Los Olvidos | 7

A pesar de no haber podido platicar con don Marcelino, no me sentía frustrado. El recorrido por la casa había sido un verdadero viaje. Al ir  conduciendo mi auto de regreso a casa de mi mamá, me...

21 de octubre, 2020

A pesar de no haber podido platicar con don Marcelino, no me sentía frustrado. El recorrido por la casa había sido un verdadero viaje. Al ir  conduciendo mi auto de regreso a casa de mi mamá, me di  cuenta de que estaba tarareando la canción de “Kiss me once and kiss me twice…”.

Recordé la letra y me invadió un sentimiento de querer volver, de estar en Los Olvidos nuevamente y no salir de ahí; como si la voz de la mujer que había escuchado sobre la saliente de la terraza fuera un hechizo irresistible. Poco a poco iban regresando a mi memoria  líneas de la tonada:

“No imaginé que alguna vez estuvieras de pie tan cerca de mí…”

Y según iba recordando, la música surgía en mi mente junto a la letra:

“Siento tantas cosas que quisiera decirte, que no pueden esperar a otro día.

Bésame una vez, y otra vez y  luego otra vez, ¡ha pasado tanto  tiempo!”.

La sensación de tibia intimidad que experimentaba, por momentos se hacía más intensa, como si la canción se tratara de mí; de la incontenible necesidad de besar  y ser besado tras una muy larga ausencia…

“No he sentido así en ya ni siquiera recuerdo cuanto, ha pasado tanto, tanto tiempo.

“Nunca sabrás en cuántos sueños has estado conmigo,  ni qué tan vacío parecía todo sin ti”.

Habría podido cerrar los ojos y flotar por encima de Los Olvidos; verla desde lo alto pensando en la joven que había visto pasear por el jardín momentos antes…

Asocié su imagen con la voz que había escuchado en la saliente del corredor, sintiendo que ella era la misma que  apenas si susurraba la canción a mi oído estrechándose suavemente contra mi cuerpo al ritmo de la música…

“Así que bésame una vez, y luego otra vez y una vez más. Ha pasado un largo, largo tiempo”.

Me nació un deseo incontenible de besarla, pero no con arrebato sino apasionada, suave y lentamente; besarla sosteniendo su talle y cerrando los ojos para verla bien y escuchar el oleaje de  su respiración.

De pronto, casi sin darme cuenta,  estaba yo cruzando  bajo el  arco del Club de Pesca y en ese momento se disipó el ensueño regresándome a la realidad.

¿La realidad?

A mi paso por playa Manzanillo, las imágenes parecían cambiar a blanco y negro; el paisaje semejaba los retratos del fotógrafo Pintos.

Un Acapulco exuberante y salvaje; un Acapulco de pelícanos y gaviotas, de pericos y papagayos que mudaban su plumaje de blanco  y negro a estallidos multicolores.

Muy cerca del antiguo malecón vi de repente un hidroplano de Panamerican Airways anclado tranquilamente, mientras los pasajeros se acercaban al muelle a bordo de lanchas de madera con motor fuera de borda.

Los sombreros de ala anchísima de las damas, semejaban ramos de flores silvestres; no se podían ver sus rostros, pero se adivinaba su belleza.

Parecía estar transitando entre dos tiempos, pero no me sobresalté; por el contrario, me dejé llevar gustosamente, hasta el punto que el automóvil parecía conducirse solo.

Cuando el paisaje recuperaba los colores, parecían salidos de algún álbum de la juventud de mis papás; colores que brotaban de revistas antiguas de National  Geographic o de Life.

No pareció transcurrir el tiempo durante mi trayecto de regreso a la casa, pero  cuando llegué  apareció mi mamá que nada más verme me dijo:

-¿Cómo te fue?

No me sentía especialmente comunicativo, pero entendí que habría sido  imposible no contarle todo. Nos sentamos bajo la sombra de su árbol favorito.

