SINFONIAS MACABRAS

   La tarde en que la vida de mi hijo cambió, parecía una más de una actividad extraescolar en la cual llevaba poco más de dos semanas. Después de sus clases de segundo año de preparatoria, los sábados...

31 de diciembre, 2020

   La tarde en que la vida de mi hijo cambió, parecía una más de una actividad extraescolar en la cual llevaba poco más de dos semanas. Después de sus clases de segundo año de preparatoria, los sábados y domingos dedicaba 10 horas de su tiempo, ya fuera en la noche o en el día, según el turno, como voluntario de la Cruz Roja. El domingo del avionazo en el cerro del Picudo la suya fue de las primeras diez unidades en poder arribar al lugar más cercano del punto del siniestro. Luego era necesario 40 minutos más de camino a pie por brechas y al final por un tramo de selva tupida.

   Al llegar, me contaba él, había, además de la aeronave arrugada como si fuera de papel una parte y la otra reducida a cenizas, un trajín poco útil e infructuoso que terminaba en tres espacios entre los árboles. Lo que le cambió la vida al niño fue algo que nunca logró erradicar de su mente: los distintos tonos de los sonidos de las alarmas de los teléfonos móviles de los familiares y/o amigos que, sabiendo ya seguramente de la tragedia, dada la poca distancia entre el sitio del siniestro y el aeropuerto de destino. A los pocos minutos, me contaban sus compañeros, cayó en un estado parecido al éxtasis, pero con una mezcla de explosión de euforia. Tan es así, que fue la única persona en regresar en calidad de paciente en una de las muchas ambulancias en el monte. Esa misma noche, hacia la madrugada, pudo regresar a dormir a la casa. Incluso al día siguiente se empeñó en asistir al colegio con lujo de sonrisa. 

Las autoridades escolares le llamaron por teléfono a su madre. Mi hijo no dejaba de mantener su mente ausente y con un rictus de felicidad entró al salón de música. Se sentó al piano y tocaba como poseído una hermosa sinfonía que iba de partes alegres a otras tristes y de momento a otras con tonos melancólicos. Lo más extraño de todo es que él jamás tocó el piano. En sus clases de música trataba de empezar a dominar el saxofón. No paraba de tocar, sudando y sin escuchar advertencias, regaños y hasta amenazas. Fue llevado a la enfermería sedado con una pastilla y llevado a la casa por el coordinador de la prepa.

   Ya en la casa nunca volvió a ser el mismo. Durante una semana despertaba a veces feliz, lleno de euforia, otras, invadido de terror. El terapeuta al que lo llevamos nos indicó que padecía de estrés postraumático. La recomendación era enviarlo por un espacio de un mes a una casa en el campo, de mi hermano. Con su tío llegó y poco a poco empezó a mejorar, al punto de que a las dos semanas dormía hasta más de sus ocho horas por noche, incluida una siesta diaria. Sus rutinas eran paseos por la campiña, alimentar a los caballos y montar, hasta que una mañana escuchó un chillido que lo alteró en demasía. Era el ruido taladrante de un cerdo al que un vecino mataba. 

   No hubo más tiempo de nada. En una apacible tranquilidad bajó del caballo y se enfiló con una enorme sonrisa, misma que conservo su cuerpo sin vida cuando lo vi ya en el forense. Mi hijo corrió hacia un desfiladero de casi 40 metros, saltó y cayó directo en las filosas rocas al pie de esa montaña. En la declaración ministerial de mi hermano, alcancé a leer que mi hijo grito sus últimas palabras: 

“¡La música nos hace felices y solo ella nos hará libres!”.

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