IV-  LA CASA DE LOS OLVIDOS

Entre paréntesis quiero decirles que conocí a doña Rosa Salas en el Hotel El Faro (el más fresco de Acapulco) a mediados de los  años 70, justamente en el mismo vestíbulo donde la encontré a mi regreso...

12 de octubre, 2020

Entre paréntesis quiero decirles que conocí a doña Rosa Salas en el Hotel El Faro (el más fresco de Acapulco) a mediados de los  años 70, justamente en el mismo vestíbulo donde la encontré a mi regreso de Los Olvidos ese día. En aquella primera ocasión, estaba yo en el vestíbulo del hotel, admirando un mural fotográfico en blanco y negro del fotógrafo Rosendo Pintos,  en el que se veía a Don Carlos Barnard (fundador del Hotel Mirador) y otras personas. Destacaba entre los personajes del retrato, una joven muy hermosa con trenzas sujetas como chongos a ambos lados de la cabeza. Tenía un cabello que brillaba en la fotografía y una personalidad que me hizo comentarle en voz alta al amigo con el que me encontraba:

-¡Que hermosa mujer esa de las trenzas! Le dije.

De pronto sentí que me jalaban la camisa por detrás mientras una voz femenina me decía:

-Gracias por el piropo. Esa joven era yo.

Esa joven era doña Rosa Salas que después de tantos años de haber sido retratada por Pintos,  seguía siendo una mujer distinguida y muy hermosa, con su pelo blanco recogido en un solo chongo en la  parte de atrás de su cabeza.

Volviendo a nuestro encuentro de ese día a mi regreso de Los Olvidos, le pedí que me esperara tantito, que iba yo por un refresco y le pregunté si quería uno.

  •  Pues ya que me lo preguntas hijo, tráeme una Yoli bien fría, por favor.
  • Claro que sí, doña Rosita, vengo de volada.

Más rápido que lo que canta un gallo, estaba yo de vuelta con una Yoli y una Pepsi en aquellas botellas de vidrio que sudaban en cuanto las sacaba uno del refrigerador. Abrimos los refrescos y yo me senté frente a su banca de parota dispuesto a platicarle mi aventura.

-Pues fíjese que vengo de ver una casa que siempre había tenido ganas de visitar porque la he visto por años y siempre me ha dado entre nostalgia y curiosidad. Parece una sirena tendida sobre la península de la Explanada, rodeada de palmeras que semejan esclavos abanicándola. Se ve claramente desde la Sinfonía del mar en dirección hacia Los Flamingos.

-¡Pues tienes buen gusto, niño! Es la casa de Los Olvidos; era de un minero inglés.

-¿Y usted cómo sabe, doña Rosita?

-Vivo en Acapulco desde antes que naciera tu mamá y ya te dije que soy toda oídos. ¿Qué diablura fuiste a hacer ahí?

-Nada de diabluras, doña Rosita. Si no me fui a brincar la barda ni me metí a la mala.  Para comenzar no sabía bien por dónde buscar la entrada, porque no está sobre López Mateos, sino al fondo de un callejón que se llama La Explanada. Siempre había querido ver si me dejaban conocer la casa, y hoy me armé de valor y decidí probar suerte. Gracias a que el portón tiene rendijas entre los tablones de madera de las puertas, pude darme cuenta que era la casa que se ve desde la Sinfonía. Luego toqué el timbre y lo escuché sonar. Muy poco después, vi  que se acercaba a la puerta un señor más bien joven que preguntó quién llamaba. Le dije que una persona curiosa que querría ver si era posible visitar la casa. La verdad me sorprendió su amabilidad porque me abrió sin más, y me invitó a seguirlo para que viera la casa como  si nada.

Le seguí platicando a doña Rosita sobre la terraza de la orquesta y de las peculiaridades acústicas de la arquitectura de la casa. Le conté de la imponente vista que guardaba la casa y me quedé pensativo tomando mi Pepsi. Doña Rosita entonces me dijo:

-Siégueme contando escuincle. No me vayas a dejar picada.

-No, doña Rosita. Lo que pasa es que se va usted a reír de mí.

-¿De cuándo acá eres penoso? ¡Cuéntame!