En el jardín había garzas blancas que pasaban de camino a la laguna de Tres Palos.

Ya era la hora de la comida, pero nadie tenía hambre, lo bueno del ceviche casero y del cocktail de frutas,  es que puedes asaltar el refrigerador en cualquier momento y servirte a discreción.

La curiosidad mal disimulada de mi mamá se delataba por su hospitalidad inusual. ¿Desde cuándo mi madre me preparaba cubas a mí?

Ha de haber querido que se me soltara la lengua con la combinación y que de verdad le contara yo todo lo que había pasado más  lo que su  imaginación le hubiera insinuado durante la mañana mientras esperaba mi regreso. Deliberadamente me hice el parsimonioso y primero le di un trago a mi cuba diciéndole lo bien que le había quedado.

-No me enrolles niño.

-Cuéntame cómo estuvo la visita a Los Olvidos.

-Pues ahí te va. Para comenzar no estaba don Marcelino.

-¿Entonces no  pudiste entrar?

-No dije eso. La que me abrió fue su esposa y bien amable me dijo que pasara a esperar a don Marcelino que había tenido que salir a un mandado.

-Como no tenía prisa caminé despacio hacia la terraza de los arcos y me detuve en la saliente de la orquesta.

-Me quedé ahí un rato imaginando cómo han de haber sido ahí las fiestas; imaginé a las mujeres con vestidos largos de colores claros y de telas ligeras;  peinadas al estilo de Rita Hayworth,  de Bárbara Hutton o Dolores del Río… ¿Te acuerdas de la canción “Kiss me once” que luego tocas en el piano? Yo creo que de haberla oído tantas veces, tal vez me sugestioné porque me pareció escuchar que la cantaba en  voz muy baja una mujer; una voz baja que, sin embargo, se distinguía de la orquesta cuyos acordes semejaban más bien un  murmullo transportado por la brisa. El hecho de haber estado  en la saliente de la orquesta me transportó mas lejos que lo que conscientemente podría reconocer;  ahora que te lo estoy contando,  me acuerdo de las veces que has dicho lo que es estar enamorado del amor. Me sentía protagonista sin ver a nadie y sin que nadie me mirara o, si acaso, la única que me veía a mí, pero yo no a ella, era la mujer que cantaba tan clara como suavemente.

-¡Caray niño, qué inspirado! Te lo digo en serio: qué bonito lo describes. Hasta puedo sentir lo que sentiste porque además esa canción me encanta. ¿Y no llegó don Marcelino? ¿No recorriste la casa como tenías pensado?

-Claro que si la recorrí y don Marcelino llegó aunque nada más para disculparse y decirme que fuera mañana porque cuando  menos, toda la semana que entra va a estar su patrón con unos invitados.

-¿Y qué más viste?

-Pues fíjate que Don Marcelino dejó algunas habitaciones abiertas para que las pudiera yo ver por dentro. No las vi todas porque además son 12 con sus respectivos baños y algunas tienen, según pude apreciar,  hasta una especie de antesala o salita como si fueran suites.

El vaso de mi cuba libre sudaba como la Yoli de doña Rosita dos días antes. Hice una pausa sin intención de hacerme el interesante sino para ordenar mis ideas mientras saboreaba jugando con los hielos y veía que mi mamá apenas podía contener su curiosidad o reprimir las ganas de que le siguiera contando.

-Yo creo –le dije– que todas las habitaciones deben ser muy parecidas. Todas estan pintadas de blanco en tanto todos los exteriores de la casa tienen el mismo color de El  Mirador. La primera habitación a la que entré, estaba amueblada de todo a todo; pero como ya te dije, no hay sillas de descanso en los corredores ni en la terraza de los arcos ni bajo la pérgola del tercer piso. Imagino que los tendrán almacenados en alguna parte de la casa y que los sacarán cuando haya visitas. Algo que me llamó mucho la atención fue el olor a cedro de las ventanas y las puertas que son iguales a las de La Riviera o de la casa Ralph en La Pinzona.

