Escobar, la traición al buen cine

La nueva cinta del director de Los lunes al sol y Familia, llega a las pantallas para comprobar que hasta los mejores, van a evacuar de vez en cuando. La nueva cinta del director de Los lunes...

10 de agosto, 2018 escobar-traicion-poster

La nueva cinta del director de Los lunes al sol y Familia, llega a las pantallas para comprobar que hasta los mejores, van a evacuar de vez en cuando.

  • La nueva cinta del director de Los lunes al sol y Familia, llega a las pantallas para comprobar que hasta los mejores, van a evacuar de vez en cuando

Escobar, la traición (Loving Pablo, 2017, Fernando León de Aranoa) tenía todo para ser la mejor película sobre narcotráfico que se hubiera hecho: Uno de los mejores directores españoles, un elenco de primera, un presupuesto holgado y una historia bastante interesante, pero, por desgracia, el resultado tiene demasiadas cosas en contra y muy pocas a favor.

Empezando por lo positivo, hay que reconocer que es la primera biopic que toca la vida de Pablo Escobar Gaviria, el más legendario narcotraficante de la historia, y si bien el personaje había sido tomado en varios proyectos como Get Shorty (1995, Barry Sonnenfeld), Blow (2001, Ted Demme, en la que curiosamente, también aparece Penélope Cruz) o Escobar: Paradise Lost (2014, Andrea Di Stefano), nunca se habían dado a la tarea de contar la historia del ascenso y caída del oscuro colombiano en la pantalla grande. En esta ocasión se hace tomando como pretexto la novela Amando a Pablo, odiando a Escobar, en la que la periodista Virginia Vallejo narra su experiencia como amante del psicótico criminal. Para la adaptación, el actor Javier Barderm, que aquí funge como protagonista y productor, invita a su amigo, el excelente director, Fernando León de Aranoa, para que se encargue del guión y la dirección.

La cinta cuenta con una excelente fotografía, así como una extraordinaria ambientación y unas muy bien montadas escenas de acción. El elenco es encabezado por una impactante actuación de Bardem, quien en un excesivo tour de forcé, recrea la decadencia moral y física del narcotraficante, pero, por desgracia, Penélope Cruz, como Vallejo, parece no encontrar a su personaje y se la pasa demostrando que lo suyo es pegar gritos y que el inglés nada más no se le da.

Y hasta aquí lo positivo. Para comenzar, si bien es la primera cinta que recrea la vida de Escobar, por desgracia es una historia más conocida y contada que la del mismo Jesucristo, en la televisión. Sobre el tema se han realizado “n” cantidad de obras audiovisuales. La lista comienza con Pablo Escobar: King of Cocaine (1998, Steven Dupler), Los Archivos Privados de Pablo Escobar (2003, Marc De Beaufort), Pablo of Medellin (2007, Jorge Granier), Pecados de mi padre (2010, Nicolas Entel), entre otros documentales, así como las series y telenovelas Escobar, el patrón del mal, Bloque de búsqueda y sobre todo, la inefable Narcos, que puede verse en Netflix. Por lo mismo, nada de lo que se cuenta en la cinta impresiona y en la desesperación de contar algo diferente, León de Aranoa decide jugar con la sordidez y el exceso. Uno de los momentos más lamentables del filme es cuando Escobar le regala a Vallejo un estuche de joyería con una pistola y ella le comenta que no le va a servir de nada. Él le escupe uno de los parlamentos más ridículos de la historia del cine, en la que le narra lo que pasará si la captura la policía o el ejército, diciéndole con lujo de detalles todos los escenarios posibles.

Quizá el más grave de los problemas que presenta la producción, es que está hablada en inglés. Algo ridículo, si se piensa que está totalmente financiada en España, con actores españoles, y ubicada en Colombia. Y aunque ésto, según Aranoa, fue porque de otra manera no se hubiera podido obtener el dinero para hacerla, provoca momentos de verdadera pena ajena – Óscar Jaenada, por ejemplo, se le nota muy incómodo con el lenguaje, además que por desgracia, el look que utilizaron no deja de distraer al pensar que Luisito Rey, además de maltratar a su hijo vendía cocaína.




Otra situación muy triste es que no hay una definición en el tratamiento del personaje de Virginia Vallejo. La periodista fue durante muchos años amante de Escobar, cubría casi todos los eventos del narcotraficante durante su época de apogeo, cuando intentaba ser congresista. Según su versión, gracias a ella se pudo capturar al capo y es del conocimiento popular que se benefició bastante de su relación con el criminal. En la adaptación de Fernando León de Aranoa, éste, como guionista, no se atreve a presentar a la periodista como una arribista y tampoco como una víctima de las circunstancias. Esa falta de decisión ocasiona que nunca se pueda empatizar con ella y vuelve más atractivo al también fallido personaje del llamado Patrón del mal. También, otro que se nota incómodo es el director, quien no parece encontrar el ritmo requerido para interesar al espectador. Esto quizá porque el también creador de algunas de las mejores cintas hechas en España (Familia, 1996; Barrio, 1998, Los lunes al sol, 2002 y Princesas, 2005) evidentemente está más familiarizado con el ritmo íntimo y pausado de sus anteriores trabajos. Algo que llama la atención es que el realizador había trabajado anteriormente en el documental Caminantes (2001), una estimable obra que intentaba retratar la figura de Rafael Sebastián Guillén, mejor conocido como el “Subcomandante Marcos” y el ejército zapatista. Quizá en esto y en su acercamiento a la miseria de su patria en la mayoría de sus ejercicios fílmicos, podría hallarse el porqué intentó echar un vistazo a la vida del polémico narcotraficante, porque su existencia explica parte de la descomposición social en Latinoamérica. Sin embargo, al parecer, no entiende nada de lo que ve y lo deja al nivel de un simple retrato, como las fotos de destripados en los periódicos que te prestan los boleros.

