Modelo de rendición de cuentas o modelo de mejora continua, ya sea el nombre que se le imponga al modelo escolar, al final en el espacio áulico, el proceso de enseñanza aprendizaje y los deberes del docente no cambian, hacer lo mismo que parezca diferente: la simulación pedagógica. Sin embargo, hoy, la carga y la presión para los docentes se ha incrementado de forma desproporcionada.
La simulación pedagógica ocurre cuando el acto educativo se desplaza de su finalidad central (que alguien aprenda) hacia un objetivo secundario pero obligatorio: demostrar que se hizo algo. No importa si el estudiante aprendió algo o construyó conocimiento o uso la crítica; lo que importa es que exista una evidencia que pueda ser revisada, sellada, firmada, subida a una plataforma, enviada a un supervisor o archivada.
La reflexión y parte del texto apoya el argumento y da pie al debate que tan lúcidamente redactó y compartió un colega. La dimensión administrativa (y la que realmente controla el sistema educativo) es la que planifica los lineamientos de toda acción educativa, estructurando controles, formatos, tiempos y recursos de todo el hacer educativo. El docente invierte horas llenando formatos en lugar de planear verdaderos aprendizajes.
El sistema educativo ha construido una lógica donde el trabajo docente no se presume, se comprueba. Cada planeación, cada actividad y cada intervención debe quedar registrada, firmada, sellada, digitalizada y almacenada. No para mejorar la enseñanza, sino para demostrar obediencia administrativa. El resultado es una paradoja evidente: se exige calidad educativa mientras se drena el tiempo destinado a pensar y ejecutar la enseñanza.
Esta cultura de la justificación permanente ha estado vigente en el sistema educativo por décadas, ajustada al sistema de evaluación de calidad y a los sistemas de control y auditorías, principalmente en las escuelas públicas. El sistema educativo propone (obliga) a las escuelas y universidades constantes evaluaciones para mejorar la calidad educativa. El discurso actual se centra en pasar de un modelo tradicional de evaluación a un modelo flexible que implica estrategias de mejora continua, donde cada institución tendrá la libertad de elegir sus indicadores evaluativos; sin embargo, te señalan que si no consideras los indicadores que te “sugieren, no están en la misma consonancia de mejora que el país busca como calidad” so pena de no incluirte en sus estándares de instituciones evaluadas en mejora continua. Estar fuera del sistema y estructura marcadas es estar en la mira de no acceso a recursos.
Esa “mejora” no se refiere a mejorar la enseñanza sino a los indicadores de entrega en tiempo y bien evidenciados, es decir, (control y supervisión) que se hace “algo y se cumple” (simula la educación). Pero si no se cumplieron dichos estándares e indicadores, el docente tuvo la culpa, el docente no está haciendo bien las cosas, el docente no es innovador, creativo, estratégico y poco se compromete, no motiva a sus alumnos cuando la realidad solo mira las evidencias administrativas.
De acuerdo con el colega que escribe en una red social, señala que hay escenas que se repiten en miles de escuelas: el docente frente a su grupo piensa en ajustar una estrategia, atender a un alumno con rezago o replantear una actividad… pero el tiempo se le va en llenar formatos, subir evidencias, justificar decisiones y redactar informes que pocas veces regresan con retroalimentación pedagógica. No es una anécdota aislada; es una forma de organización del sistema escolar basado en la sospecha.
Esta cultura de la justificación permanente no surge de la nada. Responde a un modelo de rendición de cuentas inspirado en enfoques gerenciales que trasladaron a la escuela mecanismos propios de la empresa privada. Indicadores, metas, productos y evidencias se convirtieron en sinónimos de “buen desempeño”. El problema es que enseñar no funciona como una cadena de producción. El aprendizaje es un proceso social, situado y atravesado por contextos que no caben en una rúbrica.
En la práctica escolar, la documentación excesiva opera como un dispositivo de control. No se solicita para acompañar, sino para vigilar. No se revisa para orientar, sino para sancionar. El mensaje implícito es claro: si no está escrito, no ocurrió. Así, la confianza profesional se sustituye por un archivo interminable que intenta capturar lo incapturable. Hoy, esa mecanización se expresa en plataformas, reportes y listas de cotejo que ocupan horas de trabajo fuera del aula, muchas veces sin reconocimiento ni sentido formativo.
El impacto no es solo laboral; también es pedagógico. Cada minuto dedicado a la justificación es un minuto que se resta a la planeación real, a la atención de la diversidad, al análisis de los procesos de aprendizaje. En escuelas con alta marginación, donde el trabajo docente exige mayor creatividad y adaptación, la carga burocrática actúa como una barrera adicional que amplía las desigualdades.
Socialmente, esta lógica resulta funcional al sistema. Al colocar la lupa sobre el docente, se desplaza la discusión sobre condiciones estructurales: grupos saturados, infraestructura deficiente, falta de apoyos especializados, currículos extensos y políticas educativas cambiantes. Si algo falla, el archivo se convierte en prueba de culpabilidad individual, no en evidencia de un diseño institucional fallido.
Cargar la responsabilidad exclusivamente en el magisterio no es un error; es una estrategia. Permite exigir resultados sin transformar las condiciones. Permite hablar de calidad sin invertir en acompañamiento. Permite administrar la desconfianza como si fuera un método de mejora. Mientras tanto, el desgaste profesional se normaliza y el sentido del trabajo docente se diluye entre carpetas y plataformas.
Cuando rendir cuentas se convierte en una carrera por demostrar que se trabaja, deja de ser una herramienta ética y se transforma en una trampa administrativa. El valor del trabajo docente no se mide por la cantidad de documentos, sino por la relación pedagógica que se construye día a día en el aula. Formar a personas no está en manuales administrativos. No al sospechosisimo burocrático educativo. El docente construye con amor, humaniza.
Referencia:
Daniel Ortíz M. Psicología para docentes
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