Un imperio fugaz

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, conocido como Agustín de Iturbide o Agustín I, nació en Valladolid, hoy Morelia (Virreinato de Nueva España), y falleció el 27 de septiembre de 1783 en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824. Durante las primeras...

31 de marzo, 2021 Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, conocido como Agustín de Iturbide o Agustín I, nació en Valladolid, hoy Morelia (Virreinato de Nueva España), y falleció el 27 de septiembre de 1783 en PadillaTamaulipas, el 19 de julio de 1824. Durante las primeras etapas de la guerra por la Independencia de México, Iturbide militó en el ejército realista combatiendo a los insurgentes. Posteriormente, durante el marco del trienio liberal en España, fue designado comandante para combatir a Vicente Guerrero, jefe de los rebeldes en la Sierra Madre del Sur. Proclamó el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821.

 

Más adelante, en agosto del mismo año firmó los Tratados de Córdoba con Juan O’Donojú. De esta manera se logró consumar la Independencia el 27 de septiembre de 1821. Presidió la regencia del primer gobierno provisional mexicano. El 18 de mayo de 1822 fue proclamado emperador en las calles de la capital, y el Congreso al día siguiente lo eligió formalmente para jurar su investidura solemne el 22. Fue coronado dos meses más tarde con el nombre de Agustín I. 

En diciembre de 1822, Antonio López de Santa Anna proclamó el Plan de Veracruz, provocando que los antiguos insurgentes de ideas republicanas e inconformes con el régimen imperial se levantaran en armas. En febrero de 1823, se firmó el Plan de Casa Mata, como resultado, los borbonistas y republicanos unieron sus fuerzas para apoyar el derrocamiento de Iturbide. 

El emperador decidió abdicar en marzo de 1823 para luego exiliarse en Europa. El Congreso le asignó una pensión anual de 25 mil pesos a Iturbide con la condición de que estableciera su residencia en cualquier lugar de Italia. También su familia tendría el derecho de la pensión que las leyes designasen en caso de muerte del exemperador.

El 9 de mayo, Iturbide llegó a la desembocadura del río La Antigua, Veracruz, y Guadalupe Victoria acudió a despedirlo; el exemperador, como muestra de gratitud y reconocimiento, quiso regalarle un reloj; el exinsurgente no lo quiso admitir y le dio a cambio un pañuelo de seda, el cual guardó hasta el momento de su muerte. El 11 de mayo de 1823, Iturbide en compañía de su esposa, ocho hijos y diecinueve sirvientes, se embarcó en la fragata inglesa Rowllins con destino a Europa. ​Asimismo, solicitó protección por temor a ser atacado por un barco pirata o un barco español. 

Durante su ausencia, el Congreso Mexicano, previamente reinstalado por Agustín I, lo declaró “traidor y fuera de la ley en caso de que se presente en el territorio mexicano, declarándolo como enemigo público del Estado, y a todo aquel que le ayude a su regreso”. Iturbide, sin conocer esta resolución, regresó a México en julio de 1824 para advertir al gobierno sobre una conspiración para reconquistar México, pero al desembarcar en Tamaulipas fue arrestado y posteriormente ejecutado por un pelotón de fusilamiento.




En 1838, bajo la presidencia de Anastasio Bustamante, sus restos mortales fueron trasladados a la Ciudad de México, y colocados con honores en la Capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana, donde se exhiben en una urna de cristal. Su nombre, en asociación con la bandera nacional, fue conservado durante mucho tiempo en una estrofa de la letra original del Himno Nacional de México, la cual se suprimió en 1943. 

Paradójicamente, el sable que utilizó Iturbide durante el desfile de entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, fue colocado en el salón del Congreso junto con los nombres escritos en letras de oro de los insurgentes a quienes había combatido.

Al ser fusilado el 19 de julio de 1824, Iturbide expresó estas últimas palabras:

“¡Mexicanos!, en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso, porque muero entre vosotros: muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha: no soy traidor”.

