Un creador de monstruos

Relato que homenajea al Hollywood clásico de los 50. 

13 de octubre, 2022

Fecha: mayo de 1956  

Bar Cole´s, 118. E. 6th St. West Hollywood.  

El local, de dos plantas, se encuentra alojado en un imponente edificio de ladrillo ubicado en el distrito de la moda en la ciudad de Los Ángeles. Junto al arco colocado encima de la entrada principal, hay un espectacular, algo desteñido por la lluvia y el sol, que anuncia: Cocktails y sándwiches con aderezo francés desde 1909. Aun y cuando son las tres de la tarde el interior se encuentra a oscuras, iluminado únicamente por las lámparas eléctricas, de forma circular, colocadas estratégicamente alrededor del lugar. Tanto las paredes como el techo se encuentran pintados de color rojo carmesí y la barra es de madera, de un café particularmente oscuro que en ciertos ángulos parece negro, con un laqueado que hace brillar la superficie sobre ella.  

Richard (Dick), un hombre rubio y de cuerpo atlético con el cabello engominado, llega apresurado, aflojándose la corbata y sudando ligeramente, con el saco debajo del brazo. Saluda con un efusivo abrazo a Eddie que le espera; éste tiene el cabello castaño, tupido bigote y aparenta ser varios años mayor que Dick. Los dos ordenan lo mismo a la mesera que se acerca, sendos whiskies en las rocas. 

Dick: ¡Perdón por el retraso amigo mío! La junta que tenía se prolongó más de lo previsto y encontrar un lugar para aparcarse en esta maldita ciudad es un fastidio, ¿cómo andas?, ¿cómo está la familia?

Eddie: Bien afortunadamente, Janice está ahora con los niños en una fiesta del colegio y yo tengo pensado ir a Villa Sophia más tarde para visitar a James, pero no quería dejar pasar la oportunidad de verte. ¿Quieres algo de comer? Los sándwiches aquí son buenísimos, sobre todo los de pavo. 

Dick: No, gracias, comí algo hace rato y ¡sí, lo sé! ¿Hace cuánto nos reunimos por última vez, tendrá un año, o un poco más? carajo cómo pasa el tiempo, saluda a James de mi parte, no he podido pasar a verlo desde que supe lo del infarto, pero estos tiempos han estado demasiado ajetreados, con todos los talentos que están llegando para intentar hacer carrera y conviene estar pendiente 

Suelta una ligera carcajada. 

Eddie: No lo dudo, aunque si me preguntas a mi toda esa nueva ola de actores “sensibles” no es lo mío. Yo me quedo con Cary Grant o con Gary Cooper.  

Dick: (riendo un poco) ¡Oh claro! None but the lonely heart o Suspicion, pero realmente lo que pasa es que tú eres un nostálgico de corazón, Eddie.

Bebe un sorbo de su vaso y luego continúa. 

Dick: Los tiempos cambian y hay que adaptarse a lo que quiere el público. ¿Tuviste la oportunidad de ver Rebel? ese chico Dean brillaba como un sol y las multitudes lo adoraban, es una verdadera lástima lo que le pasó. El año pasado me arrancaba los cabellos por no haber tenido el buen tino de haberle firmado cuando comenzó su carrera, pero no pienso volver a cometer ese error. 

Por cierto, justo el viernes anterior me encontré a Kazan, quien iba acompañado de su última conquista, supongo que la ubicas, Julie Harris, a quien puso como coprotagonista en East. Una niña mona, toda amabilidad y tiene sin duda un enorme talento.

Eddie: (terminando su trago) ¿Cuántos años le lleva Kazan a esta chica? Los estudios le pasan todo a ese rabo verde porque aún es capaz de hacer películas taquilleras, sobre todo después de lo de McCarthy, que si no..

Dick hace un gesto con la mano para ordenar otra ronda de whiskies y después continúa. 

Dick: No tantos, además todos, absolutamente todos en la industria tienen algo que quieren ocultar estimado, si lo sabré yo que lidio con ellos y bueno, también James sabe algo de eso (lo dice guiñando el ojo).

