Los Olvidos Parte 13

Desde mi niñez, ir a Acapulco ha sido y sigue siendo  una aventura llena de magia y de misterio. La aventura comenzaba en el mercado de Medellín en la colonia Roma, donde nos llevaban a  comprar huaraches...

12 de noviembre, 2020

Desde mi niñez, ir a Acapulco ha sido y sigue siendo  una aventura llena de magia y de misterio. La aventura comenzaba en el mercado de Medellín en la colonia Roma, donde nos llevaban a  comprar huaraches cada vez, como si en Acapulco no hubiera  huaraches por todas partes y de todas las formas imaginables. Aún ahora recuerdo el olor a cuero que se percibía en el puesto de  huaraches al que siempre nos llevaba mi mamá. 

Olía a Acapulco,  olía a que ya se miraban desde ahí  los palmares de la llegada al puerto, al desayuno en el Benny’s de Iguala donde según mi mamá ya era la mitad del camino, olía a la magia de la vieja carretera que sigue pasando sin prisas por Taxco; tenía el aroma de  la despreocupación en  la risa de mis hermanas, tenía el aroma de nuestra entrañable inocencia…

Ese puesto del mercado de Medellín era nada menos que el principio del maravilloso camino al mar y sus sirenas y sus puestas de sol y sus amaneceres. Cuando por fin llegaba el día tan esperado de regresar a Acapulco, mi mamá  nos despertaba muy temprano siempre con el pendiente de atravesar el Cañón del Zopilote antes que comenzara el calorón, como solía decir ella.

Para mí  desde entonces, recorrer el camino de Acapulco,  se fue volviendo un ritual;  el ritual de  ir pasando las páginas de un álbum lleno de recuerdos en cada curva, en cada pueblito, en cada puente, en cada anécdota. Ir a Acapulco jamás se ha vuelto algo rutinario.

Así las cosas, dos semanas después de haber vuelto de Acapulco, ya estaba yo circulando por los rumbos de Loreto y Peña  Pobre  hacia la salida para Cuernavaca. Se me hacía tarde para regresar; tarde para  tener en mis  manos el álbum lleno de fotografías en blanco y negro en las que imaginaba que  tal vez podría encontrarme con las personas que estaban departiendo a plena luz del día la última vez que estuve en Los Olvidos.

No muchos años atrás, cuando estaba interno en el colegio militar en Virginia, tuve en mis manos un viejo libro cuya dedicatoria se me quedó grabada por su simpleza y su formidable carga emocional; aquella dedicatoria decía simplemente: ForTom from Margaret E.,  Christmas 1945 (Para Tom de Margaret E., Navidad de 1945). Esa sola dedicatoria breve y sencilla fue suficiente para que se desarrollara en mi imaginación toda una historia de amor. En esas poquísimas palabras escritas con tanta sencillez había yo percibido una carga de nostalgia que nunca he olvidado.




Pensando en los vestigios que Los Olvidos había ido dejando en las manos de don Marcelino y Adelina, su esposa, no podía yo esperar para descubrir algo que ni siquiera alcanzaba a figurar qué podría ser.  Mientras avanzaba en el camino hacia Acapulco, lamentaba no poder avisarle a don Marcelino que ya iba yo de regreso, porque no había teléfono en Los Olvidos. Indudablemente era una incomodidad, pero al mismo tiempo me parecía lógico y hasta mejor que nadie pudiera irrumpir en ese espacio ni siquiera con la voz, sin haber sido invitado.

Al ir pasando por las ruinas de la hacienda de Parres, poco antes de Tres Marías  en el camino a Cuernavaca, recordé que mi abuelita siempre  que pasábamos por ahí, nos decía que de niña ella había jugado ahí con sus amiguitos los niños De la Fuente y Parres. 

La carretera federal entra a Cuernavaca a traves de una frondosa arboleda que  forma una bóveda sobre el camino a la altura de Santa Maria Ahuacatitlán y atraviesa lo que antiguamente eran pueblitos separados de la ciudad de la eterna primavera. Así pasé por Tlaltenango, recorriendo las hermosas calles coloniales; San Jerónimo, Acapantzingo, Chipitlán hasta salir de Cuernavaca por el Polvorín donde comienza un tramo que de bajada es una delicia pero de subida en bicicleta es  todo un reto.

El  tramo entre el Polvorín y Temixco remata en el puente del Pollo por el que ya nadie pasa y del que solamente nos acordamos los que vamos por los caminos escudriñando otros tiempos y siguiendo otras huellas mientras leemos en el paisaje  todas las emociones que no se disipan sino que permanecen suspendidas en espera de ser descubiertas.

Poco delante de Amacuzac está Huajintlán, donde la placa a la entrada del puente sobre el río, conmemora la inauguración del “camino nacional” en 1927. Siempre que paso por ahí, ya sea en coche o en bicicleta, imagino a mi mamá con mis abuelitos yendo hacia Acapulco cuando algunos de los ríos todavía se tenían que cruzar en panga  porque no había puentes.

