Los Olvidos | Parte 23

Dos días después de regresar de Acapulco, llegué a casa de mi abuelito para comer con él y dejarle sus “vidrios” de Icacos que  le encantaban. Cuando me oyó entrar, me dijo en voz alta que estaba...

3 de febrero, 2021

Dos días después de regresar de Acapulco, llegué a casa de mi abuelito para comer con él y dejarle sus “vidrios” de Icacos que  le encantaban.

Cuando me oyó entrar, me dijo en voz alta que estaba en el despacho y fui para allá. Estaba revisando papeles en su escritorio, cuando sin alzar la vista me preguntó:

¿Trajiste mis vidrios?

Claro abuelito.

Sonrió con su clásica picardía y extendió la mano que siempre le besaba como saludo.

¿Qué tal te fue en tu Acapulco?




Ay abuelito, ojalá fuera mio de verdad…

Pues poco te falta, estás tostado como lanchero. ¿Te quedas  a comer, verdad?

Si me invitas, claro.

Mi abuelito había sido pionero de muchas cosas, entre otras, de los viajes a Acapulco. Me fascinaba que me contara sus aventuras  de cuando todos los ríos por los que pasaba el camino había que cruzarlos en panga. Nada más de haberlo oído contar sus historias desde que éramos chicos, me sabía yo de memoria casi todos los poblados desde Chimalcoyoc en Tlalpan hasta la Garita antes de bajar a la bahía.

Al llegar al  comedor, ya nos estaba esperando su salsera de plata rebosante de salsa verde molcajeteada con chiles toreados.

¿No va a venir tu madre a comer hoy?

No abuelito, tenía que llevar a Lourdes al dentista, pero yo te debía tus vidrios: te traje dos bolsas.

Qué bueno, gracias.

Las sobremesas en su casa  normalmente se prolongaban. Siempre tenía algo nuevo que contar; alguna idea interesante; algo que siempre merecía la pena escuchar. Pidió que le trajeran un café negro  y me preguntó  que si quería yo uno. Le dije que sí,  y asintió indicando que por favor me trajeran otro a mí. Sin más rodeos, le pregunté directamente:

¿De casualidad cuando anduviste trabajando con los seguros de las minas de Zimapán  conociste a un minero  inglés que se llamaba Emmanuell Claymon?

La expresión de su cara me sorprendió, fue la de alguien a quien se le aparece de repente una persona de la que no había sabido en largo tiempo, pero que  le era no solamente conocida sino cercana. 

Ahora sí me tomaste por sorpresa, Pecos. ¿De dónde sabes tú de Claymon?

Supe del señor Claymon porque tenía una casa preciosa en Acapulco, por el rumbo de la Quebrada.

Sí, claro, Los Olvidos.

Ahora con su respuesta, la cara de sorpresa la puse yo, porque  me preguntó:

¿Por qué te sorprende tanto? Yo fui muchos años asegurador de las compañías mineras inglesas  y él trabajaba en la mina de Real del Monte  que era de dueños ingleses.

¿Esa mina es la misma que se llamaba algo de los aventureros de Real del Monte?

Esa misma. Cuando él llego de Inglaterra yo ya era asegurador de la mina en la que él trabajaba y nos conocimos bien. Por esos años se casó con una chica irlandesa muy bonita que se  llamaba Jeri,  y vivieron en Real  del Monte donde poco después nació su hijita. Luego él se fue a Zacatecas a la mina de Proaño donde le fue muy bien y dejé de verlo, hasta que apareció en Acapulco donde de vez en cuando nos veíamos y tomábamos un whiskey o café para platicar de mis años en Inglaterra y de su aventura que lo trajo  a México, primero a Hidalgo, luego a Zacatecas para culminar en Acapulco pasando por San Francisco…

¿Conociste a su esposa y a su hijita?

A su esposa sí,  a su hijita también aunque  la veía menos. Una de las veces que coincidimos en el Mirador. Poco antes de que Estados Unidos le declarara la guerra a Japón,  me invitó a conocer Los Olvidos, se la acababan de entregar,  era una casa bellísima, con una fuerza muy especial; la decoraron con excelente gusto. Imagínate que tenía hasta una plataforma exclusivamente para que la orquesta tocara en las fiestas, y que se escuchara con la misma claridad en cualquier parte de la casa.

