Política Monetaria Alcista

El Banco de México todos los días nada a contracorriente de un régimen dispuesto a sacrificar las reglas de la razón y el orden en aras de preservar sus políticas populistas.

17 de enero, 2022 Política Monetaria Alcista

El Banco de México ha tomado una medida responsable al incrementar la tasa base para atenuar los efectos del fenómeno inflacionario; sin embargo, no ha resultado efectiva. Las razones son producto de un efecto global y se entiende en materia de intercambio con nuestro socio del norte en gran medida. Sabemos de la gran dependencia de nuestra actividad comercial con los Estados Unidos y también obedece a cierta lógica que las importaciones vengan acompañadas de cierta inflación que al integrarse a las cadenas productivas nacionales, tengan como resultado agregados de valor adicionales y repercutan en precios más elevados.

La teoría monetaria en estricta ortodoxia, significaría un aumento en la tasa de referencia o base para desincentivar el crédito, reducir el circulante de moneda, reducir temporalmente la oferta de bienes y servicios y ajustar finalmente precios para cantidad en demanda. El equilibrio deseado no se ha presentado en nuestro entorno y existen diversas interpretaciones, todas derivadas de políticas económicas erróneas y que suman tres años. No se pretende con esta aseveración excluir la escena internacional que desde luego reúne gran parte del problema, pero las desviaciones del presupuesto de la nación a actividades no esenciales han causado un efecto devastador en la oferta; también se ha dislocado el consumo y lo detallaremos.

La transición en turno no ha contemplado equilibrios presupuestales de incentivo en la producción. El simple descuido y abandono de programas en marcha, desde fideicomisos hasta reguladores regionales de asistencia simple como comedores comunitarios han provocado fallas que en el agregado nacional repercuten en forma gradual en la siembra, en la distribución y en la intermediación inevitable de cultivos tradicionales. Un breve repaso del Tratado signado en 1994 y la incorporación del capítulo agropecuario hasta 2004 nos reseñan las bondades de la apertura de la economía mexicana cuando la autosuficiencia pasó a la historia como un episodio trascendido y aprendido. 

En este capítulo de la vida nacional no es menor la transición del autoconsumo a las uniones de productores, como tampoco es menor la consideración del despegue del paternalismo al campo mexicano cuando desde la semilla hasta la comercialización y el seguro agrícola se encontraba centralizado en la federación. No obstante, los programas de producción centraban su atención en áreas más trascendentales como la mecanización, la industria, la especialización y la exportación. Toda esta fase como producto de la apertura y el Tratado de Libre Comercio.

Todo esto que se menciona tiene un abandono de tres años y las consecuencias afloran en medio de un rezago provocado por una pandemia y un fenómeno inflacionario global. Las consecuencias no serían tan graves si los factores del abasto se hubieran atendido a tiempo. Revertir una política de gasto en renglones improductivos como los proyectos de esta transición resulta imposible. Desafortunadamente, la visión de consumo del presidente en turno ha provocado una inserción en un ingreso sin sustento real en la dádiva y naturalmente una demanda no correspondida en la oferta de bienes y servicios derivados de una cadena que supera costos reales para competir en precios. Esto significa que el gasto público ingresa renta de agentes productivos y lo reinserta en sectores que no producen absolutamente nada. 

De la visión del consumo del presidente podemos entonces dar un paso más adelante para equiparar otra visión equivocada: la autosuficiencia. Dejemos aparte la energética que nos está hundiendo, de momento. Concentremos nuestra atención en lo básico, el alimento: imagine el lector un campesino, posee diez hectáreas, le ofrecen un programa que se llama Sembrando Vida, le ofrecen una tala de su predio para integrarse al programa. Decide, entonces, talar la mitad de su haber y dedicar la otra mitad a auto consumo ante la falta de programas en los que ha participado por décadas, pero se encuentran interrumpidos o suspendidos. Tala, por decirlo de una manera sutil, devasta su propiedad. Lo visita un intermediario de Morena, le ofrece una especie de pensión mensual y le dota de un cultivo que desconoce. De esa pensión, el intermediario le resta su participación. 

De ese proceso de corrupción, se deriva lo siguiente: el intermediario medra y se enriquece; el productor sacrificó una parte de su propiedad en aras de una dádiva insuficiente. El cultivo a nadie le importa, la devastación se sumó a 72,000 hectáreas en toda la nación pero el productor no lo sabe. Eso se llama Sembrando Vida, un programa del presidente, un programa sin visión, sin alcances. Entonces viene la suma de los cultivos de la nación. Viene el recuento de la producción que descuidó porcinos, avícolas, cárnicos en general y legumbres y verduras y frutas; viene una llamada Canasta Básica a hacer su presencia porque es tradición de décadas su atención. Viene la recopilación de los precios para anunciar que la tasa de inflación es del 7% pero el limón asciende al 107%, el pollo al 42%, la tortilla al 23%, el chile y otros componentes de la mesa mexicana se tornan incomparables. 

La denominación de esta trapacería gubernamental se llama corrupción transformada en el engaño de las formas; otra vez el dispendio, otra vez el disfraz de cifras que jamás fueron sanas; no pueden ser sanas cifras que pervierten y atrapan al individuo y su afán de productividad en un círculo perverso de cuota, de asociación maligna con un poder en tránsito. Eso es esta auto llamada transformación, esto hace, embauca, enreda, engaña. 

Es entonces cuando entendemos una labor bien intencionada, una tarea de verdaderos profesionales reunidos en una Junta de Gobierno, tratando de lidiar con índices de precios que traicionan preceptos económicos, que no ceden ante la intemperancia de la demanda. Seguramente no lo ignoran, pero seguramente lo callan por prudencia. Eso hace el Banco de México, pero su responsabilidad y coherencia es retada por la imposición de un régimen dispuesto a sacrificar las reglas de la razón y el orden en aras de preservar un horizonte sin destino. Ese horizonte sin destino se llama populismo, un mal endémico. 

 

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