Ahí tienes a Brando, que es problemático y le encanta armar escándalo tanto dentro como fuera del set, pero cuando lo ves actuar, sabes que lo vale. Marilyn no es en absoluto lo que refleja en la pantalla, además de que siempre está envuelta en problemas de toda índole, que si sus relaciones, que si las pastillas. Por otro lado, no es que antes fuera diferente. Bogie siempre anda puesto como una cuba, sus borracheras son legendarias y ¿qué me dices de Erroll?

Eddie: (se carcajea) Cierto, coincidimos en un par de juergas en Sunset Strip, aunque Erroll era particularmente ocurrente cuando andaba puesto, no como Bogart que tiene un carácter de los mil demonios. Aún así prefiero a un Bogart borracho que, digamos, a Monty Clift. 

Pero debo decir que, dejando la vida personal de todos ellos de lado, las películas antes tenían otro tipo de elegancia, con Dietrich y con Garbo, ¡bueno hasta las del viejo James! Podía capturar perfectamente la emotividad de una escena sin necesidad de tantos cortes e improvisaciones. Y también podía plasmar su sentido del humor en medio del terror. Para mí, su mejor película es y seguirá siendo The Bride, aunque The Old Dark House no está muy lejos.  

Dick: (apura su trago) A mi me gusta más The Invisible Man; de lo otro probablemente tengas razón Eddie, quizás sea menos sofisticado en cierto sentido, pero no es menos épico. Justo ahora tienes a Heston en The Ten Commandments y dentro de unos meses se estrena el filme de Dean, Hudson y Liz Taylor. Yo creo que se viene una avalancha de premios de la academia para ambas. ¿Y adivina quién va a estar ahí para celebrar? 

Dick se señala a sí mismo con el pulgar de la mano derecha y ordena otro par de bebidas. Ambos sueltan una risotada. La mesera trae las bebidas y sonríe pícaramente a Dick, quien le devuelve la sonrisa. 

Eddie: ¿Cómo va todo con Amanda?

Dick: No me hagas hablar de ello, ¡Dios, esa chica me trae de un ala! Es joven y hermosa como una diosa griega, pero está loca como una cabra montañesa; unos días estamos pasando un momento increíble en las soleadas costas de Acapulco (lo pronuncia mal) y al otro, ya de regreso en Bel Air, nos estamos tirando los trastes encima. Pensaba darle el anillo en unas semanas, pero ahora me lo estoy pensando.

Eddie: Y haces bien amigo mío, si es difícil ahora, no va a mejorar una vez que estén casados, ¿estás consciente de ello? En mis ya largos años de matrimonio puedo decirte que no hay dos personas iguales, todos tenemos nuestros propios demonios, hay momentos buenos y otros muy malos, de modo que debes estar preparado para todo y no es lo mismo afrontarlos con alguien que esté a tu lado, que te comprenda y pueda apoyarte, que con alguien que no.  

Dick, siempre jovial, ahora parece meditabundo. 

Dick: Lo sé, es lo que todos me dicen. Tú tuviste suerte con Janice. Y no creas, sé que debería sentar cabeza y bajar el ritmo, pero entre lo de Amanda, lo que pasó antes con Kat, el trabajo que, aunque marcha bien, requiere tanto tiempo, los compromisos, etc. Además, todos me han dicho también que debería preparar el prenup, pero para un divorcio rápido ahí está Tijuana. 

No lo sé Eddie, no lo sé.   

Eddie nota que Dick está cabizbajo y para tratar de animarlo, dice:

Eddie: Bueno, a menos claro que desees hacerle competencia a Zsa Zsa Gabor, ¿qué lleva? ¿tres, cuatro matrimonios?

Dick: Cuatro si no me equivoco. 

Ambos ríen y continúan charlando y bebiendo.

Un rato después, Dick mira su reloj de pulsera. 

Dick: ¡Dios, es tarde! lo siento, Eddie, pero tengo una junta en media hora del otro lado de la ciudad. Dale mis saludos a Janice; ha sido un placer, llámame cuando puedas para vernos de nuevo amigo, ¡pero que no pase tanto tiempo! 