¡No podía creer lo que me estaba contando! Si supiera que había estado parado justo en esa plataforma,  no creo que le hubiera hecho gracia,  así que mejor no  le dije.

De pronto resultaba que casi todas las gentes de mi entorno, habían tenido algo que ver con Los Olvidos. Si no me habían dicho nada era porque nunca se me ocurrió que supieran de su existencia.

No le quise decir de mis visitas y descubrimientos en aquella casa porque no era algo que le gustaría  oír. Sin embargo, ya entrados en el tema, dejé que  siguiera hablando espontáneamente como cuando se dejaba ir con sus recuerdos y los revivía narrándolos.

Como ya sabes, tu abuelita, tu madre y yo íbamos seguido a Acapulco y nos quedábamos siempre en el Mirador. Apenas empezaba, era una serie de bungalows muy bonitos, regados por la cresta de los arrecifes justo sobre  la Quebrada. Los muchachos nacidos en Acapulco, acostumbraban ir a tirarse clavados cada vez desde más altura; con el tiempo, los más audaces empezaron a lanzarse desde donde ahora está el altar de la Virgen de Guadalupe.Conforme se corrió la voz de que había clavadistas en la Quebrada, cada vez iba más gente a verlos tirarse, así que don Carlos Barnard construyó la escalinata que termina hasta abajo en una terraza bastante grande, y los chicos se  ganaban su buen dinerito además de los aplausos y los suspiros de algunas chicas. Una cosa  condujo a la otra, porque con la llegada de un suizo alemán que se llamaba Teddy Stauffer, entre él y Don Carlos discurrieron abrir el cabaret de  La Perla al que le recubrieron las paredes con  las maderas de un barco muy hermoso que encalló en Acapulco. A Teddy Stauffer se le  ocurrió la brillante idea de invitar a los famosos que acudían a La Perla, para que firmaran sobre los tablones del velero encallado,  y se cubrieron las paredes con la firma de personajes del cine, los deportes, la política, escritores y estrellas de todo el mundo. Como Stauffer llegó a Acapulco en la época de la guerra, no faltó quien dijera que era un espía alemán, ¡hazme el favor!

¡Espía!

Hay demasiada gente que le encanta el chisme. Fue una época muy bonita de Acapulco y de México. ¿Y tú como supiste de Los Olvidos?

No es difícil, abuelito, se ve desde cualquier punto;  desde la casa de los Ralph, desde la Sinfonía, que está cerca de la Quebrada, o bajando desde Flamingos hacia la Quebrada por Gran Vía Tropical.

¿Sabes si sigue siendo de los  Claymon?

Le dije que no sabía, pero lo que no le dije era que Los  Olvidos nunca podría pertenecerle a nadie más. En realidad no le dije una mentira porque detrás del descuido y el abandono que parecían haberse enseñoreado de la casa,  subsistía su magia, su encanto, su señorío, su increíble belleza y todos  sus secretos intactos. 

Nos quedamos en silencio unos instantes y luego  retomó el hilo de la conversación diciendo:

Claymon era un buen hombre. En la época que trabajó  en las minas de Hidalgo,  algunos empleados ingleses andaban de vagos en las cantinas y en el desorden  porque estaban solos y la situación se prestaba. Claymon por el contrario, era un hombre serio, amable y todo, pero ordenado y trabajador. Yo le enseñé a hablar otomí, ¿tú crees? Lo que no  pude hacerle aprender, fue el Nahuatl.  Viajaba mucho a San Francisco y a Zacatecas por la misma cuestión de las compañías mineras inglesas hasta que un día me dijo que se iba a casar, y cuando le pregunté contra quien, se rio y me dijo: “¡Ah que Don Pepe!, me caso con una chica irlandesa que conocí en San Francisco;  me la presentaron unos amigos de por allá; se llama Jeri y es católica como yo”. Lo felicité sinceramente, porque ser católico en Irlanda no es cuestión  del otro mundo, pero ser católico en Inglaterra no era cosa fácil. Le pregunté cómo le hizo cuando estudió allá siendo católico. “Mi colegio, Saint Leonard’s Mayfield School era un colegio católico al sur de Inglaterra en Sussex, de no haber sido así, no me hubiera mandado mi papá”.