-¿Y los ventiladores son de techo como en la casa Ralph?

-No, jefa, las habitaciones están orientadas de  tal manera que todo el tiempo les corre brisa porque tienen además ventanas de ambos lados sobre los corredores. Basta con que abran la persianas para que corra el viento y sin la lata de los mosquitos porque los mosquiteros se ven en buen estado. Fíjate que estuve un rato sentado en la primera habitación y cuando  salí pude ver que por el jardín estaba una joven caminando entre las palmeras con un vestido claro muy bonito. Pero en eso escuché la voz de don Marcelino que venía llegando y me distrajo; cuando volví a mirar hacia el palmar ya no estaba la joven. Lo curioso es que cuando le pregunté a don Marcelino si tenía huéspedes o invitados me dijo que no. Don Marcelino gusta de hacer bromas y de observar mucho cuando habla con alguien.  Después que le dije de la joven por el palmar, enigmáticamente me dijo que la casa no parece que tenga vida ¡sino que la tiene! Poco antes de dejarlo me dijo algo que mi papá me había dicho de los conventos y los cuarteles. Mi papá me ha dicho que en los conventos abandonados es frecuente escuchar los rezos de los religiosos, lo mismo que en los antiguos cuarteles ya sin tropas es normal escuchar órdenes  de clarín, pasos marchando, voces de mando y demás sonidos habituales. No es cosa de fantasmas sino de energías persistentes que permanecen. El caso es que poco antes de dejar a don Marcelino,  me dijo que en Los Olvidos hay grabadas muchas cosas: imágenes, recuerdos, murmullos, voces y hasta presencias. No me lo esperaba yo de don Marcelino, pero me dijo que en Los Olvidos puede percibirse como si flotaran por sus corredores juramentos de amor eterno y promesas de enamorados. Todo lo que dijo don Marcelino suena muy bonito, pero ahora que te lo estoy contando,  me viene otra sensación, un sentimiento oscuro como de miedo, como si algo ominoso o muy feo conviviera en Los Olvidos con las huellas hermosas, y  en la combinación prevaleciera la parte oscura, dándole ese aire de nostalgia que ya  se le percibía cuando  la veía yo desde La Sinfonía. Ya se me quitaron las ganas de seguir hablando de tus Olvidos.

-Ahorita que describiste esa especie de nubarrón o de niebla oscura, sentí frio recorriendo mi espalda. Yo no tengo hambre. Si tú tampoco quieres comer, te invito a que nos vayamos caminando al Revolcadero.

Le dije que no tenía hambre y nos fuimos tranquilos y sin prisa, sin decir palabra alguna, hasta  que llegamos a la playa y nos sentamos bajo una palapa esperando a ver la puesta de sol.