Se levanta. Saca algunos billetes de su cartera, los deja sobre la mesa. Se despide con un abrazo de Eddie y al salir exclama: ¡Hay que encontrar a la nueva Audrey Hepburn! ¡Saludas a James de mi parte! 

Eddie: ¡Mejor encuentra al próximo Olivier!

Dick suelta una fuerte risotada que se pierde conforme sale del local. 

Eddie permanece aún en el bar un rato, se termina su trago, pide la cuenta y después sale para tomar un taxi. 

Lugar: Villa Sophia. Los Feliz, California.

La mansión del sexagenario director, de estilo mediterráneo, se encuentra enclavada en la cima de una colina y de un lado de la propiedad pueden observarse los 4200 acres de Griffith Park mientras que, del otro, la impresionante vista del centro de LA. 

Éste se halla acostado en la cama de la recámara principal, misma que está pintada de un blanco prístino; la ventana que se encuentra situada encima de la cabecera, que da al jardín, hace que caigan sobre él los últimos rayos del sol del ocaso. Aparenta más edad de la que tiene, se ve delgado y débil, aunque su gesto denota enojo más que otra cosa y tiene el ceño fruncido, mirando a la pared de su lado derecho. Una enfermera rubia y uniformada se encuentra acomodando las almohadas para que su jefe esté más cómodo. Eddie saluda al entrar y nota la molestia en James. Antes de que éste pueda hablar, la enfermera interviene. 

La enfermera: Está molesto porque no me quiere aquí, quiere al enfermero que tenía antes, pero el señor Pierre lo corrió dado que no quería a otro hombre joven por aquí haciéndole competencia

La enfermera voltea en dirección a James, quien la mira frío como un glaciar.  

Eddie: Así que es eso, bueno ¿qué tú no te das un minuto de descanso ni aún convaleciente, viejo bribón? 

La enfermera ríe por lo bajo antes de salir de la habitación y la cara de James se ilumina, ríe y después tose un poco.

Eddie: ¿Cómo estás viejo amigo? ¿cómo te sientes?

James: Adolorido y encabronado; hace algunas semanas al menos podía pasar las horas con mi Henry, charlando de todo un poco y era bastante servicial, quizás demasiado, cosa que molestó al maldito Pierre y lo echó de aquí a patadas. Ahora tengo a esta niña que bueno, ya la viste, es totalmente inoportuna y además chismosa como una urraca. Pero deja eso, me da un enorme gusto verte querido y te agradezco la visita. Nadie viene a visitarme. Bueno, Boris si lo hace. Un auténtico caballero como siempre, aunque es inglés, claro está.

Eddie: No tienes nada que agradecer. De hecho hace rato me encontré con Dick, el agente de.. sí, bueno, te manda saludos por cierto y justo hablábamos entre otras cosas de ti y tus películas. 

Geniales todas, sin excepción. Bueno, salvo Hello out there.

Ambos ríen.  

James: Oh gracias de corazón querido, yo disfruté mucho haciéndolas y me trajeron fama y fortuna (ríe un poco y tose). 

Primero Hollywood, luego Broadway y ahora nada, más que esta casa y la misma enfermera odiosa, día con día. Pero no me quejo, he tenido una vida maravillosa.  Además, nunca he sido particularmente sociable como bien lo sabes y los tiempos han cambiado demasiado para mí, con su ropa de cuero y sus motocicletas y tantas otras cosas. 

Debo reconocer que no me gustan particularmente A Streetcar ni East of Eden. He leído que The King and I es maravillosa, pero, así como estoy, no he tenido oportunidad de verla; mis favoritos siguen siendo Wegener, Leni, Chaplin y de intérpretes Colin, Boris, el viejo Gable que anda por ahí, dando coletazos. La vieja guardia que se resiste a morir, mientras los nuevos comienzan a tomar de a poco su lugar. 

Eddie: También hablaba de eso con Dick; caray, cómo extraño esa época James, escribir para Bette Davis o para Jimmy Stewart y no para, no sé, Elvis. Simplemente no logro adaptarme y mi trabajo sufre por ello; justo ahora estoy bregando con un guion que me encargaron, pero no logro encontrar el tono, ni la voz de los personajes.

