Los Olvidos | Parte 23

Dos días después de regresar de Acapulco, llegué a casa de mi abuelito para comer con él y dejarle sus “vidrios” de Icacos que  le encantaban. Cuando me oyó entrar, me dijo en voz alta que estaba...

3 de febrero, 2021

Dos días después de regresar de Acapulco, llegué a casa de mi abuelito para comer con él y dejarle sus “vidrios” de Icacos que  le encantaban.

Cuando me oyó entrar, me dijo en voz alta que estaba en el despacho y fui para allá. Estaba revisando papeles en su escritorio, cuando sin alzar la vista me preguntó:

¿Trajiste mis vidrios?

Claro abuelito.

Sonrió con su clásica picardía y extendió la mano que siempre le besaba como saludo.

¿Qué tal te fue en tu Acapulco?

Ay abuelito, ojalá fuera mio de verdad…

Pues poco te falta, estás tostado como lanchero. ¿Te quedas  a comer, verdad?

Si me invitas, claro.

Mi abuelito había sido pionero de muchas cosas, entre otras, de los viajes a Acapulco. Me fascinaba que me contara sus aventuras  de cuando todos los ríos por los que pasaba el camino había que cruzarlos en panga. Nada más de haberlo oído contar sus historias desde que éramos chicos, me sabía yo de memoria casi todos los poblados desde Chimalcoyoc en Tlalpan hasta la Garita antes de bajar a la bahía.

Al llegar al  comedor, ya nos estaba esperando su salsera de plata rebosante de salsa verde molcajeteada con chiles toreados.

¿No va a venir tu madre a comer hoy?

No abuelito, tenía que llevar a Lourdes al dentista, pero yo te debía tus vidrios: te traje dos bolsas.

Qué bueno, gracias.

Las sobremesas en su casa  normalmente se prolongaban. Siempre tenía algo nuevo que contar; alguna idea interesante; algo que siempre merecía la pena escuchar. Pidió que le trajeran un café negro  y me preguntó  que si quería yo uno. Le dije que sí,  y asintió indicando que por favor me trajeran otro a mí. Sin más rodeos, le pregunté directamente:

¿De casualidad cuando anduviste trabajando con los seguros de las minas de Zimapán  conociste a un minero  inglés que se llamaba Emmanuell Claymon?

La expresión de su cara me sorprendió, fue la de alguien a quien se le aparece de repente una persona de la que no había sabido en largo tiempo, pero que  le era no solamente conocida sino cercana. 

Ahora sí me tomaste por sorpresa, Pecos. ¿De dónde sabes tú de Claymon?

Supe del señor Claymon porque tenía una casa preciosa en Acapulco, por el rumbo de la Quebrada.

Sí, claro, Los Olvidos.

Ahora con su respuesta, la cara de sorpresa la puse yo, porque  me preguntó:

¿Por qué te sorprende tanto? Yo fui muchos años asegurador de las compañías mineras inglesas  y él trabajaba en la mina de Real del Monte  que era de dueños ingleses.

¿Esa mina es la misma que se llamaba algo de los aventureros de Real del Monte?

Esa misma. Cuando él llego de Inglaterra yo ya era asegurador de la mina en la que él trabajaba y nos conocimos bien. Por esos años se casó con una chica irlandesa muy bonita que se  llamaba Jeri,  y vivieron en Real  del Monte donde poco después nació su hijita. Luego él se fue a Zacatecas a la mina de Proaño donde le fue muy bien y dejé de verlo, hasta que apareció en Acapulco donde de vez en cuando nos veíamos y tomábamos un whiskey o café para platicar de mis años en Inglaterra y de su aventura que lo trajo  a México, primero a Hidalgo, luego a Zacatecas para culminar en Acapulco pasando por San Francisco…

¿Conociste a su esposa y a su hijita?

A su esposa sí,  a su hijita también aunque  la veía menos. Una de las veces que coincidimos en el Mirador. Poco antes de que Estados Unidos le declarara la guerra a Japón,  me invitó a conocer Los Olvidos, se la acababan de entregar,  era una casa bellísima, con una fuerza muy especial; la decoraron con excelente gusto. Imagínate que tenía hasta una plataforma exclusivamente para que la orquesta tocara en las fiestas, y que se escuchara con la misma claridad en cualquier parte de la casa.

