Qué bonito escribe el señor diputado

Cuando a Charles de Gaulle le preguntaron quién era su escritor favorito, con enorme sorna dijo mon négre (mi negro): el anónimo autor que escribía los textos y discursos que luego el general firmaba; una broma tal...

4 de mayo, 2021

Cuando a Charles de Gaulle le preguntaron quién era su escritor favorito, con enorme sorna dijo mon négre (mi negro): el anónimo autor que escribía los textos y discursos que luego el general firmaba; una broma tal vez, porque se dice que en sus mocedades escribió todo lo publicado en la época por Pétain.

Extraño aunque común oficio, antiguo como la compleja relación entre el poder, la cultura y desde luego, la necesidad. Al escritor fantasma recurrieron algunos como Churchill, Washington o Franklin; se dice, porque el mundo de los fantasmas lo es siempre de sombras y suposiciones. El anónimo amo de la pluma no saldrá nunca de la oscuridad, no por su propio pie, a menos que una fuerza muy poderosa lo empuje.

En 2004 Jennie Endal rompió ese pacto de silencio. Publicó Escritora en la sombra, peculiar libro de memorias que se lee como una buena y sencilla novela, donde reveló cómo durante 20 años escribió novelas, reportajes, entrevistas y hasta cartas de amor, bajo la firma de Naim Attallah, quien entonces fuera un próspero editor y autor de buena fortuna. Presionada por una relación profesional sofocante, bajo el peso de un éxito del que no le correspondía ningún laurel, se reveló con el único elemento que tenía –literalmente– a la mano: la pluma.
Attallah respondió tres años después con un amargo libro de memorias, todavía no traducido al español, Fulfilment and Betrayal, pero el enorme daño a su prestigio y aún a su patrimonio, ya estaba hecho; hoy corren tiempos distintos, del deschongue cultural digamos y si lo que alguno quiere es producto, también se puede, cómo no. Paris Hilton “escribió” su autobiografía, faltaba más y digo, cómo no se va a revolucionar el mercado del negro literario si un “influencer” de 20 años quiere escribir su interesantísima y sagaz autobiografía, o las existencialísimas reflexiones del “YouTuber” que se ha jubilado a los cuarenta. No solo eso, la necesidad de dejar huella en un mundo y un tiempo en el que la fama es más rápida y más efímera requiere del talento para labrar un mausoleo a prueba de olvido o al menos que eso prometa, Rick Mayston, el director de Getty Images, afirma con razón que un buen escritor fantasma es casi un psiquiatra que puede hacer que su cliente recuerde aún lo que no ha sucedido y es que en el otro extremo del trato, o de la balanza, si se quiere, está el comprador que luego de una somera lectura y la corrección de una coma sentirá que el trabajo lo ha escrito él mismo y unos años después, en la charla memorable de una sobremesa augusta recordará la tarde lejana en que … bueno, se acordará cuando escribió las célebres líneas homenajeadas por sus contertulios.

Pero el drama, o el problema se inscribe en otras trincheras, en el debate sobre Shakespeare y Marlowe, los sesenta y tres negros –una tribu caníbal entera– que sirvieron a Dumas; o de manera dramática, en el servidor del Señor Diputado, de su Excelencia el Empresario, así con mayúsculas reverenciales que también le viene el tiempo de dejar su legado y hacernos enjugar nuestras impías lágrimas de derrotados perpetuos mientras leemos, conste que por nuestra propia voluntad, la epopeya del “yernísimo”, nacido en pañal de seda y sonajero de plata que nos dice cómo salir de la miseria y empoderarse hasta el infinito previo matrimonio que en lugar de salir en sociales cotiza en bolsa.

Independientemente de los juicios morales, siempre a destiempo y siempre parciales. Esta penosa situación nos lleva a preguntarnos ¿quién es el escritor: el que en efecto escribe o el que publica? ¿Cuál es la ecuación válida, la del talento y el trabajo o la del nombre y la fama? y en tal sentido ¿a quién corresponde la gloria?
Nadie crea para otro solo por gusto. En la práctica del oficio de servir al ego de los demás siempre hay una amarga sombra, pero también una enorme esperanza: la del que confía en que algún día le llegará su turno de ser tocado por la diosa fortuna y desde luego, también un gigantesco y solitario placer: el de crear y ver plasmado aquello que, de otra manera, tal vez nunca habría pasado por las imprentas.

