Los actores como agentes culturales

La pandemia ha cambiado drásticamente nuestra realidad social y cultural. Nuestro estilo de vida está siendo cuestionado por cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente. Decía Aristóteles y muchos filósofos después de él, que el ocio y...

28 de agosto, 2020

La pandemia ha cambiado drásticamente nuestra realidad social y cultural. Nuestro estilo de vida está siendo cuestionado por cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente. Decía Aristóteles y muchos filósofos después de él, que el ocio y el asombro son el principio de acción para la actividad filosófica; sin embargo, no es la mayor cantidad de humanos que se sienten impelidos a realizar esta introspección con completa entrega. Es cierto que, por razones evidentes, la menor preocupación que tienen muchos sectores es la reflexión profunda; más bien, el objetivo es idear un plan de acción inmediato que les ayude a sobrevivir esta crisis, lo cual, curiosamente, ha provocado un replanteamiento de su modo de vivir y todas las decisiones que los han llevado a enfrentar esta contingencia con el presente que viven. Negocios y oficios penden de un filo hilo. No hay una fecha final a la cual aferrarse con determinación que cause cierto consuelo. Hay una ausencia de respuesta política y económica que provoca una incertidumbre angustiante para todas las esferas sociales. Sin gente que consuma, ¿cómo se puede pretender vivir? El mundo escénico, no es la excepción. 

Dentro de este contexto, ¿se ha de optar por cesar toda jornada y actividad artística? Pues nos preguntamos con relativa facilidad, ¿quién es el actor si no tiene auditorio? Si nos dejamos persuadir por esta intuición, concluiremos que no hay espacio para el actor dentro de esta crisis sanitaria. Por lo tanto, continuando esta argumentación, el mundo escénico tendría que cesar y entrar en un paro total. Entonces, ¿de qué van a vivir todas las actrices y los actores en este paro? Habrá que consultar al dáimon socrático a ver con qué genialidad nos sorprende. 

Sin embargo, si refinamos el rol del intérprete escénico como no solo aquel individuo quien actúa en un escenario físico, sino como un (perdónenme el ornamento filosófico-moral) agente cultural, quizás llegaremos a otra conclusión. ¿Qué podemos entender por “agente cultural”? Para mí sería la actriz, el actor, el músico, el director, la escultora, la poetisa, y todo aquél que ejerce una influencia cultural a partir de la práctica artística. Propongo el ejemplo claro de un escritor. Si su esfera creadora solo se remitiera al objeto concreto de su profesión, un libro, se estará restringiendo su capacidad como agente cultural. En cambio, si este escritor utiliza otros foros como redes sociales, conferencias, entrevistas y talleres –por mencionar unos cuantos ejemplos– se convierte en un agente cultural que impacta varias comunidades intermedias dentro de la esfera pública. De la misma manera, el actor que realiza ejercicios de improvisación en formatos digitales o escribe reseñas y críticas fílmicas, está interpretando su rol como agente cultural en muchos escenarios no tradicionales.

Retomo entonces la pregunta, ¿el mundo escénico ha de entrar en paro total? Mi respuesta es un rotundo y definitivo no. El mundo escénico, y en realidad, todo el mundo artístico mexicano, tiene mucho trabajo que hacer. Más aún en estos tiempos tan inciertos donde las personas necesitamos de buena actividad cultural. Incluso, me permito un paso más allá. Pienso que esta crisis presenta la perfecta oportunidad de sincerar a todos los interlocutores que forman parte del mundo artístico y reflexionar sobre lo que ha sido el espectáculo, las artes y su estudio durante los últimos cincuenta años: ¿Cómo se manejan las producciones? ¿Qué tipo de artistas estamos educando los mexicanos? ¿Qué audiencia tenemos? En pocas palabras, tenemos que aprovechar este cambio de escenario, del foro tangible al foro informático, para realizar una crítica dialógica acerca del mundo escénico.

Uno de los análisis más agudos que he encontrado respecto al artista y su rol en la sociedad mexicana es el del maestro Héctor Azar: en México aún no se comprende la razón de ser de los artistas frente al grupo social al que pertenecen. Herencia absurda del siglo XIX es la de contemplar a los artistas como seres exóticos, dedicados a malcultivar su presencia injustificada en el proceso social; a exaltar con su manera de vivir las fases narcisísticas elementales, que hacen que el público se entretenga y se distraiga del propósito veraz del arte, para quedarse en el dengue estereotipado del farsante1 .   