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¿Por qué actuamos en concordancia con nuestros pensamientos y nuestras creencias? ¿Qué pasa en nuestra cabeza que justifica nuestro proceder y habitualmente lo considera justo? Digamos que lo correcto es pensar y creer que las personas deben ser libres, por ejemplo, para decidir sobre su cuerpo. Pongamos el caso de una mujer que decide interrumpir su embarazo o vestir de tal o cual manera… y digamos que un hombre decide drogarse. Podemos o no estar de acuerdo con las decisiones de ambos, pero comprendemos que es una elección respetable porque creemos que es un derecho humano, inherente al hombre: responde al libre desarrollo de su personalidad. En otras palabras, la libertad es innata a la persona. La libertad es, en el mundo occidental -al que pertenece México-, el principio cardinal de la conducta humana. De esta creencia, sagrada para los occidentales, deriva el papel preponderante que concedemos al individuo. El individuo, libre y soberano de su cuerpo y actos, es lo que deviene en individualismo. El yo por delante, siempre primero. El hombre se hace a sí mismo. El individuo lo es todo. Nada debe a nadie. La comunidad, el lugar donde vive y convive con otros, es un accesorio. Por ello sus obligaciones para con los demás es cercana a cero, pese a que la crianza sería imposible sin su entorno social. Esta creencia fundacional del mundo europeo y de sus colonias, es el motor del capitalismo. Este sistema económico hace de la mercancía y de la ganancia el reino habitado por los terrícolas -y su leitmotiv-, quizá con particularidades relevantes en algunos países, en especial los de Asia. Esta forma de entender y pensar nuestro mundo permite asignar los atributos de las personas a sus actividades. Si soy libre, la empresa que he forjado lo es igualmente. Si una persona carga el peso de emprender un negocio se habla de iniciativa individual, aunque se trate de una labor colectiva. Aquí estamos ante el origen de la libre empresa y la libertad del capital. Adjudicamos a los objetos las cualidades y los valores distintivos del hombre, que emanan de las creencias del relato mítico sobre el origen del mundo que tenemos los occidentales. Se otorga a las cosas de los hombres, así sean sus obras, la prioridad máxima. Curiosamente este antropocentrismo invierte las jerarquías. Cuando se trata de la libertad de la empresa o del capital, tales valores, atribuidos a la esencia humana, pesan más que la libertad personal. Me parece que a dicho fenómeno Karl Marx llamó el “fetichismo de la mercancía”, es decir, que un producto humano asume sus cualidades. Ahora bien, ¿de dónde vienen las creencias? Su origen lo encontramos en el relato mítico (cosmovisión), aquel que concebimos para entender y dar sentido a nuestro mundo y nuestra vida. El hombre requiere de certezas y tener el control de su entorno social. Estamos ante el motor primigenio: el instinto de supervivencia. He aquí el papel crucial de las creencias. De ellas, que son una concepción global del origen y sentido del mundo, también se desprende la conducta personal. Actuamos de tal o cual manera porque estamos convencidos de que es moralmente correcto. Es la función de las creencias. Ellas permiten la convivencia pacífica y la colaboración. A partir de ese tronco común de creencias y valores (imaginemos una pecera) cada individuo (digamos el pez) crea sus propias ideas que en general coinciden con las de otros. Las asumimos como propias porque nos ayudan a comprendernos y a entender el mundo. Las creencias nos crean: somos nuestras creencias. Las creencias, de acuerdo con los neurocientíficos, son los pilares de nuestro reino neuronal. Nuestras hormonas y neuronas (y sus sinapsis), fruto de la genética individual, al interactuar con el medio ambiente (la experiencia personal), los valores y creencias (la cultura) forjan el carácter de cada quien. Ese intrincado proceso de causas y efectos constituye el mundo neuronal particular de cada uno, que en buena medida determina nuestra forma de actuar, de desenvolvernos en sociedad. Tenemos entonces lo siguiente: la cosmogonía que es el relato mítico de los orígenes del hombre y base de las religiones, es la que establece las creencias y los valores de una comunidad. Tales creencias y valores fundan las culturas. Digamos