¡No podía creer lo que me estaba contando! Si supiera que había estado parado justo en esa plataforma,  no creo que le hubiera hecho gracia,  así que mejor no  le dije.

De pronto resultaba que casi todas las gentes de mi entorno, habían tenido algo que ver con Los Olvidos. Si no me habían dicho nada era porque nunca se me ocurrió que supieran de su existencia.

No le quise decir de mis visitas y descubrimientos en aquella casa porque no era algo que le gustaría  oír. Sin embargo, ya entrados en el tema, dejé que  siguiera hablando espontáneamente como cuando se dejaba ir con sus recuerdos y los revivía narrándolos.

Como ya sabes, tu abuelita, tu madre y yo íbamos seguido a Acapulco y nos quedábamos siempre en el Mirador. Apenas empezaba, era una serie de bungalows muy bonitos, regados por la cresta de los arrecifes justo sobre  la Quebrada. Los muchachos nacidos en Acapulco, acostumbraban ir a tirarse clavados cada vez desde más altura; con el tiempo, los más audaces empezaron a lanzarse desde donde ahora está el altar de la Virgen de Guadalupe.Conforme se corrió la voz de que había clavadistas en la Quebrada, cada vez iba más gente a verlos tirarse, así que don Carlos Barnard construyó la escalinata que termina hasta abajo en una terraza bastante grande, y los chicos se  ganaban su buen dinerito además de los aplausos y los suspiros de algunas chicas. Una cosa  condujo a la otra, porque con la llegada de un suizo alemán que se llamaba Teddy Stauffer, entre él y Don Carlos discurrieron abrir el cabaret de  La Perla al que le recubrieron las paredes con  las maderas de un barco muy hermoso que encalló en Acapulco. A Teddy Stauffer se le  ocurrió la brillante idea de invitar a los famosos que acudían a La Perla, para que firmaran sobre los tablones del velero encallado,  y se cubrieron las paredes con la firma de personajes del cine, los deportes, la política, escritores y estrellas de todo el mundo. Como Stauffer llegó a Acapulco en la época de la guerra, no faltó quien dijera que era un espía alemán, ¡hazme el favor!

¡Espía!

Hay demasiada gente que le encanta el chisme. Fue una época muy bonita de Acapulco y de México. ¿Y tú como supiste de Los Olvidos?

No es difícil, abuelito, se ve desde cualquier punto;  desde la casa de los Ralph, desde la Sinfonía, que está cerca de la Quebrada, o bajando desde Flamingos hacia la Quebrada por Gran Vía Tropical.

¿Sabes si sigue siendo de los  Claymon?

Le dije que no sabía, pero lo que no le dije era que Los  Olvidos nunca podría pertenecerle a nadie más. En realidad no le dije una mentira porque detrás del descuido y el abandono que parecían haberse enseñoreado de la casa,  subsistía su magia, su encanto, su señorío, su increíble belleza y todos  sus secretos intactos. 

Nos quedamos en silencio unos instantes y luego  retomó el hilo de la conversación diciendo:

Claymon era un buen hombre. En la época que trabajó  en las minas de Hidalgo,  algunos empleados ingleses andaban de vagos en las cantinas y en el desorden  porque estaban solos y la situación se prestaba. Claymon por el contrario, era un hombre serio, amable y todo, pero ordenado y trabajador. Yo le enseñé a hablar otomí, ¿tú crees? Lo que no  pude hacerle aprender, fue el Nahuatl.  Viajaba mucho a San Francisco y a Zacatecas por la misma cuestión de las compañías mineras inglesas hasta que un día me dijo que se iba a casar, y cuando le pregunté contra quien, se rio y me dijo: “¡Ah que Don Pepe!, me caso con una chica irlandesa que conocí en San Francisco;  me la presentaron unos amigos de por allá; se llama Jeri y es católica como yo”. Lo felicité sinceramente, porque ser católico en Irlanda no es cuestión  del otro mundo, pero ser católico en Inglaterra no era cosa fácil. Le pregunté cómo le hizo cuando estudió allá siendo católico. “Mi colegio, Saint Leonard’s Mayfield School era un colegio católico al sur de Inglaterra en Sussex, de no haber sido así, no me hubiera mandado mi papá”.

