Los Olvidos | Parte 17

Doña Rosita permaneció en silencio con esa fotografía sostenida en sus delicadas manos, con evidente cariño, con el cariño y el cuidado con que se sostiene algo que se atesora. Pude notar que para ella, yo había...

4 de diciembre, 2020 los olvidos

Doña Rosita permaneció en silencio con esa fotografía sostenida en sus delicadas manos, con evidente cariño, con el cariño y el cuidado con que se sostiene algo que se atesora. Pude notar que para ella, yo había desaparecido de la escena y que a través de esa imagen, ella se encontraba en la terraza del Mirador reviviendo  la última ocasión que había visto a aquella joven, a su niña Matilda… Ni siquiera se me ocurrió pedirle que me diera  la fotografía porque estaba  en las mejores manos. 

No queriendo interrumpir sus pensamientos, tomé mi puro del escritorio de Don Alejandro y me fui sin despedirme. Me dirigí a pie al Hotel Mirador,  no bajé  a La Perla sino que fui directamente a la terraza; a la misma terraza donde aquella fotografía había sido tomada.

Me recliné en una silla,  encendí mi puro y reviví la imagen que se quedó en manos de doña Rosita. Leí una vez más la placa develada por don Carlos Barnard conmemorando el inicio del Mirador: La visión no es locura. Los clavadistas escalaban  los riscos con  pasmosa facilidad para luego lanzarse en un ritual que a pesar de repetirse  todos los días desde hacía muchísimo tiempo, cada vez era nuevo, nunca era rutinario.

Desde El Mirador solo alcanzaba a verse la proa de Los Olvidos siempre adentrándose en el mar, pero sin abandonar sus palmares. Era un instante entre el atardecer y la noche,  que todavía no delataba la oscuridad que luego la envolvería. 

El humo de mi puro al disiparse, formaba imágenes que yo jugaba a identificar como se hace con las  nubes esculpidas al capricho del viento. Me sentía cobijado por la suave comprensión de doña Rosita sabiendo que ella adivinaba lo que ocurría no nada más en mi mente,  sino en mi alma, en mi corazón.

Detrás de mí, en el lobby se escuchaba la música del piano;  me dejé llevar a bordo de una lenta fantasía que podía yo confeccionar a mi gusto, sin barreras de tiempo ni de nada. En mi confusión, mi mente jugaba conmigo haciéndome pensar que mi conexión con esa época suspendida en Los Olvidos, podía deberse a que yo me hubiera desprendido de ese entonces hacia el  presente, o que ese pasado tan vivo, me atrajera hasta  el punto de pertenecerle.

Estuve pensando (queriendo adivinar) qué otras confidencias encontraría yo si tenía el valor de seguir leyendo los diarios.  Reconocí ante mí mismo que  las otras veces que recientemente había yo ido a Los Olvidos, no había querido asomarme de nuevo al jardín; mucho menos había yo vuelto a caminar entre las palmeras que resguardaban la ladera noroeste de la casa. Era verdad  que pensaba todo eso, ¿Pero por qué? 

Permanecí en El Mirador inmerso en mis pensamientos hasta que vi encenderse las antorchas de los clavadistas y por un momento volví al presente. Tres jóvenes “hombres águila” se lanzaron en perfecta coordinación iluminando su trayecto por los brevísimos instantes que mediaban desde el altar de la Virgen de Guadalupe hasta la entrada del mar.

Comenzaba a hacerse tarde. Me levanté de mi asiento y fui hacia El Faro por mi coche para  irme a mi casa. Conduje hacia la Costera por el antiguo camino de la Quebrada. Llevaba conmigo la imagen de doña Rosita, todavía  conmovido por la forma en que se había emocionado al ver el pequeño retrato; cómo se humedecieron sus ojos y con cuánto cuidado lo sostuvo con sus dos manos.

Me dio gusto haber hablado con doña Rosita; me dio gusto que volviera a ver a la niña que quería tanto; haberle dado esa fotografía  era un verdadero reencuentro. Esa joven, casi seguro había estado en El Faro y más que probablemente habría pasado largos ratos charlando con Doña Rosita en el vestíbulo en un tiempo en que los personajes retratados en el mural del fotógrafo Pintos,  seguían yendo y viniendo entre El Mirador y El Faro… entre sus risas, sus juegos, sus sueños y Los Olvidos.

Escucharla pronunciar el nombre de la joven que había conocido desde pequeña, me había emocionado hasta el punto que no supe ni pude decirle nada más; no solamente no era necesario que dijera yo nada, sino  que haber hablado habría sido una intromisión.

