Zapatos para volar

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4 de agosto, 2020

Así como hoy podemos enterarnos de lo que fue la Edad Media o el Renacimiento, conocer sus personajes más notables, los propósitos, luchas y tradiciones que prevalecieron en ese entonces, de igual manera, en uno o dos siglos, las generaciones futuras hablarán sobre la vida en tiempos del COVID-19.  A estas alturas  los que hemos atendido el “quédate en casa”, llevamos poco más de  130 días de encierro.  Hemos vaciado closets y libreros un par de veces; aprendimos a cocinar platillos exóticos, a hacer bricolaje; hemos efectuado recorridos virtuales a museos y sitios turísticos, y  quizás hasta hayamos comenzado a aprender holandés o griego.  Ha sido un tiempo muy distinto al resto de nuestra vida; hoy el rasgo distintivo es la desaceleración.  Sin embargo, en torno a esta holganza revolotean inquietudes que no pocas veces nos quitan el sueño y la calma: ¿Logrará algún día controlarse la pandemia? ¿Viviremos para verlo…?

Dentro de la amplia gama de eventos en línea que se vienen  ofreciendo durante la contingencia, he aprovechado para revisar algunos contenidos de mi interés. En el curso de la semana pasada se transmitió la presentación del  libro del escritor zacatecano Gonzalo Lizardo intitulado El grafópata o el mal de la escritura (Editorial Era).  Acompañaron al autor Ana García Bergua y Luis Jorge Boone.  La obra recién publicada  contiene una serie de ensayos en los que Lizardo diserta sobre sus autores favoritos como lector, y el modo en que  han influenciado su estilo de escribir.  Encontré en la presentación  cosas muy interesantes por conocer más a fondo, mismas que ya comencé a explorar. 

En el primer capítulo, Lizardo se refiere al valor del libro a través de la historia.  Habla sobre si es válido publicar un libro que no sea perfecto, de acuerdo con los cánones de la época en que se publica. Sus reflexiones parten del caso del que fue testigo fortuito: una estudiante de Letras de la UNAM  en una plática de pasillo, hizo trizas a nuestros grandes autores latinoamericanos: Paz, Fuentes, Cortázar y Rulfo, por citar algunos.  Después de escuchar los motivos que la chica externaba, concluyó que su incomodidad revelaba la falta de ese clic entre libro y lector. Lo comparó con la relación entre un par de zapatos y la persona que los utilizará.  Si no tienen la mejor calidad, no proveerán a quien los calza  de  lo necesario para caminar, de la manera más cómoda, por los senderos de su circunstancia.

Encontré muy interesante dicho  concepto, en particular en estos tiempos de encierro cuando  recurrimos más que nunca a la palabra escrita.  Muchos para abrevar de lo que otros escriben; otros para comunicar lo que se lleva dentro.  Lo hacemos –leer o escribir—en busca de entender la realidad que vivimos, una realidad atemorizante, común a todos.  Nos urge desenmarañar un entorno a ratos paradójico, a ratos incomprensible, pero siempre amenazador hacia nuestra persona y nuestros seres queridos.  Aquí es donde entra el zapatero de Lizardo: habrá que buscar unos zapatos muy cómodos para andar.  Aún más, si somos los que escribimos, tenemos frente a nosotros la responsabilidad social de hacerlo bien.  La situación demanda no utilizar la palabra escrita como  catártico nada más; tampoco lo es  dar a conocer textos desaliñados, escritos desde la urgencia de  nuestra desesperación.  Sería como entregar unos zapatos mal terminados, que tras unos cuantos pasos, se desechen por incómodos.   Todo lo anterior lo presenta Lizardo a partir de un texto muy ilustrativo de Arreola intitulado: “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”. 

Hacer cada vez mejor lo que nos gusta hacer, es una consigna que vuelve la vida un reto muy interesante.  Nos aleja de la terrible zona de confort, de suponer que no hay nada nuevo por descubrir, nada más  por aprender.

Con relación a las ediciones impresas, es asombroso cómo la contingencia ha limitado la publicación de nuevos libros; las presentaciones en vivo y las ferias del libro.  En la parte económica es evidente  cuanto ha afectado a empresas grandes y pequeñas.  Simplemente, la promoción que puedan hacer de un nuevo libro, como es el caso de El grafópata, no da los mismos resultados en línea que en vivo.  Por otra parte, este alejamiento físico nos lleva como lectores a  desintoxicarnos de lo que Lizardo  llama “merolicos impresos” que prometen cumplir todos los sueños del lector potencial.

Tanto el escritor como el lector y los personajes son “yos” en movimiento.  El escritor va evolucionando conforme escribe y se prepara para hacerlo cada vez mejor, por lo que el yo de sus primeras obras va dando lugar, con la experiencia, a un yo más evolucionado.  El lector va cambiando conforme avanza en sus diversas lecturas.  De igual manera, a través de la historia narrada, los personajes cambian.  Cada uno conserva  la singularidad que le es propia, pero los distintos conflictos de la historia  provocarán en él un cambio.  El personaje de principio de la historia es distinto  al del final.

En lo que a la voz narrativa se refiere, Lizardo, cuando habla de las bibliotecas, nos indica de qué manera las lecturas que hemos realizado contribuyen a proporcionarnos una voz, que será tan universal como universal sea nuestra biblioteca.  A partir de ese punto –acotación mía—se diferencian quienes escriben desde su zona de confort, o por catarsis, y quienes aspiran a avanzar en la artesanía que implica el oficio de escribir.