Coincido con el maestro Azar. ¿Cuánto no nos dejamos impresionar por tales ademanes y presencia exagerada bajo la pretensión que así deben ser los artistas? ¿De qué nos ayuda privilegiar este tipo de conductas cuando, en muchas ocasiones, no aportan valor cultural a la comunidad? Pareciera que su mayor objetivo es ser protagonista de los programas de mal gusto de chismes y de ‘farándula’. Cuando, en realidad, el artista debería ser un gestor de la cultura. Pues, ¿quién mejor que el artista escénico para presentar y ahondar en profundidad la realidad antropológica y social a través del arte teatral? 

Ahora, es importante pensar en los medios que tienen las actrices y actores para generar sus propios espectáculos, si queremos que sean gerentes y “administradores” de la cultura. Una gran actriz que tengo la fortuna de llamarle mi amiga, llegó a concursar por becas y financiamientos artísticos logrando montar su propia temporada con una obra escrita, dirigida y representada por ella misma. Cuando asistí a la función estelar, todavía me acuerdo con orgullo el gran mérito que acometió. Sin embargo, me increpó de pronto una duda: ¿por qué no enseñan a los futuros actores a ser sus propios productores? Éste es un mal predominante en la educación mexicana en general. ¿Por qué no existen materias de finanzas o emprendimiento? Más importante aún, deberían programar materias de ética profesional, de estética e historia del arte y del pensamiento. 

Por dos años consecutivos, tuve el honor de actuar con una gran actriz, Angélica Aragón. Nunca olvidaré los consejos que libremente me compartió. Entre ellos, el siguiente: “El actor debe ser el más erudito del estudio artístico; ha de ser un entusiasta de la historia, de la filosofía y de la investigación. Debe tener hambre por conocer.” En esa misma producción actué al lado de uno de mis maestros del oficio teatral, Juan Ignacio Aranda, quien, en una plática postensayo, me comentó: “El trabajo del actor es 90% de escritorio, 10% en el escenario”. 

Por lo tanto, si tomamos en serio sus palabras, el agente cultural, por su propia formación, debería ser un intérprete y gestor de la cultura. Alguien que se nutra constantemente de lo mejor del pensamiento humano a través del tiempo y lo sepa sintetizar en la escena. Es decir, que este agente ha de ser el primer autor de lo que el maestro Azar denominó el “guion cultural”:

[es] la reunión de “formas dramáticas aceptadas y expresadas que surgen de una sociedad”. “Al igual que los argumentos teatrales, los guiones culturales poseen temas, personajes, roles esperados, dirección escénica, decorados y telón final. Los guiones culturales reflejan lo que se denominado el carácter nacional”2

No es de oscuro conocimiento que Vasconcelos fue además, mecenas de varios artistas. Fue su política que sirvió de partera al movimiento muralista mexicano. Este es un claro ejemplo de cómo se relacionan ambos ámbitos. Cuando se propicia la mente creativa y artística, hay un crecimiento en la cultura. Pocos se atreverán a aseverar que el muralismo mexicano no es un gran tinte en la sazón cultural mexicana. Cultura y arte dejan de ser simples adornos en la pared, sino que se personifican dentro del imaginario narrativo mexicano. Vasconcelos mismo era partidario de esta idea. A mayor arte, mayor enriquecimiento cultural:

“Vasconcelos ofrecía al pueblo conciertos, murales, ballet, teatro, involucrándolo directamente, o solo como participante, en esas realizaciones, para que se alejaran de sus vicios como el alcoholismo y la pereza, “mientras haya pulque y corridas, no habrá teatro mexicano, ni arte mexicano, ni civilización mexicana”3.

