La vida en rosa ⏐ Festival Internacional de Poesía : Abba Palabra en la cultura

La vida en rosa Mario Alonso López Navarro es director del Museo Poeta Manuel José Othón; está comprometido con la cultura y el arte; es artífice del Festival Internacional de Poesía Abba Palabra, que nace en 2005...

19 de julio, 2021 MARIO ALONSO LÓPEZ

La vida en rosa

Mario Alonso López Navarro es director del Museo Poeta Manuel José Othón; está comprometido con la cultura y el arte; es artífice del Festival Internacional de Poesía Abba Palabra, que nace en 2005 en San Luis Potosí como resultado de una de las preocupaciones que siempre ha tenido como escritor: ver que existe una desvinculación de la palabra con el público, provocando entonces el encuentro con la complicidad de poetas e instituciones desde distintos escenarios. 

Cabe destacar que el Festival Internacional de Poesía Abba Palabra nace como parte del festejo por el XVI Aniversario del Taller Literario Manuel José Othón. Este lo coordina Mario Alonso Navarro, poeta, escritor, editor, docente, Licenciado en Economía egresado de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, investigador en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de la Cultura de San Luis Potosí.

La entrega que el maestro Alonso tiene con la poesía va más allá de la escritura, este noble oficio es para compartir, es el objetivo de Abba Palabra. 

Gestor cultural por excelencia, formado bajo el rigor y esplendor del gran Miguel Donoso Pareja, Mario Alonso ha estado presente con poetas procedentes de Colombia, Argentina, Uruguay, Paraguay, Francia, Estados Unidos, Costa Rica, quienes aceptaron la invitación para compartir sus lecturas, presentaciones de libros y cátedras en escuelas, colegios, teatros, espacios públicos, bibliotecas, casas de barrio y centros de investigación de nuestro país.

Las voces poéticas se desplazaron a muchos municipios de San Luis Potosí, y a otros estados, además de que estos eventos lograron trascender porque realizaron dos presentaciones del Festival Internacional de Poesía Abba Palabra en España. 

En estas actividades literarias a las que se han unido pintores y artistas, es posible que en San Luis Potosí hayan contado con unos 30 mil invitados desde que iniciaron con este festival en 2005 y gozado de la presencia de 200 poetas, gracias al entusiasmo de todos y a que están bien coordinados. 

El Festival Internacional de Poesía Abba Palabra está fuertemente posicionado en el universo de las letras en nuestro país, amén de que ha llegado hasta tierras extranjeras y ha ganado espacios, presencia con el apoyo decidido de poetas y artistas, entregados a la cultura y el arte.

No le interesa –expresa Alonso– la presencia de quienes se la pasan leyéndose entre ellos su larga trayectoria y a la hora de presentar el fruto literario es poca la poesía que comparten, porque les interesan más los reflectores. Expresa que muchos se dicen poetas y se olvidan del contacto con el posible público, quedando al descubierto las mafias literarias.

Julio César Ceballos es parte también de Abba Palabra que organiza en Chimalhuacán (Estado de México) y el maestro Mario Alonso está al frente de lo que se gesta en San Luis Potosí, donde coordina para presentar un festival de calidad y largo alcance. 

Como gestor cultural realizó también el encuentro de escritores “Palabras Mágicas” de la que solo existen tres emisiones con menos poetas, visitaron pueblos mágicos, donde fueron bien cobijados por las presidencias municipales de San Luis Potosí: “Como era de esperarse, con la pandemia se replantearon todo, queremos ir a los centros educativos, queremos acercar la poesía a los jóvenes, Conaculta apoyo por un año este proyecto”.

Para la voz poética, Mario Alonso vivir para la cultura no es una opción, se puede notar su entrega a las letras con su gran proyecto el Taller Literario Manuel José Othón que a la fecha tiene una vida de 33 años. Es ante todo un taller independiente y gratuito, fiel reflejo de su pasión que realiza de muy buen talante, que le hace feliz porque los resultados han sido generosos, uno de los alumnos al salir inició sus propios proyectos y ahora forma parte del INBA, donde propuso “Ciudad de Letras”.

