Cartas a Tora XXVII

Querida Tora: Estoy muy triste. Muy deprimido. No, por lo de la vez pasada, sino por el chavo del 7. Era mi héroe, porque le… Querida Tora:          Estoy muy triste. Muy deprimido. No, por lo de...

2 de marzo, 2017

Querida Tora: Estoy muy triste. Muy deprimido. No, por lo de la vez pasada, sino por el chavo del 7. Era mi héroe, porque le…

Querida Tora:

         Estoy muy triste. Muy deprimido. No, por lo de la vez pasada, sino por el chavo del 7. Era mi héroe, porque le plantaba cara al portero y buscaba lo mejor para la vecindad. Pero el otro día, cuando por fin acabaron de bajar todo el material de la azotea, se le acercó la cantante esa, la Flor del Mal, a  reguntarle no sé qué. ¿Qué tenía que hacer la Flor del Mal ahí, a esas horas? Para mí, que alguien (¿quién crees que pueda ser?) la mandó ir, con un vestido que enseñaba lo que debía ocultar; y con una voz que prometía todo lo que una mujer decente no debe dar, le preguntó no sé qué. No, no me fijé, porque me sorprendió tanto que no pude escucharla.

El chavo se espantó. Yo creo que en su vida había oído una voz así; y cuando frotó “accidentalmente” la pierna contra la suya… siento decirlo, pero ahí azotó la res. (Esto no necesita traducción). Yo abrí la boca para gritarle “¡Píntate! ¡Píntate ¡¡Píntate de colores pa’ que te digan Superman!”, pero no me salió nada.

Antes de seguir adelante, “píntate” es una voz un tanto arcaica tal vez, que significa ”¡Vete!”, “¡Huye!”. Lo de Superman es un adorno posterior, pero no tengo tiempo de explicártelo, porque no añade nada.

El chavo estaba blanco. La Flor le mordisqueaba el oído y le soplaba, y le metió la mano debajo de la camisa y ni siquiera los gritos de la mocha la detuvieron. Luego se lo llevó al hotel de junto, delante de todos los vecinos y hasta de sus papás. El portero los vio por la ventana, y se reía el condenado.




Estuvieron ahí toda la noche. Y el día siguiente. El chavo ni siquiera fue a trabajar (primera vez que ocurría algo así). Cuando salió, el del 7 fue a cambiarse de ropa y les dijo a sus papás que tenía mucho que hacer. Los vieron después a los dos en el “King’s”, cenando “Toasts with Huitlacoche and Habanero Sauce, Sprinkled with Epazote Bits”. Les sirvieron una bebida alcohólica que tienen escondida para los clientes importantes, y luego la Flor sacó unos cigarros que él no conocía, pero que le provocaron unas agradables visiones. Lo malo fue que cuando quiso pagar, no le alcanzó. Vino el gerente, y gracias a los ruego de la Flor le dio hasta el día siguiente para pagarle; pero sin falta, “o llevo a la policía al 7 y te saco a rastras”.

Al chavo le temblaban las manos, pero prometió pagar. Y le pidió prestado al portero. Este le dijo que sí, pero que tenía que pagarle al otro día, porque el dinero era de los vecinos y lo necesitaba para lo del agujero. La Flor le dijo que no se apurara, porque “allí donde trabajas corre el dinero; nada más es cuestión de agarrarlo”.

No entendí cómo podía ser eso, porque trabaja en un juzgado, y ahí todas las cosas son derechas. Así que el día siguiente me fui con él. Y el primer señor que llegó a denunciar que un vecino le había robado su reloj, le levantó el acta; pero para llevársela a firmar al juez, le pidió dinero. Te juro que sentí la muerte chiquita.

Ya sé que no hay diferentes tamaños de muerte. Ni calidades. La muerte es una, igual para todos. La muerte chiquita es una sensación fea; no te va a matar, pero es tan desagradable como si lo hiciera, aunque pasajera. Se te pone la carne de gallina, vaya. Tu no conoces a las gallinas. Pero créeme. Es la muerte chiquita.

El señor le dio el dinero. Pero no le alcanzaba. En eso llega una mujer a quejarse de que su marido le habia pegado; le pidió “unos centavos”, y él mismo testificó que tenía cuatro moretones m´ss de los que traía. Y cuando llegó el marido a defenderse, le pidió “una propina para los muchachos” para perder el escrito. Y lo perdió. Y muchos más.

Con todo eso logró cubrir su deuda, y le sobró un poco. Entones llamó a la Flor y la invitó a cenar. Se repitieron las “Toasts”, ahora con “Pork Meat and Verdolagas, Seasoned with Totopos Salad”  y unos “Tepache with Tequila Cocktail”; y los mismos cigarrillos de la noche anterior.

Después, la Flor ya no se contentó con eso y le pedía dinero “para el doctor de mi mamacita”, “para pagarle a la tienda”, “para mis tranquilizantes”, y una serie de cosas. Y cuando al chavo le dijeron en el juzgado que está bueno el encaje pero no tan ancho, fue con el portero y le dijo que contratara a los trabajadores más caros, siempre y cuando a él le tocara “algo”.

Así se hizo, y los trabajos del agujero en el patio se pararon por falta de dinero; y hubo que imponer más cuotas a los vecinos. La mamá del chavo no dejaba de llorar. El papá, no. El papá era un estoico; y cuando se enteró de lo que hacía su hijo, prefirió morirse. La Flor lo dio al chavo tres días de respiro, por el luto, y volvió a la carga.

Yo no sé qué va a pasar. Todos los vecinos están disgustados, y se pelean mucho. Pero el chavo se les ha montado encima, y no se les quiere bajar.

Ojalá que la próxima tenga algo mejor que contarte. Tu pórtate bien, y no te dejes arrastrar nunca por gente como la Flor (en este caso sería el innombrable).

Te quiere,

         Cocatú

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