La inflación en México volvió a presionar en marzo de 2026 y lo hizo por la vía más sensible para las familias: los alimentos. De acuerdo con el INEGI, el índice general alcanzó 4.6% anual, pero el dato clave está en su composición: la inflación alimentaria sigue creciendo por encima del promedio y es la que realmente define el bienestar cotidiano.
El tomate es el caso más visible. Según el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, acumula una inflación anual de 62.4%, con un salto de 51% solo en el último mes. Pasó de 28 a 46 pesos por kilo en promedio, con picos de hasta 50 pesos, de acuerdo con la Procuraduría Federal del Consumidor. Sin embargo, esta presión no se distribuye de forma equitativa: los productores reciben cerca de 17 pesos por kilo, lo que evidencia distorsiones en la cadena de valor.
Pero el problema va más allá de un solo producto. Datos recientes del INEGI sobre Líneas de Pobreza muestran que el costo de la canasta alimentaria creció 7.9% anual en zonas rurales y 8.1% en urbanas, muy por encima de la inflación general. Es decir, alimentarse se está encareciendo casi el doble que el promedio de bienes y servicios. En el corto plazo, el aumento mensual también fue significativo: 2.8% en el ámbito rural y 2.2% en el urbano.
El impacto en los hogares es directo y regresivo. De acuerdo con la ENIGH 2024 del INEGI, las familias mexicanas destinan en promedio 37.7% de su gasto a alimentos, bebidas y tabaco. En los hogares de menores ingresos, este porcentaje es aún mayor, lo que amplifica el efecto de cualquier incremento. En la práctica, cuando suben productos básicos como el jitomate o el limón, no solo se encarece un artículo: se presiona toda la canasta diaria y se obliga a ajustar consumo, calidad o cantidad.
Este deterioro del poder adquisitivo también se refleja en la Tendencia Laboral de la Pobreza (ITLP), que muestra presiones en la capacidad de compra del ingreso laboral. Es decir, no solo suben los precios, sino que cada vez es más difícil que el ingreso alcance para cubrir lo básico.
Además, el encarecimiento no es homogéneo. Los productos que más presionan la canasta alimentaria son justamente los más esenciales: tomate, limón y chile en zonas rurales; y tomate, limón y papa en zonas urbanas. A esto se suma el aumento en alimentos consumidos fuera del hogar, especialmente en ciudades, lo que indica efectos de segunda ronda en restaurantes y servicios.
En términos estructurales, lo que estamos viendo es una combinación de choques climáticos, menor crecimiento en la oferta, problemas logísticos e inseguridad en el transporte. Incluso hacia adelante, las expectativas son mixtas: aunque podría haber cierta estabilización por nuevas cosechas, se anticipa una ligera caída en la producción y presiones persistentes.
El punto de fondo es claro: la inflación alimentaria ya no es coyuntural. Es un riesgo estructural para el bienestar. Cuando casi cuatro de cada diez pesos del gasto familiar se destinan a comida, cualquier aumento tiene un efecto inmediato y profundo. Por eso, estabilizar el precio de los alimentos no es solo una meta económica: es una prioridad social.
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