La vida en rosa ⏐ “La adversidad también es poesía”

Él es Carlos Wilheleme, nuestro invitado de hoy. Preparado como actor, con dominio de idiomas, formación literaria, estudios de solfeo y piano clásico en la Escuela Superior de Música del INBA. Becario de Conaculta con las obras...

30 de agosto, 2021

Él es Carlos Wilheleme, nuestro invitado de hoy. Preparado como actor, con dominio de idiomas, formación literaria, estudios de solfeo y piano clásico en la Escuela Superior de Música del INBA. Becario de Conaculta con las obras El Payaso (2005) y Las aventuras de Kalim (2006); Premio Estatal de Poesía Quintana Roo (2006). Es uno de los grandes traductores de México.

“Al terminar de estudiar la carrera de Comunicación, había tomado la gran decisión: Me había cansado del tráfico y la contaminación de la Ciudad de México, dejé todo, casi me da un infarto cuando me di cuenta de que fue una decisión equivocada, pero seguí en Cozumel, donde tenía que sincronizar la palabra y ser congruente conmigo. Durante más de 20 años mis amigos han sido los personajes, vivo feliz en las historias que produzco. Desde 1997 hago doblaje.

“En este tiempo me pasó como a todos. Fue un estado de queda, fuimos aprendiendo a vivir con el virus, aumentó mi trabajo que es un placer: la traducción de películas y series de Netflix entre las que se encuentran las películas Four Lions, Stone, The Resident, The Next Three Days; series como Spartacus, Homeland, Sherlock, The Borgias, Da Vinci Demons, entre muchas otras; telenovelas y diversos videojuegos; entre las series y películas italianas están: Don Zeno, Passo a Due, Chiara e Francesco, Amore 14. Es maravilloso cambiar de universo a universo, es como ir de vacaciones a distintos géneros, así son mis días. 

“Con la pandemia fui de las personas privilegiadas que no me pegó sino al contrario llegué a tiempo, podía realizar transferencias bancarias en línea, hacer recibos de honorarios digitales, fui de las personas que no cambió nada en lo cotidiano”. 

Su carrera refleja congruencia, libertad y fuerza, una parte que forjó en Cozumel donde al principio dejó de escribir. En su largo camino recorrido Carlos, Wilheleme encontró al reconocido escritor, ensayista y poeta José María Zonta, de Costa Rica, quien lo adoptó como alumno y le dijo que lo que escribe son poemas, le abrió las puertas grandes de la poesía de este gigante universo en sus inicios y encontró en sus andanzas a María Baranda a quien adora, así como a otros personajes.

“Dejé de actuar hace años, tuve una compañía de teatro, luego empaqué mi vida en las palabras. Hice dos guiones para teatro, me llamaron para dirigir. 

“Mi voz cae en la poesía, es donde más cómodo me siento. Voy descansando (en la poesía) lo que me ocurre dentro. Bajo el mar encontré tanta poesía que me volví poeta, regresé a la literatura. Cozumel tiene la peculiaridad de isla viva es puro arrecife, un animal vivo. 

“Ocurren fenómenos diferentes, en algún momento si entiendes su idioma te puedes comunicar, cuando salía del mar iba directo a tratar de relatar todo y la única forma que encontré son muchos poemas que formaron El jardín del deseo, un encuentro con los peces que roncan de noche cuando lograba ser testigo de un concierto de ronquidos internado en el arrecife.

“Escribí mi primer libro de poesía que tiene que ver con el mar, con la superficie, con la parte profunda del mar de Cozumel, esta aventura comenzó con un primo que es instructor de buceo a quien le pedí apoyo para que me formara en esta profesión y trabajé como guía de buceo. 

“Posteriormente mi hermana se quiso ir a Quintana Roo, donde había una convocatoria en el centro de Cancún para hacer teatro, quien entregara el mejor proyecto sería el ganador, así que presentamos un guion en el que la propuesta fue narrar como si fuera una obra de teatro.

“Se dieron a la tarea de investigar cuántas compañías de teatro había, reunieron a más de quince compañías y se planteó un Teatro-Bar, pasar la noche a gusto con una obra diferente cada día, con la propuesta de una vez al mes presentar un tráiler donde ese día era gratuito para disfrutar las obras de teatro, ganamos el proyecto, fuimos socios y la parte operativa.

