REPLANTEARNOS PARA  2021

La poesía del jerezano Ramón López Velarde  retrata el perfil de los mexicanos a manera de bocetos en los  que cada lector, como si se hallara frente al espejo, puede buscar el ángulo desde el cual verse...

1 de diciembre, 2020

La poesía del jerezano Ramón López Velarde  retrata el perfil de los mexicanos a manera de bocetos en los  que cada lector, como si se hallara frente al espejo, puede buscar el ángulo desde el cual verse reflejado.  En el poema intitulado: “Mi prima Águeda”, en la figura de la joven que llega de visita y a la cual la pluma del poeta canta, descubrimos ese México a ratos contrapuesto, tanto en su pensamiento como  en sus expresiones, desde donde se explica infinidad de conductas únicas de nosotros, mexicanos.  Es a través suyo como entendemos que una pandemia sea asimilada de mil maneras distintas, muchas de ellas alejadas de la realidad científica. Mediante estos circunloquios  permitimos que prive el pensamiento mágico por encima de la razón, hasta llevarnos a emprender actos temerarios que nos ponen en riesgo de muerte. Si tal fuera el caso, aceptamos con mansedumbre nuestro destino, atribuyéndolo  a la voluntad de Dios.  Nos desembarazamos de cualquier responsabilidad, para convertirnos en las dolidas víctimas de la historia.  Escribe el poeta zacatecano hablando de su prima: “Con un contradictorio/prestigio de almidón/y de terrible luto ceremonioso” (indicando su deslumbramiento ante esa imagen que por sí sola habla del dolor como un estilo de vida que a una misma vez  atemoriza y  seduce).

Comienza diciembre con sus entrañables festividades que a los mexicanos nos convierten en baluarte mundial de un fervor religioso expresado de diversas maneras, y que al mismo tiempo da pie a  excesos y desbarros tan propios de nuestra idiosincrasia.  El tradicional puente “Guadalupe-Reyes” nos va regalando semana a semana motivos para la fiesta y la algarabía; me animo a creer que este año prive la prudencia, para festejar de una manera mesurada en medio de la emergencia sanitaria.  En la ciudad de México finalmente se dio marcha atrás a la iniciativa de abrir la Basílica en  fechas guadalupanas. Aun así, esa mezcla de religiosidad y culpa que históricamente nos lleva a desbordarnos frente a la Morenita del Tepeyac, bien podría hallar su cauce y hacer de las suyas  el próximo día 12.

Esta convivencia de opuestos, manteniendo un equilibrio que se pierde a cada momento, para en seguida recuperarse, imprime a nuestro México ese encanto único  que lleva a tantas personas, de distintas latitudes a enamorarse de sus paisajes y costumbres; visitarlo, y en ocasiones habitarlo, a sabiendas de los índices de inseguridad que privan en algunas regiones del país.

Se cumplen ya setenta años de la publicación del magistral libro de Octavio Paz intitulado: El laberinto de la soledad.  Controversial, como gran parte de su obra, hay quienes  critican su postura como ensayista, arguyendo que escribe desde una superioridad intelectual respecto al resto de los mexicanos. Necesitamos ser honestos y reconocer la vastedad de conocimientos del escritor, que le provee de una perspectiva amplia desde donde observa el bosque y no solo el árbol más próximo.  En lo personal los ensayos de nuestro Nobel de Literatura representan una fuente de autoconocimiento; para comenzar a entender esas inconsistencias tan nuestras, y despejar el camino que nos permite examinarlas y modificar lo  que  requiera ser modificado.

A principios de año, la pandemia nos llevó a meter freno de emergencia cuando corríamos a gran velocidad.  En pocas semanas el panorama urbano cambió; el bullicio dio lugar a una quietud monástica.  Calles y avenidas se convirtieron en desiertos; el temor nos llevó al enclaustramiento.  Pronto la necesidad comenzó a generar modos alternativos de producción, distribución y comunicación; cada día ha representado un nuevo aprendizaje para los que ofertan y los que consumimos; para enseñar y aprender; nuevos modos de entretenimiento y de realización personal.  2020 ha sido el año de los grandes cambios en una atmósfera tóxica que no acabamos de entender ni de controlar.  La política se ha cimbrado en cada rincón del mundo, ha habido desaceleración económica, pero aun así, los ciudadanos hallamos el modo de continuar a flote.  Cierto, hay ratos cuando nos gana la depresión o la ansiedad, como navegantes en un mar en el que no parecen avizorarse  confines y en el que, por desgracia, muchos han dejado la salud o la vida.

De manera complementaria hemos descubierto que no  necesitamos tantas posesiones materiales para vivir.  Hemos salido adelante, racionalizando nuestras necesidades para determinar qué gastos son en verdad necesarios.  Podríamos imaginar que los meses precedentes fueron de preparación, y que ahora, con la temporada decembrina, se nos va a aplicar  la prueba final.  Hay que decirlo: es una prueba que se tomará en equipo; un ejercicio de responsabilidad social, bajo la premisa de “me cuido y te cuido”.