¿Llegaste a platicar de esa época con el señor Claymon?

Inevitablemente, aunque él no era de Sussex sino de Nottingham, por lo que yo le hacia la broma de que seguro era pariente de Robin Hood.

¿Y te contó cómo fue a dar a Acapulco?

Cuando nos vimos en Acapulco después de no vernos por un buen tiempo, supe que había estado yendo mucho a Taxco para surtirle plata a varios artesanos y orfebres  conocidos, y uno de ellos, William Spratling, le dijo de Acapulco y lo acompañó a conocerlo. Desde entonces quedó  enamorado de Acapulco y comenzó a ir bastante seguido, considerando lo difícil que era el camino, hasta que por fin decidió construir su casa; tus famosos Olvidos. No me había vuelto a acordar de los Claymon en muchísimo tiempo. Los tres me simpatizaban. Emmanuell era mi amigo aunque no íntimo; su esposa siempre era muy amable conmigo y con tu abuelita; su hijita Matilda era un remolino de  chiquita cuando vivían en Pachuca, después cuando los reencontré en Acapulco, era una jovencita muy hermosa y además encantadora. Me da curiosidad saber qué habrá sido de los Claymon, y de aquella chica tan  linda.

Cuando dijo esto último, estuve tentado de decirle “ya somos dos”, pero no lo hubiera entendido. No es que mi abuelito fuera alguien cerrado, pero yo mismo me sorprendía de estar tan apegado a la idea de alguien que pertenecía a otro tiempo y que tendría que haber recorrido un camino enteramente diferente al mío. 

Pero por más que yo mismo intentaba convencerme de la imposibilidad y de lo absurdo de todo esto, de  inmediato algo se rebelaba dentro de mí esgrimiendo argumentos y “atando cabos” para explicar las cada vez más frecuentes señales que reclamaban mi atención.

Había muchas casas bellísimas sobre los arrecifes y montes de Acapulco, pero solamente Los Olvidos me atraía con fuerza irresistible desde que la vi por primera vez. Pero no nada más me atraía su indiscutible belleza, sino algo mucho más fuerte; sin temor a equivocarme podía yo asegurar que en ninguna de las otras casas de Acapulco había otra losa grabada con la fecha de mi nacimiento. Esa era una señal imposible de ignorar.

Y hablando de esa señal, ni don Marcelino me había vuelto a mencionar el tema, ni yo se lo había recordado; la ocasión no había surgido tampoco y yo, al mismo tiempo que sentía curiosidad, sentía temor pensando que si develaba el misterio, la magia que me envolvía podría desaparecer, y yo no quería perderla.

Hubo ocasiones en las que llegué a sentir el deseo de quedarme en Los Olvidos y no volver a salir de ahí, pero no se trataba de aquella casa vacía lastimada por el abandono y el descuido. En momentos así, volvía a mi mente el día en que al llegar encontré a toda esa gente conviviendo despreocupada por  los corredores, subiendo y bajando entre risas, brindando, hasta que con la llegada de don Marcelino, todo desapareció y aquel sitio se retrajo de nuevo, envuelto solamente por el sonido de las olas contra el acantilado.

A mí me bastaría estar junto a ella mirando la escollera al pie de su casa, viendo las olas deshacerse en dibujos irrepetibles contra el acantilado, caminando a su lado tranquilamente por el sendero oculto entre el palmar, simplemente perdido en ella a través de sus ojos dejándome invadir por el rubor al saber que ella también miraba directo en los míos, porque al mirarme así, con el alma desnuda, sabría en un solo instante todo de mí: descubriría mis sentimientos, entendería mi obsesión, mi necesidad; descifraría mis secretos y mi antigua tristeza, quedaría a merced suya; sabría de un golpe todo de mí.…

¡Como si todavía no lo supiera!