“Sabía hacer teatro y monté todo el sonido, la iluminación, la tramoya, mientras que mi hermana organizó a las compañías de teatro para comenzar a programarlas, contratamos actores que eran a su vez meseros.

“Participé con un proyecto en el FONCA de Quintana Roo e inscribí una obra de teatro que salió becada, fue un gran motor para creer en mi trabajo literario. 

“Hubo un momento en que todo terminó tras el paso del huracán Wilma, quedó la desolación entre la población; mi hermana se fue a Chile y yo regresé a la Ciudad de México. Estuvimos dos años. Cerramos porque fue un desastre Wilma, al que dediqué un poema de largo aliento de regreso a México. Entre los nítidos recuerdos del huracán Wilma están aquellos tres días de ráfagas, entramos como en un trance, ese efecto repetitivo de las ráfagas sostenidas que me dio por escribir ese poema. 

“El panorama era de tragedia y salí para ver quién había hecho algo, escribí una obra, otro artista hizo la coreografía, nos fuimos a presentar en todo el estado a cambio de despensas durante dos meses, hicimos un llamado por radio a través de Gabriel Avilés en la única radio que funcionaba y nos apoyaron para localizar a más artistas, mi casa sirvió para reunirme con colegas y almacenar medicamentos porque las farmacias estaban cerradas, conseguimos con el ejército 200 despensas para los artistas y entre el coreógrafo y yo las llevamos a mi casa para que pasaran por ellas.

“Los recibimos para protegerlos, no hay sistema de pensiones que ampare para resolver las necesidades primarias, hasta una directora de teatro se quedó sin casa. Dentro de todo ese movimiento hice el primer censo de artistas de Cancún, de alguna forma fui parte de los primeros fundadores de lo que es el Consejo Municipal para la Cultura y las Artes.

“Los artistas necesitaban comunicarse con sus familiares, se me fue acabando el dinero, como artista se vive al día. Para obtener más apoyos se necesitan recursos para movilizarse. Escribí un monólogo infantil Piratas y tesoros, una amiga solidaria me hizo algunas prendas y marionetas para dar una función, los teatros se habían caído, Wilma les arrancó el techo a dos, iban a tardar muchísimo en abrir, ser reconstruidos y recobrar su esplendor. Un mes después vendí lo poco que tenía para retornar a México. Con los poemas bajo el brazo sabía que había que comenzar de cero. 

“No se puede huir del lugar al que se pertenece, tenía que salir adelante, entrar con todo a la literatura, sabía que esa es la filosofía correcta para mi vida. Creo en los dos caminos, el artista nace y se hace, sin duda la inclinación de mi padre fue la música y estudié música clásica, por aquello de la influencia directa”. 

Carlos Wilheleme nos abre las puertas en forma cálida y nos adentra en su etapa más reciente de vida.

“A finales del año pasado me dio cáncer, etapa cuatro, ahora estoy bien.  El cáncer provoca que muchas personas se queden en el camino, y, entonces, tu victoria no sabe a victoria cuando sí tiene que ser una gran hazaña, pero en una guerra tan cruel librarla no te puede saber a cosa menor y lamentarse de los amigos que se te quedan en el camino.

Terminó la quimioterapia, todavía es necesario tener que protegerme muchísimo, más inmunodepresores, te conviertes en un ser vulnerable a contagiarte de cualquier cosa.  Me pregunté si quería vivir o no y decidí que hasta el último aliento iba a vivir. Tus células te escuchan, puedes hablar con tu propio cuerpo”.  

El poema de Jaime Sabines narrando ese príncipe cáncer, el gran señor de los pulmones, “El príncipe cáncer del mayor Sabines” lo hizo suyo a través de cuatro poemas que salieron de golpe, al escribir el segundo se encontraba en la salida del cáncer, se dio cuenta que no daba para un libro, será un poema largo. 

“En este momento escribo con mayor claridad, pensé que había acabado la poesía del cáncer cuando salieron otros, revelan renovación, ya no sales de la misma forma en la que entraste”. 

Carlos nos confiesa que salió cambiado para bien. 

“Soy de este selecto grupo, ya que otros salen disminuidos, sin extremidades, perdí un pedazo de intestino pero el cáncer tiene muchos brazos; el suyo fue uno de los más benévolos del que tiene un gran historial de batallas ganadas, en cuatro meses salió limpio, luego de hacer un trabajo interno y físico, como un camino iniciático. 