que este fenómeno semeja a una pecera, lugar donde vive el pez. Creencias y valores son la pecera; los hombres son los peces. Si salen de la pecera es su muerte social, que los antiguos llamaron ostracismo. Los hombres reaccionan a su mundo cultural (integrado por creencias y valores que dan origen a la moral o costumbres, normas, leyes e instituciones), a la genética y a su experiencia personal que define su entramado neuronal: su carácter. La cultura es el conjunto de creencias y valores que cultivan las sociedades mediante relatos de héroes y villanos; el establecimiento de premios a lo que concebimos bueno y permitido, y castigos a lo que consideramos malo y prohibido. En ese proceso son cruciales la experiencia o escuela de la vida, así como la educación cívica que recibimos. A ello cabe sumar el medio ambiente (geografía), los alimentos que consumimos y las vivencias personales. En términos neurocientíficos a la influencia cultural y medioambiental se le conoce como epigenética, cuyo papel consiste en activar o desactivar parte de los genes de cada persona que determinan su conducta y reacciones ante el mundo circundante. A ello llamamos carácter. La cultura se mete en nuestra piel. Conforma la lente por la que vemos y experimentamos la vida. Esa lente es la moral, las creencias conductuales con las cuales interpretamos e interactuamos en el mundo. Así, por ejemplo, en ciertas tribus de la amazonia es normal y moral el desnudo, en Occidente, no. Retomo la idea del individuo como paradigma de Occidente para explicar las conexiones entre cultura (sistema de creencias y valores) y medio ambiente (condiciones físicas y geográficas). A los niños de esta parte del mundo se les inculca la cultura del individualismo, que data de unos 2,500 años. Algunos historiadores identifican la cuna de esta creencia en el individuo autosuficiente, que se hace a sí mismo, en la antigua Grecia, cuya geografía es rocosa y montañosa, donde su orografía obstaculiza la comunicación entre personas y pueblos. Tal característica complicó la colaboración y la realización de importantes iniciativas colectivas. La mitología griega da cuenta del protagonismo de los personajes míticos, los dioses autosuficientes y dotados de poderes para hacer su mundo a su imagen y semejanza. En esas tierras hostiles la capacidad del individuo para sobrevivir fue el ideal cultural. Y los romanos, al conquistar a los griegos, adoptaron dicho paradigma. Siglos después el cristianismo, que adoptó a los pensadores griegos como fuente de inspiración, en particular a Platón y Aristóteles, enriquece la creencia en el individuo todopoderoso. En el siglo IV de nuestra era se verificó una intensa y fructífera polémica entre dos teólogos, Agustín de Hipona (San Agustín) y Pelagio, un monje ascético de origen británico. El quid de su discusión fue el “pecado original”, tema que deriva en si el hombre es malo por naturaleza o puede elegir entre el bien y el mal. Agustín sostuvo en sus tratados que el hombre sólo obtenía la gracia por concesión divina, es decir, nada podría salvarlo y llevarle al cielo, excepto la voluntad de Dios. Pelagio, en cambio, sostenía lo contrario: que está en manos del hombre cambiar y redimirse de sus pecados. Es decir, la salvación está al alcance de su voluntad: es responsabilidad de cada persona. A esa conclusión llega a partir de las escrituras que señalan que Dios creó al hombre a su imagen (Génesis 1:27). Luego, el hombre igual que su dios, es capaz de elegir. Pelagio argumenta contra el determinismo de Agustín: “No podemos hacer ni el bien ni el mal sin el ejercicio de nuestra voluntad, y siempre tenemos la libertad de hacer uno de los dos” (A Demetria, 8.I). Un ser totalmente determinado por su naturaleza no puede ser objeto de juicio moral [es decir, si el hombre está determinado por el pecado original no puede actuar de otra manera y, por lo tanto, no es responsable de sus actos, como es el caso de cualquier criatura irracional]. La dignidad del hombre procede de su capacidad de elegir, y precisamente por esta facultad de deliberación se diferencia de los animales”. El pilar de este edificio conceptual es lo que establece el libro del Eclesiastés en la Biblia, que dice: Dios “creó al hombre y lo dejó librado a su propio albedrío”. Por tanto, la principal virtud humana no es la