El maestro Mario Alonso ha publicado los poemarios: Solo la luz rompe el silencio (Dos filos- Universidad Autónoma de Zacatecas, 1982); Breve Luz (Boldo y Climent, Querétaro, 1989); Variaciones sobre un retrato hablado (Cuadernos Othonianos, 1991); La Densidad del Aire, (UNAM, 1991); La Apariencia del árbol (Desierto-Instituto de cultura Aguascalientes,1999); Murmullos (Secretaría de Cultura San Luis Potosí, 2005).

Su obra ha sido traducida al flamenco, francés e inglés. Mario Alonso López Navarro ha obtenido diversos premios entre los que podemos mencionar: Premio Estatal de Literatura Manuel José Othón S.L.P. (1990), Primer Lugar Nacional en el concurso de cuento Issste-Cultura por el libro de cuentos infantiles Recuento de horas; Primer Lugar en el concurso 20 de noviembre -1991- con su obra Variaciones sobre un retrato hablado; Primer Lugar en el concurso de literatura Península de Yucatán con La apariencia del árbol; Primer Lugar en el concurso 20 de noviembre -2005- con el poemario Murmulllos; mención honorífica en los Juegos Florales de San Juan de los Lagos con el libro Desayuno del Shamán.

Ha sido becario del sistema Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Desde 1989 coordina el reconocido Taller de Literatura Poeta Manuel José Othón. Como editor ha sido responsable de las publicaciones: Cuadernos Othonianos, Revista Verdesierto, Cuadernos de Cultura Alternativa, Colección Vela Arde.

El maestro Mario Alonso ha sido incluido en las antologías San Luis Potosí 400 años de literatura, Cantera la Voz, Murmullos Poéticos, entre otros. Ha participado en múltiples festivales en México y en Bogotá, Costa Rica y Salamanca, España.

Hay que decir que la literatura es un gran generador de egos, muchos se preocupan por estar más en los premios, se publican más cosas de lo que se lee, son consumidores de su arte, comenta nuestro invitado. 

“Cuando tú quieres hacer cada obra porque te nace, dejas a un lado la pregunta de cómo seré visto, cómo te ensalzas, si te hizo pasar un poco desapercibido, no estar festivales con su propio nombre, la literatura me ha dado tanto de lo que es la vida para escribir, tengo que retribuir a mi medio, a mi gente, parte de esta maravilla que es la escritura, la difusión, desde San Luis Potosí, hago entonces, entre otras cosas, plaquette para difundir a los que están empezando en el camino literario”. 

Si bien nació en Ciudad Guadalupe (Nuevo León), Mario Alonso desde niño se siente parte de San Luis Potosí, donde se esmera para que conozcan la poesía potosina, sabiendo que nos puede dejar algo diferente.  Alonso nos ha permitido entrar no solo en su vida y obras, sino en el ser que habita la literatura, donde nos confiesa que ésta le ha dado lo suficiente durante 33 años, ha cumplido creando nuevos cuadros.

“Ocurre que me alejo de las cosas que no me llenan, de lo rimbombante, donde traen a los Premio Nobel, tenemos una deficiencia de educación, y en este replanteamiento estamos nosotros, creas la emoción, impacto al escuchar una poesía de otro país, empiezas a ver la literatura como algo cercano, se ha banalizado, hemos visto que se dicen poetas, saltándose los elementos básicos, cuando te dan algo que no se parece, no es la poética que yo creo enseñar y doy muestras de porqué es así, por qué escribo, por qué los talleres y los festivales de poesía.

“Voy queriendo que la poesía vaya dejando la cosquillita de que puede ser interesante, sin esperar a que me aprueben, están los 18 premios que no ha ganado ningún tallerista, cuando empecé lo hice en un patio, es lo que se hace cuando quieres dar lo que sabes, sin grandes espacios ni comodidades que no había en ese momento”. 

 

 

Del poemario Desayuno del Shaman 

ENCENDER UN CIRIO 

Abre la ventana, no sea ya cercano nuestro invierno y nos quedemos fuera 

Eso es como quien ha perdido sus enredaderas, en tanto las cornisas se llenan las alforjas de pámpanos y cimitarras, de aureolas y palomas. 