-Pues fíjese que ya iba yo de salida con el señor que se llama Marcelino y yendo por el jardín ¡me encontré una baldosa de cantera en la que estaba grabada la fecha de mi nacimiento! ¡Me sentí como en película de miedo! ¿Verdad que no es normal que una casa que siempre me ha gustado tanto tenga una baldosa con la inscripción del día en que nací? Hasta  le hice la broma a don Marcelino de que ojala no hubiera otra baldosa con  la fecha en que me voy a petatear…

Entonces doña Rosita soltó una carcajada y me dijo: 

-No le saques güerito. Vete de regreso y busca por el jardín a ver si por ahí dice cuándo te vamos a cafetear…

-No la amuele, doña Rosita, me voy a salar.

-¿Y el señor que te abrió no te dijo por qué  estaba esa fecha marcada en la piedra esa?

-No, doña Rosita, me dijo que luego me contaba, cuando volviera yo. Me pidió que regresara el sábado.

Por un momento, doña Rosita Salas se quedó callada mirándose con el encargado de la recepción (don Alejandro) como si hablaran con  los ojos. Se recargó estirándose como gatito sobre el respaldo de la banca aquella que me encantaba, entrecerró los ojos y luego me miró y comenzó a decirme.

-Cuando Don Carlos Barnard comenzó a construir El Mirador, vimos que estaban trabajando en  la obra de esa famosa casa de Los Olvidos. Tienes razón que parece como una costeña o una sirena tendida disfrutando la vista mientras su novio tritón le da serenata con el canto de las olas. Las palmeras que dices, ya estaban sobre la ladera, y tuvieron la buena idea de no tumbarlas porque además de dar cocos, dan sombra y hacen bonito el paisaje. El Señor Claymon (el dueño de la casa) se daba sus vueltas para visitar a Don Carlos en El Mirador,  se tomaba su café y fumaba puros mirando a los clavadistas. Don Carlos le dio la idea de que pintara Los Olvidos del mismo color que  El Mirador, y así lo hizo. Poco después que Don Emmanuell Claymon comenzara a visitar a Don Carlos, se les pegó un gringo que se llamaba John Harding que también estaba enamorado de Acapulco. Ese gringo terminó construyendo el Hotel Casablanca sobre el cerro de La Pinzona pocos años después y hasta Diego Rivera le pintó un mural muy bonito con imágenes de la selva,  nativos y animales salvajes. Diego Rivera por cierto, me venía a visitar aquí a El Faro cuando vivía en el departamento de arriba el Señor Teddy  Stauffer que me quería mucho y fue el creador de La Perla. Conforme han pasado los años, ha venido más gente a Acapulco y a los turistas que pasean en  lancha para ir a ver los  clavados desde el  mar, los guías y los lancheros les cuentan lo que les pega la gana y los turistas se lo creen todito. A los gringos les encanta que les digan que es la casa del cantante ese, Sinatra; luego les inventan que la familia del presidente Kennedy, que Tarzan y que John Wayne son los dueños. Es la casa con más dueños en todo Acapulco. Yo nada más los oigo y ni los desengaño; total, ¿pa’ qué? Los Olvidos pa’ mi gusto, es la casa más bonita de Acapulco. Lo único malo es la melancolía que la rodea. ¿A ti no te dio nostalgia mientras estabas ahí?

-Ya que lo menciona doña Rosita, desde que veía yo Los Olvidos desde La Sinfonía, me imaginaba yo historias de amor, pero como de amores imposibles o no correspondidos; no sé   bien por qué. Y la verdad es que estando en Los Olvidos cuando me separé de don Marcelino para ir donde me había dicho, sentí como mucha tristeza mientras pasaba por las habitaciones con las ventanas cerradas y los corredores sin un solo mueble.

-Pues yo sí sé- me dijo Doña Rosita- pero no quiero echarle a perder la historia al señor Marcelino que te abrió tan amablemente. Cualquiera diría que en esa casa tan bonita habrán pasado cosas maravillosas y que estará llena de felicidad con tantas fiestas y tanta música y en ese lugar tan hermoso, pero  pues no.

-¿Pero por qué no, Doña Rosita?

-Mira muchacho, prefiero que el señor Marcelino te cuente la historia; no  me sentiría a gusto de saltármelo cuando él ha sido tan amable de abrirte y hasta invitarte a volver. Hay más tiempo que vida hijo. Para que no rezongues nada más te puedo decir que don Emmanuel que se había ido haciendo amigo de mi patrón, don Carlos Barnard, le compartía sus penas y de verdad se achicopalaba y lo desbordaba la tristeza; su tristeza era como una loza sobre su espalda; hasta se encorvó  a pesar de que no era viejo. Ya te contará Don Marcelino, pero para principios de los años  60 ya no volvió. La casa estuvo sola un buen de tiempo, y lo demás que te lo cuente Don Marcelino el sábado. Eso sí güerito, el sábado cuando salgas de Los Olvidos, tráeme otra Yoli bien fría y me cuentas todo lo que pase en la casa y lo que te cuente Don Marcelino. Y ahora ya  vete pa’ tu casa que tu madre ha de estar preocupada de que no pareces. ¿La quieres llamar desde aquí?