Aunque la ambientación es excelente, es inevitable no compararla con lo mostrado en Narcos, al grado que parece una edición de material de descarte de la producción de Netflix. Todo lo que pasa parece que ya lo vimos pero con Al Pacino, Marlon Brando, Robert de Niro, etc. Aunque la intención de Aranoa era realizar el Scarface (1983, Brian De Palma) de los “millennials”, por desgracia no se logra y se vuelve una más de los múltiples trabajos sobre el narcotráfico que se están realizando, vamos, ni siquiera llega a ser la peor. Perdita Durango (1997, Álex de la Iglesia), fue otra cinta española que intentaba adentrarse al mundo de la droga, el narcotráfico, la trata de blancas y demás bellezas que forman el día a día en la frontera mexicana. Resultó un fracaso a pesar de contar con un director que en ese momento contaba con cierto prestigio, además de tener un elenco internacional de primera (también estaba Bardem, por cierto) y basarse en un bestseller del polémico Barry Gifford. Lo menciono porque resultó un fracaso monumental, básicamente porque todos los involucrados, aparentemente, no entendían ni jota de lo que estaban tratando de representar, y algo de eso se siente en Escobar, la traición. De alguna manera, al cine español no se le da eso de adentrarse al narcotráfico, quizá porque es una realidad que les queda muy lejana.

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Comentarios
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Ese órgano que palpita para darnos vida desde el primer momento de la existencia hasta el último.  Tradicionalmente ha sido la mujer quien se hace cargo de dicho espacio, aunque en la posmodernidad, y más aún la pandemia, se han modificado las funciones de los habitantes del hogar. Se rebelan frente a los roles tradicionales, y no es extraño ver a papá lavando los trastes o cambiando pañales. Como pediatra tengo muy presente esa transición: cuando comencé a estudiar la especialidad, a principios de los años 80 del siglo pasado, los niños eran llevados a consulta por la mamá o la abuela, o ambas.  En el poco frecuente caso de ir ambos padres, la mamá cargaba al niño, la pañalera y cualquier otra prenda que tuviera relación con el crío. No veíamos en los corredores de la consulta o en las salas de hospitalización una participación de papá. Afortunadamente esto ha cambiado. Volviendo a la casa, es dentro de ella donde comienzan a escribirse las biografías de cada uno de nosotros: la construcción, el mobiliario, las costumbres. Los olores, los sabores y los sinsabores de esos primeros años dejan una impronta en cada uno de nosotros que habremos de llevar como parte de nuestro ser por los años restantes. En la memoria quedan,  además, los recuerdos de fotografías, pinturas, libros de recetas, discos, todos aquellos objetos simbólicos que conectan nuestro presente con la historia de las generaciones que nos precedieron. No en vano se considera que quitar la casa de la abuela constituye todo un duelo, porque es llevar con cada elemento que se saca de ella, un pedazo de nuestra propia infancia. 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Una situación de terror que no se atreve a compartir ni con su propia familia, temerosa de qué irán a pensar de ella, amante del orden dentro del hogar. La casa viene a ser la representación de nosotros mismos que llevamos por el mundo.  Nos significa historia familiar, desarrollo de nuestras primeras emociones y espacio de los descubrimientos que nos llevaron a decidir nuestro destino. En algún momento es una tonada, un olor o la vista de algo, lo que nos remite hasta aquellos tiempos que llevamos archivados entre dos sinapsis neuronales, y que por magia o por milagro, se conectan para transportarnos y volver a vivir. Si tenemos el tiempo y la paciencia de hacer listas, como sugiere Gonzalo Celorio, comencemos a escribir en una libreta los recuerdos más cálidos de nuestros primeros años. Momentos, celebraciones, epifanías…Hagamos listas de las experiencias que han influido en lo que somos, ya sea de forma positiva o negativa. 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La señora del 37 le sacaba la lengua en cuanto lo veía; y la chava se levantaba las faldas más arriba de la cintura cuando lo veía venir, con lo que lo único que consiguió fue que uno de los ninis de la azotea la violara una tarde que no tenía nada que hacer. Lo peor fue cuando su esposa lo enfrentó y le dijo que a ver qué hacía, porque ella no iba a permitir que sus hijos crecieran con el estigma (esa fue la palabra que usó, no estoy exagerando) de tener un padre maricón. El pobre hombre corrió a la tienda, compró una botella de mezcal y otra de tequila, se las bebió de un jalón y fue a tocar la puerta del 37, a exigir que saliera la chava que tenía 16 años (y ninguna de las otras, añadió). Pero la que salió fue la madre, que es muy bronca; lo llamó acosador, sádico, maníaco sexual, violador y otras lindezas por el estilo, le atizó un golpe con el mango de la escoba y lo dejó tirado en el pasillo “para que lo recogiera la mártir de su mujer”. El hombre estuvo tres días en cama. 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