Las pequeñas cosas: elección

“Cada elección tiene su anverso, es decir, una renuncia, por lo que no hay diferencia entre el acto de elegir y el acto de renunciar.”  – Italo Calvino / Escritor italiano / 1923 – 1985   La...

7 de junio, 2021

“Cada elección tiene su anverso, es decir, una renuncia, por lo que no hay diferencia entre el acto de elegir y el acto de renunciar.” 

– Italo Calvino / Escritor italiano / 1923 – 1985

 

La política no es lo mío. No soy especialista en la materia, pero respiro, vivo y siento los efectos políticos en cada paso que doy, no desde el privilegio (como algunos le llaman) y tampoco desde la falta de oportunidades (gracias al esfuerzo de mis padres), sino desde mi condición de ciudadana mexicana. Mi formación en escuelas públicas y el paso por la gloriosa UNAM (aunque se diga lo contrario) hasta que la huelga del año 99 me obligó a emigrar al sistema privado, me hizo adquirir una visión dual de las cosas, un sentido crítico y un análisis del discurso desde mi formación en comunicación y a decir verdad, no hay manera de creer en azules, amarillos, rojos, verdes, naranjas o del color que pinten sus aspiraciones quienes forman la esfera del poder y que (ellos sí) desde el privilegio, pretenden hacer creer que trabajan por y para la población. 

El día de ayer se celebraron las elecciones intermedias en nuestro país y ello me hundió en una serie de reflexiones en torno a la elección, ese acto y efecto de elegir (del latín electio, derivado de electus = elegido), cuyo origen está en el proceso mental que nos permite evaluar las ventajas de múltiples opciones y seleccionar alguna; sin embargo, ¿cómo se ejecuta ese acto en nuestra mente? Existen teorías que afirman que elegimos en función del costo-beneficio que recibimos, lo cual hacemos de forma racional y que, en términos de política, es importante cuestionar: ¿cuál es el beneficio real de elegir entre éste o aquél candidato? O más aún: ¿existe tal beneficio?

Elegimos todo el tiempo, desde la ruta más rápida a la oficina hasta el color de la camisa o blusa que vestimos, el sabor de la bebida que tomamos, la marca de los accesorios que utilizamos, el modelo de auto, etc.  Elegimos de forma racional no solo en relación al beneficio, sino a múltiples factores que incluso pueden ser motivados por el marketing, el estatus o la manipulación. Y es que el acto de elegir no es poca cosa: ¿qué nos motivó a elegir la carrera universitaria?; ¿cómo fue que elegimos a nuestra pareja?; ¿cuál es el factor que determina el próximo destino turístico? Elegimos por moda, por economía, por revancha, por salir del paso, por presión externa o no elegimos y de todas formas, hay una elección de por medio. 

Se dice que “elección es renuncia” porque al elegir renunciamos a las otras posibilidades, pero elegir también implica un acto de diálogo interno y de reflexión si se racionaliza el proceso, o puede ser un simple acto cotidiano, algo de todos los días como elegir ponerse el calzado para salir a la calle y entonces equivale a eso que hemos escuchado de “más vale viejo conocido, que nuevo por conocer”. Nos rodea una vorágine mediática con el fin de manipular nuestras elecciones, vivimos inmersos en un mundo de publicidad y somos atacados virtualmente gracias a los algoritmos que le permiten a Internet conocer nuestras preferencias, gustos, actividades, etc. Elegimos en función de lo que hay, sin posibilidad de explorar más allá o de pedir más opciones porque el mundo está diseñado de esa forma.




Elegir sin evaluar el costo-beneficio no es un acto racional, sino mecánico (o mediático) porque la elección no razonada anula toda posibilidad de exigencia y/o cumplimiento. Las elecciones de la vida son tan solo un breve momento en nuestra historia de vida, pero determinan gran parte de ella, porque elegir no llevar paraguas en un día lluvioso auspicia una empapada y sus respectivas consecuencias, porque es en #laspequeñascosas que la vida toma forma y si no elegimos desde la razón, nos perdemos la posibilidad de algo mejor.