sumisión ni la humildad sino su capacidad para tomar el destino en sus manos, su autonomía. La creencia en el libre albedrío forja al hombre occidental. Es la base de una cultura enriquecida durante siglos. Una experiencia diferente y, en consecuencia, unas ideas y creencias igualmente distintas, forjaron a la milenaria cultura china. También la geografía determinó las vivencias y carácter de sus pobladores. A diferencia de Grecia, las grandes llanuras de China favorecieron la colaboración de grandes grupos sociales. El trabajo conjunto determinó la supervivencia en esta parte del mundo. Luego, el papel del individuo se subordinó a la comunidad. Confucio, en Analectas describe al hombre superior como el que no se vanagloria de sí y elige ocultar sus virtudes, cultiva la armonía y el equilibrio. Quienes han estudiado la literatura de los países de Asia dan cuenta de que las narraciones no ponían el acento en el individuo, sino en los colectivos. Hasta recientemente, alrededor de hace dos mil años empezaron a escribirse autobiografías, pero aun así el sujeto no es centro del relato, según Qi Wang en The Autobiographical Self in Time and Culture. Creencias y valores distintos pueden auspiciar choques culturales." 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Muchos de los trabajadores así asaltados (porque era un asalto en toda forma) se iban sin hacer el trabajo, con lo que los vecinos hacían unos berrinches horribles, porque se les inundaba la vivienda o estaban unos días sin televisión o se les caía el revoque de las paredes. Varios propusieron  emprender una acción legal contra el portero; pero los abogados que consultaron  les dijeron  que perdían el tiempo, que eso no iba a prosperar nunca, y solamente iban a gastar en balde. Total, que andaban desesperados. Empezaron a hacer juntas para hallar una solución al asunto; pero no podían ponerse de acuerdo en nada, y los problemas en las viviendas se acumulaban. Así estuvieron hasta que el chavo del 7, que es abogado y trabaja en el gobierno, les dijo que lo más práctico era que ellos pagaran el diez por ciento que exigía el portero. Todos gritaron “¡No!” con todas las fuerzas de sus pulmones. Pero el chavo insistió en que era lo más práctico y más sencillo, que así resolvían el problema de una vez y sin pleitos, y que eso era lo que habían hecho en otros lugares cuando se les había presentado un problema semejante. (Esto último era mentira, pero impresionó mucho a los vecinos). El caso es que después de mucho discutir, aceptaron la sugerencia del chavo del 7, y se sometieron a la voluntad del portero. A los pocos días, la Flor recibió de regalo, no sólo un fondo, sino unas pantaletas y unas medias de seda, que mucha falta le estaban haciendo. Y el portero quedó ante ella como un potentado. Yo, cada vez que veo al portero, me dan ganas de arañarlo. Pero siempre anda con sus guaruras, y son muchos contra un gato. Ya llegará la ocasión en que lo encuentre solo. Te quiere Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "Cartas a Tora 277" ["post_excerpt"]=> string(182) "Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. 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Digamos que lo correcto es pensar y creer que las personas deben ser libres, por ejemplo, para decidir sobre su cuerpo. Pongamos el caso de una mujer que decide interrumpir su embarazo o vestir de tal o cual manera… y digamos que un hombre decide drogarse. Podemos o no estar de acuerdo con las decisiones de ambos, pero comprendemos que es una elección respetable porque creemos que es un derecho humano, inherente al hombre: responde al libre desarrollo de su personalidad. En otras palabras, la libertad es innata a la persona. La libertad es, en el mundo occidental -al que pertenece México-, el principio cardinal de la conducta humana. De esta creencia, sagrada para los occidentales, deriva el papel preponderante que concedemos al individuo. El individuo, libre y soberano de su cuerpo y actos, es lo que deviene en individualismo. El yo por delante, siempre primero. El hombre se hace a sí mismo. El individuo lo es todo. Nada debe a nadie. La comunidad, el lugar donde vive y convive con otros, es un accesorio. Por ello sus obligaciones para con los demás es cercana a cero, pese a que la crianza sería imposible sin su entorno social. Esta