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NOTAS

 

https://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_de_Iturbide

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La enfermera le dijo que lo único que podía darle era un tecito de helecho, que no tenía otra cosa. La señora se enojó, porque el helecho no sirve para nada, y fue a quejarse con el portero. Como éste le dijo que él no tenía la culpa, la señora empezó a agitar a los vecinos, diciendo que ellos pagaban el Seguro Vecinal y que nunca tenían nada que darles, que eso no era justo, y que debían tomar cartas en el asunto. La cosa se puso tan fea, que el portero convocó a una junta de vecinos para tratar del asunto. Y allá se presentaron todos, porque a todos les interesa la falta de medicinas. Los guaruras daban vueltas alrededor de ellos, para evitar que se alebrestaran y para que no hablaran mucho entre ellos. Por fin, apareció el portero. Pero en ese momento, uno de los guaruras le pidió al señor del 14, que es muy serio y muy propio, que se pasara a una silla al lado del estrado. A mí me extrañó y fui con ellos, así como quien no quiere la cosa, que es cuando uno sí quiere la cosa. 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Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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Estuve varios días dándole vueltas a todo, tratando de recordar hasta el mínimo detalle, tratando de interpretar cada gesto de Matilda, cada movimiento, cada sonrisa… ¿Había desaparecido intencionalmente, o qué sucedió? Una y  otra vez revisaba mentalmente el momento en que inhalé el aroma del perfume. Sabía que me había puesto de pie, plenamente consciente de lo que hacía. Recordaba  haberme detenido a ver el palmar y, esta vez, fijándome en el sendero de baldosas sin temor alguno. Tenía muy claramente presente que al momento de inhalar el perfume, recordé  la primera entrada que leí del diario de M.C de junio de 1942, cuando su fotografía se deslizó de entre las páginas. Mi memoria era clara y perfectamente viva. No era una imagen confusa y borrosa como la de los sueños que las más de las veces no tienen sentido y son fragmentados. Yo tenía una memoria secuencial perfectamente clara desde que me puse de pie, bajé  al palmar, lo recorrí con la mirada y decidí conscientemente ir hacia la izquierda en dirección a la proa de la casa. Recordé todos los detalles: desde que hallé a Matilda sentada sobre una roca viendo el mar,  hasta que nos acercamos y nos vimos a los ojos; su respiración, y mi mano a punto de tomar la suya… todo, hasta que desapareció. Tenía yo que comentar esto  con doña Rosita. Pensé en don Alejandro Salas,  siempre presente al pie del teléfono en la recepción de El Faro; pensé que como siempre, escucharía lo que dijéramos, pero no me importaba. Quería ir a ver a doña Rosita y decidí comprarle unos chocolates en el centro y de una vez llevarle dos o tres Yolis. Siempre era más fácil encontrarla después de las cinco de la tarde, de manera que aparecí en El Faro poco antes de las seis   y, gracias a Dios, ahí estaba en su banca, como si nunca se levantara de ahí. - Hola Doña Rosita, le traje unas Yolis y una sorpresita. - ¿Qué sorpresita niño? - Unos chocolates para que se le pase el tiempo más rápido. - ¿Y yo para que voy a querer que se me vaya el tiempo más rápido?  Si se me va más rápido, más rápido voy a entregar el equipo. - No quise decir eso, doña Rosita, quise decir para que no se le haga tan pesado. - Chiquito lindo, si se me hiciera pesado que vinieres, ya te lo habría yo dicho, ¡a poco crees que eres mi penitencia! - Espero que no, doña Rosita. - Pues claro que no pollito; desde que te conozco me has caído en gracia,  siempre inquieto y un poco latoso, pero lindo. - Menos mal, doña Rosita. - Ahora sí volviste rápido, hijito. - Pues sí, doña Rosita, antes me tardé en venir, porque estuve tentado de venir desde el otro día directamente al salir de Los Olvidos. ¿Dónde anda don Alejandro, doña Rosita; no va a venir hoy? - Salió a hacer varias cosas al centro, hijo. Va a tardar un ratito y como no hay tantos huéspedes, puede que se quede un rato en el Pez Vela, tomándose una cerveza… o varias… - ¿Qué te pasó en tus Olvidos, Pequitos? - Creo