Rubirosa, un mito maltrecho

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27 de abril, 2021

Siempre me emocionó que el modelo del 007 fuera un latinoamericano y aunque Porfirio Rubirosa nunca ha sido un personaje popular, para quienes conocieron sus andanzas (retratadas por Truman Capote y por Mario Vargas Llosa) constituía una especie de hito histórico; aquel hombre venido de una pequeña isla caribeña pobre, diminuta y sometida además a una de las más férreas y sanguinarias dictaduras, la de Trujillo.

Rubirosa era una rara avis que volaba sobre cielos más azules que los nuestros que deslucían entre brumas y esperas; triunfaba en lugares que creíamos reservados para los franceses, los americanos o los italianos –ellos tan guapos, tan ricos y tan de avanzada–, y lo hacía con lo que entonces considerábamos nuestro capital exclusivo y de mayor valor: el don de gentes, la felicidad de palabra y como diría García Márquez en su “Buen viaje señor presidente”: “la inocencia de su corazón y el calibre de su arma…”.En fin, para quienes crecimos bajo las reglas de la guerra fría, aquello era tenerlo todo, el “ábrete sésamo” de la fortuna y la grandeza. Hoy, a la luz de los años pasados, la figura de Rubirosa merece una reinterpretación. Una nueva serie para la televisión por internet lo ofrece como un personaje más complejo, atormentado y afortunado a la vez, metido hasta el cuello en conspiraciones políticas y en situaciones límite que confirmaban su particular talento para lo mundanal y lo aventurero; hoy lo leemos distinto porque el tiempo del machismo habitual de la guerra fría se ha ido y tenemos que ensayar nuevas lecturas para poder comprender lo que nos está sucediendo en México y en el mundo.

Rubirosa solo podía ser producto de aquella era en la que las dos superpotencias se demostraban mutuamente la dimensión de su fuerza y su poder, donde aparentar más era ser más y dónde afiliarse bajo el ala de los grandes era una forma de supervivencia. Porfirio Rubirosa vivió así, bajo la sombra de grandes que le permitían exhibir sus encantos y mantenerse vigente en los más augustos candeleros. El suyo era el talento de la buena fortuna, el del arrojo y la agilidad, de la astucia para estar con la República española y con el franquismo según fuera necesario, figurar como opositor y como miembro del equipo más cercano de Trujillo. El suyo era el sino del imaginario latinoamericano, el buen amante hispano que podía someter con el yugo dulce de sus encantos a las mujeres hermosas, poderosas y acaudaladas. Todo esto con la sazón de quien arriesgaba el pellejo de corazón y lograba escapar tanto de nazis como de su todopoderoso suegro, pero que se veía sometido por una noche de placer o una nueva aventura. Se convirtió en cierta forma en símbolo de su tiempo, de la impotencia y del poder de nuestro continente. Hoy lo veo en la televisión y en las nuevas publicaciones sobre él y sobre su círculo, se nos aparece como el hábil sobreviviente de su tiempo pero no como un modelo; se nos aparece más como una especie de fuga de la ficción a la realidad, pero ya no encaja con nuestros modelos de lo que consideraríamos virilidad o astucia política.

Aparentemente fueron los hechos  los que echaron abajo la era interminable y perpetua de la guerra fría. A principios de los años de 1980, pensábamos que aquello sería para siempre, que no habría otra lectura del mundo; pero al mismo tiempo se ensayaban nuevas formas de leer la realidad, algo a lo que algunos llamaron “posmodernidad”, otras formas de apreciar la relación entre libertades y democracia, entre poder popular y ejercicio pacífico de los derechos, iban a formar las bases para que un grupo de personajes como el papa Wojtila, Reagan, Tatcher y Gorbachev pudieran cerrar una etapa de la historia universal. Desde luego, la cuestión era que ningún cambio político podía hacerse realidad si no se convertía en un cambio cultural de fondo. No bastaba con echar abajo el muro de Berlín –el mundo de Rubirosa y de James Bond– sino que necesitábamos construir nuevas palabras y nuevos conceptos que nos permitieran comprender ese mundo en el que nos estábamos aventurando.

Una magnífica producción de televisión me ha puesto sobre la pista de un héroe ajado por el tiempo y polvoriento de viejos olvidos; lo veo como un símbolo de lo que fue y me quedo con la envoltura vistosa de sus aventuras. Volteo a mi alrededor y me fijo en que mi entorno se ha transformado, que estamos viviendo los días álgidos de un cambio que tomó tiempo cuajar y formarse; que no tenemos precisión de hasta dónde seremos capaces de llevarlo; que esta realidad que vivimos no tiene raíces en la elección presidencial pasada o en el desencuentro en que vivimos, en la caída de mitos y la falta de irrupción de los nuevos; pero que solo será fructífero en realidad si se convierte en cultura y deja huella si la trabajamos en temas como la construcción de una política cultural profunda, que fortalezca los discursos y transforme las costumbres. Un mundo en el que personajes como Rubirosa sigan siendo fascinantes por su colorido pero seamos capaces de construir otros más duraderos por su contenido.

 

@cesarbc70




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Ese órgano que palpita para darnos vida desde el primer momento de la existencia hasta el último.  Tradicionalmente ha sido la mujer quien se hace cargo de dicho espacio, aunque en la posmodernidad, y más aún la pandemia, se han modificado las funciones de los habitantes del hogar. Se rebelan frente a los roles tradicionales, y no es extraño ver a papá lavando los trastes o cambiando pañales. Como pediatra tengo muy presente esa transición: cuando comencé a estudiar la especialidad, a principios de los años 80 del siglo pasado, los niños eran llevados a consulta por la mamá o la abuela, o ambas.  En el poco frecuente caso de ir ambos padres, la mamá cargaba al niño, la pañalera y cualquier otra prenda que tuviera relación con el crío. No veíamos en los corredores de la consulta o en las salas de hospitalización una participación de papá. Afortunadamente esto ha cambiado. Volviendo a la casa, es dentro de ella donde comienzan a escribirse las biografías de cada uno de nosotros: la construcción, el mobiliario, las costumbres. Los olores, los sabores y los sinsabores de esos primeros años dejan una impronta en cada uno de nosotros que habremos de llevar como parte de nuestro ser por los años restantes. En la memoria quedan,  además, los recuerdos de fotografías, pinturas, libros de recetas, discos, todos aquellos objetos simbólicos que conectan nuestro presente con la historia de las generaciones que nos precedieron. No en vano se considera que quitar la casa de la abuela constituye todo un duelo, porque es llevar con cada elemento que se saca de ella, un pedazo de nuestra propia infancia. 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Esta penosa situación nos lleva a preguntarnos ¿quién es el escritor: el que en efecto escribe o el que publica? ¿Cuál es la ecuación válida, la del talento y el trabajo o la del nombre y la fama? y en tal sentido ¿a quién corresponde la gloria? Nadie crea para otro solo por gusto. En la práctica del oficio de servir al ego de los demás siempre hay una amarga sombra, pero también una enorme esperanza: la del que confía en que algún día le llegará su turno de ser tocado por la diosa fortuna y desde luego, también un gigantesco y solitario placer: el de crear y ver plasmado aquello que, de otra manera, tal vez nunca habría pasado por las imprentas. En todo el mundo publican dos tipos de autores: los que sirven a los libros y los que se sirven de ellos. Para los primeros escribir es un duelo a muerte entre la vocación y la necesidad. Para los segundos, un traje a la medida y un catalizador de carreras mejor remuneradas. 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