Matilda se fue haciendo presente en otros sitios que yo consideraba mios. La había visto por segunda vez bajo el cristal del mostrador en la recepción del  Hotel Victoria en un retrato al lado de sus papás; el vestido que llevaba en este retrato, no era el mismo que portaba en la fotografía que le tomó Don Carlos Barnard junto a su primo Ryan en la terraza de El Mirador. ¡Sin embargo ese vestido me resultaba familiar; estaba seguro de haberlo visto en otra parte, pero por más que trataba de recordar dónde, me era imposible! Yo solamente había visto a Matilda Claymon en dos fotografías, pero nunca en persona.

Conociendo como conozco el viejo camino de Acapulco, me era muy fácil imaginarla en algunos de los parajes que había yo ido conociendo al recorrerlo con tanta frecuencia, siempre con la ilusión de un niño que va a ver el mar por primera vez.

Con más frecuencia la imaginaba en  distintos lugares, como el río Amacuzac a su paso por Huajintlan, o deteniéndose a visitar al viejo túnel que aún subsiste casi a la salida del cañón del Zopilote en dirección a Acapulco; ese antiguo vestigio que agradece cada vez que un viajero se percata de su presencia y evoca a su lado las emociones de las que ese túnel fue testigo, cuando era paso obligado y parte activa de las emociones que lo atravesaban camino al mar o de regreso.

Yo evocaba a Matilda deliberadamente por los callejones de Taxco, adivinando su asombro; la veía tranquila contemplando el caserío blanco coronado de tejas rojas desde la terraza del Victoria; en el maravilloso puente antiguo  de  Xaltianguis, coronado con grandes flores de cantera, y con esferas  también de cantera, perfectamente redondas que aún  decoran sus  extremos a ambos lados de esa obra construida con intención  de posteridad. Imaginaba que yo era su guía que le iba mostrando los rincones secretos descubiertos sobre mi bicicleta…

Al detenerme en algún  paraje a beber agua de coco fresco recién cortado, la veía bebiendo también quitada de la pena, sin complicaciones, sin prisa, totalmente feliz por el solo hecho de vivir; por ver el paisaje adornado con cada vez más palmeras que se hacen más frecuentes y se multiplican conforme el mar se va acercando más  y más,  tanto que  casi sin darnos  cuenta, estábamos de pronto bajo las palmeras que resguardaban Los Olvidos mientras,  entre ellas, discurría en secreto su pequeño sendero de baldosas.

Al dejarme llevar de esa manera, me sentía feliz de saber de su existencia, por haber descubierto quien era, por haberla visto hasta entonces ya en  dos fotografías;  por haber tenido entre mis  manos las letras escritas  por sus manos;  por haber inhalado el aroma  de su perfume que escapaba de las páginas de su diario, porque doña Rosita Salas le había puesto nombre a sus iniciales de modo que M.C., se había transformado en Matilda Claymon;  por saber que quienes la habían conocido la tenían presente como alguien especial, hasta que ahora yo, podía visualizarla transformada en una bella joven con sus ojos azules irradiando la luz de su alma,  a la par que los destellos de su cabello dorado.

Me hacía ilusión ir  sabiendo cada vez más cosas de ella, pero no era suficiente; yo quería conocerla, conocer sus sentimientos, qué la hacía feliz, a qué le temería, cuáles eran sus sueños; jugaba a imaginar si, por caminos parecidos, por coyunturas entrelazadas, desafiando las barreras de la sensatez y de la lógica de alguna forma, descubriríamos  si sería posible llegar a encontrarnos. Encontrarnos a tiempo.

Otra idea recurrente en mí me  llevaba a la fantasía de que al mismo tiempo que yo pensaba en ella, dondequiera que estuviera, ella  pensaba también en mí; que de manera distinta pero no ajena, ella había ido sabiendo mis intimidades, que de igual forma me estaba descubriendo  porque quería conocerme recogiendo vestigios míos como quien recoge conchas llevadas a la playa por la marea.

Dejándome llevar por estos sentimientos, de pronto sentí un impulso irresistible de correr a leer sus diarios, sus cartas, sus postales; sentí necesidad de verla en los albums dejados atrás  en Los Olvidos para ser encontrados por mí; sentía necesidad de grabarme su imagen; sus imágenes todas,  sus sonrisas, sus miradas, sus actitudes,  sus gestos, sus momentos eternizados en blanco y negro que estaban esperando  ser descubiertos en Los Olvidos; quería yo que Los Olvidos   hubieran estado esperando por  mí; que ella me hubiera esperado sabiendo que llegaría, y que se hubiera alegrado tanto como yo  me alegraba de haberme atrevido finalmente a pedir que me permitieran entrar después de tanto tiempo.

