La “Cultura de la cancelación” tiene como finalidad suprimir cualquier contenido, expresión o comentario de cualquier índole que atente contra principios como la igualdad, el respeto, la equidad de género y la inclusión, y rechaza, combatiendo de manera frontal cualquier comentario o conducta que se interprete como discriminatoria, machista, sexista, racista, patriarcal, intolerante, entre muchas otras posibilidades, sin importar el contexto en que haya sucedido o si este dicho o acción ocurrió en el presente o varias décadas atrás… a menos que el sujeto de estas descalificaciones sea alguien a quien el grupo social considera despreciable o que se le descalifique moralmente.
Un buen ejemplo de esta contradicción podemos verla en lo ocurrido en México tras la reciente boda de la ex dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo, de 77 años, quién contrajo matrimonio (en terceras nupcias) con el abogado Luis Antonio Lagunas, de 41 años, y quien fue parte del equipo de abogados que ayudó a la maestra a enfrentar el proceso judicial tras ser acusada de lavado de dinero y delincuencia organizada, por el cual permaneció cinco años en prisión.
La ceremonia tuvo lugar el pasado sábado 12 de febrero en el Jardín Etnobotánico, ubicado al interior del exconvento de Santo Domingo, en la ciudad de Oaxaca. En la infinidad de testimonios en video que circulan por las redes sociales se puede ver desde el menú, pasando por el arreglo del jardín o a los contrayentes bailando el tema “You’re the first, the last, my everything”, interpretado por el cantante Barry White.
Para cualquiera que viva en México es conocido el hecho de que la señora Gordillo es un personaje extraordinariamente impopular y por ello no sorprendió a nadie que las burlas e insultos llegaran en racimos y distribuidas en un amplio catálogo de motivos que incluyeron desde la apariencia física de la ex lideresa, la diferencia de edad entre los contrayentes o el hecho de que ella, en su condición de mujer poderosa, contraiga matrimonio con un hombre treinta y seis años menor.
Lo cierto es que, dentro de la gama de incorrecciones políticas posibles, no faltó una sola, todas expresadas con saña y profundo deseo de ofender y, sin embargo –y esto sí que sorprende–, no supe de una sola voz feminista, progresista, incluyente, etc. que descalificara la catarata de tuits, memes, videos, comentarios, chistes y ofensas de todo tipo, en especial la tremenda sorna que provocó que ella, en su condición de mujer mayor, se casara con alguien con semejante diferencia de edad, cuando el hecho de que un hombre se relacione con una mujer menor, no sólo es aceptado, sino hasta aplaudido y envidiado.
¿No se supone que todas las personas, sin importar su condición de edad, sexo, género, apariencia o preferencia sexual merecen el mismo grado de respeto, tolerancia y no discriminación? ¿O será que estos principios se aplican discrecionalmente dependiendo de si las víctimas nos simpatizan o las detestamos? Quizá, ante la sensación generalizada de que este personaje en particular ha gozado de una impunidad histórica, nos parezca aceptable el linchamiento por motivos de su aspecto físico, su edad o su aparente condición de “sugar mommy”.
¿Donde estaban en los días siguientes a dicha boda las organizaciones defensoras de los derechos humanos, del feminismo, de la equidad de género y toda agrupación concentrada en “visibilizar” las diversas formas en que la mujer es estigmatizada, mientras toda clase de líderes de opinión, influencers, comediantes y opositores a la maestra se burlaban en todos los tonos imaginables del acontecimiento descrito?
Es muy probable que lo ocurrido no sólo entrara en los cálculos de la ex lideresa magisterial –que es cualquier cosa, menos ingenua– sino que incluso uno de los objetivos de semejante exposición fuese justamente volver al ojo público de manera llamativa y provocadora, lo que convertiría a este carnaval de injurias en un éxito total. Pero, para efectos de este texto y de la supuesta “cultura de la cancelación”, el propósito es cuestionarnos si realmente esa presunta “corrección política”, que en teoría busca defender principios –libertad, igualdad, inclusión, empatía, etc.–, en la realidad termina por defender o defenestrar a personas según convenga en función a su simpatía y popularidad.
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