Ser más humanos

La contingencia sanitaria ha sido un tiempo de contrastes, en el que cada individuo ha enfrentado las cosas de distinta manera: algunos, con riesgo de...

21 de julio, 2020

La contingencia sanitaria ha sido un tiempo de contrastes, en el que cada individuo ha enfrentado las cosas de distinta manera: algunos, con riesgo de perder su vida, han debido continuar saliendo a la calle a trabajar; otros, los industriosos, han hallado ventanas de oportunidad, diseñando productos a partir de las necesidades que la pandemia genera.  Unos más hemos tomado el tiempo en nuestras manos para decidir qué hacer con él.  En lo personal, la palabra escrita me ha proporcionado un espacio maravilloso, tanto de expresión como de percepción.   Ha sido una especie de alfombra mágica en la cual he viajado en tiempo y geografía para expandir mi entendimiento sobre lo último de la esencia humana.

De forma por demás generosa, diversas instituciones han facilitado sus plataformas de acceso a publicaciones gratuitas; hemos podido leer mucho, prácticamente sin pagar un solo centavo por hacerlo.  Revistas, boletines, actualizaciones, libros clásicos.  Y no se diga conferencias, visitas a museos o temporadas de danza y música.  Todo al alcance de nosotros con solo dar un clic.  En otra faceta del quehacer humano, foros digitales como YouTube, Instagram o Tic-Toc han crecido en contenidos. Plataformas de transmisión en línea, como es el caso de Netflix, han hecho lo propio.  La imposibilidad de asistir a salas de cine ha sido subsanada por estos recursos digitales, de manera que entre amigos se organizan funciones de cine a través de Zoom.  Un grupo de ellos, cada uno desde su propia cuenta, acceden a visualizar una misma película en una misma plataforma, y se divierten juntos.

Yo pertenezco a la generación de “baby boomers”, usuarios migrantes de la tecnología digital, dispuestos a apropiárnosla.  Procesamos los aprendizajes de un modo distinto a los nativos digitales –hay que decirlo– por  el camino del ensayo-error.  La cuarentena prolongada  nos ha permitido probarnos frente a la pantalla.   Sin embargo, encuentro que los contenidos que procuran los chicos de la generación “Z”, nacidos en este milenio, y los que procuramos nosotros, son muy distintos.   La sugerencia de la presente va dirigida a los jóvenes, una invitación  a voltear a ver  otras formas de comunicación muy enriquecedoras; a tener paciencia para conocerlas, con la certeza de que hallarán riqueza en las mismas.

Hace un par de días revisaba en línea unos cuentos cortos de León Tolstoi, publicados por la UNAM.  La introducción hecha por Rubén Salazar Mallén nos presenta al ruso como un escritor de lo cotidiano: personajes y situaciones simples, desde donde se dibuja la condición humana de manera tan profunda como entrañable.  El primer relato de esta selección del libro Los campesinos, publicado en 1930, se intitula “Tristeza”; da cuenta de un conductor de carreta jalada por un caballo, que ofrece el servicio de transporte de pasajeros en la aldea y sus alrededores.  La magistral pluma de Tolstoi nos introduce al relato con una estampa en la que aparecen el cochero y  su caballo en el momento cuando empieza a nevar de manera copiosa.  Es tan rica la atmósfera, que parece que estamos sintiendo el mismo frío que ellos sienten, y nos deslumbra la blancura de la nieve que se deposita sobre el sombrero de Yona –el conductor—y sobre el lomo del jumento. Durante el día, el hombre levanta varios pasajeros a quienes lleva de la ciudad a poblaciones cercanas por unas cuantas monedas, hasta que, cuando aún no acaba de caer la tarde, decide irse a descansar a lo que el llama su casa, una habitación rústica en cuyo suelo duerme un grupo de cocheros como él.  Durante todo el relato, el escritor nos deja ver la tristeza del protagonista, él tiene la profunda necesidad de contar su pena, pero ninguno de aquellos con quienes interactúa durante la jornada, parece dispuesto a escucharlo. Su hijo murió una semana atrás y él no tiene a quién contarle cómo se siente; el dolor que le produce que ese  joven que representaba su mundo, se haya ido para siempre.  El gran narrador ruso de las cosas pequeñas termina resolviendo el conflicto de la historia de la única manera que ésta permitía: en medio de la noche, Yona se levanta, sale al establo en el que encuentra a su caballo masticando heno, y comienza a contarle lo que ha querido platicar a lo largo del día. Finalmente, un ser viviente está ahí para escucharlo.

Me confieso nada conocedora de redes como Tic-toc; lo poco que he visto no consigue atraparme.  Debe tener lo suyo, puesto que muchos internautas procuran estas cápsulas visuales.  De seguro detrás de cada una existe una propuesta que busca cumplirse en un lapso no mayor de 60 segundos, tiempo máximo autorizado para la transmisión de estos contenidos.   Yo siento que, lo poco que he visto, no me ha dicho mucho; no sé si más delante logre hacerlo, pero volveré a intentarlo. Queda para los jóvenes la sugerencia en el sentido opuesto que, colateralmente con estos contenidos, se den la oportunidad de procurar el género literario.  Ya sea en papel o en pantalla electrónica, la palabra escrita nos permite adentrarnos en el mundo de los personajes, ver las cosas desde su mirada, sentir como ellos sienten; identificarnos y conmovernos. 

La situación que vive el mundo nos llama a ser más humanos, a tender puentes, a borrar diferencias. Ser más humanos es reconocer que estamos hechos de una misma materia, que después de todo, no somos tan distintos, y así generar empatía.  Sea cual fuere el medio para conectar con otros, revisemos si al final del día contribuye a eso, a entender que lo que salva la humanidad de la pandemia, como de cualquier otro problema colectivo, es identificarnos,  comenzar, de ya, a actuar como miembros de una misma comunidad.




 

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