inquietudes para buscar realidades y contrastar experiencias. Es crítica por definición, pero susceptible a ser sustituida por el creer. Es la base del experimento científico.
En un contexto mundial saturado de dudas, de discursos políticos que expresan “verdades a medias”, de noticias falsas que alientan el dudar de todo y de todos, y en un entorno nacional álgido por asuntos vinculados a la seguridad pública, el encuentro entre mandatarios y esposas de los presidentes de América del Norte tenía, por fuerza, que conducirnos a certezas y a generar un mensaje tanto a los países involucrados como al mundo completo, que al menos hay posibilidades de generar pasos en conjunto que vayan más allá de acuerdos comerciales y migratorios, mensajes que indiquen que la región está estable y mantiene su propósito de consolidar la estabilidad.
Jill Biden y Beatriz Gutiérrez decidieron creer y en conjunto plantean una invitación a hacerlo. El tono y el llamado contrasta con los tiempos, los tiempos de la postmodernidad y la postverdad, los tiempos de la crisis de las “verdades absolutas”, las cuales, sin embargo, existen y añadimos más.
Es una recuperación de la facultad y aún, de la necesidad de creer la cual es intrínseca al ser humano. Inevitablemente vinculado a discursos como “Yo tengo un sueño” de Luther King y al discurso de Luis Donaldo Colosio, Biden y Gutiérrez revaloran verdades y cuestionan otras, como la pobreza por designio divino.
Las libertades de fe, expresión y prensa, la educación como vía para el desarrollo individual y social, la familia como base emocional y de seguridad social, son ideales porque son verdades absolutas. No dogmas nacidos de la especulación o del prejuicio, sino experiencias históricas acumuladas a lo largo de los años. La historia de los tres países habla de momentos de desarrollo político y económico cuando son impulsados por las libertades y una política clara sobre la prensa, la educación y el fortalecimiento de la familia.
Golpeada por una sucesión interminable de crisis económicas nacionales y globales, la familia padece. El embate de las drogas, la necesidad de migrar, la desintegración de sus lazos internos y la ausencia de una política hacia la familia que supere el asistencialismo han puesto en crisis a la familia y sus valores. Si, como dicen las autoras del discurso en cuestión, “La familia es la principal institución de seguridad social”, entonces el crecimiento de la inseguridad social es explicable porque como sociedad hemos permitido su desintegración y hemos rebajado su valor. En ello estaría una salida a la inseguridad, el fortalecimiento de la familia como unidad y de la familia como valor.
Y a propósito de valores, el discurso termina con una serie de referencias a valores morales que inevitablemente nos conducen a la reflexión: el respeto a los demás, la inclusión, la libertad, el amor y los elementos correlacionados a este último: la solidaridad, la empatía y la justicia.
Ser incluyente es hoy una verdad absoluta, una necesidad apremiante, como lo son la aplicación de todos valores señalados a la vida cotidiana, a las acciones individuales e institucionales, a las políticas públicas de las tres naciones.
El discurso expone una posición colectiva frente a la vida, frente al contexto y a las interacciones entre individuos y entre naciones. Biden y Gutiérrez decidieron creer, y siendo consecuentes con el llamado, habrá que decidir creer, creer en la posibilidad reconstrucción de la sociedad, en la necesidad de cambiar, en la necesidad de recuperar valores y acciones que nos den salida a la crisis social y moral que se vive.
Queremos creer, necesitamos creer, en la familia, en la educación, en el amor, en la libertad de fe, de expresión, de prensa, en la inclusión; en que el mundo puede ser diferente, aunque muchos se empeñen en sembrar la duda y hacer crecer la incertidumbre.
“Y nos atrevemos a soñar con un tiempo en el que todos seamos iguales y libres”. El sueño se construye, está en nuestras manos hacerlo, está también en manos de quienes deciden las políticas públicas y las acciones de gobierno, que la libertad no esté coaccionada ni alterada.
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