En todo el mundo publican dos tipos de autores: los que sirven a los libros y los que se sirven de ellos. Para los primeros escribir es un duelo a muerte entre la vocación y la necesidad. Para los segundos, un traje a la medida y un catalizador de carreras mejor remuneradas. La necesidad y la vocación por un lado, y la perversidad del juego entre el poder y el nombre por el otro, no siempre es revelada pero siempre resuelta patética en ambos extremos.
Algún día escribiré una ficción que me traigo entre manos desde hace mucho: la historia de la rebelión de los negros, de los fantasmas literarios que una vez decididos a liberarse, pusieran en la pluma y en la voz de sus amos, los más soberbios disparates, las historias más inverosímiles y las promesas más absurdas; que dieran a conocer así, no solo una ridícula realidad de emperador desnudo, sino crearán tal caos que ni el talento de sus maquinadores fuera capaz de detener.




Cuando uno encuentra historias como la de Erdal y Attallah, sucede lo mismo que cuando a uno lo asaltan en la calle, después de eso pasa mucho tiempo antes de que uno deje de ver en todos los rostros una cara de malo.

@cesarbc70

Comentarios
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Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! 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Volviendo a la casa, es dentro de ella donde comienzan a escribirse las biografías de cada uno de nosotros: la construcción, el mobiliario, las costumbres. Los olores, los sabores y los sinsabores de esos primeros años dejan una impronta en cada uno de nosotros que habremos de llevar como parte de nuestro ser por los años restantes. En la memoria quedan,  además, los recuerdos de fotografías, pinturas, libros de recetas, discos, todos aquellos objetos simbólicos que conectan nuestro presente con la historia de las generaciones que nos precedieron. No en vano se considera que quitar la casa de la abuela constituye todo un duelo, porque es llevar con cada elemento que se saca de ella, un pedazo de nuestra propia infancia. La presencia de lo femenino en la casa bien puede representar una doble cara, como la ha descrito Carlos Fuentes en su novela corta Aura, o Julio Cortázar en “Casa tomada”.  Esa fuerza asociada a los aposentos y que llega a controlar los destinos de quien los habita o los visita, en función del poder de la figura femenina, eje en torno al cual todo ese universo doméstico gira.  Amparo Dávila en su cuento “El huésped” narra el poder que llega a tener la mujer dentro de la casa, en las habitaciones, los corredores y en el jardín exterior. Por otro lado, su menos conocido cuento “La señorita Julia” nos presenta la fractura de ese mundo narrativo en el que una mujer de mediados del siglo pasado alcanzaba a forjarse un universo propio, cómodo y enriquecedor, dentro de las cuatro paredes del hogar. Universo que para la protagonista de este cuento provoca un conflicto a partir de la presencia de lo que ella percibe como criaturas extrañas que le roban la calma. Una situación de terror que no se atreve a compartir ni con su propia familia, temerosa de qué irán a pensar de ella, amante del orden dentro del hogar. La casa viene a ser la representación de nosotros mismos que llevamos por el mundo.  Nos significa historia familiar, desarrollo de nuestras primeras emociones y espacio de los descubrimientos que nos llevaron a decidir nuestro destino. En algún momento es una tonada, un olor o la vista de algo, lo que nos remite hasta aquellos tiempos que llevamos archivados entre dos sinapsis neuronales, y que por magia o por milagro, se conectan para transportarnos y volver a vivir. Si tenemos el tiempo y la paciencia de hacer listas, como sugiere Gonzalo Celorio, comencemos a escribir en una libreta los recuerdos más cálidos de nuestros primeros años. Momentos, celebraciones, epifanías…Hagamos listas de las experiencias que han influido en lo que somos, ya sea de forma positiva o negativa. Tengamos a la mano esa libreta con nuestras listas que, con el tiempo, lejos de agotarse irán aumentando. Más adelante hagamos una segunda parte, las listas de lo que les hemos dado o dejado de dar a nuestros hijos. Los momentos mágicos que hemos compartido con ellos; los juegos y las experiencias; los cantos y los cuentos. Una tarde cualquiera invitémoslos a platicar qué recuerdos tienen, ampliemos con detalles que quizá ellos no tengan muy presentes, y comencemos a aquilatar cuánto les hemos dado y cuánto nos falta por entregarles de nuestro tiempo y nuestras propias historias. Nunca es tarde para comenzar a crear memorias compartidas; espacios mágicos que, como el caracol de Federico García Lorca, representan la casa que llevamos con nosotros cada día, según nos revela su poema infantil: Caracol, estate quieto. Donde tú estés estará el centro. 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Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener. - La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice. - Gracias Don Marcelino; yo le digo.  No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué.  - ¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos? - No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja. - Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo. - No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo? - Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros… - Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica. - No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado. Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas. - ¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas? - Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué. - No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera... - Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café.  - Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo. En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…" ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos - Parte 30" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-30" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-21 09:09:44" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 14:09:44" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64305" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(19) ["max_num_pages"]=> float(10) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "6347c0f75f5b8e9ef06f85fb7ca4b92c" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
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