Día del Patrimonio de Nuevo León se vivirá desde casa de manera virtual

La celebración anual de la edición del Día del Patrimonio de Nuevo León, será una fiesta cultural diferente ya que se disfrutará desde casa este domingo 14 de marzo haciendo acopio de los medios tecnológicos debido al...

4 de marzo, 2021

La celebración anual de la edición del Día del Patrimonio de Nuevo León, será una fiesta cultural diferente ya que se disfrutará desde casa este domingo 14 de marzo haciendo acopio de los medios tecnológicos debido al Covid-19, destacó el Arq. Sergio Rodríguez González, Coordinador General de esta fiesta cívica y de gran tradición, en la Rueda de Prensa efectuada ayer.

Una de las ventajas de la transmisión desde la virtualidad es que la audiencia podrá disfrutar de más de un centenar de actividades desde sus hogares en compañía de la familia. El objetivo del Día del Patrimonio es difundir todo aquello que da identidad al Estado de Nuevo León.

“Cualquier persona podrá conectarse desde casa en diferentes horarios (…) Creemos que esta situación traerá la oportunidad de poder ver y conocer más de nuestro Patrimonio dentro y fuera de Nuevo León, pues no tendrán que trasladarse de un espacio cultural a otro, por lo que pueden ampliar el número de actividades a disfrutar, además de que quedarán grabadas en las redes sociales y podrán seguirse disfrutando” señaló Rodríguez.

Iniciativa Ciudadana

“El Día del Patrimonio de Nuevo León es una iniciativa ciudadana que se celebra cada segundo domingo de marzo y a partir de 2016, se celebra como fecha oficial del Calendario Cívico del Estado de Nuevo León”. La primera Edición de este magno evento se realizó en 2014. En la edición del 8 de marzo de 2020 se logró un registro de más de 72 000 asistentes.

Organizaciones participantes




El Arq. Sergio agradeció a todos los participantes como organizaciones de carácter público y privado, como museos, fundaciones, universidades, la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística y municipios entre otros. 

Contenidos

Roxana Covarrubias Mijares, Coordinadora adjunta, comentó: “la variedad de los eventos será muy similar a los que podrían disfrutarse presencialmente, como charlas sobre historia, presentaciones de libros, espectáculos de danza, escenificaciones de leyendas urbanas y recorridos virtuales entre otros”.

Todas las actividades artísticas y culturales  se difundirán por medio de las redes sociales del Día del Patrimonio de Nuevo León (Facebook: PatrimoniodeNL y Twittter e Instagram: patrimonionl). La Agenda Digital de eventos se puede descargar en www.patrimoniodenuevoleon.org

El Arq. Sergio Rodríguez, Coordinador General del Día de Patrimonio de Nuevo León así como el Equipo organizador, invitan al público en general a que disfruten de la experiencia virtual de la cultura, música, historia, leyendas, tradiciones, arte, museos, gastronomía de lo que nos da identidad como nuevoleoneses de Monterrey para México y el mundo.

¡Quédate en Casa y Vive la experiencia que te regala Monterrey! ¡Felicidades a toda la gente del Estado de Nuevo León!