Espero mi canto, mis estrellas de la suerte, cuatro tréboles por los cuales recé este domingo. Soy mis dados, serenidad con que espero mi número certero, campana para agotar murmuraciones, levantarse por fin sin prisa. Quiero tocar un jorobado, el ombligo de buda, los conejos de la suerte. Quizá, y por comedimiento o paciencia, alguna viuda de verse. Un metal escondido. La rabieta de los perdedores. 

Y por eso nada basta antes de encontrar, ni estas notas, ni abril por… Después de ello tornaremos a dormir, yo aquí y usted en su sitio. Poblado de quizás es y tal vez nos encontremos Ojos de abril en pleno.

Una caracola busca mar, en la tinta azul de baldaquín. Una carta, ridícula y postal. Ese sereno provisorio de la muerte. 

Nunca llamar así, desesperado, en otra puerta Cuyo nombre olvidaste súbito, en la cornisa.

 

Comentarios
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Capilla Alfonsina –la que fuera la casa de Alfonso Reyes– seguían ahí; luego, algún armonizador de la urbe los hizo retirar y se cargó 40 años de historia. Lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; solo puedo conjeturar que no pudo ser el martes porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller. Fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla. Aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que representó aquella visita, como si la vida hubiera reservado para mí un espacio de maravilla. Aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente vez que acudí, y otras más, la saludé con un tímido “Buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego. No fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo Queremos tanto a Glenda, donde apunté: “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes” Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico: a esa edad me causó angustia que me preguntara qué hacía por ahí y que, al no tener una respuesta válida, me pidiera que no incordiara sin causa, pero tal cuestionamiento no sucedió. En cambio me preguntó si había leído a Alfonso Reyes, y como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuánto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey. Ahora al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico de la vasta obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía. Me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida. Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear: dulce y comprensiva, atenta y solidaria, pero implacable en sus juicios literarios. Seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado. Su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes. Obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, que muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton, y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida; en el ejercicio del taller conocí a Pável Granados  y a Alejandro Malo. Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes. Los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.  Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno. Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical. Pero aun así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma, Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente, entre muchos otros. De nuevo un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente: tenía algo para mí. En efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo. A Emmanuel lo había visto alguna vez en la Capilla, pero para mí era una leyenda. Las indicaciones de Alicia eran precisas: llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes. Al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida, que terminó con una cena en la cocina y la revisión de dos poemas que le llevaba –“lleva lo mejor que tengas” me había ordenado Alicia–. Emmanuel se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpáramos, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó cómo firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”. Escribió en la tarjeta y me la dio, decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la entregara con los dos poemas. De nuevo repetí el ritual, solo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en Unomásuno; me dio cita para la semana siguiente. Batis me recibió puntual y me preguntó por Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos tomáramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaba fotografiarse con los nuevos escritores, y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. 