La Empresa Mexicana

Perspicacia no sería necesaria para señalar que en esta tercera transición de nuestra vida democrática no existe vínculo o inclinación de apoyo al sector empresarial. Las señales están dadas; las alusiones a las prerrogativas de acumulación por...

19 de julio, 2021

Perspicacia no sería necesaria para señalar que en esta tercera transición de nuestra vida democrática no existe vínculo o inclinación de apoyo al sector empresarial. Las señales están dadas; las alusiones a las prerrogativas de acumulación por la acumulación misma han situado un marco de referencia privativo de las aspiraciones individuales, arrostrado un camino igualitario en la dotación de oportunidades que únicamente pueden ser otorgadas desde una tribuna incontestable, juicio que dirime diferencia de modo de vida y de sustento. La indicación que define precariedad y limita bienestar no debe radicar en el individuo. La ubicación la define una sola mente, la que penetra en la conciencia y en el ánimo de la subsistencia para que los límites no sean traspasados por nadie.

Lo mencionado anteriormente resume la guía transformadora de una transición que pretende una regresión de décadas en la conformación de nación. Es la mentalidad de un presidente que pretende no pertenecerse y diluirse en la fórmula social que en una imaginaria obsesa iguala aspiraciones que no rebasen lo que el Estado puede absorber para que jamás integren su esfuerzo y denuedo al mercantilismo imprudente que irradia un horizonte de progreso y mejoría individual y familiar. Aspirar es afrenta, no al sistema que aporta oportunidades, es afrenta al guía que conoce las aspiraciones de todos, pretensión anticipada y grotesca para descalificar el sino individual.

No existe novedad en la mención de preceptos absolutistas y totalitarios como los mencionados; no existe el factor sorpresa cuando el mensaje es de captura, de recursos, de pensamientos y finalmente de decisiones. No existe nada nuevo en el modelo socialista, el que abandonó la premisa de asistencia del Estado por la del pensamiento totalitario. Pensar por colectividades provocó revuelta social, provocó no solamente revolución de las ideas, provocó subversión armada y conflicto frontal con el poder absoluto. Todas las ideas triunfaron; todas sin excepción. Esa es la historia. 

México vive una nueva confrontación de ideas, las vive en una circunstancia que apena porque el arribo al poder de una concepción tan absurda, centralista y con una sintonía arrastrada en la oscuridad de décadas pretende revivir una construcción social fantasiosa y abstrusa. El principio esencial de una construcción de nación, pervive en las bases y en ellas se encuentra un asiento primordial que se denomina capital. Sin este ingrediente la derrota es un anuncio de redención anticipado y pleno. Las naciones perdedoras podrían aportar su experiencia pero los mandos de las mismas precluyen este escenario. No es posible captar las experiencias tan lamentables ante la supresión de la expresión misma.

El escenario para algunas naciones desafortunadamente ha sido de derrota, Cuba y Venezuela son claros ejemplos. Para México, este paso tan retrógrado es temporal, la inversión privada no claudica; la empresa mexicana reúne preceptos de décadas y progreso. La empresa y los empresarios de México observan oportunidades, como ha sido característica del talento creador mexicano. Desde la participación activa en mercados creados por la demanda de reconstrucción de la gran guerra, el país no ha cesado en la creación de manufactura y servicios. Las crisis, que han existido sin duda, con devaluaciones de la moneda, con estatización de la banca comercial y con el desgaste en el anticipo de fortunas petroleras, nunca mermaron el ánimo de conquista de nichos de mercado y en esa pesquisa sondable se perpetuaron especialidades y ventajas comparativas.

La empresa mexicana es un término incluyente y de simple referencia al talento creador y a las grandes empresas y empresarios que han delineado la ruta de inclusión en el mapa global. Una simple transición fallida como la que experimentamos hoy, se va en menos de tres años; el talento emprendedor es para toda una vida y generaciones por venir. Jugar con los números de hoy y con los que pueden venir deja indefensa a una transición caprichosa y afanosa en el dispendio de una riqueza que podrá ser creada por generaciones productivas. Lamentaremos el derroche singular del gasto de la nación. Pero la recomposición no corresponde a un efecto aislado, es esfuerzo compartido por una República que reúne una treintena de estados aportando. 

La empresa mexicana es seria, conducente y productiva, es eficiente y ética en sus principios fundamentales de operación. Compite y trasciende, crece y aporta en su renta al haber de la nación, nutre la hacienda pública y hasta ahora no se conoce otro método que pueda añadir al producto de la nación. Su labor no es silenciosa ni taimada; espera retornos y en esa agresividad sin petulancia espera reconocimiento por su aportación. El reconocimiento es calidad y mercado, aceptación y prestigio, trascendencia. 

Los gobiernos son turnos, son oportunidades de servicio y nada más. Si trascienden es por el orden de las ideas que se acoplaron a las necesidades ciudadanas. Hasta ahí. Si trasciende el orden y guía puede ser liderazgo y otra vez hasta ahí. Eso debe ser guía de pensamiento del servidor público. Tal vez sea muy complicado explicar o adosar esta prerrogativa de plazo a un mandatario pero la esencia del poder es mera circunstancia de servicio; puede confundirse la esencia de predominio empresarial pero el factor de riesgo dirime toda diferencia. En ocasiones el que detenta poder temporal y público no lo asimila en su tiempo y tampoco en su circunstancia. 

 

Este antecedente de asimilación no lo detecta el presidente de México y eso está causando las mayores desgracias económicas que este país ha sufrido en generaciones. Es la empresa mexicana la salvaguarda para el futuro de México, como siempre ha sido. 

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