El Rey Pez

De pronto se levantó, y echó a andar por la noche hacia el sitio habitado por el Rey Pez.   De pronto se levantó, y echó a andar por la noche hacia el sitio habitado por el...

10 de agosto, 2018 rey-pez

De pronto se levantó, y echó a andar por la noche hacia el sitio habitado por el Rey Pez.

 

De pronto se levantó, y echó a andar por la noche hacia el sitio habitado por el Rey Pez.

La marea alta propiciaba que el fragor de las olas sobre el acantilado, magnificara su sonido; sin embargo, su voz fue fácilmente escuchada por el monarca marino.

Las estrellas brillaban, multiplicadas por millones en lo alto del cielo.

La luna comenzaba a insinuarse con su cuerpo creciente, en una reminiscencia dulce y dolorosa para él.

–        Necesito pedirte el deseo más importante de mi vida; clamo el enamorado.

El Rey Pez que todo lo sabía anticipadamente, mantuvo un grave silencio y prestaba toda su atención:

–        ¿Y cuál es ese deseo tan importante?

–        Rey Pez, la noche me es intolerable desde hace muchas noches.

–        Lo ha sido por las noches de las noches, ya muchísimas veces.

–        Tengo miedo de mis ojos abiertos con las luces ya idas.

–        Tengo miedo de acostarme estas noches solitarias, y tener que pasar los instantes interminables que preceden a mis sueños.

–        Y peor aún:

–        Que mis sueños se hayan vuelto la repetición de lo imposible.

–        Como una especie de sentencia inevitable.

–        Vuelven siempre mis noches a un sitio que no quiero precisar;

–        Mi memoria se ha apagado para los sentimientos, y lo único que percibo, es un inmenso vacío.

–        No sé por qué estoy triste, más allá de mis tristezas más recientes.

–        No es la acumulación de las nostalgias;

–        Es que entre mi dolor de ayer y mi angustia de hoy, existe un abismo insondable que me aterra cruzar.

 

Abril de 1993

 

–        ¡Te necesito Rey Pez!

El Rey benévolo, apenado por su amigo, lo escuchaba con paciencia.

Porque solamente la paciencia permite ayudar a los amigos.

-¿Qué puedo hacer por ti?

– Ese abismo, Majestad…

…Ese barranco oscuro entre mis tristezas, quiero franquearlo

–        ¡Y la única forma de lograrlo, es navegando!

Por un momento el Rey Pez, quedo desconcertado.

_ ¿Navegando? Repuso.

–        Si Majestad. Navegando entre lágrimas.

–        Necesito que me des del océano, el llanto para mis ojos.

–        Que me llenes la mirada con tormentas

–        Que permitas que llore libremente, hasta anegar  esa cavidad infinita, de modo que rebosada por mis lágrimas, pueda ser navegable.

–        Encontrare entonces el camino de regreso a la calma que me hace tanta falta.

–        Desde que el llanto abandono la cuenca desierta de mi alma…

–        ¡Dame lagrimas Rey!

–        Concédeme llorar.

–        Dame la gracia inapreciable del llanto.

–        Dame el llanto de un niño.

–        Dame con ese llanto, el sabor salado del abandono/

–        Dame el llanto de la esperanza, para que sobre mis ojos, pueda volver la luz del arcoíris.

–        Dame el llanto definitivo del adiós, que me permita dejar de llorar, pero también, dejar de necesitarlo.

–        Dame un llanto sin vuelta y sin remedio.

–        No bastan los sollozos y los gemidos que se mueren en el umbral de la garganta.

–        Necesito un torrente; una tormenta en la que tú presidas como un faro sereno.

–        Dame el llanto Rey Pez;

–        Hazme llorar de modo que la orilla de tu reino se extienda sobre la playa tan adentro, que se forme un estero donde jueguen mis hijos  por las tardes/

–        Dame el llanto

–        Permíteme que llore.

–        Dame Rey Pez para la tormenta, la voz del grito y el fragor del trueno.

–        Dame la luz el eco que devuelva mi clamor infinito.

–        Dame voz de huracán.

–        Dale a mis brazos la fuerza de los vientos, para que formen olas gigantescas.

–        Dame espuma perfectamente blanca que resalte la noche reflejada por la luz de la luna.

–        Dame una tempestad en la que muera junto con mi tristeza; y al dia siguiente…

–        …con las aguas tranquilas de mi ausencia, permítele a la playa mi recuerdo.

–        Permite que me vaya arrebatado desde este mismo sitio;

–        Desde este sitio exacto al que llegue de niño;

–        Donde llegue a este espacio que tú habitas, Soberano del mar.

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Suena raro, ¿verdad? Pues así fue: de película de la Edad de Oro del cine mexicano. Resulta que la enfermera se puso a jugar con la computadora que tiene en el consultorio, y entró en contacto con un individuo ya de cierta edad, viudo y solo, que solicitaba “acercamiento con fines amorosos con mujer de más de 40 años, educada, responsable y religiosa”. No es que la enfermera cumpla con todo eso (sobre todo con lo religioso), pero la mujer contestó, y se empezaron a escribir regularmente. Y llegó el momento en que el hombre le pidió una cita a la enfermera. Ella aceptó inmediatamente, y le dijo que se verían esa tarde en el King’s (Nunca se arrepentirá suficientemente de esa imprudencia). Y es que a mediodía fue el portero a decirle que la Flor se había ido a una gira, y que solicitaba sus servicios para esa noche y las cuatro noches siguientes. ¡Y ella le dijo que no! 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