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Facundo Cabral, justo a tiempo

Si por algún hueco del universo pudieras asomar el rostro y nos permitieras escuchar tu última composición, los acordes de tu guitarra y tu voz… Si por algún hueco del universo pudieras asomar el rostro y nos...

16 de julio, 2015
facundo_cabral

Si por algún hueco del universo pudieras asomar el rostro y nos permitieras escuchar tu última composición, los acordes de tu guitarra y tu voz…

Si por algún hueco del universo pudieras asomar el rostro y nos permitieras escuchar tu última composición, los acordes de tu guitarra y tu voz sonarían sin ecos como lluvia fresca en el verano y caería sobre el hombro del mundo la resignación pronta de tu ausencia.

A cuatro años tu partida resuena y me invento la apología última de la vida que no alcanzaste a escribir:

“Mi muerte fue dictada por la mano divina porque los dioses no tenían ganas de que yo viviera el mañana. Ya de dolores tuve muchos y de sinsabores escribí  versos, de lágrimas se llenaron mis tazas de café y los tarros de cerveza.

“Colmé de surcos con pasos agigantados o de pies juntillas los inmensos caminos que recorrí. Ya de amigos se habrían llenado mis soledades y de poemas y textos mis libretillas. Ya de risas y carcajadas sonoras se desbordaron mis tertulias  y de romances hermosos mi cama. Mis deseos complacidos y mis sueños realizados, mis palabras esparcidas y mi voz entregada sin recelo a la tierra. Mi libertad liberada y mis brazos abiertos atraparon inmundicias, pesares, el regocijo y la quietud.

“En el trayecto y el alboroto de mi algarabía por vivir compartiendo los frutos que la experiencia me regalaba, se me pegaron los bichos, me comieron los mosquitos, me caminó encima una cucaracha, me senté en mil hormigueros, me atacaron las abejas y me comí sin querer, un demonio llamado cáncer.

“A nada le huí porque todo era mío y a lo mío siempre le abracé y le consentí.

“Para ser honesto, a ése demonio también quise tenerle amor y quise abrazarlo fuerte pensando que podía apachurrarlo y así desaparecería para siempre.

“Pienso que mis días a partir de mañana anunciaban otros pesares, otro sabor en las lágrimas, otros dolores, una calvicie inminente y una ceguera total. Anunciaban los siguientes días que pronto estaría postrado porque mis piernas no habrían de sostenerme más y con angustia pienso, mi voz se habría silenciado.

“De haber vivido mañana, mis huesos y mi cuerpo lánguido habrían quedado expuestos en compañía de una respiración entrecortada esperando la muerte. Lúcido y sano abrí la puerta a mis amigos y también la cerré a placer para quedarme en compañía de mi amiga la soledad.

“Estando postrado y a merced de mi demonio caprichoso, la puerta habría estado abierta en contra de mi voluntad para darle paso a un séquito de personas que se arremolinarían, muchos de ellos, esperando solo llevarse de mi lecho la última escena de mi vida.

“Quizá se habría publicado mi imagen como nadie habría querido verme porque los seres humanos gustan de sentir lástimas que uno no necesita. Sin yo saberlo, habrían hecho un montón de homenajes a los que ni siquiera habría podido asistir.

“Una escena fastidiosa he dibujado, sin embargo sé que eso habría sido más temprano que tarde y los dioses decidieron que yo caminé suficiente, que respiré todo el aire que fui capaz.

“Una voz divina me dijo que eso de quedarme acostado, desintegrándome en vida, no era para mí. Una mano me llevó bruscamente, sí, y tenía que arrebatarme rápido antes de que todo lo anterior sucediera”

El amigo que palmeaba mi hombro y acariciaba mi mejilla desde de un reproductor de música  se ha ido del mundo éste, no se ha ido de mi mundo que sigue buscando riqueza en sus palabras, que sigue inventando por él, canciones que nunca escribió. Yo nunca estuve en su mundo sin embargo, él dejó una pieza de su mundo en el mío.

Comentarios
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Lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; solo puedo conjeturar que no pudo ser el martes porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller. Fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla. Aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que representó aquella visita, como si la vida hubiera reservado para mí un espacio de maravilla. Aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente vez que acudí, y otras más, la saludé con un tímido “Buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego. 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Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía. Me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida. Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear: dulce y comprensiva, atenta y solidaria, pero implacable en sus juicios literarios. Seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado. Su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes. 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Los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.  Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno. Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical. Pero aun así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma, Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente, entre muchos otros. De nuevo un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente: tenía algo para mí. En efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo. 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