-Si me da chance, si Doña Rosita, gracias.

Después de avisarle a mi mamá que estaba bien y que ya iba yo para la casa, me despedí de doña Rosita y de don Alejandro y me  fui para la casa, pero primero pasé  a la panadería de Icacos por unos vidrios que me encargó mi mamá.

 

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Y luego, esta semana… Aunque lo de esta semana no es culpa suya; más bien es culpa mía. Te explico. La señora del 37 me echó unos pellejos, que yo cogí con  la boca para irme a comerlos en un rincón, con calma y sin presiones. Pero cuando iba por la puerta del 43 se me vino encima Pucho. ¡Condenado animal! Me ladró y me enseñó los colmillos y hasta la garganta así, de repente, y me sobresaltó. Sin quererlo, solté los pellejos y me trepé al barandal del pasillo, Pucho se estuvo ahí un rato, ladrándome y brincando para alcanzarme, y ya estaba yo pensando en tomar mi apariencia normal, a ver si lo mataba del susto, cuando llegó su dueña para llevárselo. Pero para entonces, ya Pucho había mordisqueado y destrozado los pellejos. Yo, la verdad, no como nada que otro haya mordido ni olisqueado, así que me fui tranquilamente. 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Allí se está muy bien al sol, con poca gente (En ese momento no hay exposiciones de ninguno de los artistas taquilleros del país). Estuve pensando mucho rato, pero no llegué a ninguna conclusión. Sin embargo, oí una conversación de los empleados de limpieza, que me resultó muy ilustrativa. Una de ellas, una mujer por cierto, que parecía muy enterada de todo lo que pasaba ahí, dijo que el director del museo había visto la “escultura” en una ocasión, y que se mostró muy impresionado. Preguntó por el autor, y le contestaron que nadie lo conocía, que no sabían cómo la escultura había llegado allí ni por qué. Entonces, el director se encerró con los principales miembros del Consejo Directivo, y estuvieron varias horas hablando. Y cuando salieron, el director anunció que el museo tenía una invitación para enviar esculturas a un concurso que se iba a celebrar en un país muy lejano, que tiene muy buena prensa en cuanto a arte se refiere, y que el museo no contaba con ninguna pieza digna de entrar al concurso; y que, por lo tanto, había decidido enviar la pieza incógnita (Así le llamó a la nave, figúrate). Pero como no podía enviar una pieza de autor desconocido, iba a decir que era suya. Todos le aplaudieron. Y luego, en privado, lo felicitaron por esa muestra de desprendimiento y de amor al arte y a su país al firmar con un nombre tan importante una pieza desconocida. Enviaron la nave tal como estaba, sucia por el viaje y hasta un poco oxidada. Y la “pieza” participó en el concurso, ganó el Primer Premio, el Segundo y el Tercero, y varias asociaciones artísticas de aquel país le entregaron reconocimientos y medallas. Y acababa de regresar aquí después de un viaje por varios museos importantísimos de todo el mundo. El director no había regresado todavía. El país anfitrión le envió dos boletos para que él y su esposa asistieran al evento; pero él exigió boletos para sus tres hijos, porque quería que los niños presenciaran el “emotivo momento” que se daría si la obra obtenía algún premio. Le dieron los tres boletos. Pero luego, el director logró que el gobierno de este país le otorgara una extensión para que durante el viaje de regreso pudiera visitar algunos importantes países como emisarios culturales de alta categoría (Eso de la “alta categoría” no sé cómo se lo creyeron, porque el mentado director no ha producido ni una sola obra de arte digna de tal nombre. Pero el presupuesto de este país da para eso y para mucho más). Total, que el museo está esperando al director y su corte para hacerle un recibimiento digno del embajador cultural tan importante en que se ha convertido, y ya están haciendo los preparativos para el evento. Yo no pienso asistir a la celebración, porque temo enfermarme al oir los discursos y presenciar el besamanos. Algún día se descubrirá la verdad y, como se dice vulgarmente, al freir será el reir. Te quiere Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "CARTAS A TORA 282" ["post_excerpt"]=> string(182) "Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Todos los días le escribe cartas a Tora, su amada, quien lo espera en una galaxia no muy lejana. 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