creencia fundacional del mundo europeo y de sus colonias, es el motor del capitalismo. Este sistema económico hace de la mercancía y de la ganancia el reino habitado por los terrícolas -y su leitmotiv-, quizá con particularidades relevantes en algunos países, en especial los de Asia. Esta forma de entender y pensar nuestro mundo permite asignar los atributos de las personas a sus actividades. Si soy libre, la empresa que he forjado lo es igualmente. Si una persona carga el peso de emprender un negocio se habla de iniciativa individual, aunque se trate de una labor colectiva. Aquí estamos ante el origen de la libre empresa y la libertad del capital. Adjudicamos a los objetos las cualidades y los valores distintivos del hombre, que emanan de las creencias del relato mítico sobre el origen del mundo que tenemos los occidentales. Se otorga a las cosas de los hombres, así sean sus obras, la prioridad máxima. Curiosamente este antropocentrismo invierte las jerarquías. Cuando se trata de la libertad de la empresa o del capital, tales valores, atribuidos a la esencia humana, pesan más que la libertad personal. Me parece que a dicho fenómeno Karl Marx llamó el “fetichismo de la mercancía”, es decir, que un producto humano asume sus cualidades. Ahora bien, ¿de dónde vienen las creencias? Su origen lo encontramos en el relato mítico (cosmovisión), aquel que concebimos para entender y dar sentido a nuestro mundo y nuestra vida. El hombre requiere de certezas y tener el control de su entorno social. Estamos ante el motor primigenio: el instinto de supervivencia. He aquí el papel crucial de las creencias. De ellas, que son una concepción global del origen y sentido del mundo, también se desprende la conducta personal. Actuamos de tal o cual manera porque estamos convencidos de que es moralmente correcto. Es la función de las creencias. Ellas permiten la convivencia pacífica y la colaboración. A partir de ese tronco común de creencias y valores (imaginemos una pecera) cada individuo (digamos el pez) crea sus propias ideas que en general coinciden con las de otros. Las asumimos como propias porque nos ayudan a comprendernos y a entender el mundo. Las creencias nos crean: somos nuestras creencias. Las creencias, de acuerdo con los neurocientíficos, son los pilares de nuestro reino neuronal. Nuestras hormonas y neuronas (y sus sinapsis), fruto de la genética individual, al interactuar con el medio ambiente (la experiencia personal), los valores y creencias (la cultura) forjan el carácter de cada quien. Ese intrincado proceso de causas y efectos constituye el mundo neuronal particular de cada uno, que en buena medida determina nuestra forma de actuar, de desenvolvernos en sociedad. Tenemos entonces lo siguiente: la cosmogonía que es el relato mítico de los orígenes del hombre y base de las religiones, es la que establece las creencias y los valores de una comunidad. Tales creencias y valores fundan las culturas. Digamos que este fenómeno semeja a una pecera, lugar donde vive el pez. Creencias y valores son la pecera; los hombres son los peces. Si salen de la pecera es su muerte social, que los antiguos llamaron ostracismo. Los hombres reaccionan a su mundo cultural (integrado por creencias y valores que dan origen a la moral o costumbres, normas, leyes e instituciones), a la genética y a su experiencia personal que define su entramado neuronal: su carácter. La cultura es el conjunto de creencias y valores que cultivan las sociedades mediante relatos de héroes y villanos; el establecimiento de premios a lo que concebimos bueno y permitido, y castigos a lo que consideramos malo y prohibido. En ese proceso son cruciales la experiencia o escuela de la vida, así como la educación cívica que recibimos. A ello cabe sumar el medio ambiente (geografía), los alimentos que consumimos y las vivencias personales. En términos neurocientíficos a la influencia cultural y medioambiental se le conoce como epigenética, cuyo papel consiste en activar o desactivar parte de los genes de cada persona que determinan su conducta y reacciones ante el mundo circundante. A ello llamamos carácter. La cultura se mete en nuestra piel. Conforma la lente por la que vemos y experimentamos la vida. Esa lente es la moral, las creencias conductuales con las cuales interpretamos e interactuamos en el mundo. Así, por