El puente Guadalupe-Reyes es una magnífica oportunidad para replantearnos frente al espejo qué queremos lograr y cómo pensamos hacerlo. Preguntarnos esto de cara a un nuevo año, que en mucho depende de nosotros conseguir que sea mejor.

https://contraluzcoah.blogspot.com/

Comentarios
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Ese órgano que palpita para darnos vida desde el primer momento de la existencia hasta el último.  Tradicionalmente ha sido la mujer quien se hace cargo de dicho espacio, aunque en la posmodernidad, y más aún la pandemia, se han modificado las funciones de los habitantes del hogar. Se rebelan frente a los roles tradicionales, y no es extraño ver a papá lavando los trastes o cambiando pañales. Como pediatra tengo muy presente esa transición: cuando comencé a estudiar la especialidad, a principios de los años 80 del siglo pasado, los niños eran llevados a consulta por la mamá o la abuela, o ambas.  En el poco frecuente caso de ir ambos padres, la mamá cargaba al niño, la pañalera y cualquier otra prenda que tuviera relación con el crío. No veíamos en los corredores de la consulta o en las salas de hospitalización una participación de papá. Afortunadamente esto ha cambiado. Volviendo a la casa, es dentro de ella donde comienzan a escribirse las biografías de cada uno de nosotros: la construcción, el mobiliario, las costumbres. Los olores, los sabores y los sinsabores de esos primeros años dejan una impronta en cada uno de nosotros que habremos de llevar como parte de nuestro ser por los años restantes. En la memoria quedan,  además, los recuerdos de fotografías, pinturas, libros de recetas, discos, todos aquellos objetos simbólicos que conectan nuestro presente con la historia de las generaciones que nos precedieron. No en vano se considera que quitar la casa de la abuela constituye todo un duelo, porque es llevar con cada elemento que se saca de ella, un pedazo de nuestra propia infancia. La presencia de lo femenino en la casa bien puede representar una doble cara, como la ha descrito Carlos Fuentes en su novela corta Aura, o Julio Cortázar en “Casa tomada”.  Esa fuerza asociada a los aposentos y que llega a controlar los destinos de quien los habita o los visita, en función del poder de la figura femenina, eje en torno al cual todo ese universo doméstico gira.  Amparo Dávila en su cuento “El huésped” narra el poder que llega a tener la mujer dentro de la casa, en las habitaciones, los corredores y en el jardín exterior. Por otro lado, su menos conocido cuento “La señorita Julia” nos presenta la fractura de ese mundo narrativo en el que una mujer de mediados del siglo pasado alcanzaba a forjarse un universo propio, cómodo y enriquecedor, dentro de las cuatro paredes del hogar. Universo que para la protagonista de este cuento provoca un conflicto a partir de la presencia de lo que ella percibe como criaturas extrañas que le roban la calma. Una situación de terror que no se atreve a compartir ni con su propia familia, temerosa de qué irán a pensar de ella, amante del orden dentro del hogar. La casa viene a ser la representación de nosotros mismos que llevamos por el mundo.  Nos significa historia familiar, desarrollo de nuestras primeras emociones y espacio de los descubrimientos que nos llevaron a decidir nuestro destino. En algún momento es una tonada, un olor o la vista de algo, lo que nos remite hasta aquellos tiempos que llevamos archivados entre dos sinapsis neuronales, y que por magia o por milagro, se conectan para transportarnos y volver a vivir. Si tenemos el tiempo y la paciencia de hacer listas, como sugiere Gonzalo Celorio, comencemos a escribir en una libreta los recuerdos más cálidos de nuestros primeros años. Momentos, celebraciones, epifanías…Hagamos listas de las experiencias que han influido en lo que somos, ya sea de forma positiva o negativa. Tengamos a la mano esa libreta con nuestras listas que, con el tiempo, lejos de agotarse irán aumentando. Más adelante hagamos una segunda parte, las listas de lo que les hemos dado o dejado de dar a nuestros hijos. Los momentos mágicos que hemos compartido con ellos; los juegos y las experiencias; los cantos y los cuentos. Una tarde cualquiera invitémoslos a platicar qué recuerdos tienen, ampliemos con detalles que quizá ellos no tengan muy presentes, y comencemos a aquilatar cuánto les hemos dado y cuánto nos falta por entregarles de nuestro tiempo y nuestras propias historias. Nunca es tarde para comenzar a crear memorias compartidas; espacios mágicos que, como el caracol de Federico García Lorca, representan la casa que llevamos con nosotros cada día, según nos revela su poema infantil: Caracol, estate quieto. Donde tú estés estará el centro. 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