Mi corazón latía más deprisa por  la inesperada sensación de caricias sobre mis sienes que había sentido por primera vez en mis noches de ojos abiertos a la inmensidad en medio del dormitorio de mi  internado en Virginia.

Aquella sensación había vuelto a mí después  que entré  a Los Olvidos la primera vez, y desde entonces jugaba con la idea de que aquellas caricias y las que ahora volvía a sentir, eran regalo de las mismas manos; idéntico consuelo; confirmación de que no estaba yo nada más  imaginando.

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Cada año tenemos un mayor número de homicidios dolosos y en algunos lugares, la cuarta parte corresponden a feminicidios, esto es, homicidio por razón de género. Dichos titulares de nota roja resultan como la punta del iceberg; solo estamos viendo lo más amarillista, pero no nos aventuramos a mirar debajo del nivel del agua, a esa base que sustenta los crímenes que se dan en México, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez.  Tal vez haya cambios en edad de las víctimas, en ocupación de ellas al momento de ser asesinadas.  El móvil que lleva a privarlas  de la vida varía, pero en el fondo hay un mismo sustrato que se repite, como una amalgama de elementos culturales que, acomodados de una u otra manera, finalmente dan un resultado similar. En los últimos diez años, y más acentuado con razón de la pandemia, surgen importantes escritoras  de novela negra en Latinoamérica: México; Argentina; Colombia; Chile.  Más allá de Verónica Llaca, ganadora del concurso “Una vuelta de tuerca” en el 2014 con su novela La simetría de los árboles, no ha sido hasta estos últimos años cuando aparecen voces poderosas, tanto en México como en Latinoamérica, contando desde su percepción de género la historia de la violencia contra la mujer.  Dentro de las jóvenes creadoras tenemos una gama variada de voces que nos llaman a zambullirnos en las gélidas aguas en torno al iceberg del feminicidio para conocer, centímetro a centímetro la base que lo sostiene. Un término que me resultó esclarecedor, y al cual quiero dedicar esta colaboración, lo llama Selva Almada, escritora argentina “micro violencias domésticas”.  De este modo se refiere a esos detalles suspendidos en la mayoría de los hogares latinoamericanos.  Desde los menos favorecidos en la esfera económica hasta los que consideramos “bien avenidos”, conformados por familias de clase media o media alta, integradas, con ingresos económicos estables; hijos con excelentes oportunidades de estudio; ocasión de frecuentes  viajes por placer.  En un extremo y el otro de la escala socioeconómica que estamos imaginando ahora, se presentan esos mínimos actos de violencia contra la mujer que, a la vuelta de los años, hacen un acumulado considerable, que bien puede culminar en un feminicidio. En mi práctica institucional  hospitalaria era muy común atestiguar las diferentes reacciones de la familia ante el nacimiento de un varón o de una mujer.  Hablo de los tiempos en que el ultrasonido apenas comenzaba a utilizarse, por lo que la mayoría de quienes acudían al Sector Público, no se enteraban del género biológico sino hasta el parto. Alguna vez, cuestioné a una madre por qué se alegraba más por un niño que por una niña, me dijo: “Porque el niño va a ayudar a llevar más dinero a la casa”.  No me convenció del todo su respuesta. Husmeaba  factores antropológicos y psicológicos detrás de ese pensamiento que logré entender leyendo a Margaret Mead, antropóloga social dedicada a estudiar la impronta que deja la madre en los hijos con relación a las funciones de género.  Ella analizó poblaciones en Nueva Guinea para establecer principios que son válidos de forma universal. En nuestro amado México, esas costumbres de privilegiar al varón por encima de la mujer dentro de casa vienen de centurias atrás.  A pesar de que las deidades de la Cultura Mexica fueron tanto masculinas como femeninas, sí comenzó a determinarse un patrón de conducta de género: los varones iban al Calmécac para ser  sacerdotes, o se preparaban como guerreros.  Detrás de unos y otros estaba la mujer, como sombra, pero a la vez apuntalando esos patrones de comportamiento: una sociedad matriarcal revestida de un halo de glorificación para el varón.  