que lo mejor es que se lo cuente tal y como sucedió para no hacerme bolas. - Y  harás bien, esa es la mejor forma de contar las cosas. - Pude oler el perfume de Matilda. Doña Rosita me escuchaba con atención, pero sobre todo, parecía leer mi cara y cada gesto, cada movimiento, cada expresión corporal mía de la que pudiera formarse el cuadro más completo y preciso posible. - ¿Y qué sucedió? - Como usted me dijo, los olores pueden tener un efecto muy fuerte; apenas moví un poquito la tapa y sin siquiera destapar el frasquito completamente,  el cuarto se llenó del aroma de ese perfume y aunque no perdí la noción ni la consciencia de las cosas, me invadieron sentimientos de anticipación, de curiosidad, de aventura… - Tuve ganas de buscar a su niña Matilda; presentí que por fin podría verla; hablar con ella; saber hasta qué punto era una fantasía o la realidad. - ¡Y dale con la dichosa realidad!; pero no te interrumpo, síguele. - Al dar la vuelta hacia el caminito que conduce a un redondel donde estuve un día con don Marcelino,  ella estaba sentada sobre una peña parecida a la piedra alta frente a Las Hamacas,  donde hay una escultura muy bonita; ¿la conoce? - Sí, mi niño; es de un escultor que vive por la Roqueta; se llama Víctor Salmones. - Bueno, pues la roca donde estaba Matilda se parece  mucho a la de las Hamacas. - ¿Y luego? - Primero ella no se dio cuenta que yo estaba ahí, pero luego volteo hacia donde yo estaba. - ¿Y qué paso? - Se me quedó viendo con un gesto más que amable, ¡y me sonrió! 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No dudo ni por un momento que viste a mi niña Matilde y te aseguro que no fue una aparición o algo que imaginaste. ¿Habrás oído de la telepatía, verdad? - ¡Claro que sí Doña Rosita! - Son cosas que están más que demostradas.  Igual que las gentes que mueven objetos con la fuerza de su mente; eso se llama de otra forma pero no me acuerdo. - Si Doña Rosita, se llama telekinesis.  - ¡Eso  mero! Pues como te dije el otro día, hay muchas cosas que la gente no comprende ni quiere comprender, pero no  por eso son menos reales. Doña Rosita hizo una pausa, destapó una de sus Yolis en botella de vidrio, sudando de fría, como le gustaba, dio un par de tragos y el inevitable aaaaahhhhh… - Caray hijito, de verdad que estas Yolis no tienen igual; ¿verdad? - Sí, doña Rosita, mi hermanita Lourdes, la más chiquita de la casa, siempre  que viene se regresa con sus cocos, sus Yolis y sus vidrios de Icacos. - ¿Qué me puede usted decir de lo que me pasó en Los Olvidos? - Mira Pequitos, como ya estoy suficientemente vieja, puedo aconsejarte más o menos bien, creo yo. - ¡Claro, doña Rosita!, por eso vine, porque usted sabe muchas cosas de Los Olvidos, de los Claymon y de su niña Matilda. - Dime algo hijito. - ¿Cuántos diarios me dijiste que viste en esas cajas de cartón? - Cuatro diarios Doña Rosita, ¿Por qué? - ¿De qué años? - Primero encontré tres diarios, de 1934, 1942 y 1951; luego en la otra caja, donde están los álbumes, encontré otros dos; uno de 1943 y otro que es como una carpeta de hojas sujetas a presión, algunas sin fecha, otras firmadas M.C., y otras que son cartas con su sobre prensado junto con ellas. - Corrígeme si me equivoco, niño, pero creo  que nada más has visto entradas de 1942 y 1943, pero no me has dicho de los otros dos diarios, ni has revisado los álbumes, ¿o sí?  - Así es Doña Rosita, nada más he revisado esos dos diarios hasta ahora. - Me extraña hijito, porque yo en tu lugar hubiera tenido curiosidad de 1951, porque es el año que naciste, ¿verdad? - Así es Doña Rosita. - Pequitos, andas buscando trabajo sin quererlo encontrar. Hay una baldosa con la fecha de tu nacimiento en marzo de  1951 en el sendero que cruza el palmar y de los cuatro diarios que hay, ¿no se te ha ocurrido asomarte a ver si hay  algo sobre el 14 de marzo de 1951??? - Pues no, Doña Rosita… - Caray hijito, de plano no eres nada curioso o le tienes miedo a lo que puedas encontrarte; yo creo que más bien es miedo, porque si no fueras curioso, no andarías aquí trayéndome Yolis y chocolates. Por cierto que, pásame mis chocolates por favor, porque no quiero  que se me vayan a derretir. Le pasé  su cajita con chocolates, y volví a mi lugar frente a