¿Llegaste a platicar de esa época con el señor Claymon?

Inevitablemente, aunque él no era de Sussex sino de Nottingham, por lo que yo le hacia la broma de que seguro era pariente de Robin Hood.

¿Y te contó cómo fue a dar a Acapulco?

Cuando nos vimos en Acapulco después de no vernos por un buen tiempo, supe que había estado yendo mucho a Taxco para surtirle plata a varios artesanos y orfebres  conocidos, y uno de ellos, William Spratling, le dijo de Acapulco y lo acompañó a conocerlo. Desde entonces quedó  enamorado de Acapulco y comenzó a ir bastante seguido, considerando lo difícil que era el camino, hasta que por fin decidió construir su casa; tus famosos Olvidos. No me había vuelto a acordar de los Claymon en muchísimo tiempo. Los tres me simpatizaban. Emmanuell era mi amigo aunque no íntimo; su esposa siempre era muy amable conmigo y con tu abuelita; su hijita Matilda era un remolino de  chiquita cuando vivían en Pachuca, después cuando los reencontré en Acapulco, era una jovencita muy hermosa y además encantadora. Me da curiosidad saber qué habrá sido de los Claymon, y de aquella chica tan  linda.

Cuando dijo esto último, estuve tentado de decirle “ya somos dos”, pero no lo hubiera entendido. No es que mi abuelito fuera alguien cerrado, pero yo mismo me sorprendía de estar tan apegado a la idea de alguien que pertenecía a otro tiempo y que tendría que haber recorrido un camino enteramente diferente al mío. 

Pero por más que yo mismo intentaba convencerme de la imposibilidad y de lo absurdo de todo esto, de  inmediato algo se rebelaba dentro de mí esgrimiendo argumentos y “atando cabos” para explicar las cada vez más frecuentes señales que reclamaban mi atención.

Había muchas casas bellísimas sobre los arrecifes y montes de Acapulco, pero solamente Los Olvidos me atraía con fuerza irresistible desde que la vi por primera vez. Pero no nada más me atraía su indiscutible belleza, sino algo mucho más fuerte; sin temor a equivocarme podía yo asegurar que en ninguna de las otras casas de Acapulco había otra losa grabada con la fecha de mi nacimiento. Esa era una señal imposible de ignorar.

Y hablando de esa señal, ni don Marcelino me había vuelto a mencionar el tema, ni yo se lo había recordado; la ocasión no había surgido tampoco y yo, al mismo tiempo que sentía curiosidad, sentía temor pensando que si develaba el misterio, la magia que me envolvía podría desaparecer, y yo no quería perderla.

Hubo ocasiones en las que llegué a sentir el deseo de quedarme en Los Olvidos y no volver a salir de ahí, pero no se trataba de aquella casa vacía lastimada por el abandono y el descuido. En momentos así, volvía a mi mente el día en que al llegar encontré a toda esa gente conviviendo despreocupada por  los corredores, subiendo y bajando entre risas, brindando, hasta que con la llegada de don Marcelino, todo desapareció y aquel sitio se retrajo de nuevo, envuelto solamente por el sonido de las olas contra el acantilado.

A mí me bastaría estar junto a ella mirando la escollera al pie de su casa, viendo las olas deshacerse en dibujos irrepetibles contra el acantilado, caminando a su lado tranquilamente por el sendero oculto entre el palmar, simplemente perdido en ella a través de sus ojos dejándome invadir por el rubor al saber que ella también miraba directo en los míos, porque al mirarme así, con el alma desnuda, sabría en un solo instante todo de mí: descubriría mis sentimientos, entendería mi obsesión, mi necesidad; descifraría mis secretos y mi antigua tristeza, quedaría a merced suya; sabría de un golpe todo de mí.…

¡Como si todavía no lo supiera!

Matilda se fue haciendo presente en otros sitios que yo consideraba mios. La había visto por segunda vez bajo el cristal del mostrador en la recepción del  Hotel Victoria en un retrato al lado de sus papás; el vestido que llevaba en este retrato, no era el mismo que portaba en la fotografía que le tomó Don Carlos Barnard junto a su primo Ryan en la terraza de El Mirador. ¡Sin embargo ese vestido me resultaba familiar; estaba seguro de haberlo visto en otra parte, pero por más que trataba de recordar dónde, me era imposible! Yo solamente había visto a Matilda Claymon en dos fotografías, pero nunca en persona.