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Cada uno de ellos representa la consagración de un ser humano dedicado al arte –insisto puede o no gustarnos pero eso no descalifica los años de entrega al oficio y a la vocación, al dominio de la técnica y al descubrimiento del secreto de los temas–, representa la traducción a innúmeras lenguas y con ello el enriquecimiento de la cultura por todas partes. En el caso del Cervantes, además, implica el diálogo entre la Península y el continente de la Ñ y el avance de nuestra literatura en otras librerías y bibliotecas, se da el caso, excepcional si se quiere, de que un premio abra las puertas a nuevas formas de ver la literatura, me apuesto el almuerzo a que el Premio Goncourt habrá descubierto con Anomalía de Hervé Le Tellier, el nuevo camino para la ciencia ficción. Por eso el Nobel importa e importa tanto. De entre todos los obsesos del Nobel, hay quienes lo son para denostarlo, es cierto que es lamentable el escándalo de corrupción, violación de secretos y acoso sexual que nos privaron de su entrega por un año, pero qué se le va a hacer, en todos lados se cuecen habas y es mejor que las heridas supuren de cuando en cuando para ventilar la podredumbre. Pero sobre todo, me llaman la atención los críticos subidos en su pequeño banquito, esos que escriben con hiel y veneno, que destruyen al ganador con el pretexto de defender a los que no lo ganaron o no lo han ganado y es que nomás hay un Nobel al año y escritores hay tantos. Nadie necesita el premio, pero si viene y más si es en justicia, qué mejor. Borges, Reyes o Fuentes –por solo hablar de nuestros escritores– no necesitan que los defiendan y si no les tocó el grande, ello no les quita su propia grandeza. Críticos que no han leído al laureado ni les interesa porque lo que importa y más para el que sabe que nunca lo tendrá en sus manos, es destruir porque siempre el ruido del chivo en la cristalería suena como sinfonía para las inteligencias pequeñas. En fin, que este año vino a caer en suerte –y me parece que en justicia porque ahora que empiezo a leerlo me está gustando mucho– el Premio Nobel a Abdulrazak Gurnah, de Tanzania. Esto me remueve las entrañas de gusto por varias razones. Primero, por venir del África de cuya literatura apenas sabemos casi nada, es decir, algo de los autores del Magreb como Léopold Sédar Senghor, precursor entre los africanos que salieron a mostrar su literatura; Naghib Mahfouz, enorme, descubierto y traído a occidente por Jacquie Kennedy; Tahar Ben Jelloun y su maravillosa elegía El último amigo. Pero si descendemos al África profunda, de donde recibimos a Miriam Makeba, al inmortal Madiba, que refugió a Maya Angelou, ahí si nos perdemos y creo, que ha llegado también su tiempo de saltar a escena para que los veamos y los conozcamos, para que de ese modo sepamos que existen y su sufrimiento, exclusión y marginalidad puedan ser paliados también desde la cultura, porque la Academia Sueca lo sabe, está consciente de su poder y el premio no se da solo al autor sino a su mundo y su contexto; usted o yo podemos opinar lo que nos venga en gana que para eso somos libres tenemos un cerebro, dos ojos, dos oídos y solo una boca y es que, por ejemplo Solyentizin no me convence, no es para mí, pero sin su Nobel, cómo podríamos saber de los excesos de la Unión Soviética; Pasternak, que es de mis autores más admirados, tuvo el mismo efecto. Pero los latinoamericanos tenemos cuentas pendientes con la historia y bien podríamos ser más solidarios y abiertos con otras literaturas marginales. Vamos a ver, la primera iberoamericana en ganar un Nobel de literatura fue Gabriela Mistral en 1945 y ahí comienzan los quebraderos de cabeza porque parece que fue de rebote, entre quienes no se decidían y entre la falta de acuerdo y las malas lenguas dicen que se lo bajó a Alfonso Reyes entre otros, pero la literatura de nuestro continente seguía siendo marginal, de las orillas del mundo y un poquitín folclórica y llamativa, de ahí tuvimos que esperar doce años para que se lo dieran a don Miguel Ángel Asturias, sin debate sobre su enorme calidad y potencia, pero que sigue la órbita de eso que los europeos parecían llamar el exótico mundo de América. Sería Neruda, apenas cuatro años después, el que abre las puertas de las grandes alamedas, como diría su paisano. Entonces vino el boom; pues ya ve usted, me dirá que el boom no es un movimiento, que es una estrategia de mercado y yo tengo para mí que es ambas cosas y sobre todo que es un enorme e irrepetible conjunción de talento –ande, consígase al mismo tiempo un Gabo, un Cortázar, un Donoso, un Fuentes, un Vargas Llosa, suena fácil–, bajo la estratégica e inteligente visión de una mujer enorme –en todo sentido– y admirable: Carmen Balcels. Eso nos permitió abandonar la marginalidad y entrar a partir el queso en la mesa grande con todos. Porque, sabe usted amigo lector, no basta con escribir como los dioses, es necesario ser leído como cualquier hijo de vecino; pero la consagración nos la abre el enorme Gabo con su histórico liqui-liqui blanco sin frac y poniendo a bailar vallenato a la reina de Suecia. Esa es la épica de cómo los latinoamericanos, como acostumbramos, en el relajo y el mitote, con talento y con una necedad a toda prueba nos metimos en la literatura universal para no salir ya nunca. Puede ser, espero, que sea en buena hora para los africanos. Pero ademas Gurnah es parte de un fenómeno literario que nos supera a los lectores y autores del mundo, se trata de una forma de literatura que rompe los márgenes de la clasificación por lenguas y naciones, se trata de la letra mestiza que comenzó a ser reconocida con el Nobel a V.S Naipaul que lo recibió en 2001, nacido en Trinidad, súbdito británico de origen indio con obras dedicadas al Islam y al Caribe; adelanta con Kazuo Ishiguro, que lo obtuvo en 2017, nacido en el Japón y también británico