Se rompe el equilibrio económico

Hoy enfrentamos un discurso gubernamental anquilosado en una doctrina que pronuncia valores y soberanía, independencia y otras menciones sin sustento formal de rumbo. Cubren la expectativa del momento pero no conforman un proyecto de nación.

21 de octubre, 2025 Percepción de nuestra economía

Desde luego la economía busca equilibrios, ingreso-gasto, precio-utilidad, relaciones de estabilidad, dada su función distributiva; la economía mexicana se encuentra fuera de equilibrio, las bases de estabilidad se encuentran sin rumbo preciso.

Diversas circunstancias ideológicas han desviado la correcta interpretación de la distribución del recurso desde el punto de vista macroeconómico y la secuencia de gasto ha acomodado fases de pérdida irreparable.

Podemos iniciar la interpretación equivocada de etapas surgidas de un discurso no solamente retador, descalificador de origen en el que se identificaba una etapa neoliberal como perniciosa en la acumulación del capital y regidora de una estructura dominante en la escena social. No existe tal, desde luego, existe una corriente no doctrinal que despegaba del liberalismo fundamental del siglo XVIII, de ese sentimiento natural de dejar hacer, para significar un alejamiento del estado de la función productiva y dar cabida a los agentes productivos, verdaderos estandartes del emprendimiento y manejo del capital y riesgo correspondiente.

Adelgazar el estado en relación al tamaño de la gran economía resultó en el éxito de economías progresistas, todas en franco crecimiento, todas en franca competencia y todas en franco intercambio.

Con esa mentalidad, llegaron las ventajas comparativas a hacer lo suyo, a imponer fuerzas y reconocer debilidades para comerciar con las primeras y para crear una correcta dependencia de las segundas. Se reconocían valores agregados y se borraban fronteras y aranceles; surgía el libre mercado con economías abiertas. México se integraba con oportunidad a esta mentalidad del progreso; era 1994 y se transfería el capítulo agropecuario para una década posterior y dar paso a la asociación regional de productores. Todo bien pensado, equilibrado en el tiempo y adecuado al ritmo del mundo con mayor grado de desarrollo. Hoy no tenemos esa visión. 2018 marcó una interpretación errónea en cuanto al uso de la función programática del gasto del gobierno; el sentimiento adverso a la acumulación de la riqueza de la nación trastocó el camino en paralelo de la inversión pública con la privada para advertir sobre un poder imaginario y preponderante sobre el poder público y en ese sentir surgió el eterno sueño utópico del reparto para equilibrar las fuerzas de un poder y otro. El socialismo retrógrada que no contempla la renovación del capital con el único camino para hacerlo: la producción.

El equilibrio no se rompe por el simple hecho de decretar la asistencia social como intento de redención de una herencia lacerante de siglos, la pobreza; se rompe por alterar las formas de combatir esa pobreza para sustituir la carencia con una subsistencia dotada de imposición figurativa, invasiva de la elección individual para decidir la más elemental de las fases de un marco económico: el consumo. Esa es la base falsaria del contrato social y de ella deriva el fracaso de la fórmula del reparto. La interpretación de una necesidad crea una forzosa dependencia a la vez de crear un vicio circular en la fuente de ese supuesto ingreso y el origen cimentado en otra base falsa: la riqueza de la nación. Ignorar el ciclo reproductivo y formación del capital es precisamente el ángulo de fracaso del socialismo.

Hoy enfrentamos un discurso gubernamental anquilosado en una doctrina que pronuncia valores y soberanía, independencia y otras menciones, sueltas todas, sin sustento formal de rumbo. Cubren la expectativa del momento pero no conforman proyecto; se ignoran foros internacionales como la reciente Cumbre de las Américas para destacar una adhesión por demás proscrita a economías perdedoras como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Resulta imposible transitar con ese denuedo doctrinal, desgastado por la historia moderna, al tiempo de reclamar una posición por demás ganada con el Fondo Monetario Internacional y otros organismos internacionales y declarar adhesión también. Resulta imposible transitar con dobles discursos que reconocen tratados vigentes, oportunidades inmejorables con las potencias del norte e insistir en ayuda humanitaria a una dictadura como Cuba, situación de afrenta clara a la sociedad mexicana y a las claúsulas vigentes de un TMEC que es imposible desaparecer.

Y en ese tránsito de incongruencia, se frena la inversión con una cauda de reformas que alejan la certidumbre jurídica del capital, al tiempo de insistir en el refuerzo de obra inútil y costosa. Se pierde el sentido del gasto gubernamental cuando la línea de la inversión pública deja de existir como inversión creativa y encaminada a la infraestructura. Está extraviada la función pública en una defensa estéril de soberanía y otras excusas sin sentido ni orientación para confundir la imposición de plazos de la Casa Blanca; por otro lado, el contrato social ya traiciona la concepción original del reparto, que jamás será suficiente, para que la deuda impagable cubra las deficiencias de un gobierno sin proyecto. 

Esa falta de equilibrio y esa falta de asunción de responsabilidad y ética de gobierno, ha desbocado dos vertientes: la confianza y el dispendio. La confianza ha frenado la inversión productiva y el dispendio lo único que ha logrado es deuda y manipulaciones para allegarse recursos del sector privado mediante impuestos excesivos y otros manejos impropios del presupuesto público en la defraudación fiscal. En suma, la economía la estancó el gobierno. El equilibrio lo perdió el gobierno. 

La presidencia se encuentra atrapada no solamente en lo económico; la fase comercial se encuentra en un plazo que trasciende el comercio y el intercambio con los Estados Unidos, pero en realidad el plazo concede espacios de acción de gobierno, consistente en limpia de espacios políticos. Los mexicanos lo sabemos, la Casa Blanca y el mundo también. Si no se toman las riendas de ese equilibrio, la economía no tiene visos de recuperación en plazos medios. Quedan pocos días para asimilar su trascendencia. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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