Durante mi camino de regreso a casa, celebré haber ido con doña Rosita y además comprendí que ella también tenía una conexión especial con Los Olvidos. Con su sonrisa me había dicho más que suficiente; esa sonrisa era una invitación que prometía llevarme  de su mano a visitar la época de la que ella había sido parte y testigo; era una invitación a entrar y convivir con sus amigos del mural en el que ella siempre tendría sus brillantes trenzas negras y relucientes, hechas dos chongos enmarcando la belleza y la luz  que nunca había abandonado su cara.

Sentí su tristeza cuando mencionó que la fotografía que le mostré, había sido tomada el último día que ella vio a su niña; a esa niña venida desde las islas brumosas en el extremo más remoto de otro oceano distinto, donde las mismas aguas que envuelven al mundo, besan las orillas de Europa. Pude percibir su tranquila alegría de volverla a ver esa tarde, después de tantos años.  Sé que don Marcelino estaría conforme con que doña Rosita se quedara  con esa foto que estaba mejor en sus manos que olvidada en un viejo diario.

Hasta antes de ir al Faro esa tarde, yo solamente sabía que el diario que había yo leído, le pertenecía a alguien que se firmaba M.C., pero esa tarde, doña Rosita me había dado la clave para ponerle el nombre a la joven de la imagen y para saber que esa misma joven había entregado sus sentimientos del 29 de junio de 1942, en la primera página de ese diario.

Seguramente doña Rosita sabría también quién era el joven retratado en la terraza de El Mirador. Para ser sincero, hubo momentos en los que, sentado en aquella terraza,  escuchando el piano y jugando a adivinar figuras con el humo de mi puro, tuve envidia y habría querido ser yo el que estaba al lado de ella, ahí, aquella tarde en   aquél Acapulco.

Todos estos pensamientos me acompañaron en el camino de regreso a través de una costera con afortunadamente poquísimo  tráfico. Al comenzar a descender hacia la glorieta de Puerto Marqués bajé las ventanas de mi coche y el cálido aliento de la noche todavía joven, me trajo el inconfundible aroma salado del mar cercano.

El sutil  sonido del viento entrando por las ventanas abiertas, semejaba el  suspiro de doña Rosita ante su reencuentro con su niña… su querida niña.  Saber su nombre me había regalado una luz de certidumbre para mi inquietud. Ahora tenía  la  certeza de que aquella niña que hoy se había reencontrado con doña Rosita, era la joven  que había escrito en los diarios dejados atrás en Los Olvidos; esos diarios que  habían sido encontrados cuando tenían que haberlo sido y no antes, ni por alguien distinto de quienes los encontraron junto con los otros vestigios…

Las palabras contenidas en esos diarios me hicieron evocar los mensajes que los náufragos  guardan en botellas que encomiendan a las corrientes marinas para ser encontrados en lejanías impredecibles pero siempre por las personas a las que estaban dirigidos.

Ya casi para llegar a la casa,  cambié de ruta y fui al Revolcadero. La playa estaba totalmente vacía. Me senté sobre el suelo para dejar que se apoderara de mí el estruendo de las olas, que me besara el viento salpicado de sal; que me acariciara la tersura de la arena húmeda; que me sonrieran las  luciérnagas altísimas, luceros brillantes   que se asomaban juguetones haciéndole guiños a la luna creciente. Después de estar ahí por algún tiempo, dejé de resistirme a pronunciar el nombre de la joven que había yo  llevado a reencontrarse con doña Rosita:

Matilda…

Matilda Claymon…

M.C.

 

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Cartas a Tora 277

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Todos los días le escribe cartas...

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Es un buen tiempo para ser fanático de la saga The Last of Us, una de las propiedades intelectuales más importantes de Sony. En menos de un mes, The Last of US: Part I, un «remake» para PS5 del título que vio la luz en PS3 en el ya lejano 2013, llegará a las tiendas físicas y digitales. ¡Y vaya relajo que se armó dentro de la comunidad por este hecho! Sin embargo, la discusión acerca de si esta nueva versión está justificada (y que salga a precio completo similar a juegos nuevos, es decir, cerca de 70 USD) es tema para otro día. Además, pronto se estrenará una adaptación televisiva de la mano de HBO. Así que, a colación de esto, me gustaría hablar acerca del título desarrollado por Naughty Dog, el cual se ha convertido en una vaca sagrada del gaming en los últimos años. Advertencia: este juego no me gusta mucho. Al menos, no tanto como a la mayoría de los jugadores. Procedo a explicar mis razones. Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

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