Conociendo como conozco el viejo camino de Acapulco, me era muy fácil imaginarla en algunos de los parajes que había yo ido conociendo al recorrerlo con tanta frecuencia, siempre con la ilusión de un niño que va a ver el mar por primera vez.

Con más frecuencia la imaginaba en  distintos lugares, como el río Amacuzac a su paso por Huajintlan, o deteniéndose a visitar al viejo túnel que aún subsiste casi a la salida del cañón del Zopilote en dirección a Acapulco; ese antiguo vestigio que agradece cada vez que un viajero se percata de su presencia y evoca a su lado las emociones de las que ese túnel fue testigo, cuando era paso obligado y parte activa de las emociones que lo atravesaban camino al mar o de regreso.

Yo evocaba a Matilda deliberadamente por los callejones de Taxco, adivinando su asombro; la veía tranquila contemplando el caserío blanco coronado de tejas rojas desde la terraza del Victoria; en el maravilloso puente antiguo  de  Xaltianguis, coronado con grandes flores de cantera, y con esferas  también de cantera, perfectamente redondas que aún  decoran sus  extremos a ambos lados de esa obra construida con intención  de posteridad. Imaginaba que yo era su guía que le iba mostrando los rincones secretos descubiertos sobre mi bicicleta…

Al detenerme en algún  paraje a beber agua de coco fresco recién cortado, la veía bebiendo también quitada de la pena, sin complicaciones, sin prisa, totalmente feliz por el solo hecho de vivir; por ver el paisaje adornado con cada vez más palmeras que se hacen más frecuentes y se multiplican conforme el mar se va acercando más  y más,  tanto que  casi sin darnos  cuenta, estábamos de pronto bajo las palmeras que resguardaban Los Olvidos mientras,  entre ellas, discurría en secreto su pequeño sendero de baldosas.

Al dejarme llevar de esa manera, me sentía feliz de saber de su existencia, por haber descubierto quien era, por haberla visto hasta entonces ya en  dos fotografías;  por haber tenido entre mis  manos las letras escritas  por sus manos;  por haber inhalado el aroma  de su perfume que escapaba de las páginas de su diario, porque doña Rosita Salas le había puesto nombre a sus iniciales de modo que M.C., se había transformado en Matilda Claymon;  por saber que quienes la habían conocido la tenían presente como alguien especial, hasta que ahora yo, podía visualizarla transformada en una bella joven con sus ojos azules irradiando la luz de su alma,  a la par que los destellos de su cabello dorado.

Me hacía ilusión ir  sabiendo cada vez más cosas de ella, pero no era suficiente; yo quería conocerla, conocer sus sentimientos, qué la hacía feliz, a qué le temería, cuáles eran sus sueños; jugaba a imaginar si, por caminos parecidos, por coyunturas entrelazadas, desafiando las barreras de la sensatez y de la lógica de alguna forma, descubriríamos  si sería posible llegar a encontrarnos. Encontrarnos a tiempo.

Otra idea recurrente en mí me  llevaba a la fantasía de que al mismo tiempo que yo pensaba en ella, dondequiera que estuviera, ella  pensaba también en mí; que de manera distinta pero no ajena, ella había ido sabiendo mis intimidades, que de igual forma me estaba descubriendo  porque quería conocerme recogiendo vestigios míos como quien recoge conchas llevadas a la playa por la marea.

Dejándome llevar por estos sentimientos, de pronto sentí un impulso irresistible de correr a leer sus diarios, sus cartas, sus postales; sentí necesidad de verla en los albums dejados atrás  en Los Olvidos para ser encontrados por mí; sentía necesidad de grabarme su imagen; sus imágenes todas,  sus sonrisas, sus miradas, sus actitudes,  sus gestos, sus momentos eternizados en blanco y negro que estaban esperando  ser descubiertos en Los Olvidos; quería yo que Los Olvidos   hubieran estado esperando por  mí; que ella me hubiera esperado sabiendo que llegaría, y que se hubiera alegrado tanto como yo  me alegraba de haberme atrevido finalmente a pedir que me permitieran entrar después de tanto tiempo.