Enlaces

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Comentarios
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Vecinal a pedir algo para curar a su hijita, que tenía una fuerte gripa. La enfermera le dijo que lo único que podía darle era un tecito de helecho, que no tenía otra cosa. La señora se enojó, porque el helecho no sirve para nada, y fue a quejarse con el portero. Como éste le dijo que él no tenía la culpa, la señora empezó a agitar a los vecinos, diciendo que ellos pagaban el Seguro Vecinal y que nunca tenían nada que darles, que eso no era justo, y que debían tomar cartas en el asunto. La cosa se puso tan fea, que el portero convocó a una junta de vecinos para tratar del asunto. Y allá se presentaron todos, porque a todos les interesa la falta de medicinas. Los guaruras daban vueltas alrededor de ellos, para evitar que se alebrestaran y para que no hablaran mucho entre ellos. Por fin, apareció el portero. Pero en ese momento, uno de los guaruras le pidió al señor del 14, que es muy serio y muy propio, que se pasara a una silla al lado del estrado. A mí me extrañó y fui con ellos, así como quien no quiere la cosa, que es cuando uno sí quiere la cosa. Y me di cuenta de que el guarura ponía en el asiento, un momento antes de sentar al del 14, una bolita chiquita. ¿Y qué crees? Cuando el señor se sentó la bolita se rompió y salió un olor horrible, asqueroso, nauseabundo, repugnante, vomitivo y todo lo que te diga es poco. Instantáneamente, el portero se levantó y señaló al del 14 con dedo flamígero, al tiempo que lo acusaba de estar infectado, de ser el portador de una epidemia desconocida que se estaba poniendo de moda en algunos países lejanos. Sin dejarlo hablar, los guaruras lo levantaron y lo llevaron a la enfermería, donde le enfermera le puso tres lavativas seguidas “para que arrojara todos los bichos que llevaba dentro”. El pobre hombre quedó que las piernas no lo sostenían, y tuvieron que llevarlo en vilo a su vivienda y acostarlo con todas las precauciones del caso. Dos guaruras se quedaron a velarlo, “por si se repetía el ataque apestoso”. Los días siguientes, no se hablaba de otra cosa en la vecindad. Y cuando el del 14 ya se levantó y salió al patio, nadie se le acercaba “por si las moscas” (¿qué tendrán que ver aquí las moscas?, me pregunto). Pero el portero no perdía ocasión de decirle a quien lo quisiera oír (y a quien no quisiera, también) que el hombre se había salvado gracias a la celeridad con que el Seguro Vecinal había actuado. Pero todo pasa, y un día que la Mocha fue a pedir algo para el dolor de cabeza, le dijo la enfermera que ya ni te de helecho quedaba. Y como la mujer se fuera enojada, fue a contarle al portero lo que había pasado. El caso fue que el día siguiente, el portero citó a  otra junta; y, tal como me imaginé,  pusieron  una bolita de esas que te conté en el asiento de la Mocha. Pero a mi la Mocha me cae muy bien, porque es una mujer sola que lucha por sacar adelante a un niño que ni siquiera es producto de una noche de pasión culpable, sino que lo recogió por buena gente; y yo no podía permitir que eso pasara. 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Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. 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El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. Entonces le dije  al amigo que iba conmigo, que se fijara en esa chica tan bonita; en ese momento, desde atrás alguien jalo mi camisa y al  voltear vi a una señora muy bonita que me dijo que esa joven  era ella. Era doña Rosita Salas; desde entonces nos hicimos amigos. - ¿Y ella te dijo que me preguntaras a mí por tu santa patrona? - Así es. - Está bien hijo,  ¿cuándo naciste? - El 14 de marzo de 1951. - ¡Caray Pequitos, tienes una santa patrona con la vara muy alta! Fue una princesa alemana de Franconia en el primer milenio del cristianismo, no recuerdo el año exactamente, pero fue una noble mujer muy virtuosa. - ¿Pero cómo se llamaba? - ¡De veras!, se