Concluyo por ello que cuando se impulsa el arte se logra una mejor cultura, y como se alcanza apreciar en esta cita, un perfeccionamiento del pensamiento crítico y la condición humana. Es por ello que propongo que los actores, actrices y todos los géneros de artistas emprendan su rol como agentes culturales para:

“Utilizar el teatro como un medio para penetrar en la realidad psicológica que nos abruma y en su condición sociológica que nos rodea. Subrayar con todo ello la importancia del grupo sobre el individuo; prepararnos, mediante el juego del teatro, para el juego de la democracia…”4

Bibliografía:

  • Azar, Héctor: Obras, dramaturgia y teoría escénica II; compilación y prólogo de Pedro Ángel Palou, FCE: México, 1998.
  • “José Vasconcelos y la función del arte en su proyecto educativo.” Encontrado en: https://musicaenlahistoriamx.wordpress.com/2011/12/13/23/
1 Azar, Héctor, Obras, dramaturgia y teoría escénica (DF: FCE, 1998), 149.
2 Azar, Héctor, Obras, dramaturgia y teoría escénica, 140.
 3 “José Vasconcelos y la función del arte en su proyecto educativo.” Encontrado en: https://musicaenlahistoriamx.wordpress.com/2011/12/13/23/
4 Azar, Héctor, Obras, dramaturgia y teoría escénica, p. 173
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Además, llega a su casa pasadas las nueve de la noche, y ver dos o tres juegos cada noche lo tienen completamente desvelado. Aquí, entre nos, estuvo a punto de quedarse afónico por gritar “¡Gol!” cuantas veces algún jugador se acercaba a la cancha enemiga. Y luego se pone a anotar cuántos castigos hubo, cuántas tarjetas rojas o amarillas o moradas salieron a relucir en cada partido, cuántas faltas se cometieron, etc., etc., etc., pues le gusta que le digan que es la persona que más sabe de futbol en la vecindad. Total, que a los tres o cuatro días de haber empezado el Mundial tenía todavía 16 partidos atrasados que ver, y su esposa ya se quejaba de que no le hacía el menor caso y no sabes las broncas que le ha echado. Pero a él todo se le resbala, mientras pueda gritar “¡Gol!” varias veces al día. Tanto lo fastidió su esposa con que la tenía encerrada, que le buscó algo en qué entretenerse. Y no se lo ocurrió nada mejor que decirle a uno de los ninis que la invitara a salir de vez en cuando. El chavo lo rechazó, porque no tenía dinero; pero tanto insistió el del 47, y tantas veces le ofreció que él le daría el dinero para invitarla, que al final aceptó. Y la primera vez fueron a tomar un café, pero luego la invitó a cenar (a insistencia del marido, para que volvieran más tarde); luego la llevó al cine, y un sábado se fueron a Cuernavaca… y regresaron hasta el lunes. Pero el marido ni cuenta se dio y los recibió muy contento, porque ese fin de semana había podido ver diez partidos (todos buenísimos, según declaró con orgullo antes de sentarse a ver el onceavo). Hacia la mitad del campeonato ya no salían a la calle, sino que se subían al cuarto del nini y allí se estaban las horas muertas, mientras el otro ya hacía gárgaras de yodo todos los días para no perder la voz. Y hubo días en que ni siquiera se molestaron en subir a la azotea, sino que se encerraron en la cocina o en el cuarto de lavado a pasar el rato. Las vecinas se dieron cuenta de lo que estaba pasando, y dijeron  que debían avisar al esposo de lo que hacía la mujer; pero cuando tocaron a la puerta del 47, el “deportista”, como ya le llamaban todos en la vecindad, les contestó con gritos destemplados que iban a tirar un penalty, que lo dejaran en paz. Las mujeres se enojaron, y ya no pensaron en volver a informarle lo que hacía la esposa. Por fin, se acabó el campeonato, y el vecino del 47 llevó a su mujer a cenar para agradecerle que le hubiera dejado ver todo el campeonato como a él le gustaba hacerlo, y le reiteró su promesa de amor eterno. Ella le respondió con un “No vale la pena”, y se comió dos postres. Y todo volvió a ser como antes. Acaso el que lamentó de veras el final del Mundial fue el nini, pues ya no podía ir al cine ni a cenar ni tenía un cuarto calentito donde pasar las noches de invierno. De vez en cuando se acercaba a la señora, y en una ocasión hasta le regaló una flor que cortó de una maceta de la azotea, y le dijo que la felicitaba por tener un marido tan deportista. Ella sonrió, y dijo: “Claro. Deportista, pero de sillón”. ¡¡¡Gol!!! 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