Dejando a un lado la vida personal y centrándome solo en lo musical y lírico, me atrevo a sostener que Armando Manzanero –mexicano, yucateco y, muy especialmente, maya– es uno de los cinco compositores populares más grandes que ha dado nuestro país. Que no a cualquiera le interpreta una canción Elvis Presley, Frank Sinatra, Tony Bennett, Frank Pourcel, Paul Muriat, Christina Aguilera o Luis Miguel.
Me encantan las canciones de Manzanero. Aprecio mucho sus creativos arreglos y esa imagen estereofónica que imprimió a sus elepés durante décadas, especialmente en los sesentas y setentas. Escuchar esas grabaciones es una absoluta delicia; y, claro, tienen la maravillosa cualidad de potenciar un hipotético momento íntimo. No por nada muchos dicen que Manzanero es el Rey del Romanticismo.
Armando Manzanero fue un músico muy completo. En ocasiones sucede que un gran compositor popular tiene lagunas en su formación y se ve obligado a recurrir a un músico profesional para que sus canciones tomen forma. Otros son poseedores de una gran musicalidad, pero carecen de una voz afinada y con cuerpo. Algunos más son incapaces de tocar medianamente un instrumento. Por eso creo que Armando Manzanero tenía cualidades que le permitían comprender mejor la música y hacer mejores composiciones y arreglos. Algunas de sus canciones tienen secuencias armónicas sutiles que no solo nos recuerdan lo más refinado del jazz, sino incluso texturas impresionistas. Y si uno escucha su voz, se aprecia un rico registro de contralto, muy bien afinado, sobre todo en las primeras décadas, cuando no era posible manipular digitalmente la voz para corregirla. Es una voz aterciopelada, suave, íntima, inconfundible.
Y si la música es buena, otro tanto puede decirse de las letras. Qué tal esta pincelada: “Esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú…” No sé si don Armando sabía sobre arte pictórico, pero la imagen con la que inicia esta canción –una imagen, en el sentido poético, y no sólo palabras– me evoca una tarde gris en una ciudad, un cielo encapotado, imágenes casi en blanco y negro, un hombre en medio de esa imagen, bajo la lluvia, buscando a su amada, casi el Temps de pluie, de Gustave Caillebotte. La atmósfera es triste, y, sin embargo, la canción está en tono mayor, lo cual da un sentido más agudo a la angustia de un hombre que se pregunta una y otra vez si su amada lo quiere, lo extraña o lo engaña –el hombre tiene dudas–, y que en su desesperación ya no distingue nada, solo percibe vagamente la lluvia, la gente que anda, pero nada hace sentido porque no está ella. Algunos podrán decir que esta estética es cursi, y probablemente pueda serlo, pero eso no le quita nada a la calidad de la canción y del arreglo en la versión de finales de los sesenta, en la cual, don Armando, en su faceta también de productor, logró un sonido vívido y una imagen estereofónica digna de un Grammy.
Y en el paroxismo del amor, Somos novios va más allá de cualquier expectativa. Un arreglo con cambios de métrica, lleno de sonidos y texturas, con unas cuerdas llenas de terciopelo, paneadas a la izquierda, que contrastan con la base rítmica que se escucha a la derecha. “Somos novios / pues los dos sentimos mutuo amor profundo / y con eso ya ganamos lo más grande en este mundo / Nos amamos, nos besamos / como novios nos deseamos…” Y más adelante: “procuramos el momento más oscuro / para hablarnos, para darnos el más dulce de los besos / recordar de qué color son los cerezos…”. Don Armando nos expone una letra llena de imágenes eróticas que podrían pasar desapercibidas para los distraídos. Se habla de mutuo amor profundo, de besos, de deseo sexual, como Los amorosos, de Sabines, poema que irremediablemente viene a mi mente cuando escucho Somos novios.
Estos dos amorosos de Manzanero, estos dos que son novios, buscan el momento adecuado para amarse, un lugar oscuro en donde puedan derramar palabras cargadas de delirio y deseo, y darse el más dulce de los besos, y hacer el amor, porque recuerdan de qué color son los cerezos: rosas, como el sexo de la amada. Sé que don Armando vivía poéticamente y para él el ámbito amatorio era muy importante. La referencia al rosa de los cerezos como metáfora sexual me parece maravillosa y bella.
Y lo mismo puede decirse de esta otra canción: “Adoro el brillo de tus ojos / lo dulce que hay en tus labios rojos / Adoro la forma en que suspiras / y hasta cuando caminas / yo te adoro, vida mía…”. Porque el brillo de los ojos es signo inequívoco de enamoramiento: la mujer enamorada se entrega, sus ojos brillan, particularmente si está en el lecho con su amor. Y el hombre confiesa que también adora lo dulce que hay en los labios rojos de la mujer. ¿Qué puede ser aquello dulce en sus labios? Para adorar eso dulce habría que besarla; y no solo eso, sino ser adicto a sus besos. En el amor lo dulce no solo se percibe con la boca, sino con toda la piel, con todo el cuerpo: lo dulce está en todas partes… Pero también el hombre adora los suspiros de la amada, otra metáfora erótica clara. La adora horizontalmente, en el acto de suspirar, o sea, en el amor, y para decirlo, don Armando se refiere a la posición vertical en la que los humanos caminamos: “adoro hasta cuando caminas”. Qué sutil y efectiva forma de manejar las palabras.
Podría seguirme analizando y redescubriendo muchas de sus canciones, pero la brevedad en artículos como este no debe perderse. Baste reiterar lo que ya expresé: Armando Manzanero es para mí uno de los cinco más grandes compositores populares de México; y eso es ya decir muchísimo, porque tenemos excelentes. Sus canciones pervivirán en la memoria colectiva de los mexicanos por décadas… y décadas… y décadas.
Para terminar, digamos metafóricamente, y parafraseando a don Armando, que hay que apagar la luz. Así que, con el permiso de ustedes, Voy a apagar la luz…
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