“Le planteé a la doctora con firmeza: no me engañe, quiero toda la verdad completa de este cáncer; estamos en una época difícil, ya evalué mis opciones y sí me alcanza para dar esta batalla, la determinación hace maravillas, me sentí inquebrantable, el cerebro es el gran comandante del cuerpo y las células se ponen a trabajar. 

“Esa fue una de mis grandes reflexiones, cómo decidir atravesar el cáncer, una ecuación de cuatro resultados, dos vivir, dos morir, o aprovechar cada minuto de la vida, si vas a vivir deprimido o vas a aprovechar el tiempo; no dejé de trabajar, no dejé el ánimo, el buen humor, los minutos valiosos y hacer que valiera el día. 

“Aquí es donde brinca la realidad, el cine, la novela, la televisión, dejas toda tu vida, expulsas todo eso, pensar que solo pasa en las películas, o que es terminal (la enfermedad), mi apuesta es que creí que podía vencerlo. 

“Si dudas las células no saben actuar, tu cuerpo te escucha cuando eres inquebrantable al decirlo. Me concentré en un poema, desde la Caída, la derrota frente a la situación, llegué llorando al poema número cuarto, a lo nuevo, a lo que eres ahora, a toda esta pureza a la cual perteneces y tu cuerpo ha quedado invadido, me lleva a la reflexión de mantenerme ahí.

“Los poemas han sido publicados en una revista de Nueva York, donde presentó una selección poética que gustó mucho, sus poemas encontraron espacio también en una revista Argentina, donde murió una querida colaboradora. En una tragedia como esta hay esperanza.

“Las tragedias hacen un despertar de la conciencia, un artista se hace en función de lo que vive, pero sin duda desde la alegría, la felicidad, es el mismo, hay casos como el de Johann Sebastian Bach, quien tuvo una gran vida y fue muy creativo.

“Desde el dolor y la tragedia se da la creatividad desbordada. Me considero lo que ejerzo: poeta y traductor, a lo que pertenezco desde hace años y que siguen vivos en mí”. 

 

El príncipe cáncer del mayor Sabines

 

4 poemas

La adversidad también es poesía.

 

LA CAÍDA

 

Bajo la sombra de un ala rota,

despojada de yerba nubosa, 

de la humedad del recorrido,

de los finos hilos quebrados 

que llenaron de noche la tierra,

cruza el viento entre las plumas. 

 

Me gusta pensar que no hubo daños

en el rojo que ha teñido su descenso,

en la más delicada de las piedras,

en el diálogo emplumado

y el suelo enardecido;

que la fronda exuberante sigue amando

las formas lastimadas de la selva.

 

CUERPO, TE ESPERO, CUERPO

 

Así tenga que hacer de mi cuerpo una hoguera, 

así tenga que convertirme en estrella, 

así tenga que contemplar la penumbra, 

y quedar inoculado en un incendio, 

así tenga que dialogar con la partícula más pequeña, 

y tenga que emprender un paseo  

sobre un carruaje de veneno: 

cuerpo, te espero, cuerpo. 

 

 

Podré ser puente y mensajero de tu nombre, 

baldosa en la oscuridad que me habita, 

mano muda de la otredad que me auxilia, 

mano seca,  

mano rota que respira por mí,  

que me hereda el silencio y el miedo, 

que me deja, por momentos, sin cabello, 

contemplando en el espejo la derrota: 

cuerpo, te espero, cuerpo. 

 

Así tenga que crecer como la noche 

con el tiempo de la mano que me sobra, 

así tenga que montar sobre febrero,  

convertido en un cristal de madrugada, 

 

quebradizo como el rocío 

al punto vespertino de las seis 

con la corte de cáncer despertando, 

 

murmurando entre timbres mezquinos, 

caídos de la estrella más lejana:  

cuerpo, te espero cuerpo. 

 

Y así tenga yo que enmudecer, 

apagar la voz de las constelaciones, 

canto de Luzbel que me ensordece, 

y tenga que regar una flor de odio 

sobre la triste pradera de un hostal, 

para prosperar en sus retoños, 

apareciendo a deshoras enterrado, 

interrumpido con la gloria herida, 

arrastrando los pies entre obsidianas: 

cuerpo,  

te espero, cuerpo.

