LOS OLVIDOS | Novena parte

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28 de octubre, 2020

El domingo desperté temprano y fui en la bicicleta al Pierre Marqués a tomarme un café en la terraza. El día amaneció despejado y parecía que no iba a hacer demasiado calor. Bajé  a caminar a la playa un rato y me encontré con mi amigo Nico, el salvavidas del revolcadero al que conozco de toda la vida.

Nico era un atleta de ébano con el cabello decolorado por el sol y la sabiduría de su sonrisa siempre a flor de labios. Me saludó con su marcado acento costeño:

  • -Hola Pecos, no te había visto, ¿cuándo llegaste?
  • -Llevo aquí casi dos semanas, no había venido a la playa, pero aquí me tienes.

Nos sentamos bajo una ramada y nos pusimos a platicar.

  • -¿Qué cuenta tu enamorada de Paris, Nico?
  • -¡Ni me digas! Quiere que me vaya con ella a Francia, ¿tú crees? Ha de querer que me lleve también a mi mujer y a mis niños… Y cada que viene me anda regalando relojes que yo ni uso. ¿Yo pa’ que quiero relojes o zapatos?
  • -Tienes razón –le dije–.

Nico estaba felizmente casado y disfrutaba la vida sin preocupaciones. Me sorprendió cuando me dijo que ya no trabajaba de salvavidas. Cuando le pregunté qué  hacía  ahora, me dijo que había conseguido trabajo en el Pierre sirviendo bebidas a los huéspedes y llevando toallas  en las albercas.

  • -Cuando andaba de salvavidas sacaba borrachos o turistas tontos del mar y luego ni las gracias me daban, o si acaso, unos diez o veinte pesos. En el hotel cada vez que llevo toallas o bebidas, me dan veinte, treinta, cincuenta y hasta cien pesos  o hasta dólares y no me arriesgo a que me pegue un animal metido en las olas.

Con ese mismo sentido común había rechazado a su enamorada de París que lo quería conquistar a base de Rolex y zapatos ¡con la esperanza de que Nico se fuera con ella ¡a vivir en Francia! Más tardaba su francesa en darle sus Rolex, que Nico en venderlos en cualquier cosa y, por supuesto, nunca se fue a París. Para andar sobre la arena tersa del Revolcadero no se necesitan zapatos y para saber la hora le  bastaba con ver el sol o preguntarle a alguien.

Mientras tanto, frente a nosotros jugaban  unos niños con sus cometas que se perdían  en lo alto. Pensé (recordando) que sostener un papalote lo más alto posible nos da la sensación de estar nosotros mismos sobre las nubes viajando por el cielo sin ganas de bajar de nuevo. Sus risas me transportaban junto a ellos haciéndome  sentir igual de  inocente. Volar cometas a la orilla del mar,  es una bonita  forma de jugar con Dios.




Sentado bajo la ramada, me quedé viendo la belleza de las grandes olas rompiendo contra los acantilados donde rematan los riscos del  Revolcadero, de la misma forma que  había estado viéndolas el día anterior después de regresar de Los Olvidos.

…Los Olvidos…

La verdad es que el nombre le venía bien a esa casa recostada como sirena sobre la pequeña península, abanicada por las muchas palmeras que oscurecían su jardín sin pasto. ¿A quién se le habría ocurrido ponerle ese nombre y por qué? En mi imaginación, Los Olvidos solamente habría cobrado vida a partir de la llegada de la luna que dibujaba caminos de plata sobre el mar, señalando la forma de llegar ahí.

Imaginaba yo el barullo mezclado de los brindis, el amigable choque de las copas, el tintinear de los hielos en los vasos,  las risas, la música suave, el eco de las olas contra los acantilados,  los  murmullos,  los secretos transmitidos en  susurros, las miradas, los nostálgicos deseos de fin de año y las interminables fiestas del verano.

Casi podía ver a los invitados elegantemente vestidos entrando y saliendo, departiendo alegres por todos los rincones de la casa;  recargados sobre las barandillas que se extendían a lo largo de todos los corredores dando la sensación de ser pasajeros de un gran transatlántico, entregados confiadamente a la inmensidad. Podía yo ver caravanas de invitados llegando en sus elegantes automóviles,  jugando juegos de mesa bajo la pérgola del piso superior, o viendo el mar,  absortos desde la terraza de los arcos y los corredores.

Escuchaba, sin problema, el chasquido de las bolas de billar a traves de las ventanas abiertas del gran salón sostenido sobre la palma de la mano cuyos dedos de vigas soportaban  la proa de Los Olvidos. Sin embargo, no podía yo imaginarla habitada por una familia típica de papá mamá y algunos cuantos  niños apegados a la clásica rutina acapulqueña de ir a Caleta por las mañanas y a Hornos por las tardes. Por otra parte, no me cuadraba la idea de que  Emmanuel Claymon hubiera sido un solitario minero sin familia con la idea de construir una casa tan  grande nada más para entretener extraños o amigos ocasionales.

