El Tornaviaje Eterno

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26 de agosto, 2021 Tornaviaje Eterno

Estoy cierto y sin mínima duda de que lo que en sueños se me revela desde niño es cierto. La moneda de plata de ocho reales que mis tíos encontraron en el cuarto de hospital donde nací y pasé mis dos primeras noches es tan solo una de las evidencias que sustentan mi convicción al respecto.  En vida anterior a esta fui un marinero español, cercano al Capitán Fray Andrés de Urdaneta, que pasó en lo que hoy es  Manila (Filipinas) –para ser preciso, de 1564 a 1565–. En esos meses conocí a una princesa nativa, el amor de mi vida, el más puro y verdadero. El emprender la aventura de regreso resultaba tan incierto, el ansiado “’tornaviaje”, que terminaría por crearse una ruta conveniente entre Asia, Europa y la Nueva España, ya que el regreso era de poco más de tres meses, en promedio. Naturalmente, esto aumentaba el número de muertes por escorbuto, tormentas y los obvios motines hacia el seno de las tripulaciones. Tan solo baste el dato de que la sola distancia de dicho recorrido representaba el triple del viaje primero en que Colón se encontró con las islas del Caribe.

Tras medio siglo de intentos frustrados, Malaespina y un servidor teníamos tanto la información como la intuición suficientes para intentarlo, subiendo a más de 40 grados de latitud, a la altura de Japón, y encontrar así una corriente favorable a nuestros afanes, lo cual resultó un acierto. La travesía se redujo a cosa de cuatro meses, lo que inauguró una ruta comercial de tres siglos de duración y que, en los hechos, unió al mundo entero.

Mi prometida y yo no podíamos separarnos estando ella dispuesta a correr ese tamaño de riesgo disfrazada de marinero y ambos recluidos en una cámara cercana a la del Capitán De Legazpi. Emprendimos la salida del archipiélago filipino. a travesía fue accidentada, máxime en lo que al escorbuto se refiere, pereciendo una parte considerable de la tripulación. Mi princesa Bangka enfermó casi llegando a avistar la costa, no soportando el suplicio, pereció justo ya frente la Bahía de San Bernabé (hoy San José del Cabo) a las costas de la península de Baja California, considerada una isla para entonces. Ahí mismo, el capellán del barco ofició las exequias y el cuerpo fue lanzado al mar, justo cuando sentía desfallecer mi cuerpo, teniendo yo aún la fe en la providencia de poder arribar a Acapulco con vida, aunque con el alma ya muerta debido a mi irreparable pérdida, justo a un día de la tan anhelada llegada también la muerte tocó a mi puerta. Mi cuerpo fue lanzado al mar justo a la entrada de la Bahía de Acapulco, el día de Dios de 5 de Octubre de 1565.

Casi cinco Siglos después sé que reencarné muy cerca de la última morada de mi anterior cuerpo, justo en la Ciudad mexicana de Acapulco ya en tierra firme, claro está. Y por sueños claros y señales de la vida, sé que mi amada princesa lo hizo también, permitiendo Dios que coincidieran de nuevo nuestras almas en este plano para cumplir con nuestro ciclo y designio divino. Ella vive en Baja California, y gracias a las nuevas tecnologías de hoy sé quién es. Un día cada vez menos lejano, nos reuniremos para continuar para la eternidad con eso tan poderoso, a lo que alguna vez el inmenso mar logró unir, tan solo para poco después, poner en una relativa larga pausa.

Comentarios
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Lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; solo puedo conjeturar que no pudo ser el martes porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller. Fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla. Aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que representó aquella visita, como si la vida hubiera reservado para mí un espacio de maravilla. Aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente vez que acudí, y otras más, la saludé con un tímido “Buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego. No fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo Queremos tanto a Glenda, donde apunté: “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes” Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico: a esa edad me causó angustia que me preguntara qué hacía por ahí y que, al no tener una respuesta válida, me pidiera que no incordiara sin causa, pero tal cuestionamiento no sucedió. En cambio me preguntó si había leído a Alfonso Reyes, y como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuánto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey. Ahora al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico de la vasta obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía. Me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida. Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear: dulce y comprensiva, atenta y solidaria, pero implacable en sus juicios literarios. Seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado. Su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes. Obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, que muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton, y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida; en el ejercicio del taller conocí a Pável Granados  y a Alejandro Malo. Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes. Los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.  Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno. Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical. Pero aun así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma, Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente, entre muchos otros. De nuevo un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente: tenía algo para mí. En efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo. 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CARTAS A TORA 244

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