No sé si sea el otoño o más bien el principio del invierno o el final del camino; no queda tiempo de escribir un diario, un diario dividido en doce meses, con sus páginas todas virginales, vestiditas de blanco.
Puedo y quiero escribir en hojas sueltas lo que vaya pasando, cuando pase; ahora que la distancia se ha extendido cerniéndose sin límites porque ni las nubes ni el tiempo ni los vientos se prestan para volver mañana, para volver un día o volver siquiera.
En hojas sueltas halladas en cajones, sobre mesas desiertas, por los pisos, entre revistas viejas, en estantes repletos de objetos y de libros; en hojas sueltas tomadas al azar para escribir bitácoras brevísimas; memorias de un instante, un par de párrafos, notas en un detente mientras corro.
En hojas sueltas donde no dé tiempo, margen para que escape la memoria; que no se desdibujen las sonrisas, los gestos entrañables, las caricias; hojas en pequeñísimos cuadritos de papel donde broten retoños de cariño; donde puedan echar raíz hasta dar sombra, los recuerdos queridos.
En hojas sueltas caídas de los árboles, hojarascas que cubren el camino alfombrando los pasos, crujiendo sobre un ático de niños; hojas sueltas impresas, con las vagas sonrisas de un retrato, con manos ondulando despedidas de banderas al viento; manos de no volver, ojos de no voltear, labios de no mentir ni prometer, hojas de no me escribas con engaños.
En hojas sueltas de ya no me acuerdo, de ¿por dónde quedaron?, ¿dónde fueron?, hojas sueltas de otoño, cuando el bosque se viste de amarillo y se van las cigüeñas de regreso hacia el calor de África.
En hojas sueltas de la gran sorpresa que las encuentra un día, en el momento menos esperado, con dos o tres palabras olvidadas que de repente se volvieron lágrimas.
Ya no da tiempo de escribir un diario, ni de hacer grandes planes; solo un puñado de hojas de cualquier tamaño; hojitas de colores o rayadas, hojas cuadriculadas de problemas, todos sin solución, con un lápiz a mano para adornarlas con algunos bosquejos de esperanza.
Hojas de monosílabos concisos, de asentimientos y respuestas cortas; pequeñas hojas sueltas, inmunes al vaivén de la impaciencia; hojas de ¿tú me quieres?, yo también.
Solo me quedan unos cuantos ramos de instantes imborrables, una caja con pétalos de sueños, un cofre de tesoros que contiene solo dientes de leche sin canjear, para buscar castillos por el cielo donde juega un ratón enamorado de la luna de queso.
Solo tengo hojas sueltas en las que caben unos pocos prodigios de habichuelas, unas cuantas piedritas de regresos para echarlas al río; para estar siempre juntos; hojas sueltas de espacio tan pequeño que no caben mentiras; hojas sueltas guardadas en las bolsas de mis viejos blue jeans, donde están escondidas mis canicas junto a algunos secretos de nuestra infancia.
Solamente me quedan hojas sueltas, hojas que se recogen dondequiera, para anotar encantos milagrosos y dibujar sonrisas o algún pájaro.
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Stahringen am Bodensee
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Pecos
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