ejemplo, en ciertas tribus de la amazonia es normal y moral el desnudo, en Occidente, no. Retomo la idea del individuo como paradigma de Occidente para explicar las conexiones entre cultura (sistema de creencias y valores) y medio ambiente (condiciones físicas y geográficas). A los niños de esta parte del mundo se les inculca la cultura del individualismo, que data de unos 2,500 años. Algunos historiadores identifican la cuna de esta creencia en el individuo autosuficiente, que se hace a sí mismo, en la antigua Grecia, cuya geografía es rocosa y montañosa, donde su orografía obstaculiza la comunicación entre personas y pueblos. Tal característica complicó la colaboración y la realización de importantes iniciativas colectivas. La mitología griega da cuenta del protagonismo de los personajes míticos, los dioses autosuficientes y dotados de poderes para hacer su mundo a su imagen y semejanza. En esas tierras hostiles la capacidad del individuo para sobrevivir fue el ideal cultural. Y los romanos, al conquistar a los griegos, adoptaron dicho paradigma. Siglos después el cristianismo, que adoptó a los pensadores griegos como fuente de inspiración, en particular a Platón y Aristóteles, enriquece la creencia en el individuo todopoderoso. En el siglo IV de nuestra era se verificó una intensa y fructífera polémica entre dos teólogos, Agustín de Hipona (San Agustín) y Pelagio, un monje ascético de origen británico. El quid de su discusión fue el “pecado original”, tema que deriva en si el hombre es malo por naturaleza o puede elegir entre el bien y el mal. Agustín sostuvo en sus tratados que el hombre sólo obtenía la gracia por concesión divina, es decir, nada podría salvarlo y llevarle al cielo, excepto la voluntad de Dios. Pelagio, en cambio, sostenía lo contrario: que está en manos del hombre cambiar y redimirse de sus pecados. Es decir, la salvación está al alcance de su voluntad: es responsabilidad de cada persona. A esa conclusión llega a partir de las escrituras que señalan que Dios creó al hombre a su imagen (Génesis 1:27). Luego, el hombre igual que su dios, es capaz de elegir. Pelagio argumenta contra el determinismo de Agustín: “No podemos hacer ni el bien ni el mal sin el ejercicio de nuestra voluntad, y siempre tenemos la libertad de hacer uno de los dos” (A Demetria, 8.I). Un ser totalmente determinado por su naturaleza no puede ser objeto de juicio moral [es decir, si el hombre está determinado por el pecado original no puede actuar de otra manera y, por lo tanto, no es responsable de sus actos, como es el caso de cualquier criatura irracional]. La dignidad del hombre procede de su capacidad de elegir, y precisamente por esta facultad de deliberación se diferencia de los animales”. El pilar de este edificio conceptual es lo que establece el libro del Eclesiastés en la Biblia, que dice: Dios “creó al hombre y lo dejó librado a su propio albedrío”. Por tanto, la principal virtud humana no es la sumisión ni la humildad sino su capacidad para tomar el destino en sus manos, su autonomía. La creencia en el libre albedrío forja al hombre occidental. Es la base de una cultura enriquecida durante siglos. Una experiencia diferente y, en consecuencia, unas ideas y creencias igualmente distintas, forjaron a la milenaria cultura china. También la geografía determinó las vivencias y carácter de sus pobladores. A diferencia de Grecia, las grandes llanuras de China favorecieron la colaboración de grandes grupos sociales. El trabajo conjunto determinó la supervivencia en esta parte del mundo. Luego, el papel del individuo se subordinó a la comunidad. Confucio, en Analectas describe al hombre superior como el que no se vanagloria de sí y elige ocultar sus virtudes, cultiva la armonía y el equilibrio. Quienes han estudiado la literatura de los países de Asia dan cuenta de que las narraciones no ponían el acento en el individuo, sino en los colectivos. Hasta recientemente, alrededor de hace dos mil años empezaron a escribirse autobiografías, pero aun así el sujeto no es centro del relato, según Qi Wang en The Autobiographical Self in Time and Culture. Creencias y valores distintos pueden auspiciar choques culturales." 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Cómo las creencias determinan la conducta

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