La única ocasión en que la mujer llegaba a esos niveles tan elevados, era cuando moría durante la labor de parto. Así avanzamos como civilización, recibiendo influjos judeocristianos provenientes de Europa, en ocasiones otros distintos de África y en menor proporción de Asia. Incorporamos los elementos que resultaban útiles para conformar una sociedad que determina que en igualdad de circunstancias, el varón estudie y la mujercita se quede en casa aprendiendo labores del hogar;   dentro de casa, que la madre y las hijas atiendan al padre y a los hijos varones; que las prerrogativas sean en automático para el varón y altamente condicionadas para la mujer. Según el nivel sociocultural, tenemos desde padres violentos al extremo, hasta los que dejan caer con sutileza frases o actitudes que indican que para él las acciones del hijo son mejores  que las que hace la hija. Se descalifica, desacredita y resta valor a la mujer de un modo tan cotidiano y casual que se vuelve parte de la cultura intrafamiliar, y caldo de cultivo para violencias mayores. Ahora bien, que sea la mujer la que narre acerca de la violencia de género, otorga a su obra un doble valor: No es el varón narrando desde fuera como un testigo casual; es ella, la mujer, narrando desde el dolor y la impotencia; desde el sistema familiar que la asfixia, o en el mejor de los casos entorpece su crecimiento personal.  Esta voz narradora nos llama a salir del letargo para entender que la normalización de la violencia no es sana. Lejos de que sea el contacto con los videojuegos violentos o con las series sobre narcos, la causa última, la violencia se respira en el ambiente hogareño, en micro dosis, en forma habitual.  Ahora es tiempo de ventilar las habitaciones, de abrir puertas y ventanas del conocimiento, para detectar cuáles son esas expresiones de micro violencia con las que hemos convivido desde la infancia. Quien así lo desee y pueda costearlo, que procure un apoyo profesional sanador.  Otro camino maravilloso es el de la novela negra, ese género que nos ayuda a ver la realidad con otros ojos, y sanear con nuevos aires nuestro entorno." 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Hace un año solíamos leer por todas partes la triste lamentación al sentir que nos arrebataban la primavera con el confinamiento al que fuimos obligados por el brote pandémico, pero este año, parece como si el equinoccio nos anunciara una pizca de esperanza de que estamos al final y no al inicio de una angustiante época en nuestras vidas. Ayer 21 de marzo, celebramos el inicio de la estación primaveral y a la par, el día mundial de la poesía que según la UNESCO “conmemora una de las formas más preciadas de la expresión e identidad y lingüística de la humanidad. La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz.” Así que viene bien revisar un poco al respecto. El término poesía proviene del griego poiesis (creación) compuesta por el verbo poiein (hacer o crear) y se asocia con una raíz indoeuropea *k~ei- (hacer, construir). Platón utilizó el término inspiración para referirse a la fuente de creación del poeta como si se tratara de un don gratuito recibido. Aristóteles consideraba a la poiesis como una de las tres categorías en que dividía las actividades humanas (teoría y praxis eran las otras dos). Así que puede decirse que todo lo que la humanidad es capaz de pensar, sentir o imaginar es poesía. En literatura, el fondo de toda obra corresponde al pensamiento y la forma es el medio de transmitirlo; en la poesía, las formas pueden apegarse a la rima y métrica como el caso del soneto o bien, sin rima ni medida, en estrofas o no, y por ello, es susceptible de escapar a toda regla. El poeta francés Arthur Rimbaud la definió como una manera especial de conocimiento, una especial visión de lo desconocido, de lo inaudito, de lo inefable. En el México prehispánico se encuentran también reconocidos poetas y poetisas que poco conocemos. Miguel León Portilla escribe: “¿Quiénes fueron, cómo se llamaron, en qué forma vivieron los principales poetas, sabios y artistas del México antiguo? ¿… habrá que limitarse a decir que, a excepción del celebérrimo Nezahualcóyotl y de otros pocos poetas, la mayor parte de los textos deben atribuirse a antiguas escuelas