Mi corazón latía más deprisa por  la inesperada sensación de caricias sobre mis sienes que había sentido por primera vez en mis noches de ojos abiertos a la inmensidad en medio del dormitorio de mi  internado en Virginia.

Aquella sensación había vuelto a mí después  que entré  a Los Olvidos la primera vez, y desde entonces jugaba con la idea de que aquellas caricias y las que ahora volvía a sentir, eran regalo de las mismas manos; idéntico consuelo; confirmación de que no estaba yo nada más  imaginando.

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El motivo aparente fue un experimento fallido: la organización, con cinco alumnos entre los que me incluyo, de formar una mesa de análisis, no de asuntos de la actualidad de entonces, sino de poco más de dos décadas en el pasado. Su finalidad era de analizar y discutir temas acaecidos en el sexenio echeverrista e influir en los hechos ya acontecidos. Por una extraña razón pensaba que haciendo una muy dura crítica, que grabábamos en el estudio de su casa con una moderna cámara de mini videocasetes podíamos incluso cambiar la Historia. Esto, afirmaba él, a razón de que en aquellos años la censura existía y era férrea por parte de la Secretaría de Gobernación.  Con material hemerográfico e información ya desclasificada del Archivo General de la Nación, hacíamos unas críticas muy duras al régimen, implacable diría yo. Mas para desasosiego del Profesor, al acudir a la hemeroteca y a los libelos escritos sobre la coyuntura política de esos tiempos, nada en lo absoluto cambiaba, a pesar de nuestras enérgicas denuncias, sesudas sugerencias y previsión de escenarios potencialmente negativos para el país en el programa video grabado. La guerra sucia en la Costa Grande de Guerrero, las desapariciones forzadas de campesinos y estudiantes y los "accidentes" (así, entrecomillado) de relevantes personajes ligados a la política, el empresariado y liderazgos sociales de entonces, todo eso continuaba asentado en las hemerotecas y las obras escritas dentro del periodo 1970-1976. No cambiaba siquiera en una coma.  Experimento osado y fallido, rotundo y lapidario fracaso consideraba en su trayectoria, el Profesor cayó entonces en una espiral de ausentismo en la Universidad y en su casa. Siendo un muy moderado bebedor social antes, ahora se encontraba entregado a una penosa vida etílica, motivada por el experimento que, decía, convertiría en tesis doctoral. Nada podía sacar al Profesor de la espiral descendente en un agujero tan oscuro como profundo, hasta que me apersoné en una sucia cantina del centro, a eso de marzo de 1995, donde un compañero me aseguró haberlo visto. Así que hasta ahí llegué, lo convencí de llevarlo a mi casa, barbudo y con un traje que se adivinaba con semanas de no cambiar en su vestimenta, ya ahí le mostré una serie de programas de televisión dedicados al análisis y debate político que tenía yo grabados en formato VHS (en años de mucho menos censura oficial ya). Todo lo que ahí se pronosticaba y aún reflejaba los anhelos de la inmensa mayoría de los Ciudadanos no había logrado nada positivo, aun habiéndose grabado y transmitido a millones de personas, todos con días, semanas o meses de anticipación y nada habían todos ellos logrado impedir. Tanto los asesinatos políticos que habían cimbrado a México, la monumental corrupción ya hecha pública y la consecuente crisis económica y financiera que siguió a todos esos acontecimientos trágicos, estaban ahí como una muestra fehaciente de que la tesis doctoral, a realizar multidisciplinariamente en conjunto con dos doctores en física cuántica carecía de un rumbo lo mínimamente viable.  Como el Profesor no podía darse el lujo de perder su casa por el alza bestial en los créditos hipotecarios, era imperativo volver a desempeñar su trabajo de forma impecable, y no sólo eso, buscar más horas para dar sus clases en otros turnos, carreras y universidades. Esto último y el constatar y dejar muy en claro que ni las mesas de análisis de ese entonces, hechas antes de los infortunados acontecimientos, carecían de poder alguno para cambiar para bien ni un ápice la difícil realidad por más que hubiese estado elaborado con una metodología pulcra y un profesionalismo y preparación académica sin par. El Profesor Wilkins, al día de hoy, casi tres décadas después de lo aquí narrado, complementa sus actividades académicas con un trabajo fijo en un programa dedicado al análisis y debate políticos, en una importante cadena de emisoras de radio a nivel nacional." ["post_title"]=> string(17) "Mesa de análisis" ["post_excerpt"]=> string(111) "Ginés Sánchez nos ofrece un cuento que combina teoría cuántica, teoría política e Historia de México. 