 

Comentarios
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el sol todavía no se acababa de vestir y yo disfrutaba un café presenciando el diario ritual del amanecer bajo la pérgola de la terraza. Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica.  Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas. Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar. Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable. Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito. Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París. - ¿Hola Nico, cómo te va? - Hola Pecos, ¡qué milagro! - ¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada? - Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas. - Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado? - ¿No te he contado? - La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad. - Aguas con la curiosidad mi Nico… - ¿Me quieres contar o qué? - Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.   Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos! Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar. Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal. Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también. - Cuéntame de tu casa esa, Pecos. - Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón. - Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume. - ¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas? - Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas. - ¿Y cómo le hicieron? - ¡Quién sabe Nico! - Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo? - ¿Debería? - No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado. - ¿Pero cómo lo encontró? - Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso. - ¿Cómo qué, Nico? - No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos… - ¿Nada más la gente que ya se fue, Nico? - No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú. - Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico! - Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos. Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico. Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos. - ¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento? - ¿Te cae? - ¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro! - ¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento? - No tengo idea Nico. - ¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó?  - ¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí? - Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente. Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda. Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así. - ¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues? - Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta… Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido. - ¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos? - Claro, Nico. - ¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas? - Por supuesto que me acuerdo. - A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza. - A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá.  - ¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto? Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más. - Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo. - Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde… Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba. - ¿Tú qué crees? - Era broma Pecos, no te enojes. - No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde. Me prometió que no lo haría, y se rio de nuevo mientras seguíamos caminando.’ Sin darnos cuenta, estábamos muy cerca de Copacabana; no tan lejos se veía la casa que fue de los iniciadores del fraccionamiento; tenía una distribución muy hermosa. Viéndola desde la playa, era una construcción de un solo piso, aproximadamente de cien metros de largo de un extremo a otro; en cada extremo estaba rematada por construcciones  de base circular con techos cónicos de palapa. No tenía propiamente una fachada dando hacia la playa; parecía tener un  corredor  que comunicaba de un extremo al otro, aislado únicamente por un mosquitero a todo lo largo.  Alrededor de las dos construcciones circulares que remataban esos extremos, también había mosquiteros en vez de cristales. Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido. La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess. - ¿Vamos hasta la casa, Nico? - Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada. Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo. Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo. Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips. ¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás? Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños. La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte. El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda. Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado. Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura. Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño. Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla. El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste. Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla. Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente. Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa. ¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera? La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia. Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo. Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas: ¿Qué había pasado con Los Olvidos? ¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda? ¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín? ¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda? ¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto? ¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente? Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos. ¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar? Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada. Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza. No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir? La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita. La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena." 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Rodríguez y Martínez presentan al público el número 1 correspondiente a los meses de mayo-Junio de 2021 y agregan: "Tarea nada fácil, pues es amplísimo el panorama y limitado el espacio para mostrar la riqueza y singularidad de nuestras culturas. Sin embargo, cada respiro en la convulsa tierra es un aliciente para continuar la marcha, cada inmersión en las turbias aguas del presente es un estímulo para encontrar el tesoro perdido de nuestra identidad común iberoamericana". Área de Oportunidad Los editores resaltan que ha sido un año difícil, pero aleccionador: "las muestras de apoyo solidario y de agrado por el Número 0 nos hace abrigar la esperanza de que el esfuerzo y el tiempo invertidos valen la pena". Convicción Los editores así como todos los que conforman el Consejo Editorial y Colaboradores tienen como convicción de que:  "Fomentar el hábito de la lectura mediante temas relevantes y esenciales de nuestras culturas es una labor grata y necesaria porque el conocimiento es la base en que se asientan las sólidas construcciones sociales que hoy nos siguen congregando alrededor del fuego y de los amigos: el amor, la amistad, las afinidades y la solidaridad. Sin éstas, todo se desvanece, incluso la esperanza". En este número el lector puede encontrar 32 artículos: Contenido El Rincón de la Décima/Las sábanas de satén (dueto romántico); Editorial, Ignacio Chávez, cardiólogo de mucho corazón (Javier Pineda Bruno), "Cielito lindo, dame un abrazo" (Álvaro Ochoa Serrano), La música afroargentina en perspectiva (Norberto Pablo Cirio), La creación de Río Bravo, Tamaulipas, y Un canto en su honor (Angélica Murillo Garza), Los resabios del autoritarismo en México (Diana Flores Navarro), Siete poemas desesperados (David Marklino), El Tapiz, 1954 (Alejandro Laurentti), El camino del silencio de Miles Davis (Enrique Montañez), Pandemia (Gabriel Cosoy, Pistoleros (Paula Castiglioni, Tres braverías cultas (James R. Portoraro),  En recuerdo de El Paisa, figura