AFECTACIÓN DEL COVID19 A LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO

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20 de agosto, 2020

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Esto es lo que C. G. Jug llamaba una sincronicidad: un “milagro inesperado” de alta significación que trastoca el resto de la existencia.   Pocos axiomas resultan más recurrentes y sobreutilizados en el imaginario de la posmodernidad que aquel que, sosteniendo de manera indirecta que las casualidades no existen, afirma que “todo pasa por algo”. Se trata de una salida versátil y polifacética, que se amolda a cualquier tipo de adversidad. Ya sea que a nuestro conocido le hayan robado el coche, le hayan negado un puesto de trabajo que consideraba seguro, lo haya abandonado el amor de su vida o le hayan descubierto un tumor maligno, decirle, con semblante lúgubre, acariciándole el hombro: “todo pasa por algo” siempre queda bien y da la sensación de le hemos transmitido una verdad trascendente desde una posición de sabiduría, aunque en realidad no le estemos diciendo nada que no sea obvio.      En estricto sentido la frase no miente. Ya Voltaire lo había dicho con más elegancia: “lo que llamamos casualidad no es sino la causa ignorada de un efecto desconocido”. Es decir: la podamos saber o no, todo tiene una causa, por lo tanto, “todo pasa por algo”. Cada acontecimiento que tiene lugar en el mundo material ocurre como consecuencia de una serie concatenada de hechos previos que le dieron lugar, los conozcamos o no.  En realidad lo que este refrán poco razonado quisiera decir, pero no lo dice, es que todo aquello que nos sucede tiene un sentido, un significado y, en última instancia un propósito oculto que está determinado por una inteligencia superior a la nuestra que sabe lo que nos conviene y necesitamos en cada momento de nuestra vida y nos lo suministra de maneras caprichosas para sacudirnos del marasmo en que la cotidianidad nos ha hecho caer. Una vez que el hecho excepcional ocurre, nuestro trabajo consiste en asumir sus consecuencias y explorar nuestra realidad interior profunda con el objetivo de descubrir la connotación verdadera y existencial de eso que nos ocurrió.   Esta manera de entender el devenir tiene hondas implicaciones. De entrada se niega la posibilidad de que los acontecimientos sucedan como consecuencia del azar y se les destierra de la categoría de coincidencia. 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En este caso esos “milagros inesperados”, se interpretan principalmente de dos maneras: se asumen como “pruebas” que nos pone ese ser superior cuando tienen un carácter negativo o se asumen como “señales” cuando nos sirven como orientación respecto al siguiente paso que tenemos que dar en aras de cumplir nuestro destino.   Para quienes son más proclives a suponer que su libre albedrío juega un papel determinante, los “milagros inesperados” no siempre son fáciles de interpretar. Pensemos en algunos ejemplos simples: estás a punto de llamar a alguien por teléfono y de pronto recibes una llamada de esa misma persona. Sin motivo aparente te viene el recuerdo de alguien que nos has visto en años y de pronto te lo encuentras por la calle. 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Se trata de pequeñas bifurcaciones que, sin haya una causalidad evidente, trastocan el resto del devenir de quien las experimenta. Una vez que un evento de este tipo tiene lugar, la historia de vida se desvía de la trayectoria original, convirtiéndose en algo distinto de lo que fue hasta antes del “pequeño milagro inesperado”. Este tipo de acontecimientos suceden todo el tiempo y estoy tentado a asegurar que a todos nos ha sucedido en alguna ocasión y en algún nivel. ¿Cómo llamarlos? ¿Azar? ¿Simples casualidades? ¿Parte de nuestro destino? ¿Materializaciones de nuestros pensamientos? ¿Alineación cósmica con nuestro propósito subyacente?   Para una serie importante de pensadores, este tipo de eventos se llaman “sincronicidades”.  ¿En qué consiste la sincronicidad? El psicólogo suizo Carl Gustav Jung llama sincronicidad al hecho de que dos sucesos que ocurren de manera simultánea estén relacionados entre sí de una manera no causal y que presenten alguna relación con los pensamientos y emociones de las persona que los experimentan. Mientras pensamos en ese a quien queremos llamar, él lo hace también e incluso se adelante en la acción al marcar nuestro número.  Para Jung, estas coincidencias suceden con más frecuencia o causan un mayor impacto cuando la persona que las experimenta las vive con especial intensidad, debido a procesos de cambio o crecimiento interno. En otras palabras, las sincronicidad consiste en acontecimientos conectados entre sí, pero no a través de la ley causa-efecto, sino a través de una simultaneidad significativa. 