 

En memoria de Marta Cwielong, poeta.

El príncipe cáncer nos atacó en su etapa IV.

Ella murió.

 Yo me salvé.

 

LA CULPA DEL SOBREVIVIENTE 

 

Me nace un alba en el brazo, 

en la frente

y en esa mano de ojos índigo

que respira por mí.

Trepo desde el abismo polar de mi tumba,

la abro en temporada de lluvia,

para que la vida me sepa a algo

y no sea un caminar hacia mi muerte.

 

Floto,

levito lento,

elevo mi cuerpo de amanecer

con el amor hinchado

de aire caliente,

con la patria de una nube

y el precio de la victoria en la cabeza.

 

ESE LUGAR EXISTE

 

Soy nuevo,

soy puro,

de la nada me creo,

me configuro,

salgo de mi cuerpo para hablarle. 

Recibo la benevolencia de la prosperidad

Yo soy la prosperidad,

el ala sagrada del aire.

Toco la puerta del cielo,

entro,

abro mi piel con el crujido 

de una tormenta.

Me desdoblo. 

Recibo la luz de una gota 

cruzada por el horizonte. 

Ya no soy yo, 

ya no soy el hijo del ayer,

el de anteayer,

el de la mañana,

el de hace horas,

minutos.

No soy el instante que fui,

el instante mismo de mis palabras.

Soy la palabra renovada.

el pensamiento sostenido,

la mirada perdida,

la chispa que estalla en una idea,

el fuego, la luminiscencia,

la estrella que brota, 

el humo, la fragancia de hierro:

soy yo levitando en mí mismo,

desprendido,

volcado en los brazos del universo,

llano, terso, transparente,

nítido en cada rincón de mi oscuridad.

Soy el ojo de mis sentidos,

los metros y las leguas, 

el tiro de mi mente,

lo que alcanza a ver mi cuerpo desanudado

atendido, resuelto,

listo.

 

Carlos Wilheleme

 