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Te acuerdas, ¿no? Bueno, el otro día llegó muy contento porque había hecho un “casting” para un comercial, y se lo habían dado. Aún no sabía de qué se trataba, pero ya se veía haciendo comerciales a diestro y siniestro, y convirtiéndose en una cara famosa. Pero resulta que el comercial era de una casa que vende y atiende de todo a todo a perros. ¡Y él odia a los perros! Desde chiquito les ha tenido aversión; y cuando tenía cinco años un perrazo lo mordió, y ahora les tiene verdadero pavor. La madre le dijo que no lo aceptara; pero él contestó que no podía rechazar una oportunidad así, que lo haría. Para prepararse, empezó por llenar su casa de fotos de perros. Las sacó de revistas, de internet, de donde pudo. Y las contemplaba todo el día. Pobrecito. No podía ni comer. Y por las tardes, le dolía el estómago. Luego, intentó hacer amistad con Pucho, el perro ese tan sangrón de una vecina. Se le acercó (previo permiso de su quisquillosa dueña), le habló bonito, le dio algo de comer y luego intentó acariciarlo. Pero no pudo ni tocarlo. Hizo todo lo posible, a mi me consta, pero no pudo ponerle la mano encima. Y, además, Pucho le ladró, furioso. Esa noche, el chavo no durmió. Sin  embargo, no se dio por vencido. Buscó otro perro con el cual hacer amistad, pero no lo halló. Y el día de la filmación del comercial se acercaba a pasos agigantados. Entonces, se le ocurrió ir a la perrera a trabajar. Y como lo pensó, lo hizo. Le dieron un puesto en el equipo de limpieza, y se encargaba de recoger todos los desechos que había. Haciendo de tripas corazón, logró limpiar la perrera entera, pero no tuvo contacto con los animales. Todo fue de lejecitos. Sin embargo, se sintió bastante animado. Pero el día siguiente le dijeron que llevara un perro bulldog al veterinario, porque estaba deprimido. Pero no logró ponerle la cadena para sacarlo de la jaula, y lo corrieron de su empleo. Se conformó con volver a tratar de intimar con Pucho, pero el desgraciado le enseñaba los dientes en cuanto se le acercaba, y el recuerdo de aquella mordida lo hacía temblar de la cabeza a los pies. La madre estaba muy angustiada, y todos los días le rogaba que renunciara al comercial; pero el chavo decía que no, que era su obligación hacerlo. Por fin , llegó el día tan temido… y tan deseado. Yo me fui con él, deseoso de ver qué ocurría; y la madre se quedó llorando, después de darle la bendición y tres estampitas de santos “para que lo ampararan y protegieran”- El muchacho iba pálido y tembloroso; pero en cuanto llegó al lugar de la filmación se irguió, se pellizcó los cachetes para que adquirieran color, y se dirigió con paso firme hacia el perro que un ayudante tenía bien sujeto, porque no hacía más que ladrar y tirar dentelladas al aire. ¿Y qué crees que pasó? 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Pero la madre le dio de comer cosas ligeras y sabrosas, que no le cayeron mal. ¡Y lo hubieras oído platicar la experiencia! El mismo no lo podía creer, y besó todas las estampitas que su madre le había dado en señal de agradecimiento. Sin embargo, cuando salió al patio, Pucho venía de la calle y se le quiso echar encima, ladrando furiosamente. La dueña apenas lo pudo contener, y el chavo casi se desmaya (tenía la presión alta, no se te olvide). Pero logró sonreír y hasta decir a la vecina, de muy buena manera, que había que mandar a Pucho a la escuela para perros para que aprendiera a comportarse. Total, fue un asunto que acabó muy bien. Yo quise recompensar al muchacho (a mi manera, claro), y me acerqué a lamerle la mano. Pero en cuanto vio mis dientes retiró la mano. Por si acaso. Te quiere Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "CARTAS A TORA 272" ["post_excerpt"]=> string(180) "Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. 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