James: No te presiones demasiado, deja que tu mente descanse un poco y luego retoma lo que lleves hasta ese momento. 

Debes aprender a lidiar con los cambios, las técnicas, las modas y eso toma algo de tiempo. En mi caso, por el contrario, debo decir que desde hace ya cierto rato comprendí que mis mejores años como los de Bela, Chaney y tantos otros han pasado. 

Ahora los actores tienen otra forma de comunicarse, otras maneras y después habrán de venir otras distintas, nos gusten o no. Somos piezas de la historia querido, reliquias de un pasado glorioso. Ya no me resta más que esperar lo inevitable o, en su caso, tomar cartas en el asunto.

Eddie: ¿Cómo?

James: Nada, olvídalo, mejor dime, ¿cómo está Janice?

Eddie: Lidiando junto conmigo con este bloqueo creativo, y además con los colegios, las hipotecas, los gastos, ya sabes.

James: Sobra decirlo pero si necesitas dinero no dudes en decirme, con total confianza y sin problema..¡ah espera, ya sé quién si me gusta de los actuales! El buen Roy, Rock Hudson. Todo old school que además es un imán para la taquilla y parece escupido por los mismísimos dioses, alto, fuerte, varonil, aunque sea tan sissy como yo. 

Me hubiera encantado trabajar con él, pero ¿quién hubiera osado llenar de maquillaje a semejante Adonis? Yo no. JAMÁS. Y dudo que hubiera aceptado un papel que no fuera el protagónico. 

Eddie: (sonriendo) Le hubieras ofrecido el papel de Victor Frankenstein en lugar de a Colin. 

Eddie y James sueltan una sonora carcajada ante lo ridículo de la idea y continúan conversando alegremente durante largo rato. 

Las horas pasan y la noche ha caído ya en aquella propiedad en las colinas de Hollywood. La enfermera ha entrado varias veces para darle algo de medicina al director e incluso Pierre ha llegado de realizar algunos mandados en la ciudad, ha saludado a Eddie y se ha retirado para dejarlos solos.  

Iluminado por la luz artificial, el rostro de James se torna serio. Mira durante un instante a la pared derecha de su habitación, justo como hacía cuando Eddie entró; sin dejar de hacerlo, dice:

James: Estoy viejo Eddie, viejo y cansado; dime, ¿cómo crees que seré recordado cuando haya dejado este mundo? 

¿Cómo un buen cineasta, uno trascendente o como un creador de monstruos?

Eddie comprende que James habla en serio y pareciera que, al menos por un instante, de su respuesta depende el legado de su amigo. Con tono grave, aunque sonriendo muy levemente, dice:

Eddie: Como ambos querido amigo, sin duda alguna. 

Como ambos. 