cuyo trabajo es la muestra del más fino cosmopolitismo, y que ahora parte plaza, madres y críticas con Abdulrazak Gurnah, escritor de las migraciones, de las culturas colonizadas, del hambre de sobrevivir, de los que guardan su idioma como un tesoro, su cocina como una deidad y su memoria como una leyenda; tanzano y británico también –estas son las consecuencias del antiguo Imperio– escribe (hasta donde he podido leerlo ahora con Pilgrim Way en texto digital, en tanto que nos llegan las traducciones y las nuevas ediciones), con una pureza y una fuerza admirables. Eso es lo que me ha gustado de este Nobel: la posibilidad infinita de crear horizontes; después de todo, Naipaul e Ishiguro son dos de los miembros de mi Olimpo literario. En fin, antes de que el amable lector prefiera echarle un ojo al Tik-Tok, diré que tal vez haya sido la última oportunidad para Kundera y para Kadaré, ambos mis eternos candidatos como en su oportunidad lo fue Carlos Fuentes; que la sequía del Nobel para la lengua española todavía habrá de prolongarse un año más pese a los veinte años que separan a Octavio Paz de Mario Vargas Llosa y después de los gloriosos años 89 - 90 en que Camilo José Cela precedió a Octavio Paz en el escenario de los ganadores. Y sigo creyendo en Adonis, aunque tal vez ya no alcance y viendo alzarse con la gloria a Javier Marías, a Antonio Muñoz Molina; en fin, todo puede suceder. Y aquí entre nos, lo que sí me da un gusto enorme es la sacudida que se llevaron las casas de apuestas, esos que son los especuladores de esta escena. 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Lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; solo puedo conjeturar que no pudo ser el martes porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller. Fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla. Aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que representó aquella visita, como si la vida hubiera reservado para mí un espacio de maravilla. Aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente vez que acudí, y otras más, la saludé con un tímido “Buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego. No fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo Queremos tanto a Glenda, donde apunté: “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes” Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico: a esa edad me causó angustia que me preguntara qué hacía por ahí y que, al no tener una respuesta válida, me pidiera que no incordiara sin causa, pero tal cuestionamiento no sucedió. En cambio me preguntó si había leído a Alfonso Reyes, y como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuánto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey. Ahora al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico de la vasta obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía. Me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida. Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear: dulce y comprensiva, atenta y solidaria, pero implacable en sus juicios literarios. Seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado. Su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes. Obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, que muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton, y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida; en el ejercicio del taller conocí a Pável Granados  y a Alejandro Malo. Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes. Los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.  Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno. Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical. Pero aun así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma, Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente, entre muchos otros. De nuevo un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente: tenía algo para mí. En efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo. A Emmanuel lo había visto alguna vez en la Capilla, pero para mí era una leyenda. Las indicaciones de Alicia eran precisas: llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes. Al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida, que terminó con una cena en la cocina y la revisión de dos poemas que le llevaba –“lleva lo mejor que tengas” me había ordenado Alicia–. Emmanuel se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpáramos, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó cómo firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”. Escribió en la tarjeta y me la dio, decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la entregara con los dos poemas. De nuevo repetí el ritual, solo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en Unomásuno; me dio cita para la semana siguiente. Batis me recibió puntual y me preguntó por Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos tomáramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaba fotografiarse con los nuevos escritores, y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. 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De por qué alguien quiere volverse escritor

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