Cartas a tora XXXIX

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2 de junio, 2017

Querida Tora:

Querida Tora:

         El otro día, la Flor del Mal vino a visitar al chavo del 7; no lo encontró, porque se había ido a una diligencia (palabra que significa “coche tirado por caballos”, pero no siempre; aquí significa “algo que hacer o resolver”; y más, cuando se trata de trabajo de abogados). Se sentía muy mal y no sabía qué hacer (entre otras cosas, porque no tenía dinero para pagar un médico). Entonces fue con el portero, que lo mandó con la enfermera del Seguro Vecinal. Ahí protestaron los vecinos, porque la Flor no es vecina, y no tiene derecho. El portero se alebrestó (¿O alebestró? No estoy seguro. Pero me entiendes, ¿verdad?) y les dijo que no fueran díscolos, que la mujer necesitaba atención médica, y eso no se le niega a nadie (Pero él sí le negó dinero para un médico, que yo lo oí): los puso por los suelos, al grado que las viejas empezaron a llorar, y ellas mismas la llevaron con la enfermera.

¿Y sabes qué pasó? Nada más verla, la enfermera le dijo que estaba embarazada, ¿puedes creerlo? Una mujer de más de 40 años (aunque ella dice que tiene 27) y más traqueteada que un camión de redilas con las llantas bajas. Y nada más porque tiene el vientre un poco prominente, pero nada de llamar la atención. La Flor dijo que era imposible, que ella nunca había… dicho en palabras finas: nunca había puesto los medios para embarazarse. Todas se rieron, y una de las viejas hasta sacó una foto en la que aparece con el portero en situación embarazosa. Pues aún así, lo siguió negando. La señora del 7, que es la madre del chavo del 7 (te lo he dicho muchas veces, pero ya sé lo desmemoriada que eres) le dijo que de ninguna forma iba a permitir que le diera un nieto (o nieta) cabaretero (o cabaretera), y le pidió a la enfermera que lo deshiciera. Las viejas armaron un escándalo; unas que sí, otras que no; unas que no era justo, otras que ya era legal; unas que pobrecito niño, otras que maldito escuincle… La Flor le dio unos pesos (no sé cuántos) a la enfermera, y ésta le dijo que se pusiera unos chiquiadores de ruda (llámalos emplastos, si quieres; no es lo mismo, pero se parecen. Y la ruda es una planta). Y ahí fue donde la puerca torció el rabo (No, no trajeron a ningún animal mágico; es una forma de decir que no se puede). ¿Y sabes por qué? Porque en el botiquín no le quedaba ruda. Entonces, la vieja del 58 dijo que ella tenía un poquito…. Y le pidió varios miles de pesos por dos pedacitos. La Flor le dijo que si no tenía para pagar un médico, menos tendría para pagar ese chantaje (Sí, empleó esa palabra, por fuerte que te suene). La señora del 7 dijo que ella tampoco disponía de esa cantidad, y todas corrieron a ver al portero, que dijo que él no tenía por qué sacarle las castañas del fuego a una persona que se portaba tan mal con él (No sé si se refería a la Flor o al del 7, o tal vez a su mamá, porque con este señor nunca se sabe).

Total, que regresaron todas con la enfermera; y ya iban a hacer una colecta (las que decían que maldito escuincle) cuando la señora del 7, que había observado largamente a la Flor, dijo que no estaba embarazada, que eran sólo gases. La enfermera se puso a gritar, y le dijo que cómo  iba saber más que ella; pero la señora insistió en que el bulto estaba muy abajo. Entonces, la enfermera sacó un estetoscopio (descompuesto, pero estetoscopio), e hizo como que oía el corazón del bebé y dijo, que, efectivamente, ahí sólo había ráfagas de viento yendo de un lado a otro.La Flor pidió que se las sacaran, porque esa noche tenía un compromiso de trabajo muy importante, y la vieja del 58 volvió a extender la mano. Pero la señora del 7 dijo que ella la iba a curar.

Para empezar se la llevó a la azotea, al rincón más apartado que encontró, y le dijo que se acostara en el suelo. Luego buscó una tabla plana, no muy larga, y pidió a la del 12 y a la del 53 (dos pesos pesados) que se sentaran en los extremos, como si fuera un “sube y baja”, y se balancearan un rato. Al cabo de unos minutos, la Flor tenía el vientre liso y ya no se sentía mal. Cubrió de besos a la señora del 7 (que se los limpió todos con un pañuelo desechable), le dijo que le había salvado la vida y que le viviría eternamente agradecida. La señora le contestó que se conformaba con que se alejara de su hijo ¿Y qué crees que le contestó la muy canija? No te lo digo, porque son palabras muy feas (Para que veas de qué sirve ser buena persona. A veces, no siempre).

Te quiere,

             Cocatú

Comentarios
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Prueba de ello es la fantástica narración que hace José Saramago del primer homicida –dentro de las religiones abrahámicas–, Caín. La historia la conocemos todos. Los dos primeros hijos de Adán y Eva que, en un día cualquiera, ofrecieron sacrificios en alabanza a Dios; un aparente e inofensivo acto que acabó por protagonizar un suceso que será recordado por milenios. ¿Qué ocurre? El hermano mayor asesina al menor. ¿Por qué? El texto no ofrece explicación alguna. Lo cual, quizás, es el encanto de la historia, pues nos permite –como Saramago lo hace– llenar los espacios con una narrativa que nos haga sentido. Lo que el escritor portugués hace en esta corta novela es, a mi modo de ver, una defensa del libre albedrío en su esplendor más existencialista –no hay sentido más el que uno mismo quiera impregnarle a su vida–. La historia es relativamente sencilla. Adán y Eva son expulsados del Edén y forzados a vivir en el mundo mortal. Tienen dos hijos, Caín y Abel. 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Homicidios, mentiras, engaños y una ira sin frenos contra su creador. Quizás, esta es la marca de Caín, el símbolo de la ira nihilista que nunca se satisface su sed de violencia y venganza. ¿Qué considero que es novedoso de esta novela? La fórmula narrativa, como siempre ocurre con Saramago. Hay una muy marcada tendencia de reivindicar el sufrimiento y la fragilidad humana desde las coordenadas de la razón y la emoción. Quizás, es demasiado duro en su crítica contra los textos religiosos que, tanto para fieles como no creyentes, son un pilar de la sociedad occidental. Para bien, como para mal. Lo cual, me lleva a otra reflexión: mucho se juega en la interpretación. Los medievales no perdieron tiempo en investigar afanosamente los métodos de interpretación para entender los Textos Sagrados, así como los distintos significados que contienen. Lo mismo ocurre en un ambiente secular. El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad:  El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.   De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. 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