El Terror

La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla.

3 de noviembre, 2022

Día 10 de Termidor

Cerca de la medianoche, el Tribunal Revolucionario decidió convocar a una reunión con carácter urgente dado que había asuntos apremiantes por atender, aún y cuando se trataba de un decadi o día de descanso; cabría mencionar que el escenario que se desarrollaba había sido previsto desde hacía semanas, por lo que en sólo un par de horas, veintidós hombres fueron acusados de contrarrevolucionarios y condenados a muerte acorde con la Ley 22 de Prarial, entre ellos su cabecilla, Maximilien François, el líder de la fracción de los jacobinos, diputado de la Convención y antiguo dirigente del Comité de Seguridad.  

La sentencia debía consumarse dieciséis horas más tarde en la Plaza de la Revolución, el mismo lugar donde un año y medio antes había sido ejecutado el ciudadano Capeto, también conocido como Louis XVI.  

Respecto de aquel hecho Phillipe Le Bas, también diputado de la Convención, anotó en su diario: “Henos aquí, lanzados hacia el futuro, los caminos han quedado rotos tras nuestros pasos”. 

Día 9 de Termidor

Aunque no era una noche particularmente calurosa aquella de finales de julio, el líder jacobino sudaba copiosamente debajo de la empolvada peluca de rizos blancos perfectamente peinada (una notable anomalía, ya que sólo la aristocracia lucía peluca de dicho color, la peluca “del pueblo llano” era de color oscuro), mientras sus dedos tomaban la pluma para firmar el documento que estaba en sus manos; aquella proclama era su último intento de salvación, no quedaban ya más cartas por jugar ni recursos de los cuales echar mano. Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville. 

Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera: 

“¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa!

Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas. 

Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.  

El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”. 

El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.  

Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte. 

Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror. 

Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. Poco después, él y los veintiún prisioneros se dirigen a las distintas celdas de la Conciergerie para aguardar la hora marcada. Aquel imponente edificio color marfil con almenas circulares los recibe, impasible. 

 Día 10 de Termidor

Pasadas las seis de la tarde, tres carretas (o cuatro, según algunos recuentos) llegan hasta las puertas de la prisión para llevar consigo en un recorrido intencionalmente lento a los condenados. 

Las ejecuciones son numerosas y el tiempo apremia, de modo que éstas proceden a realizarse sin protocolo, discursos o solemnidades de por medio. Una rápida sucesión de movimientos mecánicos y la hoja afilada que cae van terminando, una a una, con la vida de los aliados políticos del antiguo dirigente del Comité. 

Augustine, incapaz de ponerse de pie o de caminar, es llevado a rastras hasta el cadalso para que cumpla con su destino fatal, lo mismo que Couthon. El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte. 

Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan:

-¡Muerte al tirano!

-¡Que muera, que muera!

Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado. 

¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice?

El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.  

Pero existe un problema. 

Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. Lo que sigue es virtualmente indescriptible. 

La falta de soporte que proporcionan las vendas hace que la mandíbula del diputado jacobino se desprenda, sangre violentamente y un inmenso grito de dolor, fuerte y claro, emerge desde lo más profundo de su ser llenado con un silencio total los cuatro puntos de la Plaza de la Revolución. 

La escena es escalofriante y como el conflicto en que se haya sumida la nación, parece no tener fin. ¿Cuánto se prolonga aquello, segundos, minutos, horas? Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre. 

Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror. 

Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. 

Comentarios


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Ya te imaginarás cómo se ponen los ciudadanos de todos los países que pasaron las eliminatorias y llegaron al torneo mundial. Y si no, aquí te va una muestra. El vecino del 47 estuvo ahorrando cuatro años (el tiempo entre dos campeonatos) para poder asistir al torneo este año. Pero era demasiado caro, y no le bastaron las horas extra para comprar el boleto. Pero sí le alcanzó para comprar una televisión nueva y grandototota para ver los juegos. Pero el televisor es tan grande, que no cupo en ninguna de las habitaciones de su vivienda y la tuvo que acomodar en el pasillo, con lo que ahora, los que quieren utilizar el pasillo tienen que pasar de lado y con mucho cuidado para no rayar la pantalla. Además, el vecino pidió vacaciones para poder ver todos los partidos. Pero en vez de vacaciones le dieron  horas extra para aumentar la producción, y el vecino llegó a la inauguración sin haber podido ver los juegos de entrenamiento. Además, llega a su casa pasadas las nueve de la noche, y ver dos o tres juegos cada noche lo tienen completamente desvelado. Aquí, entre nos, estuvo a punto de quedarse afónico por gritar “¡Gol!” cuantas veces algún jugador se acercaba a la cancha enemiga. Y luego se pone a anotar cuántos castigos hubo, cuántas tarjetas rojas o amarillas o moradas salieron a relucir en cada partido, cuántas faltas se cometieron, etc., etc., etc., pues le gusta que le digan que es la persona que más sabe de futbol en la vecindad. Total, que a los tres o cuatro días de haber empezado el Mundial tenía todavía 16 partidos atrasados que ver, y su esposa ya se quejaba de que no le hacía el menor caso y no sabes las broncas que le ha echado. Pero a él todo se le resbala, mientras pueda gritar “¡Gol!” varias veces al día. Tanto lo fastidió su esposa con que la tenía encerrada, que le buscó algo en qué entretenerse. Y no se lo ocurrió nada mejor que decirle a uno de los ninis que la invitara a salir de vez en cuando. El chavo lo rechazó, porque no tenía dinero; pero tanto insistió el del 47, y tantas veces le ofreció que él le daría el dinero para invitarla, que al final aceptó. Y la primera vez fueron a tomar un café, pero luego la invitó a cenar (a insistencia del marido, para que volvieran más tarde); luego la llevó al cine, y un sábado se fueron a Cuernavaca… y regresaron hasta el lunes. Pero el marido ni cuenta se dio y los recibió muy contento, porque ese fin de semana había podido ver diez partidos (todos buenísimos, según declaró con orgullo antes de sentarse a ver el onceavo). Hacia la mitad del campeonato ya no salían a la calle, sino que se subían al cuarto del nini y allí se estaban las horas muertas, mientras el otro ya hacía gárgaras de yodo todos los días para no perder la voz. Y hubo días en que ni siquiera se molestaron en subir a la azotea, sino que se encerraron en la cocina o en el cuarto de lavado a pasar el rato. Las vecinas se dieron cuenta de lo que estaba pasando, y dijeron  que debían avisar al esposo de lo que hacía la mujer; pero cuando tocaron a la puerta del 47, el “deportista”, como ya le llamaban todos en la vecindad, les contestó con gritos destemplados que iban a tirar un penalty, que lo dejaran en paz. Las mujeres se enojaron, y ya no pensaron en volver a informarle lo que hacía la esposa. Por fin, se acabó el campeonato, y el vecino del 47 llevó a su mujer a cenar para agradecerle que le hubiera dejado ver todo el campeonato como a él le gustaba hacerlo, y le reiteró su promesa de amor eterno. Ella le respondió con un “No vale la pena”, y se comió dos postres. Y todo volvió a ser como antes. Acaso el que lamentó de veras el final del Mundial fue el nini, pues ya no podía ir al cine ni a cenar ni tenía un cuarto calentito donde pasar las noches de invierno. De vez en cuando se acercaba a la señora, y en una ocasión hasta le regaló una flor que cortó de una maceta de la azotea, y le dijo que la felicitaba por tener un marido tan deportista. Ella sonrió, y dijo: “Claro. Deportista, pero de sillón”. ¡¡¡Gol!!! 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