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Nadie mejor indicado para coordinar los esfuerzos de pensadores mexicanos actuales, que dan cuenta de la situación que se vive con la contaminación y el cambio climático, como potenciales generadores de la catástrofe mundial que viene, si no para nosotros, sí para nuestros descendientes.   Inicia el doctor José Sarukhán con una presentación de la obra. La primera vez que conocí a este eminente biólogo fue en el Faro de Veracruz, al despuntar el alba: en compañía de un colega suyo, emprendía labor de campo en la investigación de las tortugas marinas. Aún evoco la imagen de un individuo en pantaloncillo corto, camisa de algodón y un sombrero del mismo material, perfilado por los primeros rayos del sol. Inclinaba su cuerpo para levantar crías rezagadas; las estudiaba por un momento y las dejaba seguir su camino. De esas acciones silenciosas que pintan de cuerpo entero a un individuo al margen de las luminarias y los altoparlantes. Dice mucho del amor a esa “casa común” que se utiliza más como eslogan publicitario que como lo que es: un sitio de todos, en el cual cada uno, independientemente de su contexto, tiene los mismos derechos.  Él da cuenta de las palabras de Rolando Cordera que señalan “una ilusoria fe en que la tecnología y la mano invisible de los mercados resolverán todos los problemas”. El tan criticado Neoliberalismo conlleva dos fenómenos que en nada abonan al mejoramiento del planeta: Uno es el individualismo y otro el cinismo. Podemos atestiguar uno y otro en los sitios públicos, a través de incontables acciones humanas que perjudican al ambiente. Un ejemplo muy nuestro en México es la forma como taponamos con basura los cauces naturales que atraviesan la mancha urbana. 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Kraus habla sobre una ética social y planetaria.  Utiliza el término “moral” en el sentido más amplio de la palabra, como un “deber ser” frente a las injusticias sociales que el cambio climático está provocando.  Algo que me cimbra, más allá de su obviedad, es lo expresado, páginas más delante, por Herminia Pasantes, bióloga de la UNAM, cuyos principales estudios  se encaminan hacia la neurofisiología, procurando desentrañar las bases neuroquímicas del comportamiento humano.  Asevera que, de entre todas las especies vivientes, los humanos somos la única especie con capacidad para entender y modificar el entorno.  Todo ello encaminado a la creación de políticas públicas sanas e incluyentes. Jacqueline Peschard, socióloga de formación, con maestría en Ciencia Política por la UNAM, hace señalamientos así de puntuales como valientes.  Habla de la democracia como el gobierno a través de la discusión, de manera que este  sistema sólo podrá sobrevivir siempre y cuando esté al alcance del ciudadano promedio (o “de a pie”, como me gusta llamarlo). Hace suyo el concepto de Herari de que los humanos pasamos de ser  asesinos ecológicos seriales para convertirnos en asesinos ecológicos en masa.  Viene a nuestra mente cualquier comparación entre los campos de exterminio nazi y los niños víctimas de las grandes hambrunas en países africanos y de Medio Oriente. 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Ello solamente agiganta otro antojo de todas mis noches: disfrutar tu moreno cuerpo debajo de las cobijas. Mi único anhelo es lamer otra vez tu boca, tu cuello, tus brazos, y hasta tus húmedos muslos. Te deseo tanto y no puedo evitarlo. Sé exactamente por qué.​​​ La realidad inexplicable me coloca una vez más con los ojos cerrados, plácido y desnudo, descansando mi cabeza sobre tu abdomen. Qué hermoso y qué verdadero. Una estampa colmada de dicha, lujo y bonanza. ¿Recuerdas? La noche lentamente termina, pero al igual nos concede la placentera intuición de que ha sido una de las mejores madrugadas. Este amanecer contigo dista de ser largo, aburrido y triste. Más bien es ameno y especial; lleno de pláticas y risas, besos y caricias. Afuera las aves ya colman el despejado cielo azul y tú, tan esbelta, diminuta, bella y mulata, me abrazas con una suerte de ternura.  Entusiasmada agarras con fuerza mis brazos, te aprietas contra mi cuerpo. Yo no digo nada, pero por tu mirada, por tus ojos verdes risueños, comprendo que tampoco olvidarás este momento.   