Hoy en día estamos muy necesitados de textos claros, bien escritos, que sirvan como acompañantes de nuestros temores. Textos que despejen dudas. Textos que infundan esperanzas.  Textos que, como un par de zapatos de elevada calidad, faciliten nuestro andar  por este azaroso  2020.

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Lawrence Shannon adentro de aquel autobús rebosante de mujeres religiosas en La noche de la iguana, la oscura, densa, sensual y sórdida adaptación cinematográfica de la aclamada obra del dramaturgo Tennessee Williams, dos veces ganador del premio Pulitzer (Un tranvía llamado deseoLa gata sobre el tejado de zinc), y quien fuera uno de los referentes de la literatura norteamericana del siglo XX.   En La noche de la iguana, Williams nos cuenta una historia colmada de sexo, traición y amor, en la cual un afligido sacerdote que ha colgado los hábitos, fungiendo ahora como guía turístico de un grupo de maestras de Corpus Christi, dirige una excursión por la costa del Pacifico mexicano hacia el hotel de su viejo amigo Fred Faulk. Aquí se entera de que él ha muerto y quien lleva ahora el parador es su jovial y desmesurada viuda, Maxine. Con un despliegue de pasiones prohibidas, bajo el candente sol del trópico y con una soberbia imagen en blanco y negro, conocemos personajes llenos de temores, fantasmas y extravagancias. 
  1. Lawrence Shannon es un sacerdote retirado tras una crisis de fe; Maxine Faulk es la madura, visceral  y atractiva propietaria del hotel donde transcurre la acción; Hannah Jelkes es una pintora gentil y amable, artista solterona ya cerca de los cuarenta; Charlotte Goodall, la más joven de la expedición, es una incitante y frívola muchachita que no cesa en sus intentos de seducir al reverendo complicando aún más su situación; y la señorita Fellowes es la típica mujer mandona que organiza el periodo vacacional de las guías del Bible College,a la cual le produce rabia el romance que sostienen la malintencionada jovencita y el clérigo Shannon. 
Quince años después de El tesoro de la Sierra Madre, película filmada en Tampico en 1948, con Humprey Bogart en el rol principal, el gran cineasta y trotamundos John Huston, uno de los mejores directores en la historia del séptimo arte, volvió a México para rodar esta adaptación de La noche de la iguana. En el otoño de 1963 se inició la filmación. La película se rodó íntegramente en escenarios naturales, en los alrededores de Puerto Vallarta, que en esos años era un remoto y desconocido paraíso tropical. Un rincón, una aldea de pescadores conocida como Mismaloya, resultó ideal para instalar el deteriorado hotel en donde se lleva a cabo la trama. Al principio Huston tuvo que pugnar con Tennnesse Williams para filmar ahí, ya que este insistió en que se filmase en Acapulco, donde, se rumora, le había ocurrido una aventurilla inconfesable que le sirvió de fuste para aquel drama de culpas y deseos incontenibles. Pero afortunadamente, al viajar a buscar locaciones y conocer la región, el dramaturgo oriundo de Mississippi fue rindiéndose ante el encanto de aquella colina rodeada de selva tropical, de los caminos montañosos, de las cálidas playas azules, de  la condición meridional del ambiente y de la panorámica imponente que Mismaloya poseía.  La crítica valoró positivamente la cinta, diciendo que John Huston  adaptó con fidelidad la obra de Williams: una historia en principio sencilla pero que va revelando un  mundo complejo, lleno de símbolos, siendo la elección del reparto uno de los principales aciertos:  Richard Burton como el pastor anglicano T. Lawrence Shannon; Ava Gardner, quien está maravillosa en su caracterización de Maxine, ofrece con ésta la última gran actuación de su carrera;  Deborah Kerr entrega uno de sus trabajos más memorables como Hanna Jelkes; y Suey Lyon (la Lolita de Kubrick) interpreta a una insaciable adolescente que destila sexo por cada uno de sus poros. Todos actores  extraordinarios pero con personalidades temperamentales capaces de hacer saltar chispas en aquel entorno caluroso.  En declaraciones publicadas en la prensa, John Huston admitió haber reunido al elenco principal y a Elizabeth Taylor, la diva de los ojos violetas que por esas fechas gozaba de su ardiente romance con Burton, a lo que la prensa calificó como “el adulterio más famoso de  la historia”. Cuenta la historia que Huston le entregó a cada actor una  pistola Derringer con cuatro balas cada una, grabadas con el nombre de los demás. ”Richard Burton estaba acompañado de Liz, que todos sabíamos seguía casada con Eddie Fisher; Michael Wilding, su ex esposo, llegó para manejar la publicidad de Burton; Peter Viertel, el esposo de Deborah Kerr, que la acompañaba, había tenido un amorío con Ava Gardner, quien llegó con dos asistentes, dos gigolós mexicanos que la seguían siempre, donde quiera que ella fuese allí iban ellos dos; y Sue Lyon estaba celosamente custodiada por su novio y su madre”, confiesa el director. Pero no hubo menor incidente. “Todo el mundo esperaba el momento en que las pistolitas fuesen utilizadas. Nadie lo hizo y todo transcurrió en paz”, concluyó Houston.   La noche de la iguana situó en el mapa a Puerto Vallarta, que de pronto se llenó de periodistas y fotógrafos ávidos por obtener imágenes de las grandes estrellas presentes en el rodaje. 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CARTAS A TORA 270

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