El St. Denis mexicano

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21 de abril, 2021

El Tata Dionisio, capo del narcotráfico de México, comenzó su trayectoria desde un poblado de Sonora que ni en los mapas de la República aparece.  Ni la DEA ni las autoridades mexicanas pudieron con él, pero el cártel rival del vecino Coahuila sí pudo dar con su paradero.  Sin piedad ni miramiento alguno lo condujeron al martirio para, además de borrarlo de la faz de la tierra, sacarle información de sus contactos: socios, colaboradores, proveedores colombianos y peruanos, además de clientes, distribuidores mayoristas al norte del río bravo.

El señor Dionisio no soltó prenda por más torturas a las que se le sometió. Desesperado el líder del grupo coahuilense que lideraba la encomienda, optó, en un arrebato desesperado, por moverlo hacia un tronco y de tres golpes de machete cercenar su cabeza. Fue a partir de ese momento cuando frente al terror de todos los ahí presentes, el cuerpo se puso de pie, esbozó la cabeza aún rodante unas pocas e ininteligibles palabras, dio unos pocos pasos el tronco con extremidades, recogió su propia cabeza y se la llevó entre sus manos. De ahí, caminó hasta la cima de una loma, nadie se atrevió a acercarse. Un par de estos valientes hombres huyeron despavoridos en medio de la zona desértica, pero uno de ellos, el más joven, con escasos 18 años, siguió al cuerpo, y con un pedazo de papel y una pluma fue anotando con discreción lo que vociferaba el ser espeluznante. Entonces escribió todo lo que escuchó: nombres, números de teléfono, claves, domicilios y también contactos con autoridades mexicanas y gringas. El joven Eleuterio no perdió detalle hasta que, llegando a la punta del cerrito, el cuerpo cabeza en manos del Tata Dionisio sucumbió con un seco golpe sobre el suelo seco y arenoso. Procedió a enterrarlo. En adelante, comprobó Eleuterio la información obtenida era, sencillamente, más que oro puro.

Con todo esto en su poder decidió ir actuando por su cuenta, con un par de primos, dos y tres años mayores, respectivamente. Cuando el negocio propio comenzó apenas a arrancar, en una misma noche todos sus anteriores jefes morían acribillados en una cantina del pueblo de Arteaga. A partir de ese día y hasta su detención y extradición, juicio y condena a cadena perpetua, en el país de las barras y las estrellas. Y es que 15 años después del asesinato de Don Dionisio, Eleuterio Garza fue el amo y Señor del negocio en la región de Sonora y Coahuila. En la lomita donde fue enterrado Don “Nicho”, como también era bien conocido, mandó erigir Eleuterio con sus cercanos un mausoleo, donde mucha gente del negocio -no exclusivamente gente de Eleuterio, por cierto- fue durante muchos años a solicitar favores y milagros. El templo nunca dejó en todos esos años de tener flores frescas de todo tipo, procesiones y misas que eran oficiadas por sacerdotes católicos en la bonita y de buen tamaño capilla adyacente, no en pocas ocasiones, por algún Obispo en funciones de la iglesia de Roma en México.

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Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. 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Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. 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Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. 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Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica. - No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado. Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas. - ¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas? - Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué. - No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera... - Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café.  - Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo. En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…" ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos - Parte 30" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-30" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-21 09:09:44" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 14:09:44" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64305" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(19) ["max_num_pages"]=> float(10) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "de6c4bee803aa72880eb585835585346" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
Los Olvidos

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