Es así como me desconecto y escapo de mi cuerpo. Vuelvo al pasado, a lo muchas veces idealizado, a la pregunta que siempre me hago, a eso que pudo haber sido, pero que nunca será. Rehacer, recrear lo ya hecho, es quizá la causa principal del más puro de mis actuales reposos, de mis últimos sueños profundos. Pido prestadas imágenes, pequeñas películas, cintas agradables en las que soy público asombrado y personaje dichoso. Te apareces debajo de mis párpados. Ya te reconozco. Ya te escucho hablarme. Ya me llega tu dulce aroma frutal. Como es previsible, nada cambia. Nada cambia porque la soledad de  aquellas horas nos sigue acarreando y nos conduce por primera vez a la  intimidad. Flotando encima de la cama el sonido alegre y sereno de tu risa me va cobijando y logra sacar la mejor versión posible de mí mismo. Borracho, intoxicado de tu piel suavizada con loción, de tus labios cubiertos de brillo, de toda tu argentinidad, me dispongo a contarte una historia hasta que florezca el alba. Una soberbia evocación del porvenir. Las memorias de mi futuro con una mujer de veintidós años, una criatura extraordinaria llamada igual que tú, Natalia…  Sabes reconocerte fácilmente en esas fabulaciones mías, que no son  más que maravillosas epifanías, gloriosos haces de luz. El reino de la ficción me da la oportunidad de mostrarte, de exponerte imágenes breves para que puedas verme como realmente quiero manifestarme. Me represento en entornos siempre muy acogedores, donde gobierna el optimismo; no puedo visualizar mejores escenarios, sobresaliendo con nadie más que contigo. Te me quedas mirando, en silencio, con asombro, como a un mago, como a un médium. Te cuento mi vida entera con palabras elocuentes, verbos amables y oraciones llenas de posibilidad y futuro; te hago preguntas porque tengo hambre de escucharte. Envío el mensaje, muy  franco y muy claro, que te da la confianza suficiente para creer en mí. Me aceptas, por lo menos en ese instante, totalmente  como soy. Se trata de una experiencia distinta; es ese tipo de atracción física, de sensibilidad absoluta, de increíble delicadeza. Un deleite pleno, erotismo fascinante.  El espectáculo resulta inédito y sobrecogedor. Cada detalle es una  magnífica exposición.  Siempre sucedes a la misma hora. Te extiendes por cinco o diez minutos para alcanzar el clímax pasada la media noche. Elijo y repito tus ropajes, tus pasos, los acentos en cada una de tus sílabas. Quiero seducirte, enamorarte, ser el motivo de tu noche tórrida. Me sé con la capacidad de meterme entero a tu alma. De descubrir quién eres en realidad, que tienes de misteriosa, de diferente, de única. Busco ser inteligente en el sentido literal, ser capaz de entender lo que hay delante de mí. Me imagino logrando esos efectos, esos objetivos. Empiezo a actuar como el Fausto receptor de todo aquello. Recuerdo la razón por la que estoy aquí, por la que siempre en mis madrugadas regreso a ti. " ["post_title"]=> string(7) "Natalia" ["post_excerpt"]=> string(114) "Te apareces debajo de mis párpados. Ya te reconozco. Ya te escucho hablarme. Ya me llega tu dulce aroma frutal." 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Médico internista de formación, con especialidad en reumatología, ha despuntado como investigador, docente y escritor dentro del área de la Bioética. Cuenta con varios libros publicados, en los que aborda principalmente el tema de la muerte, sus facetas emocionales y los alcances políticos que cuestiones como el suicidio o la muerte asistida, llegan a alcanzar. En esta ocasión se lanzó a la tarea de coordinar una serie de ensayos escritos por integrantes del Seminario de Cultura Mexicana, como un tributo a Van Rensselaer Potter, quien en 1970 introdujo el término “bioética” en su obra: Bioética: Un puente hacia el futuro. Kraus es una garantía de rigor científico, siempre de la mano de una faceta humanista que lo hace único. Nadie mejor indicado para coordinar los esfuerzos de pensadores mexicanos actuales, que dan cuenta de la situación que se vive con la contaminación y el cambio climático, como potenciales generadores de la catástrofe mundial que viene, si no para nosotros, sí para nuestros descendientes.   Inicia el doctor José Sarukhán con una presentación de la obra. La primera vez que conocí a este eminente biólogo fue en el Faro de Veracruz, al despuntar el alba: en compañía de un colega suyo, emprendía labor de campo en la investigación de las tortugas marinas. Aún evoco la imagen de un individuo en pantaloncillo corto, camisa de algodón y un sombrero del mismo material, perfilado por los primeros rayos del sol. Inclinaba su cuerpo para levantar crías rezagadas; las estudiaba por un momento y las dejaba seguir su camino. De esas acciones silenciosas que pintan de cuerpo entero a un individuo al margen de las luminarias y los altoparlantes. Dice mucho del amor a esa “casa común” que se utiliza más como eslogan publicitario que como lo que es: un sitio de todos, en el cual cada uno, independientemente de su contexto, tiene los mismos derechos.  