El título de este texto puede ser interpretado como un juego de palabras o como una expresión de sarcasmo; pueden ser ambas en realidad porque resultaría imposible derivar un comentario positivo en siete años de un populismo devastador, por decir lo menos. La ausencia de proyecto es notoria, la expulsión institucional denota una sola cosa: la ambición totalitaria. Pero, ganar todo no ha resultado en el “todo” esperado; la fórmula ganadora no existió en las últimas contiendas y las fricciones internas ya dejan ver la preponderancia de lo aportado al trueque perverso que instaló la consigna de ganar por encima de lo que fuere. Las fórmulas de encargo traicionaron las expectativas de cuota y estas jamás serán suficientes porque la competencia está basada en dar para recibir y no en contribuir a una causa, porque esta no existe.
Las aportaciones descubiertas en sobres amarillos no eran contribuciones a un “movimiento”, pero anunciaron la verdadera intención en el movimiento de recursos. La situación en ese entonces era apenas formativa de lo que sería el golpe institucional y el acaparamiento de todo entorno de votación de mayoría aplastante en cámaras y más adelante nublar la escena electoral. Pero no todos los espacios quedaron cubiertos, no todas las cuotas afianzaron el silencio de algunos actores y muchos se vieron obligados a enfrentar la supuesta sagacidad de un líder. Si concedemos etapas intermedias a a este turbulento proceso, tendríamos que incluir la parte monetaria y esta es precisamente en donde el proceso se torna resbaloso y fétido. El origen de los recursos importa e importa mucho, sobre todo si se estiman fuentes no lícitas.
Insistimos en una parte ya mencionada, en ese todo que resultó en un “todo” muy precario. En ese revuelco de dineros mezclados para escalar el triunfo y los dineros que se usurpaban de las reservas de una nación que crecía, se sumaron recursos amplios y bastantes para cumplimentar la escena de promesa de una campaña cifrada en la esperanza y en la redención por simple discurso, pero sin programa. Entonces vino la compra social, la de voluntades. Siete años después aflora el fracaso de la fórmula del reparto y se instala un disimulo grotesco bajo el amparo de un plan, que reditúa en el papel y en la adhesión, simulada también, de un empresariado atrapado entre el nacionalismo irredento, soñoliento y retardatario y las verdaderas vicisitudes de la función productiva y la permanencia de sus inversiones.
El disimulo, que existe, es retado por el brote de escándalos, que se enlazan como cuentas de rosario, por día, e instalan un escenario de espera de sucesos no controlados por el gobierno en turno, pero tampoco bajo el control de la inversión y la clase emprendedora. Compás de espera, lo es, sin duda, pero la gran interrogante es si vendrá un azote aleccionador de otra nación y de otra frontera. La referencia es clara a los Estados Unidos, que en estos momentos juega con variables más diplomáticas que políticas o económicas. Dejar hacer no es lo suyo, pero acechar un panorama completo si que lo es; el juego de la ayuda a Cuba deja de ser juego cuando la sanción en puerta eleva a la escena de negociación posible un tratado vigente, pero un tanto más allá de la vigencia latente o no de un tratado, viene la realidad a reconocer el verdadero espacio de negociación en la limpia de actores que pudieran entorpecer el diálogo franco y abierto en múltiples frentes.
Limpia de actores menciono y en ello está el gobierno norteamericano; no es casualidad el retiro de visas como tampoco es incitar a un gobierno distraído en la permuta de satisfactores por prebenda llamada social, para que revise operaciones internas que dañan a todos, no nada más al flujo de divisas y comercio. Si la limpia trasciende al terreno político, entonces deberíamos aceptar que la verdadera intención es trastocar las decisiones supuestamente fundamentales, dinamitarlas y corregirlas tanto en rumbo como en orientación ideológica. Muchas acciones no han bastado; intentos de extradición y denuncia formal de instituciones financieras apuntan a acciones mayores desde luego, pero hasta ahora, los sectores productivos guardan el silencio recurrente que permite a la otra parte que se deshaga sola cuando realmente se encuentra en ese camino, de su derrota o aniquilación si el término adecúa lo que realmente esperamos.
En todo esto que menciono, las cartas todavía no están sobre la mesa; la pasividad del gobierno en turno lastima toda orientación de alteración de rumbo, al menos, el discurso no cambia; si las intenciones de recuperar un liderazgo que hasta ahora no asoma una sola nota perspicaz de asomo se fragua, realmente sorprendería, no en la retención desde el punto de vista institucional, sería de aliento en la conducción de cinco años restantes de gobierno. Tal vez eso espera la Casa Blanca y propone en el proceso de limpia que menciono, allanar el camino. Pienso que el gobierno norteamericano ya tiene las respuestas que pretende, sin preguntas. Ya no es momento de sentar preguntas porque los tiempos de Trump no son los mismos de un sexenio que puede ser veleidoso e impredecible. Es una situación curiosa esta, al reconocer a un personaje que se distingue por su afán de prepotencia y sin duda por ser veleidoso de un día para otro. Pero de que tiene las respuestas enviadas a palacio, sin duda, las tiene sembradas.
Siempre existe un mientras, porque el terreno de las decisiones requiere de protocolos y tratados, firmas de un lado y otro y esto todavía no se da. En ese mientras, tenemos que arreglar una economía derrotada en su atemporalidad y en el vago pronunciamiento popular y nocivo. Padecemos una gran parte de los males económicos, desde inflación hasta una deuda impagable. Viene una semana de grandes expectativas en ese proceso de limpia que me he permitido mencionar como tal. Veremos.
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