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Con su abierto desdén por las leyes, por los datos, las cifras, los hechos. Con su cinismo. Con su resentimiento. Con su ignorancia (real o fingida). Con su supuesta cercanía a lo popular y/o populachero. Con su desdén por aquellos “otros” que lo mismo son los ricos y conservadores que los periodistas. O la clase media. O los extranjeros. Etc.     Ante esto, poco importan los indicadores que muestran la verdadera situación del país (que si el PIB, que si la inversión extranjera directa o indirecta, que si la prueba PISA y un largo etcétera). Uno de los errores de muchos analistas y de los partidos que hoy operan desde la oposición es éste. Siguen creyendo que apelar al sentido común o la racionalidad en algún momento tendrá algún efecto en ellos. Pero no. Nada de lo anteriormente descrito va a hacer cambiar de parecer a quien cree y se identifica con una forma de pensar, con un dogma que no requiere prueba alguna.  Para millones de mexicanos el hecho que El Presidente arrope abiertamente a los cárteles del narcotráfico y les permita operar impunemente a lo largo y ancho del país, no les resulta reprobable. La popularidad del mismo lo comprueba. Tampoco, que todos aquellos relacionados con él, desde secretarios de estado hasta familiares cercanos pasando por operadores y asistentes, entre un largo etcétera, estén inmiscuidos hasta la médula en corruptelas de proporciones descomunales.  Tampoco, que la secretaria de Educación no sepa hablar o leer o escribir correctamente. O que el de Salud no haga nada ante el desabasto de medicamentos y/o vacunas. Que el Ejército y la Marina permitan la venta de sus uniformes o el robo de 20 contenedores de minerales preciosos en un puerto que ellos administran.   Para algunos, la conexión radica en que ya no son aquellos “otros”, egresados de escuelas privadas y/o con estudios en el extranjero, quienes osan decidir los destinos de la patria. Ya no son aquellos que saben más, que tienen más (educación, dinero, cultura, etc) que viven o han vivido mejor. Ahora, son otros, más iguales (“víctimas” del sistema, enfrentándose a “los poderosos” que los menosprecian), quienes hablan por “el pueblo” y les dicen lo que quieren escuchar. Quienes fingen hacerse “limpias”. Comer en fondas. Muestran “estampitas” para protegerse de las enfermedades. Desdeñan la ciencia y la innovación. Mienten a conveniencia. Desprecian a quien alza la voz, a quien sobresale. Perdonan a los cárteles. Aman a quien recibe gustosamente dádivas del gobierno, las necesiten o no. Recriminan y persiguen a la inversión privada, a los pequeños y medianos empresarios, a los empleados, siempre aspiracionistas, siempre en la búsqueda de algo mejor individualmente. Morena, lo que es y representa, atrae lo mismo a quienes evaden fortunas a través de triquiñuelas fiscales hasta quienes colocan un diablito para robarse la luz del vecino.  Puesto que del mismo modo permite constatar que la ilegalidad existe, siempre ha existido, con la diferencia es que ahora se puede operar en ella a plena luz. Sin pudor, sin tapujos, a la vista de todos. El gobierno habla y actúa por encima de la ley todos los días, aliándose con delincuentes y grupos de choque. Ya no existe nada de qué avergonzarse ni que ocultar. No importa si son contratos gubernamentales para amigos, compadres, familiares. Propiedades inexplicables en el extranjero. Narcomenudeo con el contubernio de la alcaldía. El fajo de billetes para el trámite que antes era gratuito. La corrupción no sólo está permitida, incluso, se promueve. Sobornos. Mordidas. Piratería. Rapiña. Cuotas. Acarreo. Amenazas. Violaciones. Feminicidios. Este gobierno ES un llamado a la acción para extorsionadores, tratantes, asaltantes, secuestradores, traficantes. Para todos aquellos a quienes la ley les estorba, grandes o pequeños. Todos son pueblo y nadie debe perseguirlos o juzgarlos, mucho menos el Estado. No existe un solo rincón de la nación, en mayor o menor medida, que se salve de esto. Si el presidente, ese pequeño emperador que decide el destino y moral de todos a placer, está por encima de la ley, también aplica para quienes están de su lado.   Lo que estamos viendo actualmente (resentimiento, envidia, odio, irracionalidad, ilegalidad) no es la podredumbre de un partido político en ascenso. Bajo la lupa, lo que estamos observando, es a México en el espejo.    Lo que está podrido es, en realidad, nuestra sociedad. 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Sincronicidad

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