Al llegar al señalamiento que indica que termina Morelos y principia Guerrero,  tuve la sensación de que ya había yo llegado a Acapulco; así me lo anunciaban los palmares cada vez más frecuentes y abundantes; los puestos de venta de cocos frescos que se multiplicaban a partir de Xalitla; el color de las montañas, las jóvenes que caminaban tranquilamente vestidas de colores llamativos semejando flores tropicales.

Adentrándome en tierras guerrerenses,  acompañado por la música de mi tocacintas, casi podía sentir la textura de las cartas, de las  postales y los diarios sostenidos entre  mis manos. Así como se dice que los músicos de conservatorio pueden escuchar la música con simplemente leer las partituras, yo imaginaba que al leer los textos dejados al alcance de don Marcelino y su esposa, surgirían ante mí los protagonistas de sentimientos intensos que solamente estaban esperando a que alguien (¿yo?) los leyera y al leerlos los trajera de regreso a sus mejores tiempos.

Me intrigaba la imagen de la joven cuyo retrato había encontrado don Marcelino en un marco de madera incrustado de conchas; según me había dicho, tenía una dedicatoria que estaría escrita en inglés necesariamente,  puesto que Emmanuel Claymon había llegado a México proveniente de Inglaterra y ella tendría que haber sido su esposa o su hija, según yo.

Como si pudiera haber alguna diferencia, o como si  pudiera yo escoger, íntimamente prefería yo que esa joven no hubiera sido la esposa de Claymon… Me dije a mi mismo: ¡Qué podría importarme si había sido casada o soltera, si de todas formas era solamente una vieja imagen inerte  de alguien que ya no vivía dentro de un marco de madera y nada más!

¿A quién la habría dedicado esa joven? ¿Qué diría esa dedicatoria? Súbitamente surgían en mi infinidad de preguntas para las que no podía yo tener respuesta. ¿Por qué tantas preguntas? 

Iba yo poniendo atención al camino y manejando con precaución, pero al mismo tiempo iba yo desdoblado como si fuera yo siguiendo una guía, en la certeza de que esta vez sería distinta de las veces anteriores, que sería algo así como una iniciación llena de revelaciones que se me habían insinuado por años al ver Los Olvidos desde lejos, antes de aventurarme a llamar a su puerta la primera vez.

De pronto, después del poblado de Cieneguillas, la sierra de Guerrero me regaló la vista de la laguna de Tuxpan que en la  distancia se refleja como un anticipo del mar desde un punto a partir del cual inicia el descenso hacia Iguala. Apenas si me detuve en Iguala para cargar gasolina y reanudar mi viaje.

El cañón del Zopilote se conduce muy fácilmente; su paisaje es seductor adornado con cactus inmensos. Al ir trasponiendo sus largas y extendidas curvas, iba yo viendo vestigios  del camino original, el más viejo, cuyos tramos y túneles todavía pueden verse.

Hay un túnel especialmente  que, yendo hacia Acapulco, se encuentra del lado derecho ya casi para salir del cañón muy cerca de Zumpango;  se mantiene intacto y hermoso, esperando que los viajeros vuelvan a pasar bajo su bóveda en vez de pasar de largo y muchos, casi sin verlo.

Al llegar a Xaltianguis saludé con una sonrisa a un puente muy hermoso que dejó de usarse cuando el angosto camino se fue ampliando haciéndolo inviable. Por fortuna lo dejaron en su sitio desde dónde, con sus bellas flores y las grandes esferas de cantera  en ambos lados de sus dos extremos, son testimonio y mensaje de otros tiempos que no se han ido pero que necesitan ser vistos con aprecio y detenimiento para regalarnos sus historias.

Pasando Xaltianguis ya quería llegar a Acapulco. Aceleré el paso un poco, y cruce los puentes del río Ahuacatillo y del Papagayo. De pronto surgieron sobre el horizonte las inconfundibles antenas sobre las montañas que circundan Acapulco; las antenas que te gritan ¡ya llegaste! Ya casi para llegar a Las Cruces, estuve tentado de dar vuelta hacia la izquierda para llegar ya a casa de mi mamá, pero quise ver la bahía desde La Garita y me seguí de frente.

Cuando por fin estuvo Acapulco ante  mi vista, me sentí especialmente contento y al ir bajando hacia La Diana, no dejaba yo de mirar hacia  la península de Las Playas. Siendo poco más de las cuatro de la tarde quedaría muy poco tiempo de buena luz y no quería yo aparecerme en Los Olvidos  así de tarde y además, algo cansado.

Al llegar a La Diana di  vuelta en dirección a Icacos y me permití disfrutar el olor inconfundible del mar. Subiendo por la escénica no parecía que hubieran transcurrido dos semanas. Al llegar al punto donde se pierde de vista la bahía,  no tuve necesidad de volver la vista atrás ni de mirar por el retrovisor;  de pronto me sentí bienvenido, esperado.

Poco más  adelante, se abrió la panorámica de  Puerto Marqués, y enseguida la laguna con sus manglares. Ante mi  vista aparecieron los colores de varias cometas, apenas pequeñísimos puntitos; al  mirarlas supe que en algún punto de la playa había niños cuyas risas alegres casi podía escuchar, mientras corrían dejando volar libre su imaginación…

…igual que yo.

 

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