ella. Doña Rosita la abrió con la curiosidad de una niñita traviesa, mirándome mientras pasaba sus manos sobre los chocolates envueltos con papel brilloso, de colores vivos. Dio otro sorbo a su Yoli y después de mirarme con ojos de interrogación, me dijo: - ¿Tienes alguna idea del santo que se venera el día de tu cumpleaños? Hice cara de sorpresa porque no tenía yo ni la menor idea, mientras doña Rosita dejaba ver una grande sonrisa que demostraba que no la sorprendía mi silencio. - Hijito, ¿cómo es posible que no sepas quién es tu santo patrono? - Me pescó usted en curva. - Ve a preguntarle al Padre Ángel a la ciudad de los Niños.  No es cierto; puedes preguntarle al Padre Ángel, pero cualquier padre de la catedral o en el Sagrado Corazón de  Costa Azul te puede decir quién es el santo que se celebra el 14 de marzo. ¡Te vas a llevar una sorpresa! - ¿Usted sabe qué santo es?  - Claro que me lo sé, y no es santo, es santa, pero no te lo voy a decir. Ve a averiguar a qué santa te tienes que encomendar; o mejor dicho,  quién es la santa que te ha estado ayudando y tú ni te enteras.  - ¿Y eso es todo, Doña Rosita? - Claro que no, hijo; pero como te vas a dar cuenta, es un dato muy pero muy importante.  - Y yo prefiero que te enteres con algún padrecito. Nada más te advierto que cuando hayas sabido quién es tu santa patrona,  vas a venir corriendo a verme sin preguntarle ni a Alejandro ni a nadie. Y  cuando vengas corriendo,  tráete más chocolatitos de esos, y un par de Yolis. - Pero dígame algo más, no sea malita. - A ver, Pequitos, vamos a ponernos de acuerdo. Primero tienes que averiguar quién es tu santa patrona. Cuando te enteres vas a querer dar de brincos y saltos con la tamaña sorpresa que te vas a llevar. Vas a sentir como que te sacaste el premio gordo de la lotería, y la verdad,  no será para menos.  Aunque estoy segura que vas a venir volando en cuanto sepas lo de tu santa patrona,  nada más te pido que no sea hoy, porque estoy algo cansada y no me la quiero amanecer aquí contigo preguntándome cosas de la niña Matilda. Cuando vengas,  mejor ven por la mañana para que luego te vayas a tus Olvidos a “hacer tu tarea”. - ¿Qué tarea, doña Rosita? - Tu tarea es asomarte al diario de 1934 y al de 1951, y dar un buen recorrido  pos los álbumes para ver que te encuentras. - ¿Qué podría encontrarme en los álbumes, doña Rosita? - Te sorprenderías mi niño.  Cuando hayas terminado de hacer tu tarea,  nos volvemos a sentar a platicar aquí con calmita,  y te voy a compartir algunos secretos. ¿Así está mejor? - Si Doña Rosita, gracias. - Una cosa más, hijito. - Dígame, doña Rosita. - Con estas cosas no se juega, porque no se debe jugar con los sentimientos de nadie; ¿me comprendes? Solo si de verdad quieres hacer esto como Dios manda, merece la pena lo que estás haciendo y lo que te queda por hacer,  que puede ya no ser mucho más.  Yo creo que eres especialmente afortunado y bendecido, hijito; eres un niño bueno y  por eso te quiero; y sé que no  imaginaste ver  a mi niña Matilde; lo que estás viviendo, es algo maravilloso que poquísimas veces ocurre. Vívelo de verdad. Cuando terminó de decirme esto, doña Rosita se quedó mirándome con dulzura y un brillo de gusto en  sus ojos. Luego se incorporó un poco sobre su banca favorita, y me dijo: - ¿No me gané mi beso? Me acerqué a ella y le di un beso en cada mano y otro en la frente. Al salir de El Faro, el aire fresco de la noche invitaba a caminar por la plaza casi desierta; los grillos que no podían faltar, hacían a las luciérnagas bailar al ritmo de sus  chicharras; algunas mariposas tardías revoloteaban en torno a la luz de las farolas, mientras la luna resplandecía trazando un sendero sobre al mar que festejaba su luz cantándole una serenata en los acantilados.  " ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos | Parte 28" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-28" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-07 09:27:53" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-07 14:27:53" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=63476" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#17647 (24) { ["ID"]=> int(63564) ["post_author"]=> string(1) "9" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-09 08:50:51" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-09 13:50:51" ["post_content"]=> string(5338) "Querida Tora: El otro día fue la señora del 37, que es bastante bronca, al Seguro Vecinal a pedir algo para curar a su hijita, que tenía una fuerte gripa. La enfermera le dijo que lo único que podía darle era un tecito de helecho, que no tenía otra cosa. La señora se enojó, porque el helecho no sirve para nada, y fue a quejarse con el portero. Como éste le dijo que él no tenía la culpa, la señora empezó a agitar a los vecinos, diciendo que ellos pagaban el Seguro Vecinal y que nunca tenían nada que darles, que eso no era justo, y que debían tomar cartas en el asunto. La cosa se puso tan fea, que el portero convocó a una junta de vecinos para tratar del asunto. Y allá se presentaron todos, porque a todos les interesa la falta de medicinas. Los guaruras daban vueltas alrededor de ellos, para evitar que se alebrestaran y para que no hablaran mucho entre ellos. Por fin, apareció el portero. Pero en ese momento, uno de los guaruras le pidió al señor del 14, que es muy serio y muy propio, que se pasara a una silla al lado del estrado. A mí me extrañó y fui con ellos, así como quien no quiere la cosa, que es cuando uno sí quiere la cosa. Y me di cuenta de que el guarura ponía en el asiento, un momento antes de sentar al del 14, una bolita chiquita. ¿Y qué crees? Cuando el señor se sentó la bolita se rompió y salió un olor horrible, asqueroso, nauseabundo, repugnante, vomitivo y todo lo que te diga es poco. Instantáneamente, el portero se levantó y señaló al del 14 con dedo flamígero, al tiempo que lo acusaba de estar infectado, de ser el portador de una epidemia desconocida que se estaba poniendo de moda en algunos países lejanos. Sin dejarlo hablar, los guaruras lo levantaron y lo llevaron a la enfermería, donde le enfermera le puso tres lavativas seguidas “para que arrojara todos los bichos que llevaba dentro”. El pobre hombre quedó que las piernas no lo sostenían, y tuvieron que llevarlo en vilo a su vivienda y acostarlo con todas las precauciones del caso. Dos guaruras se quedaron a velarlo, “por si se repetía el ataque apestoso”. Los días siguientes, no se hablaba de otra cosa en la vecindad. Y cuando el del 14 ya se levantó y salió al patio, nadie se le acercaba “por si las moscas” (¿qué tendrán que ver aquí las moscas?, me pregunto). Pero el portero no perdía ocasión de decirle a quien lo quisiera oír (y a quien no quisiera, también) que el hombre se había salvado gracias a la celeridad con que el Seguro Vecinal había actuado. Pero todo pasa, y un día que la Mocha fue a pedir algo para el dolor de cabeza, le dijo la enfermera que ya ni te de helecho quedaba. Y como la mujer se fuera enojada, fue a contarle al portero lo que había pasado. El caso fue que el día siguiente, el portero citó a  otra junta; y, tal como me imaginé,  pusieron  una bolita de esas que te conté en el asiento de la Mocha. Pero a mi la Mocha me cae muy bien, porque es una mujer sola que lucha por sacar adelante a un niño que ni siquiera es producto de una noche de pasión culpable, sino que lo recogió por buena gente; y yo no podía permitir que eso pasara. Así que, aventurándome a una suerte peor que la muerte (no la concibes, ¿verdad?), mientras los vecinos discutían en pie, cogí la bolita con los dientes y la fui a dejar en el asiento del portero. La “máxima autoridad” de la vecindad se dejó caer en la silla con toda su humanidad, y el efecto no se hizo esperar. Los guaruras, obedeciendo las órdenes que ya tenían, lo subieron a la enfermería sin hacer caso de sus gritos y protestas. Y la enfermera, que en esos casos no se fija en las caras, sino en los traseros, le empujó las tres lavativas de rigor (fueron cuatro, pero nadie las contó. Yo creo que la enfermera sí lo reconoció y aprovechó para vengarse de algo). El portero estuvo fuera de circulación como una semana y, por sí o por no, mandó deshacerse de todas las bolitas que habían comprado en una tienda de esas en las que venden bromas. La aventura de las lavativas lo hizo enflaquecer y hasta perder el color por unos días. Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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