Él da cuenta de las palabras de Rolando Cordera que señalan “una ilusoria fe en que la tecnología y la mano invisible de los mercados resolverán todos los problemas”. El tan criticado Neoliberalismo conlleva dos fenómenos que en nada abonan al mejoramiento del planeta: Uno es el individualismo y otro el cinismo. Podemos atestiguar uno y otro en los sitios públicos, a través de incontables acciones humanas que perjudican al ambiente. Un ejemplo muy nuestro en México es la forma como taponamos con basura los cauces naturales que atraviesan la mancha urbana. Frente a portentosas lluvias dichos cauces se desbordan, y nosotros mismos, quienes provocamos el problema, atribuimos al gobierno la responsabilidad por lo ocurrido.  Algo similar, aunque tal vez menos dramático, sucede con los efectos nocivos en la salud provocados por la contaminación del aire o del agua. No me refiero a las descargas contaminantes de las grandes industrias, sino a lo que cada uno de nosotros, como individuos, provocamos día con día, cuya suma resulta en consecuencias catastróficas para el planeta. Aquí quiero llegar justo al punto que señalan los autores: el de  la responsabilidad moral que a cada uno de nosotros corresponde asumir  frente al entorno. Al que más oportunidades de preparación ha tenido, corresponde una mayor responsabilidad sobre los hechos y sobre las personas de su entorno, para hacer valer esa verdad: Detener la destrucción de nuestros ecosistemas depende de la acción conjunta de todos los seres humanos. No se trata de niños “nerds” protestando por las calles, como se ha querido tachar a Greta Thunberg. Es, por el contrario, una convicción interna que será la tabla de salvación de todas las especies vivientes. El propio Papa Francisco apela a este sentido de solidaridad.  No es posible que pretendamos dejar la responsabilidad del cuidado de la Tierra a grupos ambientalistas, cuando los contaminadores somos todos y cada uno de nosotros.  Él apunta acertadamente hacia una “enseñanza social” que permita cohesionarnos como especie en una labor común y generosa: apostar por la naturaleza, y, en consecuencia, por la vida. Kraus habla sobre una ética social y planetaria.  Utiliza el término “moral” en el sentido más amplio de la palabra, como un “deber ser” frente a las injusticias sociales que el cambio climático está provocando.  Algo que me cimbra, más allá de su obviedad, es lo expresado, páginas más delante, por Herminia Pasantes, bióloga de la UNAM, cuyos principales estudios  se encaminan hacia la neurofisiología, procurando desentrañar las bases neuroquímicas del comportamiento humano.  Asevera que, de entre todas las especies vivientes, los humanos somos la única especie con capacidad para entender y modificar el entorno.  Todo ello encaminado a la creación de políticas públicas sanas e incluyentes. Jacqueline Peschard, socióloga de formación, con maestría en Ciencia Política por la UNAM, hace señalamientos así de puntuales como valientes.  Habla de la democracia como el gobierno a través de la discusión, de manera que este  sistema sólo podrá sobrevivir siempre y cuando esté al alcance del ciudadano promedio (o “de a pie”, como me gusta llamarlo). Hace suyo el concepto de Herari de que los humanos pasamos de ser  asesinos ecológicos seriales para convertirnos en asesinos ecológicos en masa.  Viene a nuestra mente cualquier comparación entre los campos de exterminio nazi y los niños víctimas de las grandes hambrunas en países africanos y de Medio Oriente. Esas imágenes apocalípticas que circulan en redes para convencernos de donar a organizaciones internacionales que trabajan por salvarlos de la muerte.  Peschard  habla sobre “una relación ética y compasiva” entre personas y naturaleza, misma que sólo puede desarrollarse en un marco democrático en el que las políticas públicas deriven de un régimen  institucional, sustentado en leyes.  Lo que la autora coteja, dolorosamente, con nuestras frágiles democracias y los afanes ociosos de moralizar al pueblo mediante palabras impresas, huecas en su aplicación. Un libro que vale la pena leer con detenimiento, por la salvaguarda de nuestra casa común." ["post_title"]=> string(19) "Nuestra casa común" ["post_excerpt"]=> string(156) "Es urgente tomar conciencia de que el planeta es la casa de todos los seres vivientes. Como pensantes, los humanos somos los responsables de su salvaguarda." 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Nuestra casa común

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