Comentarios
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Y es que los del 34 empezaron a quejarse de que en el 33 se escuchaban ruidos “siniestros” por las noches. Nadie les creyó, por supuesto. Pero una noche, uno de los ninis de la azotea bajó corriendo, con los pelos parados, diciendo que había seres extraños en la vecindad. Claro que el muchacho estaba mariguano; pero su terror era real, y recorrió el patio entero, tocando en todas las puertas, hasta que se cayó en el hoyo y ya no pudo gritar más. (No te espantes: no se murió; nomás perdió el poco conocimiento que suele tener). Casi todos los vecinos salieron de sus viviendas; hasta el portero, que esa noche tenía de visita a la Flor (Ella también salió, pero en paños menores; y no sabes el trabajo que costó volverla a meter. Pero el portero nos hizo jurar a todos que no hablaríamos de eso). La enfermera vino a reanimar al nini, y vieras el trabajo que le costó, porque no estaba sólo mariguano sino que había bebido quién sabe qué porquería que le trajo un “compañero”. Y cuando pudo hablar, el chavo dijo que por la azotehuela del 33 había visto a un ser que caminaba muy rígido y que emitía unos extraños rugidos. Ahí sí se alebrestaron todos, y fueron corriendo a tocar a la puerta del 33. Tardaron mucho en abrir, pero por fin salió el muchacho, todo soñoliento y con cara de pocos amigos, y dijo que dejaran de molestarlo o que se atuvieran a las consecuencias. El portero se ofendió, porque él era la autoridad máxima de la vecindad (según dijo), y a él no se le faltaba al respeto. Total, que se hicieron de palabras, y ya estaban pasando a las manos. Pero yo, que no me iba a quedar con  la curiosidad, me deslicé entre las piernas de los combatientes y me metí a la vivienda. Me dieron un pisotón en la cola; pero yo le clavé las uñas a la ofensora (la gorda del 42, kilos y kilos de grasa encima de una de mis vértebras), y la hice aullar. Eso los excitó más, porque todos creyeron que había el portero le había pegado, y ya se iban todos contra él. Pero yo, que ya me había metido hasta la cocina, salí como exhalación  para evitar una bronca mayor y decirles que lo que pasaba… Pero no podía decirles nada, o me hubiera descubierto. Lo que hice fue empujar a la abuelita del 39, que es muy chiquita y muy débil, a la cocina; allí, ella empezó a gritar, y entonces todos los vecinos se metieron (todos no, porque no cabían, pero es una manera de hablar). ¿Sabes lo que encontramos en la cocina? A los otros chavos de la vivienda y dos amigos suyos vestidos de “zombies”, quitándose el maquillaje que se habían puesto y tratando de ocultar los trapos que llevaban. Los vecinos, enojados, estuvieron  a punto de tirarlos por la ventana (estábamos en la planta baja, pero tirarlos por, la ventana era como un símbolo), y entre gritos y aullidos les exigieron  que se explicaran. 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Lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; solo puedo conjeturar que no pudo ser el martes porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller. Fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla. Aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que representó aquella visita, como si la vida hubiera reservado para mí un espacio de maravilla. Aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente vez que acudí, y otras más, la saludé con un tímido “Buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego. No fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo Queremos tanto a Glenda, donde apunté: “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes” Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico: a esa edad me causó angustia que me preguntara qué hacía por ahí y que, al no tener una respuesta válida, me pidiera que no incordiara sin causa, pero tal cuestionamiento no sucedió. En cambio me preguntó si había leído a Alfonso Reyes, y como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuánto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey. Ahora al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico de la vasta obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía. Me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida. Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear: dulce y comprensiva, atenta y solidaria, pero implacable en sus juicios literarios. Seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado. Su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes. Obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, que muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton, y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida; en el ejercicio del taller conocí a Pável Granados  y a Alejandro Malo. Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes. Los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.  Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno. Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical. Pero aun así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma, Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente, entre muchos otros. De nuevo un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente: tenía algo para mí. En efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo. A Emmanuel lo había visto alguna vez en la Capilla, pero para mí era una leyenda. Las indicaciones de Alicia eran precisas: llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes. Al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida, que terminó con una cena en la cocina y la revisión de dos poemas que le llevaba –“lleva lo mejor que tengas” me había ordenado Alicia–. Emmanuel se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpáramos, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó cómo firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”. Escribió en la tarjeta y me la dio, decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la entregara con los dos poemas. De nuevo repetí el ritual, solo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en Unomásuno; me dio cita para la semana siguiente. Batis me recibió puntual y me preguntó por Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos tomáramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaba fotografiarse con los nuevos escritores, y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. 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Y es que los del 34 empezaron a quejarse de que en el 33 se escuchaban ruidos “siniestros” por las noches. Nadie les creyó, por supuesto. Pero una noche, uno de los ninis de la azotea bajó corriendo, con los pelos parados, diciendo que había seres extraños en la vecindad. Claro que el muchacho estaba mariguano; pero su terror era real, y recorrió el patio entero, tocando en todas las puertas, hasta que se cayó en el hoyo y ya no pudo gritar más. (No te espantes: no se murió; nomás perdió el poco conocimiento que suele tener). Casi todos los vecinos salieron de sus viviendas; hasta el portero, que esa noche tenía de visita a la Flor (Ella también salió, pero en paños menores; y no sabes el trabajo que costó volverla a meter. Pero el portero nos hizo jurar a todos que no hablaríamos de eso). La enfermera vino a reanimar al nini, y vieras el trabajo que le costó, porque no estaba sólo mariguano sino que había bebido quién sabe qué porquería que le trajo un “compañero”. 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Pero yo, que ya me había metido hasta la cocina, salí como exhalación  para evitar una bronca mayor y decirles que lo que pasaba… Pero no podía decirles nada, o me hubiera descubierto. Lo que hice fue empujar a la abuelita del 39, que es muy chiquita y muy débil, a la cocina; allí, ella empezó a gritar, y entonces todos los vecinos se metieron (todos no, porque no cabían, pero es una manera de hablar). ¿Sabes lo que encontramos en la cocina? A los otros chavos de la vivienda y dos amigos suyos vestidos de “zombies”, quitándose el maquillaje que se habían puesto y tratando de ocultar los trapos que llevaban. Los vecinos, enojados, estuvieron  a punto de tirarlos por la ventana (estábamos en la planta baja, pero tirarlos por, la ventana era como un símbolo), y entre gritos y aullidos les exigieron  que se explicaran. 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