llamaba Matilde Von  Ringelheim. Debo haber puesto una cara de llamar la atención, porque el padre Angel me dijo: - De verdad me sorprende que no lo supieras, no es nada malo, pero de verdad tuvo una vida excepcional en la que sus títulos nobiliarios y su fortuna no le impidieron dedicarse a Dios y a hacer mucho bien. Me da mucho gusto haberme dado esta escapadita contigo, hijo. Si andas por aquí el sábado en la tarde, ayúdame con las lecturas en la Misa de 6.30 en la Capilla de la Paz. - Claro que sí padre, ahí nos vemos el sábado Dios mediante. - ¿Me das aventón de regreso  a Costa Azul, hijo? - A donde usted diga, padre. Llegando a la glorieta frente a la iglesia, cuando el padre se  bajó del coche, yo también, y entonces me dijo con cariño: - Te doy tu bendición, Pequitos; salúdame a Doña Rosita. - De su parte padre, con mucho gusto, y muchas gracias. - Rézale a tu santa patrona hijito, no lo olvides. - No, padre, y muchas gracias de nuevo. Cuando el padre Ángel me dijo que mi santa patrona es Matilda, Matilda Von Ringelheim, de inmediato comenzaron los  pensamientos a correr por mi mente, pero aparte de la coincidencia entre mi cumpleaños y el santo de Matilda Claymon, no encontraba yo nada más. Necesitaba ir a algún lugar donde pudiera tomarme otro café y pensar con calma y lo  más ordenadamente posible. En el Hotel Misión, allá por el centro, podría yo estar tranquilo bajo la sombra de sus mangos tomándome un café  haciendo tiempo para no llegar al Faro demasiado temprano. Llegué al Misión y muy amablemente me ofrecieron mi café servido en sus hermosas tazas de talavera, tomé asiento en una de sus inigualables mecedoras de varas, y finalmente pude ponerme a conjeturar la “coincidencia”  entre el nombre de Matilda y la fecha de mi nacimiento. Esta coincidencia no explicaba por sí sola la inscripción del día de mi nacimiento en la baldosa del palmar. ¿Pero a quién se le habría ocurrido grabar 14 de marzo de 1951 precisamente ahí? ¿A quién y por qué?  Esa baldosa no tenía explicación posible aisladamente; tenía que haber alguna razón para que alguien grabara exactamente esa fecha ahí. Al quién y al por qué, se tendría que agregar el cuándo. Me ofrecieron otra taza de café, pero ya había tomado suficiente; agradecí y pedí la cuenta. Alrededor de las doce y media del mediodía llegué al Faro y para mi buena suerte, ahí estaba Doña Rosita, platicando fuera del hotel con unos turistas americanos a los que les estaba contando de los clavadistas. Cuando me vio llegar, me hizo señal de que pasara al vestíbulo a esperarla un poquito. Cinco minutos después, entró diciéndome: - ¿Ya sabes quién es tu santa patrona? - Sí, es Santa Matilda Von Ringelheim. - ¿Te das cuenta hijo? - Realmente no, Doña Rosita; ¿de qué me podría dar cuenta? - Darte cuenta de que la fecha de tu nacimiento en la baldosa es la señal más clara de que tenías que llegar a esa casa alguna vez. Pero no nada más es la fecha de tu nacimiento sino la fecha del santo de Matilda,  y si reunimos las señales que has ido  encontrando,  todas regresan a esa inscripción en la baldosa. Si nada más hubiera estado inscrito el 14 de marzo sin precisar el año o señalando cualquier otro año, por mucho que coincidiera, no sería claramente relacionado contigo. Pero al haberse grabado precisamente la fecha del día que naciste, creo humildemente, que  es lo más  parecido  a una invitación personal dirigida a ti. ¿A cuántas otras casas has pedido entrar en Acapulco? - A ninguna otra. La vista de Doña Rosita se perdió de repente dando la impresión de que se hubiera ausentado; estuvo pensativa unos instantes, luego comenzó a pensar en voz alta. - Date cuenta que todas esas cosas que Don Marcelino y su esposa encontraron en Los Olvidos, no eran  basura ni  objetos sin importancia que hayan sido dejados atrás en una mudanza. Según me dijiste, ellos los fueron encontrando después de haber limpiado toda la casa de arriba abajo cuando no habían visto absolutamente nada. Esas señales no se las dejaron ni a  Marcelino ni a su esposa. Unos diarios,  unas cartas y postales, todas en inglés solamente tienen sentido si quien decidió dejarlos ahí, sabía que llegarían a las manos de su destinatario, un destinatario que podría leerlas  y hasta ahora, creo que el único visitante de Los Olvidos eres tú. Por cierto hijito, ¿Dónde aprendiste inglés?  - ¿No le he contado, Doña Rosita? - No m’ijo; no me has dicho; pero dime ahora. - Estuve interno en un colegio militar en Estados Unidos desde 1959 a 1963; regresé a México pocos días después de que mataron al presidente Kennedy. - Nunca me habías dicho. ¿Y qué tal estuvo? Cuando Doña Rosita me preguntó qué tal había estado, mi vista de perdió en el vacío de los recuerdos; pasaron frente a mí muchos momentos que creía olvidados; el día que me fui de México al internado, los detalles del viaje primero a Nueva York, luego a Washington y finalmente a Linton  Hall en Virginia. Mi primera noche en el dormitorio, y luego la desaparición del tiempo que un día sin avisar, dejó de transcurrir; dejó de transcurrir porque dejé de vivir en función de regresar algún día. La voz de Doña Rosita me trajo de regreso al Faro: - ¡Hijito! ¿Dónde andas? - Perdón, Doña Rosita, me perdí con su pregunta. Ya no insistió en saber cómo me había ido. Se quedó viéndome con un aire de ternura y retomó la conversación.  - Ayer dijiste que quién sabe dónde habrá ido a dar mi niña Matilda, pero yo creo que la forma de averiguarlo es revisar el contenido de esas dos cajas de cartón que te esperan en Los Olvidos. No se trata de los últimos dos o tres meses Pequitos, te ha tomado muchos años acercarte  ahí, porque me has dicho que desde la casa Ralph es  donde comenzaste a fijarte en esa casa; luego te fuiste al internado y cuando volviste a venir a Acapulco, seguiste intrigado y atraído a tal grado, que un buen día decidiste llamar a su puerta y pedir que te dejaran entrar. Si estuviéramos limitados por las reglas del tiempo lineal, no tendría explicación posible   que estés tan ligado a esa casa desde niño.  Estoy hablando demasiado hijito; ya se me pasó la  mano. - Para nada, Doña Rosita; lo que dice tiene mucho sentido y además me encanta escucharla. - Está bien hijito;  entonces nada más ten en cuenta que ni yo ni Marcelino ni nadie que yo imagine, puede decirte por qué motivo está grabada la fecha de tu nacimiento en Los Olvidos. Te aconsejo que te lo tomes con calma y que te asomes a los diarios que no has leído, a los álbumes que no has querido ver. No es algo que puedas hacer a la carrera; no puedes irte corriendo ahorita a Los Olvidos a hojear deprisa todo lo que no has visto y regresarte conmigo trayéndome Yolis para que yo te resuelva las dudas. De ti depende seguir las señales que se te han dado desde que entraste a Los Olvidos, o no seguirlas. Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. Pulsó su guitarra y comenzó a cantar imprimiéndole el sello de sus sentimientos que hacían de su interpretación un privilegio para quien lo escuchaba, como ahora lo hacíamos su nietecito y yo… “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez; bésame, bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después…”. - Espero que le haya gustado güerito, y ahora con su permiso, vamos a seguirle. Él siempre pedía lo que le quisieran dar por cantar, y cada vez, yo le decía que la belleza de su arte no tenía precio; esta vez se lo dije directamente a su nietecito que tenía motivos sobrados para sentirse orgulloso de su abuelo. Los vi alejarse hacia el revolcadero en tanto la tonada y su letra se quedaron conmigo… Mientras el sol se preparaba para irse a descansar,  la imagen de mi viejo amigo guiado por su nietecito se fue perdiendo en la distancia mientras yo sentía  que esta vez,  “bésame mucho” me había sido dedicada. Esa canción que con su bella tonada y su sencilla letra le había dado la vuelta al mundo  muchas veces y tantas otras a través  del tiempo; del pasado, el presente y el futuro." 