de sacerdotes y sabios, responsables anónimos de esas creaciones?” (Trece poetas del mundo azteca, Universidad Nacional Autónoma de México, Serie de Cultura Náhuatl, 1984). De Macuilxochitzin, oriunda de México-Tenochtitlan, nacida hacia 1435, hija octava del celebérrimo consejero de los reyes aztecas, Tlacaélel y de la que nació el príncipe Cuauhtlapaltzin, comparto el siguiente fragmento de su Canto: Elevo mis cantos, Yo, Macuilxóchitl, Con ellos alegro al Dador de la vida, ¡comience la danza! El matlatzinca Es tu merecimiento de gentes, señor Itzcóatl: ¡Axayacatzin, tú conquistaste La ciudad de Tlacotépec! Allá fueron a hacer giros tus flores, Tus mariposas. Con esto has causado alegría. El matlatzinca Está en Toluca, en Tlacotépec. El náhuatl es el idioma de los mexicas (y otras culturas prehispánicas) del México antiguo que significa “lengua suave o dulce”. A ello obedece la belleza al escucharlo hablar, es de cierto modo parte de nuestra raíz como mexicanos y por ello es importante conocer de su existencia en especial, en conmemoración de la poesía. En los primeros años de educación escolar, los niños tienen acceso a una serie de textos literarios, la poesía entre ellos, como una estrategia de aprendizaje que permite asimilar conceptos y desarrollar la capacidad expresiva de los niños; sin embargo, los años siguientes son desérticos para el campo poético y absurdamente se crece pensando que la poesía es aburrida, difícil de “digerir” o demasiado “cursi, romántica”.  Crecemos ajenos a la labor poética tanto en lectura como en escritura y recuerdo que, en mis años preparatorianos, gracias a la excelente maestra de literatura hispanoamericana que tuve, amé la poesía. Fue entonces cuando pensé que la poesía debe ser materia obligada en todos los grados, debe estar presente en la publicidad, en los diarios, en las redes sociales, en los muros de las casas y en todas partes porque sí, la poesía es como la primavera: todo florece con ella y es capaz de despertar una sensibilidad particular hacia todo lo que nos rodea, nos permite conectar con la emoción y expresarla al mismo tiempo, nos devuelve el sentido humano que olvidamos en la celeridad de nuestro diario acontecer, nos regresa a la calma y la contemplación, nos inunda con una atmósfera de paz. Mi padre solía jugar con las palabras. Para memorizarlas siempre las relacionaba entre sí y creo que adopté esa manía porque me gustan las coincidencias entre ellas, por ejemplo, palabras que empiezan con “p”: poesía, poema, promesa, Prometeo, parque, pelota, palabra, paleta, princesa, pulsación, palmera, playa y todas me llevan a pensar en positivo porque es en #laspequeñascosas que se haya la posibilidad de florecer cada día, especialmente en primavera." 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Cada año tenemos un mayor número de homicidios dolosos y en algunos lugares, la cuarta parte corresponden a feminicidios, esto es, homicidio por razón de género. Dichos titulares de nota roja resultan como la punta del iceberg; solo estamos viendo lo más amarillista, pero no nos aventuramos a mirar debajo del nivel del agua, a esa base que sustenta los crímenes que se dan en México, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez.  Tal vez haya cambios en edad de las víctimas, en ocupación de ellas al momento de ser asesinadas.  El móvil que lleva a privarlas  de la vida varía, pero en el fondo hay un mismo sustrato que se repite, como una amalgama de elementos culturales que, acomodados de una u otra manera, finalmente dan un resultado similar. En los últimos diez años, y más acentuado con razón de la pandemia, surgen importantes escritoras  de novela negra en Latinoamérica: México; Argentina; Colombia; Chile.  Más allá de Verónica Llaca, ganadora del concurso “Una vuelta de tuerca” en el 2014 con su novela La simetría de los árboles, no ha sido hasta estos últimos años cuando aparecen voces poderosas, tanto en México como en Latinoamérica, contando desde su percepción de género la historia de la violencia contra la mujer.  Dentro de las jóvenes creadoras tenemos una gama variada de voces que nos llaman a zambullirnos en las gélidas aguas en torno al iceberg del feminicidio para conocer, centímetro a centímetro la base que lo sostiene. Un término que me resultó esclarecedor, y al cual quiero dedicar esta colaboración, lo llama Selva Almada, escritora argentina “micro violencias domésticas”.  