Cuando regresé de soñar despierto con Los Olvidos, vi que Nico se había ido sin despedirse. Seguramente se dio cuenta que estaba yo distraído, y simplemente se fue a hacer sus cosas. Entre nosotros nunca ha habido necesidad de formalidades; nos hemos querido desde mucho tiempo atrás y siempre que nos vemos es como si no hubieran pasado ni cinco minutos sin vernos. Sé que de vez en cuando se acuerda de mí como yo me acuerdo de él y al hacerlo, sabemos que seguimos y seguiremos siendo amigos.

Vuelto al momento en que me encontraba, pude darme cuenta que había estado en la ramada un buen rato, así que fui a la entrada del Pierre por mi bicicleta y tomé rumbo hacia Acapulco. Comencé a pedalear sin prisa hasta llegar al Revolcadero, ahí di vuelta a la derecha y luego me encaminé hacia Acapulco pasando por la glorieta de Puerto Marqués para iniciar la subida por la Escénica.

Al comenzar a subir hacia la Cima, la bahía de Puerto Marqués espejeaba con un festejo de destellos dorados  a mi izquierda, con su azul inigualable abrazado  por la exuberancia que  la rodea.

Al llegar a La Cima, me detuve bajo una ceiba que siempre ha estado ahí según ella misma me ha dicho cada vez que  me resguardo bajo su sombra. Desde que la Escénica era de terracería, me ha gustado el paisaje de Puerto Marqués hasta Tres Palos y más allá. Es fascinante ver cómo  juega la espuma con la arena bajo un manto de luz borrosa hasta perderse en el horizonte. Antes de iniciar el descenso, caminé unos cuantos metros hasta el punto donde se puede ver Acapulco poco antes de Las Brisas. La Roqueta se veía  majestuosa sobre el extremo izquierdo; a traves del canal de Bocachica se extendía el brazo más remoto de la bahía.

La silueta inconfundible del cerro de La Pinzona permitía adivinar al Hotel Casablanca de John Harding que Teddy Stauffer hizo legendario con el Ciro’s y que Diego Rivera adornó con su maravilloso mural de La Selva. Poco más allá, en La Mira, sobre la Quebrada, destacaba la silueta del edificio inconcluso del “gringo loco” clausurado por las autoridades que lo declararon peligroso augurando que se derrumbaría porque estaba “mal hecho”. Ese edificio “mal hecho” ha resistido todos los terremotos de los que Guerrero es epicentro,  y todos los huracanes, desmintiendo el vaticinio de los expertos hasta convertirse en símbolo de Acapulco. Al día de hoy, Mister Hayes, el “gringo loco” sigue riéndose de los burócratas que le negaron la licencia de construcción, mientras su espíritu  desde lo más alto de su icónico edificio  les da la bienvenida a todos los viajeros que llegan a Acapulco bajando a la Costera desde  la garita.

Mientras recorría con  la mirada ese contorno que conozco y amo, súbitamente  sentí algo parecido a lo que siente alguien que sabe dónde hay un tesoro oculto que nadie más conoce. De pronto mi corazón se agitó, mi respiración se volvió entrecortada y ¡me apenó darme cuenta de que me había sonrojado! Sentí lo mismo que se siente cuando estás viendo “discretamente”  a una chica que te gusta  y, sin quererlo,  te sorprende mirándola.

Obviamente que desde Las Brisas no se veía Los Olvidos, pero observando el paisaje del  extremo opuesto de la  bahía, supe que mi mirada se detuvo sobre el punto exacto detrás del cual imaginaba yo que alguien me esperaba. Una sonrisa  escapó de mis labios; una sonrisa que sentí correspondida desde la lejanía; me subí a mi bicicleta y reanudé mi camino.

Comentarios
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Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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Y cuando el del 14 ya se levantó y salió al patio, nadie se le acercaba “por si las moscas” (¿qué tendrán que ver aquí las moscas?, me pregunto). Pero el portero no perdía ocasión de decirle a quien lo quisiera oír (y a quien no quisiera, también) que el hombre se había salvado gracias a la celeridad con que el Seguro Vecinal había actuado. Pero todo pasa, y un día que la Mocha fue a pedir algo para el dolor de cabeza, le dijo la enfermera que ya ni te de helecho quedaba. Y como la mujer se fuera enojada, fue a contarle al portero lo que había pasado. El caso fue que el día siguiente, el portero citó a  otra junta; y, tal como me imaginé,  pusieron  una bolita de esas que te conté en el asiento de la Mocha. Pero a mi la Mocha me cae muy bien, porque es una mujer sola que lucha por sacar adelante a un niño que ni siquiera es producto de una noche de pasión culpable, sino que lo recogió por buena gente; y yo no podía permitir que eso pasara. 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Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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