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La enfermera le dijo que lo único que podía darle era un tecito de helecho, que no tenía otra cosa. La señora se enojó, porque el helecho no sirve para nada, y fue a quejarse con el portero. Como éste le dijo que él no tenía la culpa, la señora empezó a agitar a los vecinos, diciendo que ellos pagaban el Seguro Vecinal y que nunca tenían nada que darles, que eso no era justo, y que debían tomar cartas en el asunto. La cosa se puso tan fea, que el portero convocó a una junta de vecinos para tratar del asunto. Y allá se presentaron todos, porque a todos les interesa la falta de medicinas. Los guaruras daban vueltas alrededor de ellos, para evitar que se alebrestaran y para que no hablaran mucho entre ellos. Por fin, apareció el portero. Pero en ese momento, uno de los guaruras le pidió al señor del 14, que es muy serio y muy propio, que se pasara a una silla al lado del estrado. A mí me extrañó y fui con ellos, así como quien no quiere la cosa, que es cuando uno sí quiere la cosa. Y me di cuenta de que el guarura ponía en el asiento, un momento antes de sentar al del 14, una bolita chiquita. ¿Y qué crees? Cuando el señor se sentó la bolita se rompió y salió un olor horrible, asqueroso, nauseabundo, repugnante, vomitivo y todo lo que te diga es poco. Instantáneamente, el portero se levantó y señaló al del 14 con dedo flamígero, al tiempo que lo acusaba de estar infectado, de ser el portador de una epidemia desconocida que se estaba poniendo de moda en algunos países lejanos. Sin dejarlo hablar, los guaruras lo levantaron y lo llevaron a la enfermería, donde le enfermera le puso tres lavativas seguidas “para que arrojara todos los bichos que llevaba dentro”. El pobre hombre quedó que las piernas no lo sostenían, y tuvieron que llevarlo en vilo a su vivienda y acostarlo con todas las precauciones del caso. Dos guaruras se quedaron a velarlo, “por si se repetía el ataque apestoso”. Los días siguientes, no se hablaba de otra cosa en la vecindad. Y cuando el del 14 ya se levantó y salió al patio, nadie se le acercaba “por si las moscas” (¿qué tendrán que ver aquí las moscas?, me pregunto). Pero el portero no perdía ocasión de decirle a quien lo quisiera oír (y a quien no quisiera, también) que el hombre se había salvado gracias a la celeridad con que el Seguro Vecinal había actuado. Pero todo pasa, y un día que la Mocha fue a pedir algo para el dolor de cabeza, le dijo la enfermera que ya ni te de helecho quedaba. Y como la mujer se fuera enojada, fue a contarle al portero lo que había pasado. El caso fue que el día siguiente, el portero citó a  otra junta; y, tal como me imaginé,  pusieron  una bolita de esas que te conté en el asiento de la Mocha. Pero a mi la Mocha me cae muy bien, porque es una mujer sola que lucha por sacar adelante a un niño que ni siquiera es producto de una noche de pasión culpable, sino que lo recogió por buena gente; y yo no podía permitir que eso pasara. Así que, aventurándome a una suerte peor que la muerte (no la concibes, ¿verdad?), mientras los vecinos discutían en pie, cogí la bolita con los dientes y la fui a dejar en el asiento del portero. La “máxima autoridad” de la vecindad se dejó caer en la silla con toda su humanidad, y el efecto no se hizo esperar. Los guaruras, obedeciendo las órdenes que ya tenían, lo subieron a la enfermería sin hacer caso de sus gritos y protestas. Y la enfermera, que en esos casos no se fija en las caras, sino en los traseros, le empujó las tres lavativas de rigor (fueron cuatro, pero nadie las contó. Yo creo que la enfermera sí lo reconoció y aprovechó para vengarse de algo). El portero estuvo fuera de circulación como una semana y, por sí o por no, mandó deshacerse de todas las bolitas que habían comprado en una tienda de esas en las que venden bromas. La aventura de las lavativas lo hizo enflaquecer y hasta perder el color por unos días. Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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