del futbol llanero (Benjamín Peralta), Tiempo de cuidarse más, Axolotl (Ulises Trejo Amador), La literatura y el cine, El Aleph que nos seduce (Susana Ortega Luna), "La belleza salvará al mundo": La poesía ecfrástica de entonces y de amor (Lidia Chiarelli), Alzad las almas (Nazareth Luna Castro), Tierra de Almendros (Rafael Luna García), Joaquín García Quintana, La fascinación por la música poética (Gregorio Martínez Moctezuma), Videochat (Jesús Gómez Morán), Las expectativas de vida de la mujer novohispana (Verónica Rodríguez), Señas de identidad. Una nota sobre el  Cinema novo (Victor Manuel Ramos Lemus, José López Alavés y la "Canción mixteca" (Eduardo Martínez Muñoz) y la Impronta del Conjunto Regional Ajuchitlán en Pátzcuaro (Galilea Cambrón Figueroa). Felicitaciones al Axolote Ilustrado Revista Cultural Iberoamericana, por su trabajo de la difusión de la cultura! Contacto del Editor  https://www.facebook.com/elaxoloteilustrado/ [email protected]   Contacto @Dra_AngelicaMG [email protected] www.facebook.com/angelica.murillo.5496 https://www.facebook.com/RIEHMTY IG dra.angelicamg www.ruizhealytimes.com  " ["post_title"]=> string(114) "El Axolote Ilustrado Revista Cultural Iberoamericana retrata la "Diversidad cultural de México e Hispanoamérica"" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(110) "el-axolote-ilustrado-revista-cultural-iberoamericana-retrata-la-diversidad-cultural-de-mexico-e-hispanoamerica" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-07-29 11:23:51" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-07-29 16:23:51" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=68744" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#17849 (24) { ["ID"]=> int(67920) ["post_author"]=> string(2) "32" ["post_date"]=> string(19) "2021-07-09 14:40:49" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-07-09 19:40:49" ["post_content"]=> string(21654) "La playa frente al Pierre Marqués estaba prácticamente desierta; el sol todavía no se acababa de vestir y yo disfrutaba un café presenciando el diario ritual del amanecer bajo la pérgola de la terraza. Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica.  Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas. Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar. Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable. Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito. Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París. - ¿Hola Nico, cómo te va? - Hola Pecos, ¡qué milagro! - ¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada? - Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas. - Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado? - ¿No te he contado? - La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad. - Aguas con la curiosidad mi Nico… - ¿Me quieres contar o qué? - Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.   Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos! Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar. Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal. Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también. - Cuéntame de tu casa esa, Pecos. - Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón. - Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume. - ¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas? - Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas. - ¿Y cómo le hicieron? - ¡Quién sabe Nico! - Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo? - ¿Debería? - No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado. - ¿Pero cómo lo encontró? - Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso. - ¿Cómo qué, Nico? - No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos… - ¿Nada más la gente que ya se fue, Nico? - No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú. - Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico! - Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos. Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico. Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos. - ¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento? - ¿Te cae? - ¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro! - ¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento? - No tengo idea Nico. - ¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó?  - ¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí? - Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente. Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda. Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así. - ¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues? - Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta… Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido. - ¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos? - Claro, Nico. - ¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas? - Por supuesto que me acuerdo. - A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza. - A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá.  - ¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto? Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más. - Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo. - Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde… Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba. - ¿Tú qué crees? - Era broma Pecos, no te enojes. - No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde. Me prometió que no lo haría, y se rio de nuevo mientras seguíamos caminando.’ Sin darnos cuenta, estábamos muy cerca de Copacabana; no tan lejos se veía la casa que fue de los iniciadores del fraccionamiento; tenía una distribución muy hermosa. Viéndola desde la playa, era una construcción de un solo piso, aproximadamente de cien metros de largo de un extremo a otro; en cada extremo estaba rematada por construcciones  de base circular con techos cónicos de palapa. No tenía propiamente una fachada dando hacia la playa; parecía tener un  corredor  que comunicaba de un extremo al otro, aislado únicamente por un mosquitero a todo lo largo.  Alrededor de las dos construcciones circulares que remataban esos extremos, también había mosquiteros en vez de cristales. Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido. La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess. - ¿Vamos hasta la casa, Nico? - Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada. Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo. Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo. Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips. ¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás? Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños. La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte. El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda. Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado. Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura. Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño. Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla. El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste. Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla. Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente. Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa. ¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera? La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia. Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo. Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas: ¿Qué había pasado con Los Olvidos? ¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda? ¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín? ¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda? ¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto? ¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente? Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos. ¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar? Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada. Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza. No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir? La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita. La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena." 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33 Los Olvidos

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