De este modo se refiere a esos detalles suspendidos en la mayoría de los hogares latinoamericanos.  Desde los menos favorecidos en la esfera económica hasta los que consideramos “bien avenidos”, conformados por familias de clase media o media alta, integradas, con ingresos económicos estables; hijos con excelentes oportunidades de estudio; ocasión de frecuentes  viajes por placer.  En un extremo y el otro de la escala socioeconómica que estamos imaginando ahora, se presentan esos mínimos actos de violencia contra la mujer que, a la vuelta de los años, hacen un acumulado considerable, que bien puede culminar en un feminicidio. En mi práctica institucional  hospitalaria era muy común atestiguar las diferentes reacciones de la familia ante el nacimiento de un varón o de una mujer.  Hablo de los tiempos en que el ultrasonido apenas comenzaba a utilizarse, por lo que la mayoría de quienes acudían al Sector Público, no se enteraban del género biológico sino hasta el parto. Alguna vez, cuestioné a una madre por qué se alegraba más por un niño que por una niña, me dijo: “Porque el niño va a ayudar a llevar más dinero a la casa”.  No me convenció del todo su respuesta. Husmeaba  factores antropológicos y psicológicos detrás de ese pensamiento que logré entender leyendo a Margaret Mead, antropóloga social dedicada a estudiar la impronta que deja la madre en los hijos con relación a las funciones de género.  Ella analizó poblaciones en Nueva Guinea para establecer principios que son válidos de forma universal. En nuestro amado México, esas costumbres de privilegiar al varón por encima de la mujer dentro de casa vienen de centurias atrás.  A pesar de que las deidades de la Cultura Mexica fueron tanto masculinas como femeninas, sí comenzó a determinarse un patrón de conducta de género: los varones iban al Calmécac para ser  sacerdotes, o se preparaban como guerreros.  Detrás de unos y otros estaba la mujer, como sombra, pero a la vez apuntalando esos patrones de comportamiento: una sociedad matriarcal revestida de un halo de glorificación para el varón.  La única ocasión en que la mujer llegaba a esos niveles tan elevados, era cuando moría durante la labor de parto. Así avanzamos como civilización, recibiendo influjos judeocristianos provenientes de Europa, en ocasiones otros distintos de África y en menor proporción de Asia. Incorporamos los elementos que resultaban útiles para conformar una sociedad que determina que en igualdad de circunstancias, el varón estudie y la mujercita se quede en casa aprendiendo labores del hogar;   dentro de casa, que la madre y las hijas atiendan al padre y a los hijos varones; que las prerrogativas sean en automático para el varón y altamente condicionadas para la mujer. Según el nivel sociocultural, tenemos desde padres violentos al extremo, hasta los que dejan caer con sutileza frases o actitudes que indican que para él las acciones del hijo son mejores  que las que hace la hija. Se descalifica, desacredita y resta valor a la mujer de un modo tan cotidiano y casual que se vuelve parte de la cultura intrafamiliar, y caldo de cultivo para violencias mayores. Ahora bien, que sea la mujer la que narre acerca de la violencia de género, otorga a su obra un doble valor: No es el varón narrando desde fuera como un testigo casual; es ella, la mujer, narrando desde el dolor y la impotencia; desde el sistema familiar que la asfixia, o en el mejor de los casos entorpece su crecimiento personal.  Esta voz narradora nos llama a salir del letargo para entender que la normalización de la violencia no es sana. Lejos de que sea el contacto con los videojuegos violentos o con las series sobre narcos, la causa última, la violencia se respira en el ambiente hogareño, en micro dosis, en forma habitual.  Ahora es tiempo de ventilar las habitaciones, de abrir puertas y ventanas del conocimiento, para detectar cuáles son esas expresiones de micro violencia con las que hemos convivido desde la infancia. 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SANEAR EL AMBIENTE

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