Autenticidad: la audacia de mostrar nuestro yo más genuino

En términos coloquiales se le considera auténtico a aquel individuo que no es hipócrita y que no pretende mostrarse distinto de como es.

15 de julio, 2022 Autenticidad: la audacia de mostrar nuestro yo más genuino

La autenticidad consiste en ser consecuente consigo mismo, mostrarse tal y como se es; sin embargo, cabe preguntarse: ¿soy auténtico cuando permito que emerjan mis características más instintivas, así lastimen a otros, o lo soy cuando me esfuerzo por mostrar la mejor versión de mí mismo, reprimiendo mis impulsos más destructivos? 

Constantemente se nos dice, tanto en los medios de comunicación como en los entornos de desarrollo personal y humano, que es fundamental ser auténtico, pero no siempre es claro en qué consiste este concepto. En los próximos artículos exploraremos en qué consiste la autenticidad, en especial partiendo de dos posibilidades de hipótesis que a mi juicio, se excluyen.

Por un lado, una corriente de pensamiento asegura que la autenticidad consiste en manifestarte como eres, dejando que fluyan todos tus impulsos con honestidad y transparencia. A priori suena muy liberador, pero me pregunto si los demás están obligados a aceptar mis manifestaciones, opiniones, comentarios y actitudes, sean estas las que sean, tan sólo porque las abandera un supuesto espíritu de autenticidad. Para expresar mejor mi punto, déjame voltear la pregunta: ¿consideras que estás obligada u obligado a aceptar cualquier manifestación o actitud de cualquier persona, tan sólo porque refleja su auténtico yo? 

Pongamos un ejemplo: piensa en la última vez que perdiste a un ser querido y ahora imagina que en pleno servicio funerario llega alguien vestido con una camisa de palmeras, y lejos de darte el pésame, te felicita con alegría porque ese ser querido ha dejado el plano corporal y ahora goza de la dicha de estar en un lugar mejor, lo que implica una celebración, e incluso te invita a poner música encendida y entonar cantos de festejo. Es muy legítimo que esa sea la actitud de este individuo ante la muerte, pero no lo es dejar de tomar de cuenta el contexto social en que manifiesta sus convicciones. 

Otra corriente de pensamiento interpreta la autenticidad con el propósito de mostrar ante los demás, no los impulsos que de pronto intentan dominarme, sino la mejor versión de mí mismo, al aceptarme como ser social y entender que mi autenticidad sólo tiene sentido en relación con los demás. 

Como entes sociales que somos, lo saludable radica entender los contextos en que nos desenvolvemos. Y, volviendo al ejemplo del velorio, así como sería plenamente legítimo y auténtico negarnos a asistir a una ceremonia que vaya contra nuestras creencias, principios y convicciones, resultaría problemático asistir para tratar de imponer comprensiones particulares, por más auténticas que nos parezcan. 

Si acepto ir a dicho servicio funerario es porque comparto en alguna medida el dolor y la pérdida de los asistentes, aún cuando no comparta sus prácticas religiosas y de ningún modo comprometo mi autenticidad por solidarizarme con la manera en que la familia cercana interpreta la pérdida. 

De este modo la autenticidad puede abordarse desde distintas aristas, pero hoy empezaremos concretando una definición general que nos permita saber de qué hablamos cuando hablamos de autenticidad.

Primero vayamos a lo más básico. En su segunda acepción, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que la autenticidad consiste en ser consecuente consigo mismo, mostrarse tal y como se es. En términos coloquiales se le considera auténtico a aquel individuo que no es hipócrita y que no pretende mostrarse distinto de como es. 

En cierta forma lo auténtico nos remite a la originalidad, a lo peculiar de cada uno, pero, sobre todo, a mantener una coherencia entre el mundo interno y el externo del individuo. A que lo que la persona piensa, dice y hace sea congruente.

Se considera una persona auténtica a aquella que es fiel a sí misma, que vive de acuerdo a valores y convicciones personales y a la capacidad de expresar talentos y características propias, y que pueden, o no, corresponderse con los estándares éticos, conductuales y morales que la sociedad de cada tiempo considera “correctas”. 

Ahora bien, hasta aquí hemos enumerado una serie de características con los que en gran medida todos estamos de acuerdo, pero la pregunta que convierte este concepto en conflictivo consiste en responder en qué consiste “ser fiel a uno mismo”. 

¿Soy auténtico cuando permito que salgan a la superficie mis características más profundamente arraigadas o soy auténtico cuando me esfuerzo por mostrar la mejor versión de mí mismo, así ésta implique reprimir algunos de mis impulsos más poderosos? 

¿La expresión de la autenticidad tiene límites? En ese caso, ¿cuáles?

Y la pregunta que hacíamos antes: quienes nos rodean ¿están obligados a aceptarnos “tal como somos” sin importar si esa forma de ser los ofende o los incomoda? O, en sentido contrario: ¿estamos obligados a aceptar a quienes nos rodean del modo que ellos consideren que expresan su autenticidad? 

Por ejemplo; si una persona que aprendió a defenderse y a manifestarse a partir de la violencia y ha conseguido buenos resultados así, es muy probable que tenga la predisposición a reaccionar de ese modo. Entonces, si fluye con lo que naturalmente le surge, será cada vez más violento. ¿Estamos obligados a aceptarlo? ¿Está él o ella obligada a erradicar esa violencia para encontrar su ser más auténtico o puede alegar que ése es su ser auténtico?

A lo largo de las próximas entregas profundizaremos en el tema. 

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Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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Al respecto se enfocaron en el tema de la Libertad de Prensa. Ahora más que nunca, la democracia está viviendo un retroceso, el espacio cívico se reduce, la desconfianza, la desinformación y la desinformación crecen, al tiempo que las amenazas a la libertad de los periodistas y los trabajadores de los medios de comunicación aumentan día a día. Este año, el Día Internacional de la Democracia se centra en la importancia de la libertad de los medios de comunicación para la democracia, la paz y el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Unos medios de comunicación libres, independientes y pluralistas, capaces de informar al público sobre cuestiones de interés público, son un elemento clave de la democracia. 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Sin embargo, aún queda mucho por hacer para reforzar su aplicación como marco de coordinación de múltiples partes interesadas para proteger a los periodistas y luchar contra la impunidad.  Por ello, el Secretario General de la ONU, António Guterres, insta a los gobiernos, a las organizaciones de medios de comunicación y a las empresas tecnológicas de todo el mundo a apoyar la labor de los medios de comunicación para que los periodistas puedan seguir publicando la verdad al poder, denuncien las mentiras y construyan instituciones y sociedades fuertes y resilientes. El Día Internacional de la Democracia es una oportunidad para recordar que la democracia se ha de centrar en las personas. La democracia es tanto un proceso como un objetivo, y solo con la participación y el apoyo pleno de la comunidad internacional, los gobiernos, la sociedad civil y las personas, el ideal de la democracia puede convertirse en una realidad para que todos puedan disfrutarla en todas partes. La libertad de expresión es un derecho humano fundamental, consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Pero en todo el mundo hay gobiernos y personas con poder que encuentran muchas formas de obstaculizarla. El artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos dice: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión". El vínculo entre la democracia y la libertad de prensa está también consagrado en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. México es un claro ejemplo de que el Autoritarismo está pasando por encima de la democracia y de la Libertad de Expresión. Durante la administración de López, que inició el 1 de diciembre del 2018, a la fecha se han asesinado a más de 30 periodistas. 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Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. Por otra parte percibimos como problemático el hecho de que, en efecto, estamos disociados del cuerpo, de las emociones, de los sensaciones y demás aspectos no mentales. Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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